La casa de las hierbas buenas (La botica de la meiga 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Sabela

Sabela despertó el veinticuatro de junio a media tarde, con el sol ya alto por encima del huerto y el brazo izquierdo escociéndole como si hubiera dormido sobre un brasero.

El eco de la quemadura de Rubén: su antebrazo, del codo a la muñeca, ardiendo en rosa durante todo el día que empezaba.

Nueve horas de sueño de piedra después de la noche de San Xoán, y el día con el dolor de otro, como mandaba la cuenta.

Se miró el brazo. La piel estaba perfecta, claro; la quemadura no estaba en la piel, estaba en el recuerdo del cuerpo, en el paso que el mal había hecho por ella.

Se puso crema por costumbre, aunque no había nada que curar, y se sonrió a sí misma por el gesto: la curandera untando una quemadura que no existía.

Lo tapó con la manga, aunque hacía calor, y bajó a abrir la tienda, porque el veinticuatro era un día cualquiera para el calendario y un día fundacional para la casa, y las dos cosas había que atenderlas.

Nadia estaba ya en la tienda, con el móvil y la cara de las buenas noticias.

—Mil personas —dijo—. Mil personas vieron lo de las hierbas. Mil. Y comentarios de pueblos de toda la provincia, mira, este dice ‘mi abuela hacía esto’, y este otro ‘lloro’, y este… —se paró, bajó el teléfono—. ¿Estás bien? Tienes cara de sueño.

—Cara de peaje —dijo Sabela—. Hoy me duele el brazo de Rubén, que es más generoso que me duelan los míos. ¿Ayudas o solo anuncias?

—Ayudo —dijo Nadia, y ayudó, cantando por lo bajo, y a la media hora le preguntó, sin dejar de pesar tomillo—: ¿Y lo del veterinario? Porque en la fiesta… todo el pueblo… es que se os vio.

—El pueblo ve demasiado —dijo Sabela.

—El pueblo aplaudió. Es distinto. —Nadia sonrió con la boca pequeña—. Yo aplaudí fuerte.

Sabela no contestó, pero se le quedó la tarde mejor, como se quedan las tardes cuando alguien dice una verdad sencilla en voz alta delante de los tarros.

A la caída de la tarde vino Padre Anxo, y no venía solo: traía consigo, medio empujada, medio acompañada, a una mujer de unos cincuenta años que Sabela conocía de vista, la mujer del guarda de la cooperativa, una callada del barrio alto.

—Sabela —dijo el párroco, desde la puerta, con su sombrero en la mano—.

Te traigo una vecina. La doctora la tiene bien mirada, no tiene nada malo en los papeles, pero duerme mal y tiene la pena encima desde que murió su madre, y yo…

—hizo una pausa de treinta años de parroquia— yo le doy mis horas y la escucho, y le vendrán bien tus hierbas.

Las de dormir. Las normales. Las que compra todo el mundo. Las de verdad.

Sabela oyó el mensaje entero debajo de las palabras: las normales.

El párroco le traía una feligresa y le pedía, con la precisión de un cirujano de lo incierto, que no pasara nada raro.

Y al mismo tiempo, al traerla, le estaba diciendo otra cosa: que ya no le importaba quién lo viera, que la botica era, a partir de ese veinticuatro de junio, un sitio al que el cura del pueblo acompañaba a la gente en público.

—Siéntese —le dijo a la mujer—. Ahora mismo.

La mujer se sentó en la silla de las confesiones y contó su insomnio y su pena con la voz de las que no hablan nunca.

Sabela la escuchó, le preparó la mezcla de la casa —tila, azahar, melisa, la séptima hierba haciendo ya su primer trabajo del año —, y al entregarle el paquete le puso la mano un momento sobre la muñeca, sin curar, solo por saber: notó, nítida, la pena de la mujer como una piedra tibia bajo la piel, allí estaba, a la izquierda, en el pecho. No hizo nada con ella. Solo supo.

—Té dos veces al día —dijo—. Y cuando quiera hablar, el bar, la iglesia o aquí. Las tres casas curan, señora. Cada una a su manera.

Padre Anxo se la llevó con una inclinación de cabeza que era un tratado. En la puerta se volvió:

—Xa estamos —dijo, pero con una sonrisa, la primera que Sabela le veía entera—. Treinta años esperando a que esta casa y la mía se diesen los buenos días en la calle. Ya era hora.

Ciriaca bajó al día siguiente, al atardecer, con el pretexto de la ruda y la realidad de la noticia: el pueblo entero ya contaba que la nieta de Mariña había salido de la noche de San Xoán ‘con otra cosa’, aunque nadie sabía decir cuál. La vieja se sentó en la silla buena, tomó la infusión, y dijo:

—Cuéntamelo todo. Con orden. Desde el cuenco.

Sabela se lo contó: el agua, la quietud, la palma levantada sola hacia el valle, la espalda de la Carmen, las muelas de la panadera, la tristeza vieja del barrio alto que olía a lumbre lejana. Ciriaca asentía a cada cosa, como quien comprueba una lista que se sabe.

—Eso es —dijo al fin—. Eso que describes, palabra a palabra, es lo que tu abuela tenía desde los treinta y tantos.

Ella lo llamaba ‘oír la casa del pueblo’.

