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Me desperté a las cinco de la mañana completamente desvelado. Salí a la terraza desnudo. Todavía sentía el recuerdo de la jaula tirando de mis huevos hacia abajo produciéndome un dolor sordo y constante. Era humillante. Era incómodo. Y, sobre todo, era real.
«¿Esto es lo que querías?», me preguntaba una voz en mi cabeza.
Sí. Y no.
Yo había iniciado todo esto. Había sido yo quien había abierto la puerta a la sinceridad brutal, a la fantasía de verla con otros, a romper las normas tradicionales.
Pero ahora que la puerta estaba abierta de par en par, me sentía abrumado.
Ver a Adriana tan segura, tan decidida, tan cómoda tomando el control…
me excitaba como nada en el mundo. Pero también me generaba un nudo en el estómago.
La quería. La quería con locura. Y, sin embargo, había accedido a que esta noche ella se arreglara para otro hombre, mientras yo llevaba una jaula en la polla y mi rol había sido servirles como un camarero. La idea me ponía cachondo y, al mismo tiempo, me hacía sentir pequeño.
«¿Estoy perdiendo el control? ¿O esto es exactamente lo que buscaba?»
Me excitaba recordarla riendo con Rubén, dejándose tocar, besando a otro delante de mí.
Me excitaba saber que ella estaba mojada pensando en su polla grande.
Pero también sentía celos. Unos celos que me quemaban.
No era solo excitación. Era miedo. Miedo a que le gustara demasiado.
Miedo a que esa noche fuera el principio de algo que ya no pudiéramos parar.
Miedo a que ella descubriera que podía tener hombres como Rubén y que yo, de repente, me pudiese quedar atrás.
Y luego estaba la humillación. La jaula era un símbolo clarísimo de mi nueva posición.
No solo no iba a follarla yo… ni siquiera iba a poder tocarme.
Iba a estar todo el tiempo desesperado, dolorido, pendiente de sus deseos.
Y lo peor es que esa humillación me ponía todavía más cachondo.
Era un círculo vicioso del que no podía salir.
Adriana salió desnuda a la terraza. Se la veía radiante, segura, sexual. Se acercó y me pasó la mano por el pecho.
—¿Estás bien? —preguntó, mirándome a los ojos.
Asentí, aunque por dentro estaba hecho un lío.
—Estoy… procesándolo —admití—. Una parte de mí está muy cachonda. Otra parte tiene miedo.
Ella me acarició la mejilla con ternura.
—Ese miedo es normal, cariño. Yo también lo tengo. Pero confío en ti. Y tú tienes que confiar en mí. Si en algún momento quieres parar, solo dilo. No voy a enfadarme.
Sus palabras me tranquilizaron un poco, pero no borraron del todo la tormenta interna.
Porque en el fondo sabía la verdad: quería que siguiera. Quería ver hasta dónde llegaba esto. Quería sentir esa mezcla dolorosa y deliciosa de celos, excitación y sumisión. Aunque me diera miedo. Aunque me hiciera cuestionarme quién era yo realmente.
—Quiero seguir —dije finalmente, con la voz algo ronca.
Adriana sonrió y me dio un beso suave en los labios.
—Sé que he sido muy mala. Pero ahí está la gracia. ¿No? Anda, ven a la cama. Mañana lo veremos de otra forma.
Se dio la vuelta y se tumbó sobre la cama. Yo me quedé allí, sintiendo el peso de mi propia excitación y todas las dudas que me recorrían el pecho.
Amaba a esa mujer. Y esa noche se la había entregado a otro… mientras yo observaba, encerrado y desesperado. Y lo peor de todo… es que una gran parte de mí lo deseaba con todas sus fuerzas.
El día amaneció espléndido. Un sol que presagiaba otra jornada de calor abrasador, alumbraba radiante. Adriana pidió al servicio de habitaciones el desayuno en la habitación y lo tomamos en la cama, acariciándonos, sonriendo, bromeando y mostrándonos uno al otro, como dos enamorados.
Cerré los ojos, mientras mi corazón se aceleraba.
En mi cabeza volvieron a pasearse imágenes de Adriana con Guillermo y con Rubén.
Era increíble que la chica tierna y cariñosa que reía y tomaba el desayuno a mi lado en aquel momento, se comportase como una auténtica zorra cuando se entregaba a otro.
Eran como dos personas completamente diferentes.
La esposa tierna, solícita y cariñosa y la mujer pasional que prácticamente perdía el control con aquellos tíos con los que yo la animaba a que follase.
Las vacaciones se estaban terminando, y después de que hubiese follado con Rubén, nos dedicamos a relajarnos sin que ninguno de los dos sacase de nuevo el tema, como si nos incomodase hablar de aquello.
Yo me había hecho la promesa de volver a salir a correr.
Si quería tener un cuerpo con el que poder competir mínimamente con tíos como Rubén, no me quedaba más remedio que sacrificarme.
Pese a que siempre había pensado que las vacaciones estaban para descansar, por las mañanas, me levantaba muy temprano y empecé a correr por la playa, llevando mi cuerpo un poco más allá de lo que solía hacerlo en Madrid.
Adri se levantaba tarde, y nos veíamos en la terraza de la piscina, para después ir a comer en el restaurante del hotel.
Después subíamos a la habitación a follar y a echar una pequeña siesta.
