Capítulo 15 #3
Estuvieron un rato así, con el café y la conversación de relleno que ya sabían hacer juntos, la que no pesaba. Hasta que él se puso serio de un modo nuevo, no grave: seria de verdad, y la miró, y preguntó:
—Y ahora qué. —No lo dijo como reproche; lo dijo como quien consulta el tiempo—.
Quiero decir: tú y yo. Esto. El pueblo ya nos ha casado en el bar, que es lo que tiene el pueblo.
Pero tú y yo no lo hemos nombrado todavía.
Y yo tengo que saber una cosa, una sola, para organizar mis próximos años, que soy de organizar: ¿esto es algo?
¿Y tú… vas a seguir aquí, con tu casa y tu oficio y tu peaxe y todo, conmigo en la habitación de al lado, que es como te dije que quería estar?
Sabela lo miró. La pregunta era entera y limpia, como él. Y la respuesta entera y limpia era complicada, como ella.
—Yo no me muevo de esta casa —dijo—. Eso es fácil.
Esto de aquí —señaló los tarros, la lumbre, la ventana— es mío y soy de ello, y ahí no hay discusión posible.
Lo de nosotros… —se calló un momento, eligiendo—.
Iago, yo te quiero cerca. Eso te lo digo entero, que es la primera vez que lo digo entero a alguien.
Pero mi oficio cobra, y cobra cosas que no se ven, y hay partes de mí que se van a ir cerrando a lo largo de los años, habitaciones, ya lo sabes.
No puedo prometerte una mujer entera. Puedo prometerte una mujer que paga sus cuentas, que dice la verdad en los cuadernos, y que te quiere cerca.
Si te vale, valgo. Si no, dilo ahora, que estamos a tiempo los dos.
Iago la escuchó sin moverse. Luego asintió, lento, como quien firma.
—Vamos ver —dijo.
—¿Eso es un sí? —dijo ella.
—Vamos ver —repitió él, y por una vez la frase no tenía nada de duda: tenía exactamente lo que tenía que tener, la promesa de quedarse a mirarlo todo, lo que viniera—. Es mi frase. Sirve para todo. Sirve para esto. Sirve incluso para tus habitaciones, que yo no pido entrar donde no me llaman.
—Eso es trampa —dijo ella—. Decir la frase de no comprometerse comprometiéndose.
—Es la única trampa que sé hacer —dijo él—. Soy veterinario. Las vacas me enseñaron a prometer despacio.
Ella sonrió. No se besaron esa tarde, porque había que bajar a cerrar la tienda y porque ya no había prisa, que es el lujo de los que se quedan.
Cuando él se fue, Sabela se quedó en la puerta mirándolo bajar la cuesta, y pensó que el valle estaba bien, que el año estaba bien, que la casa estaba bien, y que ella, con sus dos habitaciones cerradas y su puerta nueva, estaba mejor de lo que habría podido pedir en abril.
Antes de cenar bajó a A Fonte Vella con la jarra, como tantas tardes, como tantos años.
El sendero olía a verano y a hierba segada.
El agua caía en la pila con la paciencia de siempre, y Sabela se agachó a llenar la jarra, y al hacerlo vio su cara en la superficie, rota en tembleques por la caída del hilo, y detrás de su cara el cielo, y detrás del cielo, en el borde de la pila, el reflejo torcido de los dos castaños viejos que se inclinaban uno hacia el otro como dos que se cuentan algo.
Se quedó mirando un momento. La mujer del agua tenía veintiocho años y una casa y un oficio y dos habitaciones cerradas, y le sonreía, un poco, con la sonrisa prudente de las que saben lo que cuestan las cosas.
‘Estamos bien’, le dijo al agua, bajito. ‘Que conste.’
El agua no contestó nunca; era su cualidad principal, y la de la casa.
Aquella noche, sin embargo, soñó con agua.
No con la fuente, no con el río de abajo: con agua que no conocía, un agua oscura y ancha, con un frío que le entraba por la boca.
Soñó que se ahogaba alguien —no ella: alguien— y que ella estaba allí, de pie, con los pies mojados, viendo una cosa que ya había pasado, una mano que había dejado de moverse hacía mucho, un sombrero viejo flotando.
No conocía ese sitio. No conocía esa muerte. No era suya.
Se despertó de golpe, con el corazón muy fuerte y los pies helados, y estuvo un rato sentada en la cama, oyendo la casa.
La casa no decía nada. El valle tampoco.
Buscó el sueño de nuevo en la memoria, a ver si quedaba algo más: un color, un nombre, una orilla.
No quedaba nada. Solo el frío del agua en los pies y la certeza extraña de que eso que había visto no era de su vida, no era de su valle, no era de su tiempo de pagar cuentas.
En la mesilla, el cuaderno das peaxes dormía cerrado, con la página nueva ya empezada, y abajo, en la terraza, el ramo de las siete hierbas colgaba del alero, seco ya, guardando su olor de la noche grande.
—No es mío —dijo Sabela en voz alta, a la oscuridad, sin entender—. Esa muerte no es mía. No es de nadie que yo conozca. Entonces ¿de quién es?
Se volvió a acostar. Tardó en dormirse. Y lo último que pensó, antes de que el sueño la cubriera otra vez, fue una frase de la abuela, una de las mil, una cualquiera que no tenía nada que ver: ‘El agua de la fuente siempre sabe a dónde va, aunque nosotras no.’ Abajo, a los pies del huerto, A Fonte Vella seguía cayendo en su pila de piedra, hilo a hilo, toda la noche, como todos los años, indiferente y amable, yendo a donde sabía.