CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3 #2
71%

3 #2

—Encantada, Rubén. La verdad es que la piscina es un estrés. Nos hemos tenido que refrescar en la ducha de nuestra terraza. Muchas gracias por la información.

Rubén se levantó y le devolvió la sonrisa, claramente impresionado por lo guapa que era aquella clienta del hotel.

—Un placer. Yo ya me marcho, estoy hasta las narices de niños, y mañana tengo que volver.

¡Ah! y un consejo… Si queréis algo de tranquilidad en la piscina, bajad sobre la una.

De una a cuatro es cuando menos gente hay.

Empiezan las comidas, y la gente está en los restaurantes.

Las fieras se vuelven locas con el bufet libre…

Se despidió con un gesto y desapareció camino del aparcamiento del personal.

Adriana y yo nos encaminamos hacia el restaurante que habíamos reservado.

Era temprano, así que fuimos dando un paseo, cogidos de la mano, por los senderos del resort y nos dirigimos al pueblo.

El calor ya era soportable y una brisa agradable llegaba desde el mar.

Las palmeras se movían suavemente y el aroma de los naranjos flotaba en el aire.

—¿Qué te ha parecido el chico? —pregunté.

—Simpático —respondió ella—. Y tiene razón. Este sitio es precioso, pero no es lo que buscábamos. Demasiadas familias.

—Quizás algún día vengamos nosotros aquí con nuestros niños. – le dije dándole un beso en la mejilla.

—Sí, y seguro que entonces, habrá por aquí parejitas jóvenes y ardientes que detesten a nuestros enanos… Supongo que es ley de vida.

Continuábamos nuestro paseo por un camino que bordeaba la playa. El pueblo estaba cada vez más cerca, y ya se olían los espetos que allí se preparaban.

—El año que viene tenemos que buscar algo mejor —dije—. Un sitio más para adultos, más íntimo.

Adriana asintió con energía.

—Totalmente de acuerdo. La verdad, es que el apartamento de Almería era perfecto. Teníamos privacidad absoluta, la terraza solo para nosotros, la piscina siempre medio vacía… Podíamos hacer lo que quisiéramos sin preocuparnos de nadie. Aquí siento que tengo que estar midiendo cada gesto.

—Podemos buscar algo parecido el año que viene —propuse. —Podría intentar reservar el de Almería con más antelación, para asegurarnos de que no se lo alquilan a nadie. Aunque es caro de cojones.

—Eso estaría genial —sonrió—. Aunque reconozco que este sitio tiene su encanto… pero sí, echo de menos esa sensación de intimidad.

—Echas de menos eso, y también otras cosas… - le dije tratando de volver a provocarla.

—Por eso no te preocupes. Seguro que aquí también encuentro buenos candidatos para meterlos en nuestra cama. – dijo ella aceptando mi reto.

Llegamos al restaurante. Era un sitio bonito, con mesas en la terraza bajo unas guirnaldas vegetales. Nos sentaron en una esquina con vistas al mar. Mientras esperábamos el primer plato, Adriana me miró con cariño.

—Aun así, estoy contenta de estar aquí contigo. Solo tenemos que adaptarnos un poco al nuevo ambiente.

Le cogí la mano por encima de la mesa.

—Adaptarnos… y quizás encontrar nuestros propios rincones tranquilos.

Ella sonrió con picardía.

—Quién sabe. Igual esa cala que nos recomendó el socorrista merezca una visita.

Durante la cena, el ambiente era agradable. Pese a que había mucha gente, había suficiente espacio entre las mesas, y el entorno, con el sonido cercano del mar y una brisa fresca hacía que todo resultara muy cómodo. Pedimos unos entrantes y arroz con marisco. Todo para compartir.

—Te has vestido demasiado modosita esta noche.

Ella levantó una ceja, divertida, y dio un sorbo a su vino blanco.

—¿Modosita? No pretenderías que me hubiera puesto el vestido rojo que me puse la noche que cenamos con Guillermo, ¿no?

Me reí echándome hacia atrás.

—Con ese vestido, sinceramente, no nos habrían dejado entrar en el restaurante.

Adriana soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Exacto. Por eso mismo. Tampoco puedes pretender que me vista como una puta cada vez que salgamos a cenar, Jose. Eso no lo voy a hacer. Me gusta sentirme guapa, pero no quiero sentir que voy disfrazada.

—Entre ir como una puta y vestirte como una adolescente que va a su primera cita… hay muchas cosas intermedias —respondí con tono suave, sin dejar de sonreír.

Adriana me miró fijamente durante unos segundos.

Luego, con una expresión entre traviesa y desafiante, se movió un poco en la silla.

Miró discretamente a ambos lados para asegurarse de que nadie nos prestaba atención, metió la mano bajo la mesa y, con habilidad, se sacó las bragas.

Me las entregó por debajo de la mesa con una sonrisa.

—Toma.

Las guardé rápidamente en el bolsillo del pantalón tratando de que nadie viese lo que acababa de pasar. Poco después, se desabrochó el sujetador con disimulo, lo sacó por un lado del vestido y también me lo dio.

—¿Mejor? —preguntó, con fingida naturalidad.

—Sin duda —respondí, notando cómo se me aceleraba un poco el pulso—. Mucho mejor. Pero tengamos cuidado. Este sitio está lleno de gente.

Adriana se puso de pie un momento, fingiendo estirarse, y se recogió ligeramente la falda del vestido hasta medio muslo, dejando ver más piel de sus piernas. Se sentó de nuevo con naturalidad.

—¿Contento ahora?

—Mucho mejor. —contesté riendo—. Aunque sigo pensando que podríamos ir un día de compras juntos. Quiero que te compres ropa algo más sexy.

Ella dio otro sorbo a su copa y me miró con curiosidad.

—¿Ropa más sexy?

—Sí. Quiero ir contigo a que te compres ropa un poco más atrevida. Cosas bonitas, que te hagan sentir guapa y atractiva, pero que puedas usar en según qué momentos.

Adriana se quedó callada unos segundos, jugueteando con el tenedor.

—Me das un poco de miedo, ