2 #4
No había nada extraño en su actitud. Era la Adriana de siempre: sociable, responsable, pero con ganas de disfrutar de una velada entre compañeros.
Esa noche, mientras recogíamos la cocina, volví a sentir esa tranquilidad que me había acompañado las últimas semanas.
Adriana volvía a ser la profesional centrada, la esposa cariñosa que discutía conmigo sobre los regalos de Navidad y se ilusionaba con una cena de empresa por el simple hecho de salir de la rutina.
Cuando llegué a casa después de la comida de empresa, estaba exhausto de puro aburrimiento.
Había sido exactamente lo que imaginaba: un restaurante anodino, conversaciones repetitivas sobre expedientes y normativa, fotos de niños y nietos, y mi jefe contando las mismas anécdotas de hacía veinte años.
Desaparecí en cuanto pude sin quedar como un capullo.
Puse la excusa perfecta: que tenía que llevar a Adriana a su cena de empresa.
A nadie pareció afectarle especialmente mi marcha.
Algunos incluso parecieron agradecerlo pues les abrí la puerta para poder marcharse también.
Nada más entrar en casa, oí el secador en el baño. Adriana salía justo en ese momento de la ducha, envuelta en una toalla blanca, con el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros. Al verme, su rostro se iluminó con una sonrisa sincera.
—¡Qué pronto has vuelto! —exclamó, acercándose a darme un beso rápido en los labios—. Me alegro mucho. Así puedes ayudarme a elegir. Tengo dos vestidos sobre la cama y no me decido.
—¿Qué tal la comida? – preguntó mientras señalaba la cama.
—Un coñazo – respondí – peor de lo esperado…
Entramos juntos al dormitorio. Sobre la colcha había dos vestidos.
El primero era negro, con un escote discreto pero favorecedor y una espalda ligeramente descubierta.
El segundo, era estampado. Y se cruzaba por delante.
La verdad es que me parecieron los dos muy bonitos, y que pegaban con el estilo que Adriana querría para una noche como aquella.
El segundo dejaba algo más de escote a la vista, tanto que le sería casi imposible llevar sujetador.
Bastante atrevido, sin duda. Ambos eran sexy sin ser provocativos, perfectos para una cena de empresa.
—Pruébatelos —le dije, sentándome en el borde de la cama—. Quiero verlos puestos.
Adriana sonrió y dejó caer la toalla. Cogió primero el vestido negro y se lo puso con movimientos naturales. Se ajustó las tiras, se miró en el espejo de cuerpo entero y dio una vuelta.
—¿Qué te parece? —preguntó, inclinando la cabeza—. ¿No es demasiado serio?
—Te queda muy bien —respondí con honestidad—. Te marca la cintura y el negro siempre te favorece. Estás elegante, pero con estilo. El escote es bonito sin pasarse.
Ella se miró de nuevo, girando para verse la espalda.
—Sí, me gusta cómo cae. Pero no sé… a ver el otro.
Se quitó el negro y se puso el otro. Este se ajustaba más a su cuerpo, resaltando sus curvas de forma sutil. El color contrastaba maravillosamente con su piel.
—Este me encanta —dijo, pasando las manos por la tela—. ¿Tú qué opinas? ¿Es demasiado ajustado para una cena con los compañeros?
—No, para nada. Te queda espectacular. En serio, y la abertura de la pierna es elegante, no vulgar. Pareces una ejecutiva con estilo.
Adriana rio suavemente y se miró desde diferentes ángulos.
—Es que no quiero ir ni demasiado seria ni demasiado informal. Para ir a estas fiestas, la gente siempre se arregla mucho. Creo que este es más alegre. ¿Tú cuál prefieres?
Me tomé un momento para observarla.
—Los dos te quedan genial, pero este te hace más… radiante. Te da un toque especial. Ve con este.
—Vale, me has convencido —dijo con una sonrisa—. Este entonces.
Se quitó el vestido y lo dejó cuidadosamente sobre una silla. Luego abrió el cajón de la ropa interior y cogió un conjunto normal: unas braguitas de algodón color beige y un sujetador sin aros. Nada especial, solo práctico. Se lo puso con naturalidad.
La ventaja de Adriana era que con cualquier cosa estaba guapísima. Esa noche, sin embargo, iba espléndida. Se maquilló con sutileza: un poco de máscara de pestañas, un toque de colorete y un lápiz de labios de color rosa intenso, que le daba presencia sin exagerar.
Mientras se vestía, yo la observaba desde la cama.
Se recolocó el vestido con cuidado, subiendo la cremallera lateral con mi ayuda.
El vestido se ajustaba abrochándose cruzando uno de los laterales sobre el otro y hacía un efecto asimétrico por uno de los lados.
En la parte más corta, le llegaba a la mitad del muslo, y aunque lo estiró un poco, no pudo bajárselo más.
—Algo atrevido, pero te sienta genial.
Se observó en el espejo. Le sentaba bien, y era evidente que se sentía guapa. Se giró para verse la espalda y se pasó las manos por las caderas.
—No sé… creo que me falta algo de color. —Estuvo un rato buscando en el joyero los complementos. Sacó un collar y unos pendientes y se los puso delante para que yo viese el efecto.
—¿Bien?
—Muy bien. Estás espectacular.
—Ahora los zapatos —dijo, señalando el armario—. Ayúdame a elegir, por favor.
