2 #7
Él se incorporó ligeramente y se detuvo. Se escupió en la mano, y comenzó a restregarse la saliva por la polla.
No pude evitar que me invadiera una fuerte angustia. La verdadera humillación consistía en eso: en mostrarse en esa actitud degradante. Mientras se exhibía, deseaba que yo viese cómo, la penetraba y cómo la sodomizaba, su vanidad se sentía satisfecha porque yo estaba sufriendo.
Me dolía que estuviese dispuesta a exhibir su cuerpo, a brindarlo para darle placer a aquel desconocido, incluso a rendirse al dolor de una sodomización solamente para provocarme.
La polla de su amante, del que ni siquiera sabía yo su nombre, que ahora había alcanzado todo su esplendor, no podía ofrecer un aspecto más obsceno y aterrador.
La sujetó por las caderas y la atrajo hacia él, le separó las piernas y, tras abrirle las nalgas, la penetró sin contemplaciones y sin que ella pareciese estar preparada.
Adriana gritó desencajada y su cara mostraba un rictus de verdadero dolor.
El cabrón se la había metido sin consideración alguna, y cuando empezó a bombear, la cara de mi mujer se convirtió en una mueca.
Pensé que estaba rota de dolor, pero se giró hacia la terraza, y sonrió de una manera que me dejó congelado.
Con aquel pedazo de polla dentro del culo, separó más los muslos antes de incorporarse ligeramente y ponerse a gatas, con el culo en pompa, como una yegua montada por un semental. Se la veía excitada, y empezó a adaptar sus movimientos a los del macho que la penetraba.
Le encantaba que la viese así, rendida y desesperada, pero quería más. Quería que viese su cuerpo en todo su esplendor, verla retorcerse de placer.
—Ponte arriba. —Dijo él sacándosela de golpe. Su orden fue firme, sin espacio para dudas.
Adriana abrió los ojos y, por un instante, su mirada se desvió hacia mí. Sabía que no podía dejar de mirarla. Lo había sabido desde el principio.
Yo percibía la tensión en su cuerpo, la forma en que su respiración apenas se contenía, los minúsculos movimientos que delataban su lucha interna. La idea la excitaba más que el dolor que sabía que le iba a provocar.
Lenta, provocadoramente, se acomodó sobre aquel falo lleno de venas.
Apoyó la espalda contra el pecho de él, y abrió completamente las piernas para recibirlo de nuevo.
Era la posición perfecta. No solo le daba a él control total sobre su cuerpo, sino que la dejaba completamente expuesta ante mis ojos.
Tenía la piel perlada de sudor, el pelo pegado a la cara y aquella mirada que me estaba matando.
—Ahhhhhhh Joder… —chilló mientras se sentaba sobre aquella polla que poco a poco desaparecía dentro de su ano—. Así, cabrón. ¿Ves cómo entra?
Él la guio con fuerza, marcando el ritmo, asegurándose de que su pene se hundiera en cada embestida con el grado exacto de intensidad que la hiciera gemir. Adriana no podía contenerse, su cuerpo vibraba con cada empujón, y comenzó a gemir cada vez más alto para que yo la escuchase.
Estaba tan absorto en aquella imagen, que me sorprendí al notar mi semen en la mano. Me había corrido viendo cómo ella se empalaba en aquel pollón.
El placer se mezcló con el dolor, y sin pensarlo, Adriana dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándose contra el pecho de su amante, abriéndose aún más, asegurándose de que yo pudiera ver cada detalle.
—¿Te gusta así? —preguntó él contra su cuello, con la voz ronca, inconsciente del juego silencioso que se desarrollaba entre mi mujer y yo.
Adriana sonrió con los labios entreabiertos, sintiendo el placer recorriéndole la columna. Le encantaba.
Era sexo fácil, sin compromisos, sin etiquetas ni promesas. Solamente dos personas que no se conocían, cómplices de deseo, dos cuerpos que se buscaban sin más. No necesitaban una relación para ejecutar aquel polvo salvaje, que les estaba enloqueciendo.
Y yo formaba parte de aquella locura, porque mi presencia la enardecía más, y la hacía comportarse como una perra loca de pasión.
Ella tembló cuando la embistió más fuerte, con las manos de él marcándole la cintura, y su boca devorando su cuello.
Sus pechos perfectos saltaban y se movían al ritmo de las embestidas.
El placer la hacía arquearse, ofreciendo un espectáculo que sabía que yo no me perdería.
Mordió su labio antes de deslizar las manos hasta su propio pecho, tomándolos con descaro, sintiendo su propia piel erizada bajo sus dedos.
Los apretó, los masajeó, pasó la lengua por uno de sus pezones mientras miraba directamente hacia mí, como si su mirada pudiera atravesar la oscuridad.
“Mírame…” parecía decirme llena de perversión y desafío. “Sé que lo estás haciendo.”
Sentirse así, tan expuesta, tan deseada. Era como un poder nuevo recorriéndole la piel, una chispa que encendía su vientre con cada segundo que pasaba.
La Adriana de antes nunca habría hecho esto. La Adriana de antes habría sentido pudor, vergüenza. Pero ahora… ahora solo quería más.
Separó las piernas un poco más, arqueando la espalda con un movimiento lento y deliberado, y percibí cómo su piel se erizaba al exponer cada rincón de su cuerpo al placer y a mi mirada oculta en la penumbra.
