CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1 #5
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Rubén la giró de improviso. La colocó a cuatro patas, y se escupió en la mano.

Comenzó a lubricarse la polla con la saliva, en gesto más automático que realmente necesario, dado que la tenía empapada por la saliva de Adriana.

La penetró brutalmente. Adri tensó la espalda, y emitió un largo gemido de placer recibiendo los embates con jadeos entrecortados.

Estaba completamente entregada al placer que le debía de estar dando, pues ni me miraba y solo parecía interesada en gozar todo lo que pudiera de aquella tranca.

Ella se giró, se tumbó en la cama boca abajo y abrió las piernas con los tacones exhibiendo aquel culo perfecto para que su amante y yo pudiésemos vérselos.

La muy zorra, sabía del efecto que eso causaba en los hombres.

Giró la cabeza, y me hizo un gesto para que me situara frente a ella, mientras Rubén la volvía a penetrar hasta el fondo.

—¿No vas a besarme mientras me folla?

Inmediatamente acerqué mi boca a la suya y nuestras lenguas comenzaron a enroscarse, mientras ella gemía contra mi boca, y yo notaba aquel aliento cálido, que le salía de lo más profundo.

—Tócame el clítoris. Quiero que sientas cómo me perfora con esa tranca que tiene.

Adriana estaba desatada, y su respiración anunciaba un orgasmo de los buenos. Le dijo de nuevo que no quería que se corriera dentro.

Tal y como me había pedido, yo le tocaba el clítoris y notaba la tranca de Rubén perforándole el coño. De repente noté una creciente humedad empapándome la mano, y al instante emitió un grito largo. Le temblaban las piernas, y se desplomó sobre la cama.

Rubén dio un par de empujones más, y se la sacó.

—Abre la boca, golfa. – le exigió mientras se masturbaba frenéticamente.

Ella, pese a que todavía estaba temblorosa y con la respiración entrecortada, se levantó, y dejó que se corriera en su boca y en su cara cara. Los primeros chorros de leche comenzaron a caerle por las tetas. Ella se recompuso, y me miró sonriente, victoriosa.

El esperma de Rubén le caía desde el ojo hasta los labios. Recogió esa gota con la lengua, y le lamió la que colgaba de la punta del capullo.

Me guiñó un ojo como si acabase de hacer la cosa más normal del mundo.

Rubén se incorporó lentamente, aun respirando con dificultad. Estaba empapado de sudor. Miró a Adriana, que yacía relajada sobre las sábanas revueltas con una sonrisa satisfecha, y luego a mí, sentado en la silla. Se pasó una mano por el pelo revuelto y soltó una risa corta, nerviosa.

—Joder… —murmuró mientras recogía su ropa del suelo—. Gracias por esto. Nunca había vivido algo así.

Adriana se estiró como una gata, sin molestarse en cubrirse. El semen del socorrista brillaba aún en su vientre y muslos. Yo permanecí en silencio, observando.

El chico se vistió con movimientos torpes, mirándonos alternativamente.

—Follar contigo ha sido brutal, Adriana, y más delante de este...

Eres increíble. Pero… —dudó, abrochándose el pantalón—.

No me entra en la cabeza lo que acaba de pasar aquí.

Tú —me señaló— ahí sentado, mirando cómo me la follo, …

y ella disfrutando como loca sabiendo que tú lo ves todo...

Tenéis un rollo de lo más extraño, tíos. No sé qué pensar.

Adriana soltó una risa se incorporó un poco.

—Gracias a ti, guapo. Y quizás eres demasiado joven para entenderlo. Pero tengo que reconocer que has estado a la altura de mis expectativas. ¿Verdad, cielo?

El socorrista negó con la cabeza, aun sonriendo, pero claramente confundido.

—Ha sido un polvo memorable. Pero esto vuestro… buff. No sé si envidiaros o preocuparme. En fin, cuidaos. Y gracias otra vez.

Se acercó a Adriana, le dio un último beso en los labios y un azote suave en el culo. Luego me miró a mí, levantó la mano en un gesto incómodo de despedida y salió de la habitación cerrando la puerta con suavidad.

El silencio se instaló por unos segundos.

Adriana se levantó y se acercó a mí. La imagen era muy potente.

Desnuda, con las medias y los tacones puestos y con los restos de semen pegados al cuerpo.

Olía a sexo. Se me acercó y se arrodilló delante de mí.

Me bajó el pantalón y cogió la llave de la jaula.

Con sumo cuidado la retiró. Mi polla saltó libre, pero con las dolorosas marcas que había dejado la jaula.

—Han sido dos polvos brutales. Y te he visto muy excitado.

—Ha sido muy fuerte. – dije simplemente.

—Pero también has sufrido.

—Sí. Pero en ese sufrimiento está mi placer. Sé que no lo entiendes, pero yo soy así.

—Necesito que me folles ahora —dijo sacándome la camisa y besándome el pecho con suavidad—. ¿Quieres que me duche? Estoy llena de su semen y de sudor.

—No es necesario.

Ella comenzó a acariciarme el pecho. Pasó sus uñas por mis pezones y empezó a besarme, sin dejar de mirarme fijamente.

—Gracias mi vida. Nunca pude imaginar que quisieras verme disfrutar con otros. No quiero que pienses nunca que no eres suficiente hombre. Le das mil vueltas a todos los que conozco.

—Gracias a ti, Adri.

Sus labios se posaron sobre los míos con una lentitud y una suavidad deliberada, como si quisiera saborear cada segundo de ese reencuentro.

Eran suaves, aún hinchados por los besos previos con Rubén, y tenían un leve sabor salado, una mezcla de sudor y de otras cosas en las que preferí no pensar.

Adriana me besó primero con ternura, rozando mi boca, dejando que su aliento cálido se mezclara con el mío.