CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #5
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Miré la pantalla durante un tiempo que se me hizo eterno. Sentía una mezcla asfixiante de celos, rabia, excitación y una profunda tristeza. Todo lo que había creído que estaba superado volvía de golpe.

“Esto es un haz lo que creas que debes hacer. Tú sabrás lo que haces.”

La respuesta no tardó en llegar.

“Solo una cosa más… Prefiero que no estés presente. Duerme en la habitación de invitados. Se marchará temprano.”

Dejé el móvil sobre la mesa como si quemara. Me temblaban las manos. Me bebí la copa de un trago y me senté en el sofá, con la mirada perdida en la pared.

Todo había vuelto. Y esta vez, Adriana no solo cruzaba la línea: la cruzaba sin consultar previamente conmigo.

No había juegos previos, ni fantasías compartidas.

Solo un mensaje directo, frío en su claridad.

Me informaba de que traería a un desconocido a nuestra casa y que yo debía esconderme en la habitación de invitados como si fuera un invitado incómodo en mi propia vida.

Me levanté y caminé por el salón sin rumbo. La copa vacía seguía en mi mano. Pensé en llamarla, en discutir, en pedirle que no lo hiciera. Pero algo me detenía. Una parte de mí, oscura y retorcida, quería saber. Quería sentirlo. Y otra parte, la más racional, estaba cabreadísima.

Miré el reloj. Eran poco más de las dos de la madrugada. Probablemente ya estarían de camino.

Me dirigí a la habitación de invitados, encendí la luz y me senté en la cama. La habitación olía a cerrado, a espacio poco usado. Me tumbé vestido, mirando al techo.

El silencio de la casa era sobrecogedor. Cada minuto que pasaba aumentaba la presión en mi pecho. Celos, humillación, y esa excitación traicionera que odiaba sentir.

Adriana había tomado una decisión. Y yo, a pesar de todo, se lo había permitido.

Ahora solo quedaba esperar.

Abrí la puerta corredera que daba a la terraza.

La noche era fresca, típica de diciembre, y el aire helado me golpeó la cara.

Desde la segunda planta, la terraza se extendía conectando el dormitorio principal, el de invitados y el salón.

Era un espacio que siempre nos había gustado: vistas al jardín interior de la urbanización, donde estaba la piscina, plantas en macetas y un rincón con sillones donde solíamos hacer mucha vida los fines de semana, cuando el tiempo lo permitía.

Esa noche, sin embargo, aquel lugar me resultaba completamente hostil.

Encendí un cigarrillo. El corazón me latía con tanta fuerza que parecía querer salirse del pecho.

Cada bocanada de humo me quemaba la garganta, pero no me importaba.

Me apoyé en la barandilla, mirando la oscuridad del jardín, intentando procesar lo que estaba ocurriendo.

Adriana estaba a punto de traer a un desconocido a casa.

A nuestra casa. Y yo había aceptado. O, más bien, no había sido capaz de impedirlo.

Terminé el cigarrillo y regresé al interior de la habitación de invitados.

Me tumbé en la cama sin quitarme la ropa, con los ojos fijos en el techo blanco.

El silencio era absoluto. Solo se oía el lejano rumor de algún coche en la calle y el latido desbocado de mi propio corazón.

Los minutos se estiraban de forma insoportable.

Al poco rato escuché el ruido inconfundible de la puerta principal al abrirse abajo.

Voces. Una risa apagada, pero a carcajadas, de Adriana.

Intentaba hablar en susurros, pero su risa se escapaba, clara y contagiosa, delatando que había bebido más de la cuenta.

El hombre que la acompañaba respondía también en voz baja, pero sus risas se mezclaban.

Era evidente que ella trataba de mantener el volumen bajo, probablemente consciente de que yo estaba en casa, pero el alcohol le jugaba una mala pasada.

Escuché sus pasos en la escalera. Adriana dio un traspiés, se oyó el tacón contra un escalón y, acto seguido, una carcajada más fuerte que intentó ahogar sin éxito.

“Shhh…” —dijo ella entre risas, pero sin mucho convencimiento.

El hombre murmuró algo que no llegué a entender y ella volvió a reír.

Luego, de repente, el silencio. Un silencio cargado.

Seguramente él la estaba besando en aquel momento, porque durante unos segundos solo se escucharon risas ahogadas, respiraciones entrecortadas y ligeros gemidos que Adriana no conseguía contener del todo.

Me levanté de la cama sin hacer ruido y salí de nuevo a la terraza.

El corazón me martilleaba en los oídos. Desde mi posición, oculto en la oscuridad, vi cómo se encendía la luz del dormitorio principal.

La ventana dejaba ver parcialmente el interior, y vi claramente a Adriana y al hombre con el que se iba a acostar acercándose a ella.

Me quedé allí, congelado, apoyado contra la pared exterior, escuchando los sonidos que llegaban amortiguados a través de la noche. Las risas habían bajado de intensidad, pero seguían presentes. Susurros. Otro gemido suave de Adriana. El sonido de la puerta del dormitorio al cerrarse.

El frío de la terraza me calaba los huesos, pero no me movía. Una parte de mí quería volver dentro, taparse los oídos y fingir que nada de esto estaba pasando. Otra parte, más oscura y masoquista, necesitaba estar allí, sentir cada segundo.