El hombre gruñó de satisfacción, aferrándose con más fuerza a sus caderas, hundiéndose en ella con un ritmo cada vez más salvaje.
Pero Adriana no solo se entregaba a él, se entregaba a la idea de ser observada, a la certeza de que yo estaba gozando y sufriendo: su trasero redondo y firme enmarcando cada embestida, sus muslos temblando de placer,
la humedad brillando entre sus piernas cada vez que él retiraba su polla solo para hundirse de nuevo con más hambre.
Sabía que yo no me movería, que no haría un ruido.
Sabía que estaba atrapado en mi propio tormento, con una erección latiendo con furia en mi mano, deseando con cada fibra de mi cuerpo ser yo quien la tuviera en ese instante, pero condenado solo mirar.
Y eso… eso parecía que era lo que la excitaba más.
Yo volvía a estar empalmado. Pese a tener la mano llena de semen de mi reciente corrida, volví a pajearme. Cada gemido de Adriana era un latigazo en mi polla, un recordatorio de lo jodidamente excitado que me sentía al ver a mi mujer, atrapada entre el deseo y la locura.
—Estas… chorreando —murmuró el hombre con tono lascivo, sacando una mano empapada del coño de Adriana y subiéndola por su vientre dejando un reguero de humedad.
Después continuó subiendo hasta cerrar los dedos alrededor de sus pechos, amasándolos con avidez, pellizcándole con rudeza los pezones—. ¿Te gusta que te ponga al límite?
—¿Qué sabrás tú de mis límites…? – le dijo provocándole.
Adriana apretó los labios en un largo gemido, su cuerpo se agitó sobre él.
La penetración era obscena, una enculada salvaje que yo no podía dejar de seguir con los ojos, con el aliento atrapado en la garganta y el corazón desbocado.
Podía verla abrirse para él, podía verla temblar clavada en aquel mástil pétreo. Y estaba tan cerca… demasiado cerca.
El cuerpo de Adriana empezó a temblar. Su amante dio síntomas de no aguantar más, en la lujuria incontenible que los consumía con cada embestida, sus respiraciones se tornaron erráticas.
Los pechos de mi mujer subían y bajaban con violencia. Era un polvo sucio, expuesto. Debería apartar la mirada. Debería regresar a la puta habitación de invitados, huir de aquello. Pero mi mano se movía frenética en una paja apresurada.
Suena ridículo, pero nos corrimos los tres a la vez.
Adriana comenzó a gemir de forma descontrolada.
De su coño empezó a fluir una cantidad ingente de líquido, que dejó las piernas y la polla del hombre empapadas.
Supongo que ver tal cantidad de líquido saliendo de su coño, hizo que él no aguantase más, y se corrió entre gritos dentro de su culo, y yo…
Yo me corrí de nuevo en la mano, sintiendo que me fallaban las piernas.
Tras unos minutos recuperándose, ambos sonrieron y murmuraron algo en voz baja.
Evidentemente comentaban la jugada. Probablemente el tío aquel querría repetir con mi mujer.
Los más oscuros pensamientos se agolpaban en mi cabeza.
Me la imaginaba pidiéndole verse más veces, convirtiéndolo en su amante fijo, con el que se acostaría cuando le viniese en gana.
Me tumbé sobre la cama, y volví a escuchar risas y gemidos que salían de mi habitación.
No sabía si estaban echando un tercer polvo, pero no debió de ser así, porque escuché que se abría la puerta del dormitorio, y los tacones de Adriana sobre la tarima.
Bajaban las escaleras. Abrí mi puerta y me asomé con cuidado al hall de la entrada.
Adriana estaba completamente desnuda, sobre aquellos tacones que yo mismo le había ayudado a elegir.
Tenía la piel brillante y el pelo revuelto.
Se despidieron entre susurros, y se dieron un beso en la boca.
Cuando se cerró la puerta, ella se apoyó y resopló satisfecha cerrando los ojos.
Eché un vistazo a mi habitación. La cama parecía un escenario bélico.
Las sábanas revueltas, restos de las corridas de ambos, e incluso manchas oscuras, que probablemente eran de sangre.
Escuché el ruido de los tacones en las escaleras. Me giré, y la vi subir con paso lento y una sonrisa en la boca. Tenía una chispa extraña en la mirada. Era evidente que continuaba medio borracha.
—¿Lo has visto…? —fue lo primero que me preguntó. —Menudo animal. Casi me revienta…
Apreté los puños y la miré fijamente. Lo que vi, no me gustó nada. Se la veía tranquila, despreocupada, como si lo ocurrido fuese lo más normal del mundo. No le contesté.
—¿Qué pasa…?
—¿Cómo que qué pasa…? ¿Lo estás preguntando en serio?
Me invadió una oleada de celos, pero conseguí contener las lágrimas y quedarme solo con la rabia. La observé. Su cara no transmitía absolutamente nada. Me miraba intensamente.
—¿Estás bien…?
Y de repente, sin ninguna explicación razonable, se me saltaron las lágrimas. Lloré delante de ella por hacerme aquella pregunta después de lo que acababa de ver: «¿Estás bien? ¿Eres gilipollas? ¡Claro que no estoy bien, joder!»
—Sí, estoy genial ¿por qué no habría de estarlo? ¿Ves algo mal en mi vida, algo que no funcione?
—Joder, Jose. No ha pasado nada que no haya pasado antes. ¿Tanto te ha molestado?