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—Ah, claro. Es cojonudo, ¿verdad? Yo tengo que estar dispuesta a follar con quién tú digas, cuándo tú digas y dónde tú digas.
Sin la menor capacidad de decisión. Tú abriste esa puerta, cariño.
Tú me echaste en brazos de otros para ponerte cachondo.
Y yo tenía que aceptar, abrirme de piernas y gemir porque a ti te excitaba verme así.
Pues hoy he sido yo la que ha querido excitarse. Punto. ¿Ahora eso te molesta?
Su voz subió de tono, cargada de reproches. Caminaba de un lado a otro de la habitación, gesticulando.
—Tú decides cuándo se abre el juego y cuándo se cierra.
Cuando te apetece ser cornudo, me pones en bandeja al tío que te apetezca.
Pero cuando soy yo la que toma la iniciativa, aunque sea solo un poco de crema bronceadora y un simple juego, te pones hecho una furia.
¿Eso es justo? ¿Tú controlas mi deseo y yo tengo que ser tu marioneta sexual perfecta?
Me pasé las manos por el pelo, frustrado. Tenía parte de razón y eso me enfurecía aún más.
—Tienes parte de razón —admití a regañadientes—.
Sí, yo abrí esa puerta. Pero no era ni el momento ni el lugar, Adriana.
Estabas en la piscina, a plena luz del día, rodeados de gente.
Y por mucho que me ataques para defenderte, vi la vergüenza en tu cara cuando el responsable te llamó la atención.
Bajaste la cabeza como una niña pillada en falta.
No me digas que no sentiste vergüenza, porque no es verdad, tía.
Adriana se detuvo. Bajó la mirada al suelo y, por primera vez, su expresión se suavizó. Los hombros se le hundieron ligeramente.
—Sí… la sentí —reconoció en voz baja—. Cuando el jefe del hotel se acercó y me dijo que ese comportamiento no era propio del establecimiento, me sentí avergonzada. Fue… incómodo.
El silencio se instaló entre nosotros unos segundos. Me acerqué un poco, todavía enfadado, pero con la rabia bajando de intensidad.
—Exacto. No se trata de que no puedas disfrutar. Se trata de control y de contexto. En la habitación, contigo y quien tú quieras, soy capaz de todo. Pero fuera, a la vista de cualquiera…
Adriana levantó la vista. Tenía los ojos brillantes, no sabía si de rabia o de arrepentimiento.
—Lo siento —dijo finalmente, con voz más suave—. Me dejé llevar. No pensé en las consecuencias. Perdóname.
Se acercó y me tocó el brazo. No la rechacé, pero tampoco la abracé.
—Está bien —murmuré—. Pero esto no puede repetirse así. Los juegos tienen reglas. Y las acabas de romper.
Ella negó, mordiéndose el labio.
—Nunca hemos hablado de reglas.
—Hasta ahora siempre lo habíamos hablado antes. La otra tarde, cuando invitaste a Rubén, me preguntaste primero. Lo hablamos, y desde luego, no te comportaste como te acabas de comportar ahora. Se te ha ido la pinza, tía.
—Entiendo. No volverá a pasar de esa forma.
Respiré hondo y miré hacia las maletas abiertas en el rincón de la habitación.
—Lo mejor será que empecemos a preparar las maletas —dije, cambiando de tema para rebajar la tensión—. Mañana temprano nos vamos y aún nos queda todo por recoger.
Adriana se quedó quieta un momento, observándome.
Luego asintió y se dirigió al armario. Durante la siguiente media hora, el ambiente siguió cargado.
Recogíamos la ropa en silencio, doblando camisetas y bikinis, pero de vez en cuando cruzábamos miradas.
Yo seguía reproduciendo en mi cabeza la imagen de Rubén agachado sobre ella, sus manos deslizándose por sus muslos abiertos.
En un momento, Adriana se detuvo con una de sus prendas de lencería en las manos.
—¿Sigues enfadado? —preguntó en voz baja.
—Más bien… confuso —respondí.
Ella sonrió con tristeza.
—Somos un desastre, ¿verdad?
—Un desastre que funciona a su manera —contesté, encogiéndome de hombros.
Seguimos haciendo las maletas. Ella doblaba sus vestidos con cuidado, yo metía los zapatos en bolsas.
La discusión había abierto una herida, pero también había aclarado cosas.
Adriana había expuesto su frustración por no tener el mismo control que yo ejercía sobre los juegos.
Yo había reconocido que sus límites también importaban.
Cuando terminamos de cerrar la primera maleta, Adriana se sentó en el borde de la cama.
—No quería avergonzarte.
Me senté a su lado y, por primera vez desde la discusión, la abracé por los hombros.
—Aprendamos de esto. En casa haremos lo que queramos, pero fuera… quiero que seamos más discretos.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Trato hecho. Lo siento, cielo.
Al día siguiente, mientras bajábamos las maletas, me fijé inmediatamente en la piscina y vi desde la distancia que Rubén no estaba en su puesto. Había una chica en su lugar. Adriana también se fijó. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Ella apretó ligeramente los labios, pero no dijo nada.
Pagamos las consumiciones pendientes del minibar en recepción.
Mientras esperaba el ticket de la tarjeta, vi que el hombre del traje oscuro —el mismo que había llamado la atención a Adriana y Rubén el día anterior— se acercaba con paso firme desde el pasillo de las oficinas.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y tenía una expresión seria.
