2 #6
Tenía unos pectorales marcados, y abdominales trabajados.
Adriana le besó en el vientre, lamiéndolo despacio.
Disfrutando y regodeándose de aquel tío de cuerpo envidiable.
Le miró con lujuria y comenzó a bajarle los boxers.
Lo hizo lentamente, disfrutando de lo que por allí iba apareciendo.
Apareció ante ella una polla inmensa, enorme, que dejaba en evidencia la mía.
Era gruesa y larga, y saltó disparada del calzoncillo a escasos centímetros de su boca.
Ella sonreía con lascivia al ponerse de rodillas y acariciar con la palma de su mano toda la longitud.
—Qué barbaridad… nunca había visto una tan grande —exclamó relamiéndose, y él soltó una carcajada que me jodió.
Acercó su boca a aquel mástil y se lo metió hasta la garganta, mientras cerraba los ojos. Se quedó quieta, con aquel trozo de carne en su boca, saboreándolo, disfrutando de cada centímetro.
Recordé de inmediato la frase de Guillermo: “Una cosa es ver a un tío comiéndole el coño a tu mujer, y otra muy distinta es ver a tu mujer haciéndole una mamada a otro tío.”
Adriana dejó escapar una risa entrecortada, girando un poco la cabeza hacia la terraza. Sabía que yo estaba allí. Y quería que no me perdiese detalle.
En aquella posición, pude ver aquella polla oscura y enorme.
Estaba totalmente empalmada. Ella comenzó a besarle el pubis con besos suaves, mientras con la mano le pajeaba lentamente.
Pero ella lo que quería era hacerle una mamada.
Era evidente que se excitaba metiéndose aquel trozo de carne en la boca, sobre todo, sabiendo que yo la observaba.
Movía la cabeza adelante y atrás, mientras que sus manos se encargaban de acariciarle los testículos. Estuvo un buen rato lamiéndola y varios hilos de saliva se le escapaban por los laterales de la boca.
El hombre empezó a jadear, y la alzó para detener aquella felación, que supongo que lo estaba llevando al límite demasiado rápido. La empujó sobre la cama, y ella abrió las piernas con desvergüenza. De nuevo miró hacia la terraza, donde yo había empezado a desabrocharme los botones del vaquero.
Él deslizó los dedos lentamente por el interior de sus muslos, rozando la piel suave de mi mujer.
Se detuvo justo antes de tocarla, saboreando su desesperación, disfrutando de cómo su respiración se agitaba.
Con una sonrisa ladina, separó aún más sus piernas, acomodando su cabeza entre ellas sin prisas.
No podía ver lo que le hacía, pero los suspiros de Adriana dejaban bien a las claras que le estaba encantando.
Elevó más la pelvis, ofreciéndole acceso también al perineo, que el lamió con esmero.
Era una comida de coño en toda regla, y yo podía ver los pechos de Adriana subiendo y bajando al ritmo de una respiración que se aceleraba con cada roce de la lengua de aquel tío.
Ella susurró algo que no pude oír, y él se separó de ella. Se sujetó la polla con la mano, y sin darle tiempo de reaccionar, la embistió con fuerza.
Adriana se llevó una mano a la boca para contener el grito que amenazaba con escapársele, su espalda se tensó sobre la cama. Él hundió los dedos en su cadera, dominándola con movimientos profundos, cada uno de ellos empujándola más contra el colchón.
Yo estaba completamente empalmado, y había empezado a tocarme. Adriana no dejaba de mirar hacia la terraza, mientras gemía cada vez más alto. Cada mirada era una provocación. Me estaba retando a permanecer oculto viendo cómo aquel desconocido se la follaba en nuestra cama.
Cada gemido contenido de Adriana, cada jadeo del hombre, cada golpe del cuerpo contra el colchón era un latigazo en mis sentidos.
No debía estar haciendo esto. No observar aquello con la mano en la polla. Era lo que ella quería, y yo en aquel momento, la odiaba con toda mi alma.
Por mi mente, pasaron mil imágenes. Nuestros torpes comienzos en la cama, el ahorro obsesivo para comprar el primer piso, los ascensos laborales, las vacaciones, y una vida plena en pareja.
Y ahora ella estaba ahí, entregada a otro hombre sabiendo que el cornudo de su marido la miraba absorto con la polla en la mano.
Porque el morbo era más fuerte que la sensación humillante de su infidelidad. La imagen de Adriana, desnuda y entregada, el temblor en sus muslos cada vez que él la tomaba con más fuerza… todo eso me tenía atrapado en una telaraña de excitación que no podía sacudirme.
Me odiaba a mí mismo por desear lo que veía, por preguntarme cómo estaría gozando con cada embestida.
Era evidente que su cuerpo respondía al sonido húmedo de sus encuentros.
La perversión me tenía como hipnotizado, obligándome a seguir escuchando, a seguir observando, a seguir hundiéndose en ese abismo en el que la fidelidad y el respeto se desdibujaban y solo quedaba la lujuria.
Cerré los ojos con más fuerza, intentando ignorar el ardor en mi polla. La solté y maldije mi puta perversión, que me había llevado hasta aquel punto, pero entonces escuché la voz de Adriana, rota, apenas contenida:
—Joder, tío… si sigues así… Vaya salvajada de polvo. Me estás partiendo en dos, cabrón.