Pensé en todo lo que habíamos vivido: las vacaciones, las conversaciones telefónicas, la falsa normalidad de los últimos meses. Y ahora esto. Adriana, borracha y alegre, trayendo a un desconocido a casa sin pedir permiso. Yo, escondido en la habitación de invitados como un intruso en mi propia casa.

Encendí otro cigarrillo. El humo subía en espirales hacia el cielo oscuro. Dentro, en nuestro dormitorio, las luces seguían encendidas. Se oían movimientos. Voces bajas. Otra risa contenida de Adriana.

Me senté en uno de los sillones de la terraza, abrazándome a mí mismo contra el frío. El corazón seguía latiendo con fuerza, una mezcla dolorosa de celos, excitación y una tristeza profunda que me apretaba el pecho.

No sabía cuánto tiempo iba a durar aquello. Solo sabía que esa noche, la puerta que creía cerrada se había abierto de par en par otra vez. Y esta vez, Adriana era quien tenía el control.

Sin poder evitarlo, volví a mirar hacia mi dormitorio.

Estaba en penumbra, apenas iluminado por la tenue luz de mi mesilla de noche, pero era suficiente para que pudiese verlos sin ser visto.

El tío, era un hombre joven, de unos treinta años.

Tenía el pelo rubio, y una apariencia atlética.

Aquel hombre se movía sobre Adriana con urgencia, atrapándola entre la pared y su cuerpo.

Su boca exploraba su cuello con besos húmedos, bajando lentamente por su clavícula, dejando en su piel un rastro húmedo que brillaba con la escasa luz de la habitación.

Sus manos, firmes y posesivas, recorrían su cuerpo con hambre, deslizándose por la curva de su cintura, ascendiendo hasta sus senos, apretándolos con un deseo feroz.

Y ella, con los ojos cerrados, se dejaba hacer, entregada a aquellas caricias lascivas.

Con manos expertas, le abrió el vestido. Adriana ya no llevaba el sujetador, se lo había sacado en algún momento de la noche.

Mirándole como solo ella sabía hacerlo, se bajó las medias y las bragas. Aquella mirada transmitía toda la excitación que llevaba dentro, y me anticipaba una escena que sería dolorosa.

El hombre le susurró algo, y ella soltó una carcajada. Se sentó en la cama, y se volvió a calzar los tacones. Una vez de pie, se volvieron a besar, mientras él terminaba de sacarle el vestido.

Adriana se mordió el labio con fuerza, ahogando un gemido traicionero cuando los dedos del hombre se cerraron alrededor de su pezón, pellizcándolo con la fuerza justa para arrancarle un espasmo.

Sus piernas se enredaron instintivamente en su cintura, y le echó las manos al cuello.

Él gruñó contra su piel, como si ese pequeño gesto de entrega lo encendiera aún más.

Noté que, pese a la humillación, me excitaba. Era una tortura, pero mi mente enferma lo percibía también como algo terriblemente erótico.

El silencio de la noche estaba roto por sus suspiros, susurros y ligeros gemidos, por el roce de piel contra piel y las respiraciones entrecortadas.

Allí estaba de nuevo la Adriana que pensaba que no volvería a aparecer, la mujer lasciva que se entregaba a sus amantes sabiendo que yo la observaba. Porque ella sabía que yo miraba.

Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta, la tensión de su cuerpo completamente sometido al vaivén de aquel cuerpo que la apretaba contra la pared.

Con urgencia, le sacó la camisa. La espalda del tipo era ancha y musculosa. Sus uñas se clavaron en ella, arañándole con lujuria, y un jadeo quedó suspendido en el aire.

Sentí un escalofrío. Mi respiración se volvió más pesada, y mi propia excitación se volvía insoportable.

Sentía mi pulso retumbando en la boca del estómago, la tensión ardiendo en la entrepierna.

Sabía que no debía moverme, que cualquier gesto brusco los alertaría, y la posibilidad de ser descubierto, sería la peor de las humillaciones.

Así que me obligué a mantenerme alejado y en absoluto silencio mientras en mi mente construía cada imagen, cada detalle de lo que ocurría a escasos metros.

De pronto, los movimientos del hombre se detuvieron. Adriana, con la respiración desbocada, lo miró sin entender.

—Date la vuelta —me pareció oír que le decía con una voz firme y cargada de deseo.

Ella obedeció sin dudar, girando sobre sus tacones, con el rostro pegado a la pared.

Su espalda arqueada dibujó la curva perfecta que descendía hasta su culo, alto y redondo.

El hombre se situó detrás de ella, dejando que su mirada recorriera cada centímetro de esas nalgas firmes, esculpidas por horas de gimnasio, una tentación que se tensó con el primer azote.

Deslizó la palma lentamente por una de ellas, disfrutando la tersura de su piel antes de golpearla de nuevo con posesión, sintiendo cómo se estremecía y gemía de gusto.

Luego, bajó los dedos por el valle entre sus glúteos, trazando el camino que ya ardía por recorrer.

Desde mi posición, podía ver el arco perfecto de su cuerpo, la manera en que sus muslos se separaban en espera de lo que fuese a pasar.

Ya totalmente desnuda, a excepción de los tacones, se arrodilló frente a él.

Si su espalda era ancha, el pecho era una perfecta conjunción de músculos.