1 #3
Adriana estaba sentada en una posición claramente insinuante.
No había nada de forzado en sus movimientos.
Estaba recostada ligeramente de lado apoyada en el brazo del sofá.
El tirante del vestido que le cubría el hombro, se le bajó, permitiendo que se le viese el sujetador que llevaba debajo, y ella ni se molestó en subírselo, lo que hizo que el escote que veía Rubén fuese de lo más tentador.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mientras alargaba la mano, rozando suavemente uno de sus pechos.
Ella no dijo nada, sólo cerró los ojos cuando él se inclinó para besarla.
Todo había empezado…
El beso fue húmedo, lascivo, caliente. Pese a la distancia, vi que la lengua de mi mujer salía de su boca, buscando ansiosa la de él.
Las manos grandes y morenas de Rubén se movieron de inmediato hacia sus pechos, apretándolos con fuerza, sin delicadeza. Adriana dejó escapar un gemido, sorprendida por la intensidad del contacto.
Me llevé las manos al paquete sin ser consciente de la jaula que lo oprimía. Me invadió una sensación de frustración. Aquella mierda era lo que me faltaba para convencerme de que me estaba comportando como un gilipollas.
Adriana me llamó y me dijo que quería que les preparase unas copas. Entré y retiré las de cava, y fui a la neverita a buscar lo necesario.
Los dedos de Rubén le apretaron las tetas, mientras su otra mano bajaba con descaro hacia sus muslos.
Allí, sus dedos largos y ásperos se deslizaron sin prisa, recorriendo la piel cubierta por las medias y después la que ya quedaba desnuda, cálida y suave.
Me miró con media sonrisa, y Adriana le cogió la cara para que la mirase a ella.
Las caricias de Rubén no pedían permiso; tomaban aquello que creía suyo.
Adriana se dejaba hacer, entregándose completamente a él.
Mientras se morreaban, ella me lanzó una mirada intensa, y después, metió la mano por debajo de la camiseta de Rubén para acariciarle el pecho.
El contraste era abrumador y humillante.
Yo preparándoles las copas y ella entregada a una pasión desenfrenada con aquel chaval prepotente.
Me preparé un gin - tonic bien cargado, y les serví los suyos. Regresé a la terraza y me senté en una de las tumbonas. Tenía la respiración agitada y el corazón desbocado. Desde fuera, la escena frente a mí me llenaba de una excitación enfermiza, pero también de algo más doloroso.
Podía ver la cara de Adriana al sentir aquellas manos firmes recorriendo su cuerpo.
Ella dejó escapar un suspiro cuando Rubén comenzó a besarle el cuello.
Con un movimiento firme le deslizó totalmente el tirante del vestido por el hombro, y la prenda cayó lentamente.
Sus ojos recorrieron el sujetador que apenas contenía sus pechos.
Como había previsto, el sujetador le duró puesto menos de quince segundos, Se lo desabrochó y la prenda cayó al suelo, y él se tomó un instante para gozar de sus tetas, coronadas por aquellos pezones oscuros que estaban en punta.
Imaginé la decepción de Adriana por no haber sido admirada con el conjunto completo de ropa interior.
Sentí una mínima punzada de alegría por aquello.
Con ansia, los dedos de Rubén se cerraron alrededor de aquellas espléndidas tetas, amasándolas con descaro mientras su lengua se deslizaba por el cuello de Adriana, descendiendo lentamente.
Rubén tenía prisa, y muy a duras penas lograba contenerse.
Quería saborear cada curva, cada reacción, porque sabía que en ese momento era él quien tenía el poder sobre la mujer de otro hombre, que lo observaba todo desde la terraza.
Adriana jadeaba, sus piernas se separaron instintivamente al sentir cómo él se acomodaba entre ellas. Su cuerpo temblaba, por un deseo que la consumía por completo. Era abrumador, verla, entregada a otro hombre.
Noté una tensión dolorosa en la polla y en los huevos. La jaula empujada por mi creciente erección, me mortificaba el escroto, y me lastimaba. Me llevé la mano al paquete, tratando de recolocarlo lo mejor posible, pero fue casi peor.
Él no perdió tiempo. Sus manos grandes se aferraron a sus caderas, subiéndola un poco más en el sofá mientras sus labios recorrían su abdomen, descendiendo lentamente.
Adriana se arqueó, cerrando los ojos y dejándose llevar por las sensaciones que la recorrían, la calidez de su aliento, el roce de su lengua y la presión firme de sus dedos en su piel.
Rubén, disfrutaba cada segundo. La forma en que su cuerpo respondía a sus caricias, al contacto de su lengua, los gemidos que escapaban de sus labios, todo le confirmaba que estaba totalmente en sus manos.
Pero no era solo Adriana quien lo hacía disfrutar; al alzar la vista un instante, me vio detrás del cristal de la puerta de la terraza.
Sus ojos brillaron con malicia al percatarse de mi mirada absorta en ellos.
—Joder. Y no hace nada el tío —dijo con una sonrisa burlona mientras sus dedos se deslizaban entre los muslos de Adriana, arrancándole un gemido más fuerte que resonó en la habitación.
—Déjale. Dedícate a lo que tienes aquí. ¿O no es suficiente? Olvídate de él – dijo ella entre jadeos.
