1 #4
Se inclinó hacia atrás, tomando a Adriana por las caderas y levantándola con facilidad.
La giró, colocándola a horcajadas sobre él mientras se acomodaba en el sofá.
Ahora sería ella quien llevaría el ritmo.
Se sentó en aquella polla lentamente, gozando de un grosor y de una longitud inusual.
La imagen de su cuerpo empalado en aquella tranca y moviéndose en un vaivén pausado era increíble.
Adriana cerró los ojos, dejando escapar un gemido, su respiración era pesada mientras se acostumbraba a la nueva posición.
Sus manos buscaron apoyo en las piernas de Rubén, y de nuevo me miró fijamente.
Me envió un beso lascivo, que me excitó incluso más.
Tenía una imagen perfecta de ella frente a mí, con las piernas abiertas, las tetas expuestas y las manos de su amante pellizcándole los pezones.
Tenía la cara perlada de sudor, y varios mechones de pelo se le habían pegado a la frente.
—Míralo —murmuró Rubén con malicia, mientras con sus manos guiaba las caderas de Adriana para coordinar mejor la penetración—. Está ahí como si nada viendo cómo te follo. Vaya cuajo que tiene el tío…
Adriana levantó la vista, y nuestros ojos se encontraron de nuevo. El contacto visual entre nosotros fue eléctrico, una conexión cargada de emociones contradictorias: vergüenza, deseo, y algo parecido a la rendición. Su sonrisa final me desarmó.
Cada movimiento de Adriana sobre Rubén la hacía más consciente de su propio placer, pero también del poder que tenía en ese instante.
Su ritmo, pausado pero decidido, la llenaba por completo, obligándola a sentir cada parte de él.
Y mientras lo hacía, no podía ignorar cómo yo la miraba, completamente absorto, incapaz de apartar los ojos de la escena.
Rubén, empoderado con la dinámica que había creado, deslizó sus manos por debajo de las nalgas de Adriana, apretándolas con fuerza para levantarla y bajarla más fuerte.
Ella movía las caderas hacia adelante y hacia atrás.
Las manos de él, se elevaron buscando sus pechos, masajeándolos con reverencia mientras sus dedos atormentaban con fuertes pellizcos sus pezones endurecidos.
Adriana tuvo una primera convulsión. Yo, que la conocía perfectamente, sabía que se acercaba el momento. Dejó escapar un jadeo brutal, que me sonó a provocación, mientras clavaba de nuevo sus ojos en los míos. Yo seguía allí, inmóvil con los ojos fijos en cada movimiento que ella hacía sobre Rubén.
—¿Te gusta lo que ves, cariño? —murmuró con una sonrisa torcida y su voz impregnada de burla y un toque de malicia.
No esperó respuesta; no la necesitaba. Verla de aquella manera, entregada como una perra en celo, con los tacones puestos y apretando cada vez más las caderas contra él, me estaba volviendo loco.
Ella lo detectó, y no quiso dejar pasar la ocasión y añadió en un tono bajo, pero lleno de intención:
—Gracias por dejar que me folle... nunca pensé que me lo iba a hacer tan bien.
Yo atrapado entre el placer y la humillación, solo pude apartar mis ojos de los suyos.
Adriana sonrió con un gesto que era de puro triunfo.
Sus movimientos se tornaron más pausados, pero más intensos, como si quisiera que ambos hombres entendieran que era ella quien ahora estaba al mando.
Rubén la observaba con los ojos entrecerrados, con las manos siguiendo el vaivén de sus caderas, y sus dedos aferrándose con fuerza a su carne mientras intentaba mantenerse a duras penas bajo control.
El ritmo de Adriana comenzó a descontrolarse, sus movimientos eran cada vez más erráticos mientras su cuerpo buscaba liberar la tensión que se acumulaba con cada penetración.
Tenía el cuerpo empapado en sudor, y me fijé que había una mancha de humedad en el sofá.
La corrida iba a ser increíblemente explosiva.
Me preparé para observar el surtidor que se avecinaba.
Cogí el teléfono, y comencé a grabar un vídeo. Aquel orgasmo merecía un archivo largo, y no unas simples fotografías.
Adriana gritó de una forma que me sorprendió, con una voz llena de placer desgarrado, sus uñas arañaron sus propios pechos mientras una oleada de espasmos la recorría como si fuese una descarga eléctrica, arrancándole un orgasmo que la dejó temblando.
Su cuerpo se arqueó hacia atrás, sus piernas se abrieron completamente y toda ella parecía que iba colapsar de un momento a otro.
Un chorro indescriptible le salió del coño en el momento en el que la polla de Rubén se salió.
Empapó el suelo, la alfombra, e incluso la mesa de cristal.
—La hostia, tía. Joder cómo lo has puesto todo. ¿Te ha gustado, eh zorra? – dijo Rubén sorprendido por la cantidad de líquido que había salido del interior de Adriana.
Rubén no se detuvo. Se la volvió a meter y continuó embistiéndola con una intensidad brutal, cada movimiento era ya un acto de liberación que llevaba consigo la furia contenida de quien sabe que domina el momento,
ya que había conseguido que ella se corriera y él se había liberado de esa responsabilidad, que suele atenazar a todos los hombres.
Sus manos bajaron a las nalgas de Adriana, apretándolas con fuerza antes de soltar un azote que resonó en la sala, arrancándole un gemido ahogado.
—Joder, tío. Vaya zorra que tienes en casa —gruñó Rubén con una voz grave, mirándome de lado.