El día antes de tener que marcharnos, cuando llegué a la piscina, me acerqué a la zona habitual donde se solía colocar Adriana.
Me detuve en seco y vi como Rubén estaba agachado junto a ella, y le estaba echando la crema bronceadora por el cuerpo.
Bueno, no se la estaba echando, sino que se la estaba pasando lentamente por todo el cuerpo, incluidas las ingles, mientras ella permanecía con los ojos cerrados y se dejaba hacer, completamente ajena a todo lo que la rodeaba.
Cuando me acerqué a la tumbona y la vi allí con el socorrista, sentí una extraña sensación de celos y de excitación, que me llevó a alejarme y a seguir mirando.
La verdad es que estaba allí guapísima, con su bikini diminuto, su piel bronceada y con la cabeza echada hacia atrás y suspirando mientras el tío seguía con sus caricias.
Cuando llegó a las piernas, Adriana separó ligeramente los muslos, facilitándole el acceso sin ninguna vergüenza.
El socorrista sonrió con evidente satisfacción y se tomó su tiempo en la cara interna de los muslos, rozando peligrosamente el borde del bikini.
Un par de parejas maduras miraban atónitos la escena, lo que me generó una incomodidad real.
La mujer de una de ellas murmuraba algo a su marido, escandalizada, mientras él negaba con la cabeza.
Ellos no entendían nada. Yo sí. Y eso me cabreaba aún más.
Rubén sonreía abiertamente mientras sus manos subían de nuevo, rozando los costados de los pechos de Adriana, casi sin disimulo.
Ella no hacía nada por detenerlo. Al contrario, arqueaba ligeramente la espalda, buscando más contacto.
La rabia me subió por la garganta. Ese abandono total, esa forma de dejarse tocar delante de todo el mundo nos humillaba.
En ese preciso momento, un hombre vestido con traje oscuro y corbata —claramente un responsable del hotel— se acercó con paso rápido.
Llamó a Rubén con voz seca y autoritaria.
El socorrista se levantó como impulsado por un resorte, limpiándose las manos rápidamente en una toalla.
El hombre le habló con gesto serio, señalando hacia la zona de la piscina.
Rubén asintió varias veces, visiblemente nervioso, y se marchó casi corriendo hacia los vestuarios.
El responsable se quedó un segundo más hablando con Adriana. No pude oír las palabras exactas, pero vi cómo ella bajaba la cabeza, avergonzada, y asentía. El hombre se alejó tras lanzarle una última mirada de advertencia.
No lo soporté más. Con el corazón latiendo con fuerza, subí directamente a la habitación.
Me sentía humillado y furioso. Por primera vez, no sentía la menor excitación ante lo que acababa de ver.
Minutos después, la puerta se abrió. Adriana entró, aún con el bikini puesto y el pareo en la mano.
Su piel brillaba por la crema. Me saludó, pero en su cara detecté que estaba avergonzada.
—Joder con la que acabas de montar ahí abajo.
¿En qué cojones estabas pensando para dejar que te tocase así delante de todo el mundo?
—le dije visiblemente enfadado, levantándome del borde de la cama—.
Vaya espectáculo. ¿En qué estabas pensando?
Delante de todo el mundo… Las parejas de al lado os miraban alucinados.
Y luego el responsable del hotel llamándoos la atención.
¿Te das cuenta de la imagen que hemos dado? Vaya vergüenza, joder.
Adriana dejó el pareo sobre una silla y me miró sin bajar la mirada. La expresión de sus ojos me dio miedo.
—Solo era crema bronceadora, cariño. Me quemaba un poco la espalda y él se ofreció. No es para tanto. Algunos hacen una montaña con un puto grano de arena.
—¿Qué no es para tanto? —levanté la voz, paseándome por la habitación—Estabas disfrutando como una perra delante de medio hotel. ¿Y si alguien nos conoce? ¿Y si nos echan? ¿Pero eres consciente del numerito que has montado?
Ella se acercó lentamente, con aquella nueva seguridad que empezaba a tocarme los cojones.
—Nadie nos va a echar. Solo ha sido un poco de crema. ¿Eso te molesta?
—Claro que me molesta —le dije—. Me cabrea verte tan abandonada, tan… dispuesta en un lugar lleno de gente. Parece que no tienes límite, tía. Vamos a ser la comidilla del hotel.
Me detuve, respirando agitado. Ella sonrió con suavidad y se acercó más, rozando mi pecho con sus dedos.
—Te excita —susurró—. Admítelo. Te pone verme así. Por eso no te acercaste a interrumpir. Te quedaste mirando.
—No me acerqué porque me dio vergüenza. Te has pasado.
Adriana me besó el cuello suavemente.
—Mañana nos vamos. Solo quería divertirme un poco antes de irnos. Si te ha molestado tanto, lo siento. Pero no finjas que no te has puesto cachondo.
—Aunque no me creas, esto no me ha puesto cachondo. Te lo juro. Lo que has hecho delante de todo el mundo, me ha avergonzado. No sé cómo mirar ahora a la gente del hotel.
—Nadie se acordará mañana —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Y tú… tú estabas ahí, mirando. Como siempre.
Adriana se quedó de pie en medio de la habitación, con el escueto bikini puesto y la piel brillante por la crema. El ambiente estaba cargado de tensión. Levantó la barbilla, desafiante. Sus ojos brillaban con una mezcla de enfado y excitación residual.