Tú le has dicho ‘sentir’, y es mejor nombre: más corto y más tuyo.

—Bebió un sorbo—. Reglas de la casa para la cosa nueva, que las hay, escúchame.

Primera: el sentir no cura, solo sabe; no lo confundas con permiso para tocar.

Segunda: no se lo digas a la gente. A la gente le dices ‘me lo ha parecido’, nunca ‘lo he sentido’.

La que siente da miedo; la que se lo parece da gusto.

Tercera: va a dolerte. No la cosa en sí: la alergia.

El primer mes te dolerá todo lo que duela alrededor, un poco, de refilón.

Se pasa. Tu abuela lo llamaba ‘el mes de las agujas’ y se reía.

—¿Se reía?

—Se reía mucho, tu abuela. —Ciriaca la miró con la ternura dura de siempre—.

Eso también heredaste, aunque este año se te olvidó unas semanas.

—Se levantó—. Y una última cosa, rapaza, y es gratis: la página que falta del libro.

Después de esta noche de San Xoán, ya estás firme.

Cuando quieras hablar de ella, búscame. No la busques a ella sola en el lomo del libro; búscame a mí, que las páginas que faltan hay que contarlas con testigo, como las curas grandes.

Sabela la acompañó a la puerta y la vio bajar la cuesta, recta, ochenta y dos años, la última sabia del valle llevándose consigo un nombre que todavía no quería soltar. Ya no le picaba tanto. Las cosas grandes de la casa tenían su horario; eso lo había aprendido de las hierbas.

Los días siguientes fueron de esa materia rara y dorada de las semanas en que un año entero encuentra su cauce.

El brazo dejó de escocer al día siguiente, como mandaba la cuenta.

La gente bajaba a la tienda sin disimulo ya, a todas horas, y la acera de enfrente se quedó para las sombras de la tarde.

Gloria Fabeiro vino el viernes con su carpeta, con el proyecto ‘punto de experiencia etnográfica’ en la portada, y Sabela le preparó una infusión y la escuchó entera, con educación de la casa, y al final le dijo:

—Gloria. La botica no es un museo y yo no soy una atracción.

Nós pensamos —y le sonrió al decirlo, para que supiera que era con cariño— que no.

Pero le doy la alternativa: el día de la consulta abierta se hace todos los meses, y es gratis, y puede venir quien quiera, y usted puede decir en el ayuntamiento que lo de las hierbas de este pueblo se puede visitar, con horario y sin disfraces.

Eso sí es bo para a vila. Lo otro es una foto, y las fotos no curan.

Gloria se lo pensó con su cara de administradora. Al final asintió, y apuntó algo en su libreta, y Sabela vio que tachaba una línea entera y escribía otra debajo: la política aprendiendo, en directo, a distinguir entre un pueblo y una postal.

—Eres más lista que mi equipo de gobierno —dijo la alcaldesa, y se fue con su infusión a medio hacer, contenta.

La novedad del sentir, esos días, era como llevar un oído nuevo: no mandaba, no curaba, solo informaba.

Sabela lo aprendía a baja voz, en la tienda, con la prudencia de la casa.

La viuda de Pepe vino por la tila de siempre y Sabela notó, al darle el cambio, el punto frío en su hombro derecho, viejo, de caída antigua: ‘Suba esa manga cuando duerma, señora, que el hombro se le enfría de noche’ —y la viuda se quedó mirándola con la boca abierta, porque nadie le había visto el hombro desde que se cayó de la escalera del desván hacía once años.

Manel vino por la hierba de su mujer y Sabela le dijo que el dolor de muelas no era de muelas, que fuera al médico, que era de otra cosa, ‘de aquí, de la mandíbula de abajo, del oído quizá’, y a la semana siguiente el propio Manel volvió a decirle que el médico le había encontrado una infección de oído que no dolía en el oído.

No curaba nada de eso. Señalaba, avisaba, mandaba al médico cuando era del médico.

La casa había subido un escalón y Sabela se proponía que nadie lo notara más que en lo útil: mejor puntería, menos misterio.

Escribía las pruebas en el cuaderno azul, como quien calibra una balanza nueva.

‘El sentir no cura’, apuntó una noche. ‘Solo sabe. Es como tener el oído de la abuela en la punta de los dedos. No cobra peaxe —eso lo compruebo cada día con alivio— pero me deja las palmas calientes y un hambre rara. La casa sube. Yo subo con ella.’

El domingo subió al camposanto con flores del huerto, las de junio, las buenas. Se sentó en la losa de al lado, como siempre, y le contó a la piedra la semana entera: la noche, el fuego, el brazo de Rubén, la gente saltando con ella dentro del corro, la puerta nueva de la casa.

—Y lo otro —dijo, bajando la voz, aunque no había nadie—.

Lo del veinticuatro por la mañana. Empezó en tu cumpleaños, que tú lo organizaste todo siempre, vieja, hasta esto.

Siento dónde duele la gente. Es como dijiste: la mano sabe antes que yo.

—Se quedó mirando las letras nuevas del nombre—.

Te echaría de menos aunque no te fueras.

Te echo de menos y además me dejaste preparada.

No sé cómo se hacen las dos cosas a la vez. Supongo que por eso eras tú y soy yo.