Pese a que, en aquel momento, todavía no era ningún experto en aquellas situaciones, si tuviese que elegir un momento duro en el que la mezcla de celos y excitación se hacía especialmente doloroso, era el momento en el que mi mujer comenzaba a arreglarse con el objetivo de seducir a otro hombre.
En ese momento, no tienes la excitación del propio acto, que te ayuda a sobrellevar lo que está ocurriendo.
Simplemente ves que tu mujer se prepara y que no es para ti.
Es un momento largo, en el que te da tiempo a pensar, y en mi opinión, ese ritual era en el que más pensamientos incómodos me asaltaban.
Me había ocurrido cuando se había preparado para Guillermo, y me volvía a ocurrir de nuevo cuando lo estaba haciendo para Rubén.
Adriana salió del baño desnuda, con el conjunto de ropa interior que habíamos elegido en la mano Era rojo de seda y encaje, y ya en la tienda habíamos visto que, sobre su cuerpo, lo único que transmitía era una total y absoluta lujuria.
Se miró al espejo mientras se aplicaba crema con movimientos lentos, casi rituales, siguiendo cada curva con sus manos, desde el vientre, pasando por los pechos hasta los costados y las piernas.
—Échame crema en los pies – me exigió más que me pidió, en un cambio de actitud que ya había percibido la noche que se había tirado a Guillermo.
Sus pies estaban suaves, y mis manos se deslizaron con facilidad entre sus dedos, que tenían las uñas recién pintadas otra vez de rojo oscuro.
Adriana se levantó con una sonrisa misteriosa y sacó una caja pequeña de una de las bolsas de las compras que habíamos hecho por la mañana, y cuyo contenido se había negado a revelarme.







