CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #8
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Por un segundo, la vi dudar. Lo cierto, es que nunca me había visto llorar, y aquello pareció afectarla profundamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras trataba desesperadamente de encontrar algún tipo de explicación que pudiera calmarme.

De niños aprendemos que, si lloramos, recibimos cariño; si mostramos que estamos tristes, recibimos consuelo.

Si no podemos convencer con nuestra sonrisa, seguramente convenceremos con nuestras lágrimas.

Después de cierta edad, empezamos a utilizar una máscara de seguridad, una máscara que solamente trata de mostrar lo duros que somos y lo seguros de nosotros mismos que nos sentimos.

Con el tiempo, esa máscara se convierte en lo que queremos mostrar a los demás.

Pero ya no lloramos (excepto en el baño cuando nadie nos oye). No mostramos nuestros sentimientos, porque la gente puede pensar que somos vulnerables y aprovecharse de ello, pero aquellas lágrimas causaron un efecto devastador en Adriana, consciente por primera vez del dolor que me había provocado.

Se giró de repente, y corrió al baño. Escuché las arcadas, y el sonido de la vomitona. Me acerqué y la vi arrodillada sujetándose a la taza, y por primera vez en toda la noche, vi a una mujer vulnerable, completamente alejada de todo lo que había exhibido con descaro unos minutos antes.

Se recompuso como pudo, y se enjuagó la boca.

Se sentó en el inodoro y se sacó los zapatos sin dejar de llorar.

Sentí una punzada de angustia en el estómago al pensar que tenía el culo lleno de semen de su amante.

El pensamiento me desagradó. Le pasé un albornoz para que se cubriera y ella se levantó y caminó hacia la cama, y vio el estado en el que había quedado.

Hizo un gesto, como si quisiera borrar lo ocurrido, pero aquello era imposible.

—Lo siento, Jose, de verdad que lo siento… Perdóname —me dijo entre sollozos. No sé lo que me ha pasado.

No paraba de llorar y me quedé quieto esperando alguna explicación más, pero ella continuaba con un llanto desconsolado, que sinceramente, me sorprendió. Tratando de serenarse, tomó aire y empezó a hablar.

—La cena estaba siendo muy divertida. Tal vez bebí algo más de vino de lo que estoy acostumbrada, pero nos lo estábamos pasando genial. Sin malos rollos, ni cosas raras. —Se detuvo como si tratase de ordenar sus recuerdos, que evidentemente estaban borrosos por el alcohol.

Yo me mantuve en silencio, con los brazos cruzados, tal vez un poco a la defensiva.

—En un momento dado, Fabián, un consultor que acaba de llegar a la empresa, nos propuso dejar el restaurante e ir a una discoteca o a un pub a tomar las copas.

Llegamos a la discoteca, y allí había otras cenas de empresa.

Era una fiesta muy animada, y los chicos de una empresa de marketing, comenzaron a charlar con nosotros.

—volvió a callarse. Miró al suelo un momento y volvió a llorar.

De nuevo se hizo el silencio entre nosotros. Quería parecer impasible, frío, insensible al dolor, pero me dolía tener que escuchar el inicio del ritual de apareamiento.

—No sé cómo… bueno sí…, Martín se me acercó...

Fijó su mirada de nuevo en el suelo. Buscaba las palabras menos hirientes para mí, pero ya me daba igual. El daño no estaba en oírlo, sino en saberlo, y en haberlo visto.

—Yo estaba bastante borracha, y él… bueno, ya lo has visto.

Estaba muy bueno. Nos enrollamos, y una cosa llevó a la otra.

Me calentó, no te lo voy a negar. Me dijo que estaba casado, y que no podíamos ir a su casa, pero me propuso ir a un hotel.

En ese momento, fue cuando te llamé. No sé…

durante un momento pensé que te gustaría la idea.

En verano te habías puesto como una moto al verme con Guillermo y con Raúl, así que decidí decirte que vendría con él.

—¿Y no notaste que no quería que lo hicieras? Creo que fui bastante transparente. No quería que te lo trajeras a casa.

—Jose… estaba muy borracha, ya sé que no es excusa, pero lo estaba.

Mientras escribía, él me estaba tocando entre las piernas, así que, entre la borrachera y la calentura, no me paré a pensar que te pudiese hacer daño.

Después te vi masturbándote en la terraza viéndonos follar, y pensé que todo estaba bien.

Entonces fui yo el que bajó los ojos avergonzado.

Fui consciente del caos en el que había sumido nuestra relación.

Mis sentimientos eran un laberinto que ni yo mismo entendía, así que era imposible que ella los comprendiera.

Adriana seguía sentada en el borde de la cama, envuelta en el albornoz, con el rostro hinchado por el llanto y el maquillaje corrido.

El silencio entre nosotros era denso, cargado de dolor y confusión.

—Me comporté como una golfa —dijo ella de repente, con la voz rota—, porque creí que te pondría.

No pensé que fueses a sufrir tanto, mi vida.

Creí que sería como las otras veces… que te excitaría.

Pero verte llorar… me mata. No soporto que llores.

Joder, Jose. Creo que, si no ponemos fin a esto, nos destruirá.

Sus palabras me golpearon. Me senté en la silla frente a la cama, con las manos temblando sobre las rodillas.