Adriana, perdida en el placer, apenas era consciente de otra cosa que no fuera Rubén.
Sus movimientos eran lascivos, buscando cada rincón de su cuerpo, llevándola al límite de sus sentidos.
Cuando él se inclinó más, lamiéndole los pezones, ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Yo no era solo un espectador; era un hombre humillado y, al mismo tiempo, excitado por lo que ocurría ante mis ojos.
Las manos de Rubén se movieron nuevamente hacia sus pechos, apretándolos mientras su cuerpo se movía contra el de ella. Adriana lo sujetó con fuerza, sus uñas se clavaron en la espalda del joven.
Rubén la sujetó con firmeza por las caderas, acercándose hasta posicionarse entre sus piernas.
Adriana sintió cómo la punta de aquella inmensa polla rozaba su vagina, arrancándole un jadeo que era puro deseo, y cuando él finalmente la penetró, lo hizo con un movimiento lento y deliberado que la hizo abrirse más de piernas y emitir un gemido que se me hizo eterno.
Un gemido profundo y lastimero mientras su cuerpo lo recibía, sintiéndose completamente llena, como probablemente nunca lo había sentido.
Vi en su cara la expresión abrumada, casi de incredulidad, y sus manos buscaron instintivamente aferrarse a los brazos de Rubén.
Su respiración era errática, y el calor que se acumulaba en su vientre parecía consumirla por completo.
Rubén, consciente de cada reacción de Adriana, se inclinó sobre ella, sus labios buscaron los suyos en un beso hambriento mientras comenzaba a moverse, marcando un ritmo que parecía perfecto para llevarla al límite.
Pero no se detuvo ahí. Después de unos minutos, la tomó por los muslos y la levantó con facilidad, acomodándola de espaldas al respaldo del sofá, sus caderas al borde y sus piernas rodeándolo con fuerza.
—Así, preciosa, déjame verte completamente. Eres pura lujuria… —murmuró con voz grave, mientras sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de deseo y dominio.
Adriana, completamente entregada, dejó que Rubén guiara cada movimiento.
Su cuerpo se amoldaba al suyo, y el ángulo más profundo la hacía gemir con cada embestida.
Sentía cómo la llenaba de una manera que jamás había experimentado, su piel ardía al contacto, y cada vez que él se inclinaba sobre ella, sus pechos rozaban su torso.
Regresé al dormitorio, incapaz de resistir la necesidad de observarlos más de cerca.
Me senté en un sillón al otro lado de la habitación, con los ojos fijos en el cuerpo de Adriana, que se retorcía de placer bajo Rubén.
Había algo hipnótico en la escena, algo que me mantenía inmóvil, dividido entre la humillación y una excitación que no podía negar.
Rubén notó mi presencia, y eso solo lo incentivó a moverse con más fuerza, a tomar el cuerpo de Adriana con una intensidad que parecía querer humillarme un poco más.
Podía verlo todo claramente, cómo las manos de Rubén recorrían cada curva de mi mujer, cómo ella respondía a cada embestida, a cada movimiento, con una pasión desbordada.
Adriana estaba completamente desconectada de cualquier pensamiento que no fuera el placer que Rubén le daba.
Sus gemidos llenaban la habitación, y sus uñas se clavaban en la espalda del joven que la poseía.
Era como si toda la tensión sexual entre nosotros, saliera a la superficie en un torrente de sensaciones que la hacía olvidarse de todo lo demás.
Me miró de forma intensa mientras él se la follaba. Nuestros ojos se quedaron enganchados unos segundos, antes de que un fuerte azote la hiciese cambiar su atención hacia Rubén. Lejos de protestar, pareció gustarle y eso le animó a él a repetir el golpe. Adriana gritó de placer.
Tímidamente, comencé a deslizar una mano por mi entrepierna, buscando aliviar la pulsante excitación que crecía debajo de la jaula.
La escena me tenía absorto. El cuerpo fibroso y la piel brillante de Rubén, y el de Adriana se retorcía debajo de él, completamente sometida, cada movimiento era un doloroso recordatorio de lo ajeno que se había vuelto todo aquello para mí.
Cada gemido de Adriana era como una bofetada y una caricia al mismo tiempo, encendiendo algo primitivo en mi interior.
Mi mano se movió con más decisión mientras observaba cómo Rubén la tomaba, cómo su cuerpo se amoldaba perfectamente al sofá, a su fuerza, a la intensidad de cada embestida.
Era como si todo lo que había sido suyo alguna vez ahora perteneciera al hombre que los dominaba a ambos en ese momento.
Cerré los ojos un instante, frustrado por aquel artilugio de los cojones, que me impedía liberar mi excitación.
Ella vio lo que hacía y entre gemidos y crujidos del sofá, me clavó la mirada como si me prohibiese continuar tocándome.
Era una advertencia clara para que dejase de tocarme.
No era capaz de discernir si me consumía más la humillación o la excitación; quizás eran ambas cosas, mezcladas en una espiral que me mantenía pegado al sillón.
Fui consciente de que Rubén trataba de controlar la intensidad de la follada.
Seguramente estaba demasiado cerca de correrse, y quería aguantar más, así que los empujones se fueron haciendo menos profundos.