Adriana, todavía temblando, no podía responder, su cuerpo estaba completamente entregado a la tormenta que él había desatado.
Cada azote, cada embestida la llevaba más allá de lo que creía posible con la mente dividida entre la sensación de ser tomada con tal ferocidad y la sensación de verme completamente humillado.
Yo era incapaz de contenerme más. Una presión dolorosa me afectaba a la pelvis, y me laceraba los huevos. Mi respiración era pesada, tenía los ojos clavados en la escena, pero no me toqué.
—No te corras dentro. – Le advirtió ella.
—No me jodas, tía.
—Hazlo en la boca, si quieres, pero en el coño no.
Él protestó, pero se puso en pie, y dejó a Adriana en el suelo.
Ella se arrodilló frente a él, y abrió la boca.
En tres movimientos rápidos en su polla, un chorro de semen espeso y blanco llenó la boca de mi mujer.
Sin tiempo a tragarlo, dos disparos más de semen le cruzaron la cara, impactando uno de ellos en su ojo, emborronándole el rímel.
La sala quedó en silencio, solo roto por las respiraciones agitadas de los dos amantes. Adriana de rodillas y con el cuerpo cubierto de sudor y gotas de semen que le caían desde la cara por las tetas, tenía todavía las piernas temblando.
Yo trataba de procesar lo que acababa de ocurrir. Rubén, con una sonrisa triunfal, acarició su pelo lentamente, satisfecho de haberla llevado hasta ese punto, mientras sus ojos se cruzaban un instante con los míos, ahora más desafiantes que nunca.
Adriana permaneció recostada en el suelo, con la respiración todavía entrecortada, La había dejado completamente destrozada, pero evidentemente satisfecha.
Ella levantó la cabeza buscando su mirada. Rubén le respondió con una sonrisa prepotente y unos ojos llenos de una confianza indestructible. Sin decir nada, él se inclinó y la besó.
—Vaya polvo. ¿Te ha gustado?
Adriana no contestó, pero asintió todavía con la respiración acelerada. Se acercó a él y volvió a besarlo intensamente. Rubén se excusó diciendo que tenía que ir al servicio, y que la esperaba en la cama.
—¿Te ha gustado el espectáculo? —me preguntó Adriana cogiendo una botella de agua del frigorífico y sonriéndome.
—Ha sido brutal. Nunca te había visto así.
Le di un ligero beso en los labios. Olía a sexo.
—Te gusta follar con él —le pregunté.
Ella asintió sin vergüenza alguna.
—Te gusta mucho… —insistí.
—Lo reconozco —continuó—. Me gusta follar con este tipo de yogurines. Son pura potencia. Me gusta, y mucho, no te lo oculto.
—Pues no te cortes…
—¿Te ha parecido que me cortaba antes? —me preguntó burlona y dejando escapar algo más que una simple sonrisa.
Se acercó a mí y me besó tiernamente.
—Te quiero. No lo olvides.
—Y yo a ti. Tampoco lo olvides tú.
—Cuando te he visto así con el… He dudado. —No pude evitar que una ligera sombra apareciese en mi mirada.
—No seas tonto, Jose. Eres mi marido, el único al que quiero. —Me abrazó—. Esto sólo es...
—¿Sexo?
—Sexo.
—Pero un sexo muy bueno…
—Sin la menor duda.
—Y le has pedido que se corriese en tu boca…
—¿Te estás poniendo cachondo…? —me hizo una leve caricia por la entrepierna sonriéndome como una gata en celo, hasta que se dio cuenta de que llevaba la jaula. —No he querido que se corriese dentro. Recuerda que no estoy tomando nada.
Hice un gesto de protesta por el hecho de tener la polla enjaulada. Me resultaba terriblemente molesto.
—¿Te gustaría que me lo volviera a follar? Yo lo estoy deseando. Un polvo no me llega a nada, ya lo sabes.
—Claro…
—Me apetece follármelo en la cama, es más cómodo. Así que si quieres venir…
—Sí, sí… te acompaño al dormitorio.
Me miró con una sonrisa cargada de sensualidad. Me cogió de la mano y me guio hacia el dormitorio. Yo iba expectante y excitado de la mano de mi mujer.
Cuando entramos en el dormitorio, vi a Rubén tumbado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y totalmente desnudo.
Llegamos al lado de la cama, se soltó de mi mano y gateó hasta situarme al lado de Rubén.
Le cogió la polla con ansia, acariciando también sus huevos y me miró con aquella cara de puta que ponía tratando de provocarme.
—¿Puedo empezar ya? – me preguntó burlona. —Este ya está a punto otra vez…Menudo semental…
Yo no contesté. Solamente cerré un segundo los ojos. Cuando los abrí, ella estaba mirando a Rubén a los ojos. Bajó la cabeza hasta engullir de golpe toda aquella polla. Rubén se echó hacia atrás y cerró también los ojos. Su respiración se hizo más profunda.
Estuvo chupándosela un buen rato. Se le escapaban hilos de saliva espesa de la boca, y gemía mientras me lanzaba miradas cargadas de lujuria Se sacó aquel enorme rabo de la boca, y lo lamió un par de veces más con una sonrisa triunfal.
Me sentí excitado, aunque no podía dejar de sentirme corroído por los celos mirando como aquel semental se follaba a mi mujer sin contemplaciones. Y lo que era peor, viendo como ella disfrutaba como una golfa.