CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1
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Pese a que, en aquel momento, todavía no era ningún experto en aquellas situaciones, si tuviese que elegir un momento duro en el que la mezcla de celos y excitación se hacía especialmente doloroso, era el momento en el que mi mujer comenzaba a arreglarse con el objetivo de seducir a otro hombre.

En ese momento, no tienes la excitación del propio acto, que te ayuda a sobrellevar lo que está ocurriendo.

Simplemente ves que tu mujer se prepara y que no es para ti.

Es un momento largo, en el que te da tiempo a pensar, y en mi opinión, ese ritual era en el que más pensamientos incómodos me asaltaban.

Me había ocurrido cuando se había preparado para Guillermo, y me volvía a ocurrir de nuevo cuando lo estaba haciendo para Rubén.

Adriana salió del baño desnuda, con el conjunto de ropa interior que habíamos elegido en la mano Era rojo de seda y encaje, y ya en la tienda habíamos visto que, sobre su cuerpo, lo único que transmitía era una total y absoluta lujuria.

Se miró al espejo mientras se aplicaba crema con movimientos lentos, casi rituales, siguiendo cada curva con sus manos, desde el vientre, pasando por los pechos hasta los costados y las piernas.

—Échame crema en los pies – me exigió más que me pidió, en un cambio de actitud que ya había percibido la noche que se había tirado a Guillermo.

Sus pies estaban suaves, y mis manos se deslizaron con facilidad entre sus dedos, que tenían las uñas recién pintadas otra vez de rojo oscuro.

Adriana se levantó con una sonrisa misteriosa y sacó una caja pequeña de una de las bolsas de las compras que habíamos hecho por la mañana, y cuyo contenido se había negado a revelarme.

—Toma —dijo, poniéndomela en las manos—. Esta es tu sorpresa para esta noche. Algo para que experimentemos.

La abrí con curiosidad. Dentro había un dispositivo de metal bastante compacto.

En la caja ponía que era una jaula para el pene.

La base era un anillo de plateado rígido con una pequeña cerradura, y la jaula en sí era una estructura en forma de tubo corto y curvado, con pequeños orificios para la ventilación y una ranura en la punta.

Tenía un aspecto robusto y ciertamente amenazador.

Me quedé mirándolo sin saber muy bien qué era aquello al principio. Lo giré entre las manos, confundido.

—¿Qué es esto exactamente? —pregunté.

Adriana se sentó a mi lado con una expresión entre divertida y dominante.

—Eso es para que no te puedas tocar —me explicó con calma—.

No quiero que te masturbes mientras me follan.

Sé que es una putada, pero debes aguantar.

Es como quiero que suceda. Esta noche quiero que te la pongas y que no se te ocurra tocarte.

Tienes prohibido masturbarte. Después, si te has portado bien, te liberaré y podrás correrte.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Noté cómo mi polla reaccionaba solo con escuchar aquella orden.

—No sé ni cómo ponerme esto… —murmuré, todavía observando el extraño aparato.

Adriana me lo quitó de las manos con suavidad.

—Ven, yo te ayudo. Primero tienes que estar un poco más relajado. – dijo al ver que ya estaba con la polla tiesa.

Me lo explicó paso a paso. Hay que colocar primero el anillo de la base alrededor de los testículos y la base del rabo, apretando para que no se te salga.

No debe ser doloroso, pero no se puede escapar.

Luego se introduce el pene dentro de la jaula, alineando la ranura con la uretra.

Finalmente se cierra con este pequeño candado.

—Joder, ten cuidado no me vayas a pellizcar. – protesté asustado.

Mientras me lo colocaba con cuidado, sus dedos rozaban mi piel de forma deliberada. Sentí una mezcla de vergüenza, excitación y sumisión.

—¿Por qué quieres esto? —le pregunté mientras terminaba de ajustármelo.

Adriana me miró a los ojos con intensidad.

—Por el mismo motivo por el que tú quieres que me folle Rubén.

Me pone. Me excita la idea de que estés desesperado, cachondo y sin poder tocarte mientras yo disfruto.

Quiero que sientas esa impotencia. Que estés pendiente solo de mí.

Después, y solo si has sido muy bueno, dejaré que te corras. ¿Te parece bien?

Una vez cerrada la jaula, me sentí extraño. Mi polla intentaba endurecerse, pero estaba atrapada, presionada contra el duro metal. Era una sensación incómoda.

—No quiero que Rubén sepa que la llevo —le dije, algo avergonzado.

Adriana sonrió y me acarició la mejilla.

—No hace falta que lo sepa. Será nuestro secreto. Y… hay otra cosa. Esta noche… no quiero que te sientes con nosotros a cenar.

La miré sorprendido.

—¿Qué?

—Tu papel será el de camarero —continuó con naturalidad—. Debes atendernos en todo momento. Lo que te pida, lo haces. No quiero que interactúes con nosotros. Si quiero una copa, me la traes. Si quiero que me masajees los pies, lo haces. Si quiero estar a solas con él… te vas. ¿Te ha quedado claro?

Tragué saliva. La jaula no solo la llevaba en el pene.

—¿Estás hablando en serio?

—Muy en serio —respondió ella, acariciando la jaula con un dedo—. Querías sinceridad y explorar esto juntos. Pues esto es parte de ello. Quiero sentirme libre. Quiero disfrutar sin tener que preocuparme de si te sientes cómodo o no en la mesa. Esta noche yo soy la que manda.

