CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1
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Al día siguiente cogimos el coche y nos dirigimos hacia la cala. El camino en coche fue agradable, con vistas a campos de naranjos y el mar asomando de vez en cuando. Sin embargo, cuando aparcamos y empezamos a caminar, Adriana comenzó a protestar.

—Jose, dijiste quince minutos… Llevamos casi veinte y todavía no se ve la playa —se quejó, ajustándose la bolsa de playa al hombro.

—Lo siento, cariño. Según las indicaciones que me dio el socorrista, parecía que estaba muchísimo más cerca. ¿Quieres que paremos?

Ella suspiró, pero negó con la cabeza.

—No, ya que hemos llegado hasta aquí… Solo espero que merezca la pena.

Yo solo quería que se sintiera cómoda. Le cogí la bolsa para aliviarle el peso y le pasé el brazo por los hombros.

—Tranquila. Si no te gusta, nos volvemos.

—Aunque no me guste, nos quedaremos. Paso de volver al coche sin bañarme antes. Estoy frita de calor.

Finalmente, tras bajar un sendero empinado entre rocas y vegetación baja, llegamos a la cala.

Era una pequeña bahía rodeada de acantilados en los que a duras penas sobrevivían algunos pinos y arbustos de aspecto espinoso.

La arena era fina y dorada, y el agua cristalina.

Y lo mejor es que estaba prácticamente vacía.

Solo había una pareja al fondo y un hombre solo a nuestra derecha.

—Joder… —murmuró Adriana—. Esto sí que es otra cosa. Creo que ha merecido la pena.

Coloqué la sombrilla y extendí las toallas. Cuando me incorporé, me quedé gratamente sorprendido. Adriana se había quitado el bikini completo y estaba totalmente desnuda, guardando la prenda en la bolsa como si nada.

Su cuerpo bronceado brillaba bajo el sol. Estaba espectacular.

—¿Te vas a quedar mirándome todo el día o me echas crema? —preguntó con una sonrisa.

Le apliqué crema solar por todo el cuerpo con calma, disfrutando del contacto. Después nos tumbamos.

—Esto es una gozada de playa —dijo ella, cerrando los ojos con placer—. El chico no nos mintió.

—Tenía razón. Esto es otro nivel.

A media mañana llegaron un par de parejas que se colocaron a una distancia prudencial. Todos se desnudaron sin complejos. Yo era el único que seguía con el bañador.

Adriana me miró de reojo.

—Jose… ¿no te vas a quitar el bañador?

—Estoy… empalmado —confesé un tanto avergonzado.

Ella soltó una risita y, sin avisar, se incorporó. Con un movimiento rápido me bajó el bañador hasta los muslos. Mi polla, dura, quedó al aire. Adriana se inclinó y le dio dos lamidas rápidas y húmedas al glande.

—Joder, Adri… —susurré.

Entre risas, me dio una palmada en el culo.

—No pretenderás que te haga una mamada en medio de la playa, ¿verdad? —dijo divertida—. Quítatelo ya y relájate.

—Eres una cabrona. Siempre me dejas a medias…

—Esta noche te lo compensaré, no seas impaciente.

Finalmente, me lo quité. Nos fuimos a bañar. El agua estaba perfecta, cristalina y a buena temperatura. Nadamos un rato, jugamos a salpicarnos y nos besamos dentro del agua. Adriana parecía liberada.

—Sabes… le estoy cogiendo el gusto a esto del nudismo —confesó mientras flotábamos—.

Al principio me daba algo de vergüenza, pero luego sientes esa libertad, esa ligera excitación de saberte desnuda en un lugar público.

Me gusta. Y lo mejor es el bronceado sin marcas, sin nada que apriete… Es liberador.

—Me encanta verte desnuda. Ya ves cómo me pones- dije señalándome la polla.

Volvimos a las toallas. Estábamos charlando relajados cuando una sombra me tapó el sol. Levanté la vista y allí estaba Rubén, el socorrista, completamente desnudo, con una media sonrisa.

—Sabía que os gustaría esta playa —dijo sin apartar la mirada de Adriana.

Adriana se quedó absorta unos segundos mirando su polla.

Incluso flácida era imponente: larga y gruesa.

El cabrón, estaba bien dotado y lo sabía.

Yo me sentí algo cohibido, pues no estaba acostumbrado a estar desnudo delante de otro hombre, salvo en la época en la que jugaba al fútbol a los dieciocho años y nos cambiábamos en el vestuario.

—Hola de nuevo —saludó Adriana con total naturalidad, como si nada—. Tenías razón, es una maravilla.

Rubén sonrió.

—Estoy con unos amigos allí en las rocas. Si os apetece, os invitamos a unas birras.

Adriana, que continuaba mirándole el rabo sin ningún pudor, aceptó sin dudar:

—Encantada. Con este calor, una cerveza sienta de maravilla.

Yo me quedé helado, pero no dije nada. Me sorprendía la tranquilidad con la que se comportaba. No había hecho el menor gesto para cubrirse, y se mostraba cómoda y tranquila. Caminamos hasta las rocas que nos había señalado. Allí había dos chicos más, también desnudos. Estaban jugando a las cartas.

Uno era moreno, de unos veintipocos años, de complexión atlética y con un tatuaje en el brazo. El otro estaba rapado al uno y era más delgado, pero con los músculos definidos.

—Ellos son Marcos y Axel —los presentó Rubén.

