CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2
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Mi tolerancia al sol, es limitada, no solo porque me quemo con cierta facilidad, sino porque no me gusta la sensación del calor lacerante en la piel.

Siempre procuro situarme en zonas de sombra, o bajo una sombrilla.

Aun así, el calor del mediodía me resultaba insoportable, por lo que me retiré a la zona del bar mientras Adriana se torraba al sol.

Decidimos ir de compras. A ambos nos apetecía pasar un rato de tiendas, buscando modelitos atrevidos.

Tengo que reconocer, que solo el buen gusto y el sentido común de Adriana, evitó que la vistiese como a una puta de polígono, pero después de discusiones graciosas y propuestas imposibles por mi parte, ella aceptó alguna de mis sugerencias.

Tras una mañana muy divertida comprando ropa “apropiada” para aquellos juegos que tanto nos estaban excitando, decidimos hacer caso al consejo de Rubén, y llegar a la piscina sobre la una del mediodía.

No se equivocaba. No había prácticamente nadie, excepto gente de nuestra edad, menos inflexibles con los horarios que las personas mayores o las familias con niños.

Desde la barra. Miré a Adriana, que estaba allí, recostada sobre su tumbona, como si fuera una diosa descansando bajo el sol.

Su piel brillaba como una suave seda bajo la luz, atrapando y reflejando cada rayo que se posaba sobre ella.

El bikini rojo era apenas una sugerencia, una insinuación audaz que dejaba poco a la imaginación y mucho para el deseo.

Cada curva de su cuerpo, cada músculo levemente marcado la hacían parecer una estatua esculpida a la perfección.

Sus piernas largas se estiraban infinitas, y la minúscula braguita apenas tapaba su pubis, al igual que los dos triángulos de la parte de arriba de la prenda.

Tenía la piel brillante por la crema solar, y la leve brisa que corría por la terraza acariciaba su piel.

Con cada movimiento, Adriana me hacía sentir como si fuera el sol quien la estuviera contemplando, casi hipnotizado. Su espalda, arqueada con naturalidad, dejaba ver su natural elegancia.

Al poco rato, apareció Rubén, que venía a sustituir a su compañero. Me saludó desde lejos, y pidió un agua con mucho hielo.

Me fijé en los ojos del socorrista. Estaban clavados en ella, que se movió suavemente en la tumbona colocándose boca abajo.

Rubén la miraba completamente absorto, sin ser consciente de que yo lo estaba viendo comerse con los ojos a mi mujer.

Me lanzó una mirada rápida, pero suficiente para darse cuenta de la situación.

En la tumbona, Adriana mostraba ahora una imagen magnífica de sus nalgas, que brillaban al sol.

El bikini, que parecía una segunda piel, se metía entre ellas, permitiendo una visión casi completa de su culo.

La fina tela se le metía entre las nalgas, rozando su piel de un modo que era pura provocación. Apenas cubría lo esencial, y con cada mirada, Rubén conseguía que yo me excitase cada vez más.

Ella, ajena a la intensa mirada del socorrista, jugueteaba con las tiras del bikini, tratando de colocárselo. Un sutil ajuste aquí, un leve tirón allá, tratando de mantenerlo en su sitio, algo que no era posible dado la escasa tela con la que estaba hecho. No daba para más.

Pero aquella mirada que era de puro deseo, me hacía consciente de cada detalle, de cada centímetro de su cuerpo bajo la tela.

Sus dedos recorrían lentamente su cabello, jugando con cada mechón, enredándolo y soltándolo con una sensualidad distraída. Yo conocía el peso y la textura sedosa de su melena. Miré de nuevo a Rubén, que la había apartado de ella, y que ahora me miraba a mí como si me evaluara.

Volví a mirarla, disfrutando de la excitación de Rubén.

La situación se había invertido. Mi vulnerabilidad inicial se disolvió en un destello de seguridad, y ahora yo disfrutaba del juego de miradas que le lanzaba.

Sabía que aquel espectador, aunque quisiera, no podía apartar la vista, y eso para un hombre con mis debilidades, era puro fuego.

Adriana se incorporó y movió la tumbona debajo de una sombrilla de paja. Levantó el respaldo y sacó de la bolsa de la playa un sombrero de paja, y las gafas de sol. Miró hacía mí, me lanzó un beso, e hizo un gesto para que me acercara.

—Cari, tráeme algo fresquito. — Me pidió dándome un pico en los labios. — Algo de limón con mucho hielo.

—Tienes al socorrista que no te quita ojo. Creo que le tienes embobado. No deja de mirarte. – Le susurré.

