Capítulo 15 #2
Bajaba del camposanto cuando se encontró a Xoana, que subía con su madre a poner flores a los suyos, y las dos amigas se quedaron un rato apoyadas en el muro, mirando el valle, sin hablar de nada hasta que Xoana dijo:
—Todo el pueblo os ha casado ya, ¿lo sabes?
—Me han dicho.
—Yo fui la primera. En abril. Que conste. —Sonrió—. Estás bien, ¿no? Después de… lo que fuera que pasó en mayo. Ahora estás bien.
—Estoy bien —dijo Sabela, y era casi verdad, y el casi ya no le pesaba como antes—. Tengo dos habitaciones cerradas y una puerta nueva. Es una casa rara, pero es mía.
—No te entiendo cuando hablas así —dijo Xoana—. Pero me gusta. Es como tu abuela en verso. —Le dio un abrazo—. Ven al bar esta noche. Lula hace pulpo, y el veterinario ya ha preguntado dos veces si vas. Dos. Yo las he contado.
Fue, claro que fue. A Lareira olía a pulpo á feira y a verano, y la mesa larga estaba llena, y cuando Sabela entró hubo un momento —medio segundo— de esa pausa de pueblo, y después Lula dijo ‘¡anda, la meiga!’, cariñoso, delante de todos, y la palabra sonó por primera vez como lo que era en aquel valle: un título de vecindad, no una figa.
Se sentó junto a Iago, que le había guardado la silla sin fingir que no, y Lúa la perra le puso las patas en las rodillas en cuanto la olió, con la cola batiendo la pata de la mesa.
—Contan por aí —dijo Lula, poniéndole el plato— que mi perra te debe la vida y que yo te debo la perra.
Así que tu cuenta en este bar es de por vida, y el que quiera discutirlo que discuta conmigo.
—Y bajando la voz, para ella sola—: Gracias, hija.
Se me olvidaba decirlo delante de todos, que soy bocazas pero tengo mi orden.
Fue una buena noche. Sabela la escribiría después en el cuaderno azul con dos líneas escasas, porque las noches buenas no necesitaban acta: «Pulpo. La mesa larga. El pueblo me llamó meiga delante de mí y no dolió. Al contrario.»
La primera consulta abierta del verano se hizo el primer sábado de julio, y vino tanta gente que Sabela tuvo que pedirle a Xoana que hiciera de puerta.
Ya no venían a espiar: venían a comprar, a preguntar, a encargar.
El farmacéutico de Monforte no habría estado contento, pensó Sabela, pero el farmacéutico de Monforte no curaba los insomnios de los pueblos de montaña ni sabía el nombre de las abuelas.
A mediodía, cuando la mesa de fuera estaba ya medio vacía de tarros y medio llena de conversación, se acercó un hombre joven que Sabela no conocía, de un pueblo de más allá de Pantón, con la gorra en la mano.
—Me han dicho que usted… —empezó, y no sabía cómo seguir, y le salió—: que usted mira las cosas.
—Las miro —dijo Sabela—. Siéntese y cuénteme.
El hombre tenía a su padre malo, un cansancio que los médicos no acababan de aclarar.
Sabela no le prometió nada, le dio las hierbas que correspondían a lo poco que se podía dar sin ver al enfermo, y le dijo lo que la casa decía siempre: primero el médico, siempre el médico, y después, si quería, que subieran los dos un día, que la casa miraba mejor de cerca.
El hombre se fue con el paquete y con la cara de quien ha encontrado una puerta que creía cerrada.
Nadia, que lo había visto todo desde el mostrador, no dijo nada hasta que se fue, y entonces dijo:
—Es que esto ya no es la botica del pueblo. Es la botica del valle.
—No digas tonterías —dijo Sabela, pero le gustó, y se apuntó la frase, y esa noche la escribió en el cuaderno azul con una nota al margen: «La casa crece despacio, como las hierbas buenas. No forzar.»
El jueves subió Amancio, y subía con algo envuelto en un trapo de cuadros, con la cara de quien trae una bomba de relojería cariñosa.
—No es para ti —dijo, como saludo—. Es para la casa. Que quede claro que es para la casa, que si no te lo doy a ti me lo tiras a la cabeza.
Era una placa de madera de castaño, tallada por sus propias manos —Sabela reconoció la letra torpe y fuerte, la del letrero de su bodega— que decía: «AQUÍ SE CURA GRATIS DESDE ANTES DE QUE YO NACIERA — LA CASA CODESIDO A LA BOTICA».
Y debajo, pequeño: ‘y la becerra nueva se llama Mariña, que ya está dicho y no hay vuelta atrás’.
Sabela no pudo decir nada un momento. La placa pesaba lo suyo; la frase pesaba más. Pesaba como pesan las restituciones: con la mano del pasado todavía encima.
—La becerra —dijo al fin—. ¿Le ha puesto Mariña a una becerra?
—Es la hija de la Xarda —dijo Amancio, como si eso lo explicara todo, y lo explicaba—. Nació el lunes. Mi mujer dice que es un cursilada. Yo digo que a vaca non miente y el nombre tampoco. Cuando la veas me lo dices si no te gusta y le cambio el nombre a esa vaca, que para eso es mía.
—No lo cambie —dijo Sabela, con la voz fina—. Ni el nombre ni la placa. La placa va dentro, eso sí, en la trastienda, donde están las cosas de la casa. En la fachada está la de la abuela, y esa no la toco yo ni me la tocan.
