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—Es una sorpresa. Algo que creo que te puede gustar… o que al menos quiero probar. Llevo dándole vueltas un par de días.
—¿Es ropa? —pregunté, intrigado.
—Puede ser… —respondió con tono juguetón—. O puede que no. Ya lo verás.
Me reí y negué con la cabeza.
—Ahora el que tiene un poco de miedo soy yo.
—Bien —dijo ella, satisfecha—. Así estamos en igualdad de condiciones.
Adriana estaba relajada, y yo disfrutaba viéndola así, tan natural y con esa chispa de travesura que solo mostraba cuando se sentía cómoda.
Mientras esperábamos el segundo plato, volvió al tema:
—¿De verdad crees que ir de compras juntos puede ser divertido?
—Creo que sí —respondí—. Puede ser una forma de jugar juntos. Tú eliges cosas que te gusten, yo te ayudo a escoger… y viceversa. Ya verás cómo nos echamos unas risas.
Adriana asintió lentamente.
—Está bien. Puede ser divertido, aunque me das un poco de miedo a veces… Pero me encanta que seamos sinceros. Que podamos hablar de estas cosas sin que se convierta en un problema.
—Ya te lo dije. Lo importante es que lo hablemos todo.
—Pero quiero que te quede clara una cosa, que te conozco, y después te pasas el día insistiendo. Un no, es un no. Intenta no insistir pensando que lo vas a conseguir por agotamiento, porque eso sí que me enfadaría.
—Te doy mi palabra de honor – dije haciendo un gesto excesivo que le sacó una carcajada.
Después de la cena, paseábamos de vuelta hacia la habitación con calma.
La noche era agradable, con una temperatura perfecta y el cielo estrellado.
Adriana iba cogida de mi brazo. Pese a que sabía que no llevaba ropa interior, no sentí ninguna necesidad sexual, y caminábamos como una pareja de enamorados.
—Oye —le dije—, ¿te apetecería ir mañana a alguna de las playas que nos recomendó el socorrista? Tenían buena pinta.
Adriana soltó una risita y me miró de reojo.
—Ese chaval tenía cara de golfo, que no podía con ella… Seguro que es una playa nudista y nos ha mandado allí para reírse un rato.
Me reí con ella.
—¿Tú crees? Parecía majo. Aunque sí que tenía esa sonrisilla de quien sabe más de lo que cuenta.
—Exacto —continuó ella, exagerando el tono conspirador—. “Una playa muy tranquila para parejas…” Seguro que es nudista y está llena de gente en pelotas. Nosotros llegamos como dos pardillos y nos encontramos con un montón de abuelos y abuelas tomando el sol en bolas.
La imagen me hizo soltar una carcajada.
—Pero en serio —insistí—, ¿te animarías a ir? Aunque sea con bikini. Dijo que era muy tranquila.
Adriana se quedó pensativa un momento, aun sonriendo.
—La verdad es que me apetece un poco de tranquilidad. Aquí en el resort es imposible relajarse del todo. Pero si es nudista, no.
—¿Por qué no? —bromeé—. Sería como en el yate, y tú misma dijiste que te apetecía tomar el sol para que no te quedasen las marcas del bikini.
Yo te pondría crema en todos lados para que no te quemases.
Y si lo piensas, entre estar con el tanga blanco y en topless y no llevar nada, tampoco hay tanta diferencia.
—Claro, claro —respondió ella con sarcasmo divertido—. Y mientras tú me pones crema, yo me pongo roja como un tomate de la vergüenza. Paso. Prefiero una playa normalita donde pueda estar cómoda.
—Vale, vale —cedí riendo—. Entonces vamos con bikini. Pero si vemos que está vacía… podrías probar...
Adriana me dio un codazo.
—Eres un caso. Siempre intentando colar alguna idea de las tuyas. Primero la ropa sexy, ahora playas nudistas… ¿Qué será lo siguiente? ¿Que me apunte a un curso de baile del vientre?
—¡Qué dices! Todas las bailarinas esas tienen una tripa descomunal. No me gusta nada eso—contesté siguiéndole la broma—. Te veo más con un conjunto de lencería negra y taconazos girando en una barra rodeada de babosos metiéndote billetes en las bragas.
—¡Jose! —exclamó entre carcajadas—. Tienes una mente enferma, tío. Me estás corrompiendo poco a poco.
Llegamos a la zona ajardinada cerca de nuestra habitación. Nos sentamos un rato en un banco bajo una palmera grande. La brisa era fresca y agradable.
—En realidad —dijo Adriana más seria, aunque todavía con una sonrisa—, no me importaría ir a la playa. Me apetece estar más tranquilos. Solo nosotros dos, sin niños corriendo alrededor. Si es nudista… pues ya veremos sobre la marcha. Pero no prometo nada.
—Me parece bien —respondí—Si te gusta el ambiente, genial. Si no, te pones el bikini y punto.
Adriana apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de todo esto? Que podemos bromear sobre estas cosas sin que se ponga raro el ambiente. Hace unas semanas esto habría sido impensable.
—Es verdad —admití—. Me gusta que estemos así.
Se quedó callada unos segundos, mirando las estrellas.
—Aunque sigo pensando que el socorrista ese es un golfo —añadió de repente—. Seguro que esa playa es famosa por ser nudista. Mañana cuando lleguemos nos va a estar esperando escondido entre los arbustos con una cámara.
Me reí con ganas.
Nos levantamos del banco y continuamos hacia la habitación, todavía bromeando sobre el tema.
Una encerrona cantada.