CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #3
90%

2 #3

La imagen de ella separando las piernas para que Rubén le aplicara crema, suspirando con los ojos cerrados, me perseguía.

Sí, habíamos fantaseado con otros en la cama.

Muchas veces. Yo le susurraba escenarios mientras la follaba.

Ella se excitaba, gemía y yo le pedía más detalles.

Pero jamás pensé que aceptaría de verdad.

Era solo un juego, un condimento para nuestra vida sexual.

Ahora que lo había hecho, que había cruzado esa barrera con tanta naturalidad, estaba acojonado.

Se me había formado un nudo de ansiedad en el estómago. ¿Quién era esta Adriana? ¿Dónde estaba la chica pudorosa con la que me había casado?

Me preguntaba si había subestimado su verdadera naturaleza. Siempre la vi como alguien contenido, casi ingenua en lo sexual fuera de nuestra cama. Ahora parecía liberada, hambrienta de esas nuevas experiencias. Y yo, que había abierto la puerta, no sabía cómo cerrarla ni si quería hacerlo.

Me pasaba las noches viendo las fotos y los videos de Adriana follando con Guillermo y Rubén.

Observaba sus gestos, sus miradas. Escuchaba sus gemidos.

Totalmente entregada, y con una pasión que no dejaba de sorprenderme.

Me masturbaba pensando en ella exhibiéndose, pero después me quedaba despierto, mirando el techo.

¿Hasta dónde iba a llegar? ¿Estaría acostándose con otros en Cádiz?

Mis miedos se alimentaban de su facilidad para entregarse.

Con Guillermo y con Rubén, la entrega había sido absoluta.

Veía el deseo en sus ojos. El desafío en su mirada.

Con Rubén, en la piscina, se había mostrado sin ninguna vergüenza ante cualquiera que simplemente girase la cabeza.

¿Y ahora en Cádiz? ¿Hasta dónde llegaría sin mi presencia?

Ella tenía razón en una cosa: yo pretendía ser quien controlase el quién, el cuándo y el dónde.

Sin ese control, me sentía desnudo, expuesto y vulnerable.

El placer de mi fantasía solo funcionaba cuando yo marcaba los límites, cuando podía orquestar cada detalle desde mi propio control.

Cuando Adriana tomaba la iniciativa por su cuenta, como en la piscina con Rubén, el juego dejaba de ser excitante para convertirse en algo doloroso.

Era mi perversión, pero solo si yo seguía siendo el director.

Las conversaciones telefónicas diarias, sin embargo, me devolvían a la Adriana de siempre.

Dulce, cariñosa, interesada por mi día en el Ministerio.

Me preguntaba si había comido bien, si la echaba de menos.

Hablábamos de tonterías, de planes para cuando volviera, de lo mucho que me echaba de menos.

Ninguno de sus comentarios encendía alarma alguna.

Ni una sola mención provocadora sobre playas, miradas o cremas bronceadoras.

Era como si la Adriana desinhibida se hubiese quedado en Almería y la de siempre regresara a mí cada noche por teléfono.

Eso me tranquilizaba y, al mismo tiempo, me confundía.

¿Cuál de las dos era realmente mi mujer?

Cuando regresó de Cádiz, el reencuentro fue emotivo.

Nos abrazamos en el aeropuerto, olí su perfume familiar y sentí su cuerpo contra el mío.

Esa noche el sexo volvió a ser como siempre: intenso, conectado, lleno de besos y susurros de amor.

No saqué ningún tema que pudiera excitarnos de forma peligrosa.

Evité mencionar a Guillermo, a Rubén o sus juegos en el yate o en la piscina.

Ella tampoco los trajo a colación. Fue un sexo bonito, familiar…

y, poco a poco, monótono. Volvimos a la rutina sexual de siempre.

Sin sorpresas. Sin riesgos, pero también sin fantasía.

Después de varios meses sin poder tomar la píldora, el ginecólogo le dijo que los desarreglos hormonales parecían controlados, y se la recetó de nuevo. Aquello devolvió parte de la normalidad a nuestras relaciones sexuales.

Durante los siguientes meses intenté convencerme de que aquella etapa había sido solo un paréntesis.

Una aventura de vacaciones que había quedado atrás.

El trabajo en el Ministerio seguía consumiéndome, y Adriana parecía feliz con su rutina.

Salíamos a cenar, veíamos series juntos, hacíamos planes de fin de semana.

Todo volvió a la normalidad, tal vez demasiado.

Sin embargo, mis amigos de Telegram no pensaban lo mismo.

El grupo donde había compartido fotos y vídeos de lo ocurrido en las vacaciones, se había vuelto más exigente.

Les había dado demasiado y demasiado rápido: imágenes de Adriana en la piscina, fotografías y fragmentos de los vídeos de sus encuentros, y ahora reclamaban su porción del pastel.

Que si se había acabado la fiesta, que si les había puesto los dientes largos y los dejaba ahora con la miel en los labios…

Yo respondía con evasivas. Les decía que las cosas se habían calmado, que necesitábamos un tiempo.

Pero la presión del grupo crecía. Me enviaban capturas de conversaciones antiguas, me recordaban lo que había prometido compartir.

Cada mensaje me generaba una mezcla de excitación y culpa.

Había abierto la caja de Pandora y ahora no sabía cómo cerrarla sin romper mi relación con ellos.

El consolador equino había llegado un par de meses después a mi apartado de correos.