—Como mandes —dijo Amancio, y en la puerta, ya yéndose, añadió sin volverse—: El veterinario es buen chico. Tiene la letra fea en los papeles, pero es buen chico. Eso era todo. —Y se fue, silbando mal, con las manos en los bolsillos.
El domingo siguiente bajó al prado a conocer a la becerra.
Fue con Iago, que tenía que revisarla de todas formas, y los dos la encontraron en el prado de arriba junto a la Xarda: una cría rojiza, de una semana, con las patas largas de cierva y el morro listo de su madre.
Cuando Sabela se agachó, la becerra se acercó a olfatearle la mano con la curiosidad valiente de las que no conocen el miedo, y le empujó la palma con el hocico húmedo, pidiendo.
—Tiene la cabeza de su madre —dijo Iago, desde la valla—. Y el genio, ya veremos.
—Tiene nombre de la casa —dijo Sabela, rascándole la frente a la becerra Mariña, que cerraba los ojos—.
Eso es más que el genio. —Se incorporó, y se quedó mirando el prado, las vacas sanas, el silo nuevo con su pared doble ya en obras, y dijo, sin dirigirse del todo a él—: En abril me morían dos vacas y me hacían la figa.
En julio tengo una becerra con el nombre de mi abuela.
Este oficio no lo entiendo ni yo, y es mío.
—No lo entiendas —dijo Iago—. Funciona mejor sin entenderlo. Como la lumbre.
Ella lo miró de reojo.
—Eso es muy de poeta para un hombre de ciencia.
—Estoy de vacaciones emocionales —dijo él—. Desde el veintitrés. No me lo estropee.
Subieron juntos la cuesta cuando caía la tarde, y no pasó nada más, y fue suficiente, porque caminar cuesta arriba sin prisa con alguien es una de las formas de estar que no necesitan nombre, y las dos casas lo sabían.
Esa noche, Sabela abrió el cuaderno das peaxes y pasó a una página nueva, entera, en blanco, con las líneas azules muy quietas. Escribió despacio:
‘Junio, noche de San Xoán. Rubén, el carbón en el brazo. Pagado: nueve horas de sueño y un día de escocor. El pueblo saltó el fuego conmigo dentro. La casa abrió una puerta nueva: hoy siento dónde duele la gente, sin tocarla. La abuela lo llamaba ‘oír la casa del pueblo’, me dijo Ciriaca. Yo lo llamo sentir. Sentir, a secas. Que conste que empezó en su cumpleaños. Que conste que no da miedo.’
Y debajo, con la letra más pequeña, la verdad entera del cuaderno: ‘Da un poco de miedo.’
Miró las dos páginas: la escrita y la que venía después, en blanco.
La casa seguía contando. Ella seguía escribiendo.
Eso era, al final, todo el oficio: contar y escribir, curar y pagar, y levantarse al día siguiente con el escocor de otro en el brazo, sonriendo a los tarros.
Y alguna noche, alguna, sin que le temblara la mano al escribirlo.
El sábado siguiente, muy temprano, con la tienda aún cerrada, Sabela bajó a abrir la persiana a las siete, porque los sábados de verano la gente madrugaba, y al abrir la puerta de la calle se encontró el amanecer entero entrando por la calle empinada, gris y rosa, y a un hombre viejo que subía por ella, muy despacio, con la chaqueta oscura y la cabeza gacha.
Evaristo Maneiro. El carpintero jubilado, el viudo del barrio alto, el que siempre estaba entrando en el pueblo a esas horas raras, como si viviera de noche en otra parte.
Setenta y pocos años, la espalda todavía fuerte, las manos de los oficios viejos.
Pasó junto a ella con su paso cansado y regular, y levantó la mano dos dedos en saludo, sin pararse.
—Buenos días, Evaristo.
—Buenos días, rapaza —dijo él, y siguió, y Sabela lo miró subir un momento, con la indulgencia que se les tiene a los insomnes y a los madrugadores, y su mirada se quedó un segundo, sin saber por qué, en los zapatos del viejo: zapatos buenos, de domingo, llenos de barro fresco y de rocío hasta el tobillo, mojados como si viniera de cruzar un prado en plena noche.
Un insomne, pensó. Uno de esos que caminan de madrugada para no pensar.
Le compadeció un poco, sin conocerlo apenas, y se volvió a la tienda, donde el primer cliente del día ya esperaba en la esquina.
No le dio más vueltas. Había tantas cosas raras en un valle a esas horas: nieblas bajas, perros sueltos, viejos con el sueño roto. Los zapatos mojados de un viudo madrugador no eran asunto de la botica. Todavía no eran asunto de nadie.
Por la tarde vino Iago, sin excusa de informes ni de huevos, con las manos en los bolsillos y la cara del que ha decidido no traer excusa.
Se tomaron el café en la trastienda, junto a la lumbre apagada, con la ventana abierta al huerto y las siete hierbas ya secas colgando del alero en un ramo que olía a toda la primavera a la vez.
—La placa de Amancio —dijo él— la ha visto ya todo el pueblo. Rubén dice que es la primera declaración oficial de amor entre dos negocios que consta en el archivo.
—Rubén habla demasiado para ser Guardia Civil.
—Rubén es de Cádiz —dijo Iago, como si eso fuera un diagnóstico—. No puede evitarlo.