1 #6
Sus manos, aún calientes, subieron por mi torso desnudo, explorando cada curva de mis músculos con las yemas de los dedos.
Las uñas, largas y cuidadas, trazaban líneas invisibles que me erizaban la piel, deteniéndose en mis pezones para pellizcarlos con suavidad, enviando señales de placer que bajaban directamente a mi entrepierna tan maltratada aquella noche.
—Mi amor… —susurró contra mis labios, con la voz cargada de emoción—. Eres muy fuerte por permitirme hacer esto. Muy pocos hombres soportarían ver lo que acaba de pasar.
Profundizó el beso entonces, inclinando la cabeza para capturar mejor mi boca.
Su lengua se deslizó con lentitud, buscando la mía en un juego íntimo y húmedo.
No era un beso agresivo; era profundo, exploratorio, lleno de gratitud y deseo contenido.
Gemí suavemente contra ella mientras sus manos descendían por mis costados, acariciando mis costillas, delineando los huesos de mi cadera.
Sus tacones resonaban levemente en el suelo cuando se movía.
El olor a sexo que emanaba de su cuerpo me envolvía como una nube.
Me aparté un instante para mirarla. Sus ojos brillaban con una mezcla de lujuria y ternura.
Acaricié su cabello revuelto, apartando algunos mechones que todavía tenía pegados a la frente por el sudor.
Mis dedos bajaron por su mejilla, rozando la piel enrojecida de sus pómulos, y ella inclinó la cabeza hacia mi mano como un gatito pidiendo más caricias.
—Te quiero tanto… —susurré yo—Verte así, completamente entregada a él, pero volviendo a mí…
Adriana sonrió con esa sonrisa pícara que tanto amaba y me besó en la comisura de los labios, luego en la mandíbula, dejando un rastro de besos húmedos que bajaban por mi cuello.
Sus labios se detuvieron en el hueco de mi clavícula, succionando suavemente la piel, mordisqueando con los dientes apenas lo suficiente para dejar una leve marca.
Sus manos no paraban: una se enredó en mi pelo, tirando con delicadeza para inclinar mi cabeza y dar mejor acceso a su boca; la otra bajaba por mi abdomen, acariciándome suavemente alrededor de mi ombligo, evitando deliberadamente bajar más.
—Siento tu corazón latiendo fuerte —murmuró—. late por mí, ¿verdad?
Asentí, incapaz de hablar. Mis manos empezaron a recorrer su cuerpo.
Acaricié sus hombros desnudos, sintiendo la humedad de su sudor.
Bajé por sus brazos, entrelazando mis dedos con los suyos un momento antes de soltarlos para explorar su espalda.
Tenía la piel resbaladiza, marcada por huellas rojas de uñas ajenas.
Pasé las palmas abiertas, masajeando cada músculo con las yemas de mis dedos.
Bajé lentamente hasta la curva de su cintura, apretándola contra mí.
Su cuerpo se pegó al mío; sentí el frescor de sus pechos contra mi torso, y me excitó el contacto con los restos pegajosos de semen rozando mi piel.
Cualquier tío se moriría del asco, pero en mi caso, eso solo avivaba el fuego que cada día ardía con más intensidad en mi mente.
Ella respondió con un susurro en mi oído:
—Nadie me hace sentir tan deseada como tú después de todo esto. No sabes cómo me pone ser follada delante de ti.
Volvió a besarme, esta vez con más urgencia, pero sin dejar de ser suave.
Nuestras lenguas se enredaron en un ritmo lento, explorando, saboreando.
Mordí suavemente su labio inferior y ella soltó un gemido.
Sus uñas rascaron mi pecho de nuevo, bajando hasta mi pubis.
Sus caricias se acercaban de forma perceptible a la base de mi polla.
Me besó el lóbulo de la oreja, succionándolo, susurrando palabras entrecortadas:
—Quiero que me hagas el amor… necesito sentir tu calor… tus manos por todo mi cuerpo sucio.
—Adri, siempre que te tengo cerca estoy pensando en todo lo que quiero hacer contigo —murmuré contra sus labios—. Y ten por seguro que voy a hacer realidad todas y cada una de nuestras fantasías. ¿Podrás soportarlo?
Se quedó boquiabierta mientras me mordisqueaba el labio superior, provocándome con la lengua.
—Ajá… —jadeó. —Lo que quieras, cielo. Yo encantada de que me dejes follar con quién quieras.
—¿Te gusta? Eres muy puta—murmuré empezando a perder el control.
—¿Quieres que lo haga otra vez?
—Sí, por favor.
—Dime qué más quieres, que haga. ¿Quieres que te diga guarradas? Estoy esperando —dijo, burlona.
—Quiero ver cómo lo haces —solté, con la voz amortiguada por sus labios.
—¿Cómo hago qué?
—Me pone malo ver cómo te tragas su leche.
—Eso es una guarrada…
—Sí, la verdad es que sí… —me sonrió con tranquilidad—. Pero me encanta ver cómo descargan en tú boca sus huevos…
—¿Quieres que te lo diga para ponerte cachondo?
—¿Tú qué crees?
Empecé a pajearme frente a sus tetas. A los pocos segundos, un brutal disparo de semen salió disparado de mi polla y le salpicó las tetas y la cara Ella se metió mi polla en la boca y me lamió hasta que no dejó ni una gota.
Se incorporó, y aún toda regada de mi semen se lanzó a besarme.
—Joder. Nunca te habías corrido de esta manera. Parece mayonesa. ¡Qué espesa es!
—Es el efecto que causa en mí lo que estás haciendo. Eres muy golfa…
—Mucho, cielo —dijo volviendo a besarme. —Pero eres tú el que me lo ha pedido. Así que disfruta. Voy a follar con todos los que quieras.