Me quedé callado, respirando agitado. La combinación de la jaula, sus palabras y el nerviosismo ante lo que pudiese ocurrir me tenía completamente descolocado.

—Está bien… —acepté finalmente—. Haré lo que me pidas.

Adriana sonrió satisfecha y me dio un beso largo y profundo.

—Recuerda que si eres bueno, tendrás tú recompensa… —susurró contra mis labios—. Vas a estar muy cachondo esta noche. Y yo voy a estar muy cachonda sabiendo que tú estás así por mí.

Yo me quedé sentado, sintiendo el peso de la jaula entre mis piernas, preguntándome hasta dónde íbamos a llegar realmente.

—Coloca todo en la mesa. Yo voy a terminar de depilarme.

Obedecí. Ella sacó la ropa que había elegido para la noche, los tacones, el maquillaje y todo lo necesario.

Mientras yo organizaba sobre la mesa del salón las copas y ponía las bebidas a enfriar, escuché el ruido del agua corriendo en el baño.

Me asomé. Adriana estaba sentada en el inodoro, con las piernas abiertas y una cuchilla en la mano.

Se pasaba la hoja con cuidado por el monte de Venus, eliminando unos minúsculos vellos casi invisibles que apenas se notaban.

Estaba concentrada, desnuda, con la luz del baño resaltando cada curva de su cuerpo.

—¿Quieres que te ayude? —pregunté desde la puerta.

Ella levantó la mirada y sonrió.

—Ven. Acércate.

Me arrodillé frente a ella. El olor de su gel de depilación llenaba el ambiente.

Le pasé la cuchilla con mucho cuidado por los labios mayores, luego por los menores.

Estaba completamente expuesta. Cada vez que respiraba, mi polla intentaba endurecerse dentro de la jaula, pero solo conseguía que el metal presionara con más fuerza.

—Ahora la raja del culo —me pidió con naturalidad. —No dejes ni uno. Seguramente me lo hará por ahí también.

Me sentí extraño. Era una intimidad nueva, que nunca le había visto hacer, pero al mismo tiempo profundamente erótica.

Estaba claro que no quería dejar nada a la improvisación.

Adriana se giró, apoyando las rodillas en el borde del inodoro y sacando el culo hacia mí.

Le separé las nalgas con una mano y, con la otra, pasé la cuchilla con mucho cuidado por aquella zona tan sensible.

La piel era suave, rosada y perfecta. Cuanto más la tocaba, más excitado me ponía.

La jaula empezó a ser realmente molesta. Mi polla quería crecer, pero el dispositivo se lo impedía. Sentía un tirón constante en los huevos, un dolor sordo y persistente que me recordaba mi situación a cada segundo. Era humillante… y excitante al mismo tiempo.

Cuando terminé, Adriana se giró y me miró desde arriba.

—Eres tú el que empezó todo esto, Jose —me dijo con voz suave pero firme—. Ahora las normas las ponemos los dos. Y esta noche quiero que sea así. Quiero sentirme libre. Quiero disfrutar sin tener que preocuparme por ti.

Asentí, todavía arrodillado.

—Quiero que tengas hielo preparado en la nevera —continuó—. Quiero tomarme unas copas para ponerme a tono. Supongo que él también querrá tomar algo. Prepara lo que te pidamos.

Me sonrojé. La idea de que tuviera que servir al hombre que se iba a follar a mi mujer, era todavía más humillante.

Me sentía, expuesto y completamente dominado por una faceta de Adriana que nunca había visto.

Parecía que hubiese sufrido una transformación de su carácter habitualmente dulce.

Verla actuar con aquella seguridad y aquel toque déspota, también me tenía excitadísimo.

La jaula tiraba de mis huevos con cada latido, recordándome mi nueva posición.

Mi polla estaba atrapada, dolorida y desesperada.

—Lo entiendo —murmuré.

Adriana se levantó, se miró en el espejo y sonrió satisfecha con el resultado de su depilación.

—Quiero estar perfecta esta noche —dijo—. Quiero que Rubén me vea impecable.

Se giró hacia mí y me dio un beso en la frente.

—Ahora vístete. Pero la jaula se queda puesta toda la noche. Y nada de tocarte. ¿Entendido?

—Entendido.

Me vestí mientras ella empezaba a maquillarse. Cada movimiento me recordaba lo que llevaba en la polla. Caminar era incómodo. Sentarme, peor. La presión constante era un recordatorio permanente de mi sumisión.

Se colocó el sujetador, el tanga diminuto, y después se puso unas medias sin liguero, que se ajustaban a sus muslos por medio de una goma cubierta de encaje. Se miró en el espejo. Sus ojos recorrieron su figura, consciente del impacto que causaría, especialmente en el socorrista.

Cuando salió del baño, Yo estaba esperándola con el corazón acelerado. Realmente aquella preparación me dolía, y más, al comprobar la forma déspota en la que me hablaba. Había cierto tono dominante, como si quisiera humillarme por lo que iba a pasar esa noche. Yo no podía dejar de mirarla.

Se puso el vestido que yo mismo había insistido en que se comprase.

Una oda a la sensualidad más salvaje. Era de color rojo intenso, de un tono vibrante y llamativo que contrastaba perfectamente con su piel bronceada.

El vestido era atrevido y elegante al mismo tiempo.

Un diseño asimétrico de un solo hombro, que caía flojo.