CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1 #2
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La parte superior permitía ver sus pechos de forma pronunciada y favorecedora, con un escote profundo.

Mi idea había sido comprarlo para que lo llevase sin sujetador, pero ella quería estrenar el conjunto de lencería.

La prenda tenía un corte muy arriesgado en la cintura: un gran hueco lateral que mostraba parte de su abdomen hasta la curva de la cadera. La falda era corta, pero no ceñida, terminando en un largo drapeado asimétrico que caía por un lado casi hasta el suelo, creando un efecto muy sexy.

Llevaba el pelo liso y brillante que le caía por los hombros. Tenía una mirada directa, intensa y segura de sí misma, con los labios pintados de un rojo potente que combinaba con el vestido.

Llevaba sandalias de tacón alto negras, que estilizaban aún más sus piernas largas y bronceadas. Como toque final, se había puesto una tobillera dorada, que le daba un aspecto más erótico, de ser eso posible.

Pero lo que realmente me tenía hipnotizado, no era el vestido ni el maquillaje, era aquella nueva actitud. Desprendía seguridad, incluso cuando me hablaba lo hacía en un tono extraño. Había poder, dominación en su tono. Como si hablase con un niño, y eso me jodía y excitaba.

—Joder, Adri. Estás increíble... —murmuré, incapaz de contenerme, ante aquel despliegue de erotismo.

Ella me miró con cierta condescendencia, pero también con algo más, que no supe interpretar.

¿Desprecio? Había algo en la forma en que hablaba que me lastimaba.

Se había maquillado los ojos de una forma intensa, con mucho rímel y sombras muy oscuras.

Aquel maquillaje le daba a su mirada un toque casi violento, agresivo.

—Creo que he acertado con el vestido, ¿no? —le dije, tratando de sonar casual mientras pensaba en Rubén y en lo poco que le iba a durar puesta aquella ropa a Adriana.

Me miró a través del espejo, arqueando una ceja mientras se colocaba cuidadosamente un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿Crees que le gustaré? – preguntó de forma retórica, con el único objetivo de provocarme.

—Sin duda. Aunque tal vez sea demasiado joven para valorarte en su justa medida. Espero que merezca la pena el esfuerzo.

—Claro que lo merecerá —respondió, divertida—. Es joven, fuerte, guapo…y ya has visto lo que tiene entre las piernas.

Lo dijo con una risa que transmitía superioridad, mientras yo apartaba la mirada. Adriana no pudo ignorar el destello de incomodidad en mis ojos. Sabía que aquello me estaba doliendo, pero esta vez, no me pidió permiso, ni me dijo que podía pararlo cuando quisiera.

Ella sabía que yo me había rendido a mis más oscuras pasiones, y decidió que era más fácil ignorar mis sentimientos, hacer como si no existieran, y seguir adelante con aquello sin pensar en lo que yo pudiese sentir.

Estaba decidida, aunque supiese que podía lastimarme.

—¿Cómo me ves? —preguntó girando sobre sí misma.

—Estás increíble —respondí con sinceridad.

—Bien. Porque quiero que esta noche Rubén no pueda quitarme los ojos de encima.

Se acercó a mí y metió la mano en mi pantalón, palpando la jaula por encima de la tela.

—Pobrecito… —susurró con una sonrisa—. Tan cachondo y sin poder hacer nada. Esto te va a volver loco, ¿verdad?

Asentí, respirando agitado.

Adriana me dio un beso suave en los labios.

—Recuerda tu papel esta noche. Camarero. Atento a todo lo que necesitemos. Y nada de interrumpir.

—Sí.

Caminó por la habitación contoneándose, comprobando que todo estuviese a su gusto. Yo me quedé allí, de pie, sintiendo el peso de la jaula, el tirón en los testículos y una excitación que rozaba el dolor.

La noche acababa de empezar, y ya sabía que iba a ser larga, intensa y llena de sensaciones nuevas.

Los golpes en la puerta sonaron suaves. Adriana, que ya llevaba un rato preparada, se miró una última vez en el espejo antes de abrir.

Yo esperaba sentado en una silla del fondo, vestido solo con una camisa blanca de manga larga y pantalón de vestir, listo para cumplir con el papel que me había asignado ella.

Cuando la puerta se abrió, Rubén se quedó congelado. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Adriana con evidente asombro. La ropa que se había puesto, los tacones de infarto, y aquella sonrisa que destilaba seguridad.

Rubén venía en camiseta y vaqueros, un atuendo normal para alguien de su edad. Era un chico alto, musculoso y traía el pelo todavía húmedo de la ducha.

—Hostia… —soltó sin poder evitarlo—. Estás… espectacular.

Adriana sonrió con seguridad, tomó su mano y lo hizo entrar en la habitación.

—Pasa, guapo. Me alegro de que hayas aceptado la invitación.

El chaval entró, pero su mirada no paraba de saltar entre ella y yo. Se notaba su sorpresa. Adriana cerró la puerta y, sin perder ni un ápice de control, le explicó con voz clara y tranquila:

—Esta noche va a ser especial. Él es mi marido, como ya sabes —dijo señalándome—.

Pero nuestra relación es un tanto… especial.

Su papel esta noche es servirnos, como un camarero atento.

No va a interferir entre nosotros. Solo va a mirar y a atendernos.

Si en algún momento te incomoda su presencia, solo dímelo y él se irá a la terraza. ¿Entendido?