—¿Ah sí? – dijo ella mirando con cuidado por encima de mi hombro. —Pues después de lo de ayer, no sé qué mira. Ayer en la playa ya vio todo lo que había que ver.

Después de volver a la barra tras llevarle una granizada helada, volví a mirar a Rubén. Hablaba con la camarera, pero de vez en cuando lanzaba miradas hacia Adriana.

Ella, ahora plenamente consciente de sus miradas, se recostó en la tumbona, colocándola directamente frente a nosotros.

Sacó un bote con crema solar, y se echó en la mano.

Con un movimiento lento y elegante, separó sus piernas más de lo políticamente correcto, dejando que la luz del sol destacara cada línea de su figura mientras levantaba la rodilla para untarse de crema.

Cada gesto parecía preparado, y yo enseguida supe que había empezado a jugar.

Sus dedos, comenzaron a recorrer el borde del bikini de forma juguetona, extendiendo la crema con lentitud, tensando la costura sobre su piel, y mostrando claramente parte del pubis depilado.

Era consciente de la expectación que generaba en el chaval, y lo estaba provocando.

Su mano se detuvo en los lazos que sujetaban la braguita a sus caderas, atrapándolos entre sus dedos con una lentitud intencionada.

Los giró, como si sopesara la posibilidad de ajustar el nudo o tal vez de aflojarlo…

Adriana, decidida a llevar el juego un paso más allá deslizó sus dedos por su vientre plano. Su piel reaccionaba a la leve película de crema solar, brillando intensamente.

Sus manos iniciaron un recorrido descendente, hasta meterse dentro del minúsculo triángulo de tela.

Después de echarse la crema por el pubis, inició el recorrido contrario, sus dedos acariciaron el camino hacia sus pechos, con una lentitud deliberada, disfrutando de cada segundo y sabiendo que la mirada de Rubén estaría sin duda clavada en ella.

Al llegar a sus pechos, metió las manos por dentro de los triángulos.

Supe lo que iba hacer antes de que lo hiciera.

Se los pellizcó ligeramente, y de forma inmediata, se marcaron en la tela.

Me lanzó una sonrisa. Sus dedos se detuvieron en las areolas, acariciándolas suavemente.

Cuando miré a Rubén, éste no la miraba a ella, sino a mí.

Sus ojos se clavaron en los míos, tratando de comprender qué clase de juego nos traíamos.

Yo le guiñé un ojo, y él visiblemente nervioso, miró de nuevo hacia ella.

Y el espectáculo que nos ofrecía era cada vez más intenso.

Miré a mi alrededor. Apenas un par de parejas en la terraza, que estaban detrás de Adriana y no veían el numerito que nos estaba montando.

La camarera, estaba ocupada metiendo naranjas en la máquina de zumo y era ajena a todo aquello.

Adriana sabía que cada gesto que hacía, era ya parte de un espectáculo que mantenía a Rubén boquiabierto.

Queriendo ir un paso más allá llevó sus dedos bajo la tela del bikini, un gesto que parecía vago y relajado, pero que era pura intención.

Con movimientos sutiles, sus dedos se deslizaron por su vientre, recorriendo otra vez la línea de los triángulos, que era una frontera entre lo que se puede mostrar y lo que no.

Con sutileza, Adriana usó su mano izquierda para dejar completamente expuestas sus tetas durante un segundo.

El movimiento fue intencionado, un gesto audaz que desnudaba su piel dorada al sol, destacando aquellos pezones oscuros totalmente erectos.

Para mi decepción, y evidentemente para la de Rubén, cuando más atrevido se había vuelto aquel espectáculo, apareció una pareja madura en el bar.

Eran un matrimonio extranjero, que se sentó en una mesa, justo enfrente de Adriana.

Ella los vio sentarse, y cesó de inmediato en sus provocaciones.

Rubén miró a la pareja con ojos que reflejaban una frustración que me dejó perplejo. Le habían arruinado el espectáculo.

Poco después, el chico se excusó diciendo que iba a cambiar para empezar su turno y desapareció hacia los vestuarios.

Adriana se ató el pareo a la cintura, dejando que sus piernas largas y bronceadas quedaran a la vista. Caminó descalza hacia mí con esa sonrisa pícara que tanto conocía. Se inclinó y me dio un pico suave en los labios.

—Cari… —susurró cerca de mi oído—. Estoy pensando que estaría bien invitarle esta noche a nuestra habitación a tomar unas copas. ¿Te parece bien?

Me reí por lo bajo, mirándola con complicidad. Había visto cómo sus ojos se habían clavado insistentemente en la polla de Rubén en la playa.