Se detuvo frente a nosotros. Sus ojos se clavaron en Adriana con una mirada dura, casi despectiva.
—Espero que hayan disfrutado de su estancia —dijo con voz fría y seca—. Les deseo un buen viaje de regreso.
No hubo sonrisa, ni apretón de manos, ni el más mínimo gesto de cortesía. Solo esa frase cortante y una última mirada cargada de reproche hacia Adriana. Ella bajó ligeramente la cabeza, visiblemente incómoda. El hombre dio media vuelta y se alejó sin esperar respuesta.
Salimos del hotel en silencio. El botones nos ayudó a cargar las maletas en el coche. Cuando por fin nos montamos y cerré la puerta, el aire acondicionado empezó a refrescar el habitáculo, que estaba a más de cuarenta y cinco grados. Arrancamos y dejé el hotel atrás.
—Nuestros juegos traen consecuencias —dije rompiendo el silencio mientras conducía hacia la autopista.
Ella miró por la ventanilla, con las gafas de sol puestas.
—Lo sé —respondió en voz baja.
—Rubén ya no está en su puesto. Lo habrán echado. Y ese hombre… te miró como si fueras una cualquiera.
Adriana suspiró y se removió en el asiento.
—Era solamente un juego, joder. Y lo peor es que Rubén ha podido perder el trabajo por mi culpa. No pensé que tendría estas consecuencias.
—Pues las tiene —insistí—. Y para nosotros también. Ese “buen viaje” sonó como un “no volváis”. Nuestros juegos son divertidos en la habitación, pero cuando salen fuera… esto es lo que pasa.
Nos quedamos callados unos kilómetros, mirando el paisaje que se había vuelto árido y reseco.
¿Hogar dulce hogar?
El regreso de las vacaciones nos devolvió rápidamente a la rutina. Nada más aterrizar, el calor seco de Madrid nos golpeó como un recordatorio de que la vida real seguía su curso. Adriana tenía programada una auditoría larga en Andalucía que la obligaría a estar fuera un par de semanas.
—Pórtate bien, ¿eh? —le dije con tono jocoso, pero con un fondo de advertencia real—. Nada de cremas bronceadoras con socorristas, ni exhibiciones en piscinas.
Adriana soltó una carcajada y se acercó para darme un beso largo en los labios. Sus ojos brillaban con esa picardía que tanto me gustaba y me preocupaba al mismo tiempo.
—Siempre me porto bien, cariño —respondió con voz enigmática, guiñándome un ojo—. Lo que pasa es que mi definición de “portarse bien” puede ser un poco… flexible. Tranquilo, te lo contaré todo.
Me dio otro beso, esta vez más profundo, y me susurró:
—Te voy a echar de menos. Pero no demasiado.
—No empieces – le dije entre risas.
La vi desaparecer por el control de seguridad con una mezcla de excitación y celos anticipados.
A la mañana siguiente, volví al Ministerio.
La rutina me absorbió de inmediato: pilas de expedientes sobre licencias urbanísticas, inspecciones a empresas por incumplimientos de todo tipo, propuestas de sanción y reuniones interminables con técnicos.
Firmaba documentos, revisaba informes y atendía llamadas de gerentes enfadados.
Todo muy gris comparado con las noches en Almería o en Peñíscola.
Todas las noches, sin falta, hablábamos por teléfono. Normalmente era ella quien llamaba después de cenar en el hotel de la cadena donde se alojaba en Cádiz.
La primera noche hablamos, como teníamos por costumbre, comentamos cosas de nuestras jornadas de trabajo, Ella había estado todo el día auditando cuentas y estaba agotada de tanto número.
Al terminar la jornada, había aprovechado el buen tiempo para pasar un par de horas en la playa.
Yo había bromeado con ella sobre lo duro de su trabajo tomando el sol.
La echaba de menos, y pensaba en ella con frecuencia.
Éramos una pareja joven, que rozaba la treintena, que había construido una relación estable basada en el amor y la confianza.
O eso creía yo. Mi perversión, que al principio consideraba algo inocente y privada, constituida por fantasías susurradas en la cama, y juegos inocentes, había crecido de forma peligrosa y descontrolada.
Sin ser plenamente consciente del riesgo, había cruzado una línea arriesgada sin reflexionar sobre las consecuencias que podía tener en nuestro matrimonio.
¿Qué estaba haciendo? ¿Hasta dónde podía llegar esto antes de romper algo irreparable?
Por las noches, solo en nuestro piso, me tumbaba en la cama y lo repasaba todo.
Pese a mi aparente seguridad y confianza en Adriana, me sentía profundamente inseguro.
Mis miedos se habían multiplicado con la facilidad con la que ella se había entregado primero a Guillermo y después a Rubén.
Lo que empezó como un juego controlado se había convertido en algo que sospechaba que se me escapaba de las manos.
Adriana siempre había sido inocente. Juguetona sí, pero solamente abierta conmigo en la intimidad, pero con un pudor natural que yo adoraba.
Nunca había hecho topless en la playa, ni siquiera en nuestras vacaciones más salvajes.
Era la chica que se tapaba con la toalla al cambiarse, la que se sonrojaba cuando alguien la miraba demasiado en la piscina.
Y ahora, de repente, se mostraba desnuda ante cualquiera sin el menor pudor.