El joven socorrista parpadeó, claramente descolocado. Abrió la boca y la cerró de nuevo, procesando la información.

—¿En serio? ¿Él va a… mirar? ¿Y no le importa?

Adriana se acercó más a él, pasando una mano por su pecho.

—No solo no le importa. Le gusta. ¿Verdad, cariño? —me miró con una sonrisa dominante.

Asentí en silencio desde mi sitio.

Ella continuó con total naturalidad:

—Ahora, amor, sírvenos cava y trae los canapés.

Me levanté sin decir palabra y me dirigí al minibar. Mientras descorchaba la botella y servía dos copas, Rubén seguía mirando a Adriana como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

—¿Puedo hacer lo que quiera con ella? —preguntó él, aún inseguro, pero con la voz ya cargada de deseo.

Adriana soltó una risa baja y sexy, se pegó a su cuerpo y le susurró cerca de los labios:

—Puedes hacer lo que yo quiera. A él no le preguntes nada. Él no pinta nada en esto, salvo para mirar. Y te aseguro que voy a querer mucho.

Le entregó una copa de cava, chocó la suya contra la de él y bebió sin apartar la mirada. Yo me acerqué con la bandeja de canapés, ofreciéndosela primero a él. El chico cogió uno, aún aturdido, pero su mano ya empezaba a posarse en la cintura de Adriana.

—Esto es lo más raro y lo más cachondo que me ha pasado nunca —murmuró, sin poder ocultar una sonrisa nerviosa.

Adriana simplemente sonrió con esa seguridad aplastante, dio un sorbo más al cava y lo besó por primera vez, lenta y profundamente, mientras yo dejaba la bandeja en la mesita y volvía a sentarme en el sillón que Adriana me había indicado.

La cena transcurrió entre risas y miradas furtivas.

El chaval, poco a poco pareció ir relajándose.

Pronto fue consciente de lo que Adriana deseaba, y eso le daba una seguridad total, que le hacía dominar la situación.

Yo, desde el sillón observaba a mi mujer cautivada por la presencia juvenil, pero segura de aquel tío.

Cuando los platos quedaron vacíos, Rubén tomó la iniciativa.

—¿Vamos al sofá?

Adriana asintió con un nudo en el estómago mientras se levantaba.

Caminó despacio, consciente de cómo él miraba el vestido y escuchaba el sonido de sus tacones en el suelo.

Podía sentir la mirada de Rubén siguiéndola, intensa, casi desnudándola con la mirada.

Cuando se giró un instante, él le sonrió con confianza, y ella me miró y me hizo un gesto con los ojos para que les sirviese en la mesa baja.

Les serví más cava, y las conversaciones se tornaron más relajadas, casi íntimas. Rubén se sentó cerca de ella, y cuando sus miradas se cruzaron, hubo algo que quedó claro.

Era cuestión de tiempo.

Yo, bastante incómodo por la jaula que me presionaba la polla y los huevos, decidí que necesitaba fumar un cigarrillo, con las manos temblorosas y el corazón latiendo a toda velocidad, les dije que iba a salir a la terraza.

—Me parece perfecto – dijo ella —Pero no nos dejes desatendidos demasiado tiempo. Después seguramente querremos unas copas y quiero que estés atento.

Cuando salí, cerré la puerta corredera. Desde fuera veía perfectamente lo que ocurría dentro. Adriana me hizo un gesto para que entrase.

—Cari. No olvides tú compromiso – dijo mirando hacia mi entrepierna, que sabía que estaba aprisionada por la jaula – Ni se te ocurra tocarte.

Rubén no pudo reprimir una sonrisa que transmitía cierta superioridad sobre mí, así que me di la vuelta y encendí un cigarrillo, dejando a mi esposa y al que iba a tirársela solos en el salón.

Rubén no tardó mucho en tomar la iniciativa. Cuando ella le había invitado a cenar, había sentido curiosidad por el tipo de pareja que se iba a encontrar en aquella habitación, y a buen seguro, que le estaba sorprendiendo aquel reparto de roles. Incluso me sorprendía a mí…

Era evidente, que no era la primera vez que alguna tía lo buscaba por su físico, pero aquello era distinto.

Me jodía pensar que me veía como a un hombre inseguro ofreciéndole a su mujer para que se la follase.

Su actitud había cambiado, y ahora se mostraba más altivo.

Tenía la posibilidad de echar un polvo con una auténtica diosa, y al ver cómo me hablaba Adriana, no dudó en copiar su tono arrogante.

Supongo, que ella era completamente diferente a las chicas con las que se relacionaría habitualmente.

Adriana tenía una madurez que la hacía deslumbrante, con una sensualidad que parecía no ser del todo consciente.

No sería fácil encontrar chicas más guapas que Adriana, pero desde luego, una chica de veinte años, no le llegaría a la suela de los zapatos en experiencia y en capacidad de seducción.

Yo eso lo veía claramente en sus ojos encendidos, obnubilados por el deseo de poder follarse a una mujer como la mía.

Conocía aquel tipo de tíos. Tenía éxito con las chicas, y lo que tenía entre las piernas, le daba un extra de seguridad.

Encendí un segundo cigarrillo. Tenía la boca seca, y me apetecía tomarme una copa, pero para preparármela tendría que entrar en la habitación y no quería provocar ningún comentario de ninguno de los dos.