—Ni yo sé lo que siento —admití, con la voz entrecortada—. Sí. Me pajee viéndote follar. Me excitó como nunca. Pero también he sufrido muchísimo. No sé si estoy enfermo, o tengo una obsesión, pero no puedo pretender que tú entiendas lo que ni siquiera yo soy incapaz de entender.

Adriana se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y me miró con los ojos enrojecidos.

—Dejémoslo, mi vida. Aún estamos a tiempo.

Yo negué con la cabeza lentamente. Las lágrimas seguían amenazando con volver.

—Adri, tú misma lo dijiste. Los últimos meses han sido una mierda de aburrimiento. El sexo ha ido de mal en peor. Nos hemos convertido en una pareja… normal. Demasiado normal. Y eso a la larga, también destroza un matrimonio.

Ella se levantó de golpe, nerviosa, y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación.

—Entonces ¿qué quieres hacer? ¡Joder! —protestó, alzando la voz—.

Me estoy volviendo loca. No quiero perderte.

Te amo, Jose. Te amo de verdad. Pero sé que te estoy haciendo daño.

Te pones a llorar, pero al mismo tiempo parece que quieres que lo vuelva a hacer.

¿Cómo coño se supone que debo entender esto?

¿No te das cuenta de que no tengo ni puta idea de qué debo hacer?

—Lo sé, Adri. Ni yo me entiendo —respondí, hundiendo la cara entre las manos.

—Joder, tío. Aclárate —dijo ella con frustración, deteniéndose frente a mí—.

Porque yo ya no puedo más. Una parte de mí se sintió poderosa esta noche.

Pensé que estarías excitadísimo viéndome con él, y resulta que te me pones a llorar.

Verte así… me destroza. No quiero ser la que te haga daño.

No quiero que mis actos acaben con lo nuestro.

Me quedé callado un largo rato. El peso de todo lo ocurrido caía sobre nosotros como una losa. Recordé las vacaciones, las conversaciones telefónicas, la falsa normalidad de los últimos meses. Todo había sido una ilusión. La puerta que creíamos cerrada nunca lo había estado realmente.

—No quiero perderte tampoco —dije finalmente, con voz baja—. Te quiero. Pero hay algo dentro de mí que necesita esto. No sé si es sano. No sé si es una enfermedad. Solo sé que cuando te vi con él… una parte de mí se rompió y otra se encendió como nunca.

Adriana se sentó de nuevo en la cama, derrotada. Se abrazó las rodillas y habló casi en un susurro:

—Entonces estamos jodidos. Porque yo también sentí cosas esta noche. Me gustó. Me gustó demasiado. La atención, el deseo de otro hombre, la adrenalina… Pero verte sufrir me mata. No quiero elegir entre hacerte feliz a ti y ser feliz yo. No es justo.

El silencio volvió a instalarse. Fuera amanecía lentamente. La luz gris del alba entraba por la ventana, iluminando el desastre de la habitación.

—No sé qué hacer —admití—. Una parte de mí quiere cerrar esto para siempre y volver a la normalidad. Otra parte… quiere más. Y me odio por ello.

Adriana levantó la mirada y me observó con una mezcla de amor y miedo.

—Pues yo sí sé una cosa —dijo con voz temblorosa—. Te quiero. Y si seguimos por este camino, vamos a hacernos mucho daño. Pero si lo paramos… también vamos a sufrir. Porque ya no somos los mismos de antes. Esto nos ha cambiado.

Me levanté y me senté a su lado en la cama. No la abracé. Solo estuvimos allí, hombro con hombro, mirando al vacío.

—Sabes… Creo que el problema no es que te folles a otros hombres —dije finalmente, rompiendo el largo silencio—. Creo que el problema real es el control.

Adriana levantó la cabeza y me miró con curiosidad, aún con los ojos enrojecidos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, secándose la mejilla con la manga del albornoz.

—Esta noche no tuve el control —le expliqué, con la voz más calmada—. No supe nada hasta que ya estaba pasando. Me sentí completamente fuera de juego.

—Pero si te pedí permiso… —protestó ella.

—No. Para nada pediste permiso. Me informaste de lo que ibas a hacer. La decisión estaba tomada. Simplemente me la comunicaste. Eso me hace sentir que no tengo el control.

Adriana frunció el ceño, visiblemente confundida.

—Joder, tío. Eso suena a puro machismo.

—Y lo es —admití sin rodeos—. Pero, en cambio, consentir que te tires a otros en nuestra cama es un signo de ser bastante abierto de mente. ¿No?

Ella se quedó callada un momento, procesando mis palabras. Se ajustó el albornoz y suspiró.

—Entonces ¿qué quieres?

—Quiero que me consultes —respondí con claridad—.

Quiero ser yo el que diga sí o no. Evidentemente, puedes proponer, pero quizás habrá veces que te diga que no.

Creo que, si tengo el control sobre tus amantes, y sobre las situaciones que se puedan plantear, todo irá bien.

Verte follar con ellos es tremendamente excitante.

Lo que me hace daño es no tener arte ni parte en la decisión.

Eso me vuelve inseguro, me surgen temores de que puedas enamorarte de ellos. ¿Lo entiendes?

Adriana me miró durante un buen rato, como si intentara leer entre líneas.

—Más o menos. Pero no es fácil, cielo. Entonces ¿quieres que siga follando con otros?

—Sí. Pero yo debo tener el control.

—¿Tú eliges?

—Elegimos los dos. Pero yo decido. ¿Qué te parece?

—Me parece machista —dijo con una media sonrisa triste—, pero también justo. Al menos es honesto.