Era evidente, que no lo habían lavado, ya que tenía restos secos pegados.

Lo lavé cuidadosamente, y traté de que se lo metiera, pero no hubo forma.

Como había previsto, no le entraba. Tuve que limitarme a sacarle alguna foto lamiéndolo, lo que causó una gran decepción en el grupo.

Durante unos meses realmente pensé que aquella fantasía se había terminado.

Me repetía a mí mismo que había sido un error, que habíamos vuelto a la estabilidad y que eso era lo mejor.

Adriana parecía contenta. Ya no hacía comentarios provocadores, no mencionaba playas ni desconocidos.

Volvía a ser la mujer dulce y cariñosa de siempre.

Y yo, aunque echaba de menos la adrenalina, respiraba aliviado.

Pero en el fondo sabía que era una ilusión.

La semilla ya estaba plantada. Mis miedos seguían ahí, latentes, y el deseo también.

Cada vez que hacíamos el amor de forma normal, una parte de mí recordaba la lujuria de sus miradas, su entrega.

Se me venían a la mente recuerdos de Adriana tragando el semen de sus amantes, la total naturalidad con la que lo había hecho.

Y esa parte se preguntaba cuánto tiempo más podría mantener la puerta cerrada.

Los mensajes de Telegram seguían llegando. Cada vez más insistentes. Y yo no podía evitar abrirlos. Leía sus comentarios, sus fantasías sobre mi mujer, y sentía cómo el viejo fuego volvía a encenderse lentamente.

Adriana, ajena a todo esto, seguía con su vida. Nos besábamos por las mañanas antes de ir al trabajo, nos preguntábamos cómo habíamos dormido, planeábamos escapadas de fin de semana.

Por dentro, yo libraba una batalla silenciosa. Quería el control. Quería la fantasía, pero solo bajo mis condiciones. Y temía que, si volvíamos a cruzar la línea, todo se volviese a activar.

Los meses pasaron en esa extraña calma. Sexo monótono, rutina confortable y conversaciones seguras.

Se acercaban las Navidades y, como cada año, empezamos a organizar las compras.

Los fines de semana nos perdíamos en centros comerciales abarrotados, discutiendo sobre el presupuesto y cómo repartirnos en los días señalados con nuestras respectivas familias.

Eran las conversaciones de siempre: listas en el móvil, debates sobre si un jersey era demasiado impersonal o si un vale por una experiencia era mejor que un perfume.

Aquella cotidianidad me tranquilizaba, aunque era rematadamente aburrida.

Caminando con Adriana cogida de mi brazo y charlando de cualquier tontería, pensaba que la faceta salvaje que había mostrado durante las vacaciones formaba ya parte del pasado.

Un par de episodios aislados, unos momentos en los que se nos había ido la pinza por el calor, el ambiente y las fantasías.

Ahora volvíamos a ser la pareja de siempre: estable, cariñosa, centrada en las pequeñas cosas de la vida diaria.

Esa idea me reconfortaba. La puerta parecía cerrada.

A mediados de diciembre llegó la cena de empresa.

En el Ministerio, era casi un acto obligado, pero ninguno teníamos ganas especiales de acudir.

Mi jefe, un funcionario veterano chapado a la antigua, había decidido convertirla en una comida a mediodía para “no alterar demasiado las rutinas familiares”.

Ya me imaginaba la escena: un restaurante anodino, conversaciones que empezarían con el tiempo y terminarían inevitablemente en expedientes, licencias y sanciones pendientes.

Fotos de los hijos de mis compañeros, anécdotas de vacaciones y quejas sobre la nueva normativa europea. Aburrimiento puro.

Esa misma semana, una noche mientras cenábamos en casa, Adriana mencionó su propia cena de empresa.

—Cari, el viernes tengo la cena con todo el equipo de auditoría de cuentas —dijo mientras servía la ensalada—. Es en un restaurante del centro, y supongo que después iremos a tomar unas copas.

Levanté la vista del plato. Ella parecía ilusionada.

—¿Ah sí? Pensé que también haríais algo más formal.

—No, ellos son gente joven. Recién licenciados, con ganas de celebrar el cierre del año. Ya sabes cómo son. Música, copas después… lo normal en estas cenas.

Asentí, intentando que mi voz sonara neutra.

—¿Y tú vas a ir?

—Claro. Soy sénior, pero me llevo bien con todos. Además, me apetece mucho —confesó con una sonrisa sincera—. Tú y yo llevamos una racha muy aburrida, ¿no crees? Trabajo, casa, fines de semana tranquilos… Necesito salir, ver gente, reír un poco. Desconectar.

Su tono era ligero, alegre. No había dobleces, ni miradas sugerentes. Solo una mujer cansada de la rutina que se alegraba de tener una noche diferente.

—Tienes razón —respondí—. Llevamos meses en piloto automático. Una cena te vendrá bien.

Adriana se encogió de hombros con naturalidad.

—Los juniors siempre organizan bien estas cosas. El año pasado fue divertidísimo. Bailamos, contamos anécdotas de auditorías desastrosas… Me hace ilusión volver a verlos fuera de la oficina. Además, me han dicho que este año han reservado un sitio con terraza climatizada. Va a estar muy bien.

Hablamos un rato más del tema. Me contó que irían los de siempre, los nuevos, y el jefe de equipo.

Todo muy inocente. Yo la escuchaba y observaba su rostro iluminado.

Parecía realmente entusiasmada con la perspectiva de una noche de risas y desconexión.