—Ya vi que no le dejabas de mirarle la polla en la playa —respondí con excitación—. Si te apetece, no te cortes. Así puedes estrenar alguno de los modelitos que hemos comprado.

Adriana se mordió su labio inferior, claramente ilusionada. Sus ojos brillaban con picardía.

—¿Entonces puedo ir a proponérselo? —preguntó, con una dulzura fingida.

—Claro —contesté sin dudar, acariciando su cintura por encima del pareo—. Ve y hazlo. Quiero verte disfrutar.

Ella me dio otro beso, esta vez más largo y prometedor, rozando su lengua contra la mía. Su mano bajó un segundo por mi pecho antes de separarse.

—Eres el mejor —susurró—. Te quiero.

Con paso decidido y el pareo ondeando, Adriana se dirigió hacia donde Rubén había desaparecido.

Lo esperó cerca de la salida de los vestuarios.

Cuando él salió, aún con el pelo húmedo y una camiseta ajustada, ella no perdió el tiempo.

Se acercó con confianza, tocándole el brazo y hablando con esa seguridad que la caracterizaba.

Desde lejos vi cómo Rubén abría los ojos con sorpresa, sonreía y finalmente asentía, claramente excitado por la propuesta inesperada.

Adriana regresó a la tumbona y se sacó el pareo. Me guiñó un ojo, y se volvió a tumbar al sol.

Rubén apareció poco después de que Adriana volviera a la piscina. El socorrista se acercó visiblemente desconcertado. Se detuvo frente a mí, con cierta inseguridad.

—Oye, tío… ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó, rascándose la nuca.

—Claro, dime.

Se apoyó en la barra, inclinándose hacia delante.

—¿De qué va todo esto? Tú mujer acaba de invitarme a subir esta noche a vuestra habitación a tomar unas copas… y a lo que surja. Me lo ha dicho así. No sé si lo he entendido mal o qué.

Me encogí de hombros con naturalidad, manteniendo la calma.

—No sé a qué te refieres.

Rubén soltó una risa incrédula y miró hacia los lados para asegurarse de que nadie escuchaba nuestra conversación.

—Joder, me ha dicho claramente que suba, que tomemos algo y que… bueno, que lo que tenga que pasar... pasará. ¿Tú estás al tanto de eso?

—¿Tú qué crees? Ella es libre de invitar a quien quiera —respondí con tranquilidad, mirándolo a los ojos.

—Pero… ¿tú no eres su marido? —preguntó, bajando la voz.

—Sí. ¿Y?

Rubén parpadeó varias veces, claramente descolocado. Se pasó una mano por la cara.

—No sé… Esto es muy raro, tío. ¿Qué esperáis que suceda exactamente esta noche?

—¿Qué te ha dicho ella? —le devolví la pregunta.

—Lo que te he dicho, que lo que tenga que pasar, pasará.

Y que tú estarías allí, pero que eso no sería ningún problema.

Que eras… muy comprensivo con sus antojos.

La verdad es que me ha puesto bastante cachondo la forma en que lo ha dicho, pero ahora me siento un poco perdido.

No quiero meterme en medio de una pareja y que luego haya historias raras.

—No habrá historias raras. ¿A ti ella te gusta?

—Joder, cómo para que no me guste. Está…

— Buenísima… - le terminé yo la frase. Sonreí levemente y me recosté relajadamente en la barra. —Pues entonces, yo de ti no lo dudaría. Por mi parte, está todo bien.

Rubén me miró fijamente, buscando alguna señal de broma o trampa. Al no encontrarla, soltó el aire que estaba conteniendo.

—¿En serio? ¿No te importa que suba y que…?

—Adriana sabe lo que quiere. Y yo también. Si ella te ha invitado es porque le apetece. No hay trampa alguna ni malos rollos. Si te apetece, ven esta noche.

El socorrista se quedó callado unos segundos, procesando. Una mezcla de excitación y nerviosismo cruzaba su rostro.

—Hostia… Nunca me había pasado algo así. Es que tu mujer es… impresionante. Y la forma en que me miró cuando me lo propuso… Joder. Vale. Si vosotros estáis bien con esto, yo no voy a decir que no. Pero sigo flipando un poco.

—Normal —contesté con una sonrisa—. Solo déjate llevar. Y si en algún momento te sientes incómodo, solo dilo.

Rubén se levantó, aún aturdido, y me dio una palmada en el hombro.

—Eres un tío raro de cojones. Nos vemos esta noche entonces.

Se alejó hacia su puesto de trabajo, girándose una vez más con una expresión entre incrédula y expectante. Cuando pasó junto a mi mujer, le dijo algo, y ella soltó una carcajada.

Mi mujer juega muy duro.