Adriana se integró con facilidad en la conversación. Bebía la cerveza a morro del botellín, cómoda y relajada, mientras charlaba con ellos. Yo, en cambio, me sentía un poco fuera de lugar.

Hablaron del resort, de las playas de la zona y de lo difícil que era encontrar sitios tranquilos en verano. Adriana reía y participaba activamente, mientras estaba sentada sobre una toalla enseñándoles todo el coño.

En un momento dado, Rubén comentó mirando a Adriana:

—En cuanto os vi, supe que os encantaría este sitio. Desde luego se os ve que no sois de estar rodeados de críos y de viejos.

Ella sonrió.

—Estamos descubriendo muchas cosas sobre nosotros estas vacaciones. Un descubrimiento tras otro…

Supongo que el chaval no captó nada extraño en aquel comentario de Adriana, porque no le entró a la conversación, pero yo sí fui consciente de todo lo que escondían aquellas palabas.

—Pues no veas cuando vienen las excursiones del IMSERSO. —dijo metiéndose los dedos en la boca como para provocarse el vómito. —Eso es lo peor.

—¿Peor que los niños? – preguntó Adriana.

—Para mí sí. A un niño le metes un grito, y salvo excepciones, se acojonan, pero los viejos… Eso es otro cantar. No siempre es fácil tratar con ellos. Esas excursiones, son lo peor.

Rubén miró su reloj y chasqueó la lengua.

—Chicos, me tengo que ir ya. Entro a las dos y no puedo llegar tarde. Si lo hago, mi compi me mata. Ha sido un placer veros. Espero que nos veamos en el hotel. Normalmente a las nueve salgo de trabajar. Si estáis por el bar de la terraza, podemos vernos.

Se despidió con una sonrisa, dándole dos besos a Adriana y un apretón de manos a mí. Sus dos amigos, Marco y Alex, también empezaron a recoger y se marcharon. Adriana y yo volvimos caminando hacia nuestra toalla, cogidos de la mano. El sol pegaba fuerte y la cala seguía prácticamente vacía.

Nos sentamos debajo de la sombrilla. Adriana se tumbó boca arriba, con los ojos protegidos del sol con unas gafas oscuras. Yo me quedé sentado, observándola.

—Te he visto muy cómoda desnuda delante de estos tíos —comenté, intentando sonar casual.

Adriana abrió un ojo, me miró y me guiñó el otro con picardía.

—No era para menos —respondió con una sonrisa traviesa—. Rubén está muy bien armado… Joder, tiene un rabo impresionante. Y el cuerpo también. Menudos musculitos.

Me quedé callado un segundo, procesando sus palabras. Noté un cosquilleo familiar en el estómago.

—¿Estás insinuando algo? —pregunté.

Ella se incorporó sobre los codos, sin taparse en absoluto. Sus pechos se movieron con naturalidad.

—A nadie le amarga un dulce, Jose —contestó con total tranquilidad—. Está bueno. Es normal que me haya fijado.

—Fuiste tú la que dijiste que probablemente era una trampa de Rubén para verte desnuda.

—Ajá —dijo ella, ampliando su sonrisa—. Y acerté. ¿O no?

Me reí y negué con la cabeza.

—Y… ¿no te ha molestado? —pregunté, mirándola a los ojos.

—Pues no —respondió con sinceridad—. Me suscita interés. Querías sinceridad, ¿no? Pues soy sincera. Me ha gustado ver cómo me miraban. Sobre todo, Rubén. Y me han gustado esos cuerpos fuertes.

Se hizo un breve silencio.

—No me esperaba que fueras tan directa —admití.

Adriana se sentó del todo y se acercó un poco más a mí.

—Estoy intentando ser honesta, como tú me pediste. Si te molesta, dímelo. Pero creo que esto es lo que querías que hiciera, ¿no? Pediste sinceridad absoluta, y… aquí la tienes. Esto es lo que siento ahora mismo. Me he puesto un poco cachonda al estar desnuda delante de ellos.

Tragué saliva.

—¿Te has puesto cachonda?

—Un poco —reconoció, encogiéndose de hombros—. No voy a fingir lo contrario. Tiene una polla reglamentaria y un cuerpo que llama la atención. Es normal que me haya fijado. Pero eso no significa que quiera hacer nada. Solo… lo he disfrutado visualmente.

Me quedé mirándola. Su naturalidad me desarmaba.

—¿Y tú qué has sentido? —me preguntó ella, curiosa—. ¿Te ha molestado que me miraran?

—No… no me ha molestado —respondí—. Me ha generado una sensación rara. Verte tan cómoda, tan segura de ti misma… me ha descolocado. Siempre me habías parecido tímida en esa faceta. Hace un mes, ni siquiera hacías topless.

Adriana sonrió y me acarició la pierna.

—Es normal. Es la primera vez que hacemos algo así, pero ya te dije que le estaba cogiendo el gusto al tema.

Y ya que estamos siendo sinceros, te diré otra cosa —añadió con una sonrisa pícara—.

Cuando Rubén se ha despedido y me ha dado dos besos, he notado que se le había endurecido un poco la polla.

Creo que yo tampoco le he sido indiferente.

Solté una carcajada nerviosa.

—Eres terrible.

—Soy sincera —corrigió ella, riendo también, pero con segundas intenciones—. Eso es lo que querías, ¿no?

Adriana se tumbó de nuevo y yo me quedé observándola. Su cuerpo desnudo bajo el sol, relajado, sin complejos… Era una imagen poderosa.