Y en ese instante, la culpa y el deseo chocaron en mi interior con la misma intensidad de aquellos dos cuerpos que se seguían follando salvajemente.
—Te gustan las pollas grandes, ¡eh! —murmuró él, deslizando la mano entre sus muslos hasta encontrar su vagina húmeda y su clítoris palpitante. La sujetó con más fuerza, y sus dedos la tocaban con rudeza mientras su boca recorría sus tetas, dejando mordiscos que la hacían arquearse de placer.
Adriana apretó los párpados con todo su cuerpo estremeciéndose bajo los empujones que le daba.
El placer la invadía en oleadas cada vez más intensas, y la presión de los dedos explorándola solo avivaba su excitación.
Sabía que yo estaba allí, a solo unos pasos, absorto y excitado, y la idea de que pudiera escuchar cada gemido ahogado, cada jadeo contenido, solo hacía que el deseo la invadiese más.
Adriana podía sentir mi presencia. Sabía que miraba cada gesto, que escuchaba cada sonido que escapaba de su boca mientras aquel tío la devoraba con sus manos y su lengua.
Esa certeza estaba seguro de que la encendía aún más, la hacía moverse con más entrega contra él, ofreciéndose sin pudor a su amante, pero también a mí.
Porque, aunque yo no podía tocarla, aunque estaba atrapado en mi propio juego doloroso de voyeur silencioso, ella me estaba regalando cada detalle, cada sonido, cada imagen grabada en la penumbra de la habitación.
Le elevó las piernas y las colocó en sus antebrazos, forzándolas a que se le abriesen completamente, permitiéndose un acceso total y completo a la vagina.
Los gemidos de Adriana se intensificaron, las frases entrecortadas Todo aquello se fue sucediendo entre espasmos de sus piernas.
La resistencia del tío aquel, era más que respetable. Yo estaba a punto de correrme mientas él seguía percutiendo una vez tras otra.
Finalmente, se corrieron con intensidad; fue un orgasmo largo, con ganas, lleno de gruñidos de deseo, de movimientos llenos de pasión.
Él se echó hacia atrás y me regaló otra de las visiones que ya nunca se me olvidarían: ella estirada, su rostro mostrando una mueca cercana al paroxismo, que él regó con varios chorros de un semen espeso y abundante.
Pronto las gotas de esperma comenzaron a caer por su pecho llegándole hasta el vientre, mientras respiraba y jadeaba satisfecha.
Tras reponerse unos instantes, ella misma se colocó a gatas sobre la cama y, dándose un azote en el culo a sí misma, le incitó a que la follara en esa postura.
Aquel cabrón ya estaba otra vez empalmado y con un movimiento seco, le introdujo la polla en mi mujer, y comenzó a follársela en un segundo asalto que ella parecía necesitar.
Cada fibra de mi cuerpo ardía en una tensión insoportable.
Sabía que no debía moverme, que cualquier gesto brusco los alertaría de mi presencia, pero el placer que me consumía era una bestia que se retorcía dentro de mí, exigiendo más.
La polla palpitaba en mi mano, de forma casi dolorosa, mientras intentaba acomodarme para no ser visto.
El sonido de la piel chocando contra la piel, los jadeos entrecortados de Adriana, el gruñido bajo de él…
Todo me sumía en un estado febril, donde el morbo y la culpa se entrelazaban como un veneno.
Esto estaba mal. Era mi mujer follando con otro.
¿Cómo había llegado a este punto? ¿Cuándo el deseo se había vuelto más fuerte que la razón?
Intenté respirar más lentamente, mantener el control, pero la presión en la polla se volvía insoportable.
Me brindaban cada imagen con una claridad insoportable.
Veía a Adriana arqueándose plena de lujuria, veía sus manos azotando sus nalgas perfectas, ese mismo culo que tantas veces yo había acariciado y besado.
El pensamiento me golpeó como un puñetazo de un boxeador que te deja sin respiración. Ella lo sabía. Adriana lo sabía. Estaba jugando conmigo, mostrándome su risa, con total descaro. Y ahora, en esa habitación en penumbras, ella me lo estaba mostrando todo… sin siquiera valorar mi dolor.
Era un castigo y una recompensa al mismo tiempo.
—Fóllame el culo. – Gimió ella entre jadeos. —Necesito que me lo revientes.
La frase me dolió, porque venía acompañada de una cara que era la imagen del placer más crudo, de la necesidad de que yo la oyese. Mientras ella se retorcía bajo él, ella solo quería más.
Para su amante, no había más que el presente: su piel contra la de ella, el sudor resbalando por su espalda, la forma en que su culo se elevaba cada vez que él la penetraba con más fuerza.
No le interesaban las sutilezas, nunca le habían interesado.
Era el polvo de una noche, sin perspectivas de futuro.
Mi mujer se estaba follando a un tío al que acababa de conocer, y se entregaba a él con una pasión que parecía denotar que se conocían de siempre.
—No te cabrá. La tengo muy gorda. Te dolerá —gruñó con prepotencia en su oído.
—Prueba y verás si me cabe… — dijo ella con la voz cargada de lujuria y advertencia.
Adriana se mordía el labio, apretaba los puños contra las sábanas, pero su cuerpo la traicionaba. Cada embestida la hacía gemir y estremecer.