Sacó del zapatero un par. Unos stilettos negros clásicos, forrados en satén, con cordones que se ataban al tobillo. Siempre había tenido muy buen gusto para el calzado, y aquellos eran unos zapatos francamente sexys.
—¿Cuáles crees? —preguntó, probándoselos.
—Esos son mi debilidad, ya lo sabes. ¿Y qué tal con unas sandalias? – le sugerí. Siempre me habían gustado las sandalias de tacón, y a ella le quedaban de muerte, ya que tenía unos pies cuidados y muy estilizados.
—Cari, estamos en diciembre…
Se terminó de poner los stilettos y dio unos pasos. Realzaban sus piernas y el negro combinaba bien con el vestido.
—Estos me gustan —opiné—. Te estilizan las piernas. —Definitivamente esos —confirmé—. Te dan altura y quedan perfectos con el vestido.
Adriana asintió, satisfecha. Se terminó de atar los cordones a los tobillos, se miró en el espejo y sonrió.
—Perfecto. Gracias por ayudarme, cielo. Sin ti habría tardado una hora más en decidirme.
Se acercó y me dio un abrazo cálido, con cuidado de no arrugar el vestido.
—Estás espectacular —le dije con sinceridad—. Vas a ser la más guapa de la cena.
—Exagerado, hay un montón de chicas mucho más jóvenes que yo, y muy guapas —respondió riendo, pero se notaba que le había gustado el cumplido—. Solo quiero pasarlo bien y desconectar un poco. Llevamos una racha muy aburrida. Esta noche me vendrá genial bailar y tomar alguna copa con los compañeros.
Recogió un pequeño bolso de mano, guardó el móvil, las llaves y una barra de labios. Se dio una última vuelta frente al espejo.
—Bajo a buscar una peli.
—Ahora voy. Termino de peinarme y bajo.
Fui consciente de la diferencia de cómo se había arreglado esta noche, respecto a las veces que lo había hecho para sus amantes en verano.
Hoy no había habido lujuria, ni miradas retándome, ni frases cargadas de dobles sentidos.
Se había limitado a ponerse guapa, lo que en ella no era nada complicado.
El sonido intenso de los tacones la anunció cuando bajaba las escaleras.
—¿Seguro que estoy bien?
—Estás perfecta —aseguré.
Me dio un beso suave en la mejilla, dejando un leve rastro de su perfume.
—No me esperes despierto si se hace tarde. Mañana te cuento todo. Te quiero.
—Te quiero. Disfruta mucho.
La vi salir por la puerta con paso ligero, radiante y feliz. Me quedé en el salón, con una extraña mezcla de tranquilidad y melancolía. Esa noche Adriana iba a disfrutar de una cena normal, con gente joven y risas. Nada más. Y yo me alegraba por ella.
Me preparé un gin – tonic. Después de buscar en varias plataformas, me tuve que conformar con ver una película que ya había visto, pero que era preferible a la cantidad de basura que ofrecían.
Puse Cadena Perpetua, que sabía cómo acababa, pero que recordaba que me había gustado la primera vez que la vi.
Es curioso lo rápidamente que olvidamos gran parte de las escenas de una película.
Aunque sabía el final, de una gran cantidad de diálogos ni me acordaba, por lo que se me hizo entretenida.
Cuando terminó, en el apartado de películas similares, apareció otra que llamó mi atención.
También la había visto, pero después de lo que me había gustado la anterior, decidí ponerla.
Debía de ser un especial sobre Stephen King, porque emitían La Milla Verde, La Niebla y un par de ellas más que me sonaban del escritor norteamericano. Elegí La Milla Verde.
Me estaba preparando una segunda copa cuando el móvil vibró sobre la mesa. Era un mensaje de WhatsApp de Adriana. Abrí la aplicación con una sonrisa distraída, esperando que me contara alguna anécdota divertida de la cena.
“Hola cielo… He conocido a alguien en la cena. Me quiero ir con él.”
Me quedé petrificado. Leí el mensaje tres veces, como si las palabras pudieran cambiar si las miraba con suficiente intensidad. El corazón me dio un vuelco brutal. La copa se quedó a medio camino hacia mis labios.
El móvil vibró de nuevo.
“Cari?”
Mis dedos temblaron al teclear.
“¿Con alguien del curro? ¿Estás loca?”
La respuesta llegó casi al instante.
“Tranquilo, bobo. No es de mi empresa. Estaba en otra cena en el mismo restaurante.”
No me lo podía creer. Me estaba diciendo claramente, sin rodeos, que quería acostarse con otro hombre. No era una pregunta. No era una propuesta para fantasear. Era simplemente información sobre una decisión que ya estaba tomada.
“Jose? Si no quieres, podemos ir a un hotel.”
Sentí un nudo en la garganta. Aquel mensaje era la constatación definitiva de que no me estaba pidiendo permiso. Me estaba informando de lo que iba a hacer. Mi opinión, en el fondo, no contaba. Era solo una cortesía. Peor. Casi preferiría que se lo hubiese follado sin decirme nada.
“¿De verdad vas a hacer esto, Adri?”
“Jose. No quiero tener esta discusión ahora. Nos iremos a un hotel.”
Me pasé la mano por la cara, respirando agitado. La casa estaba en silencio, solo se oía el segundero del reloj del salón. Todo parecía irreal.
“Esta casa es tan tuya como mía.”
Hubo una pausa de varios segundos. Vi que estaba escribiendo y borrando.
“¿Eso es un sí?”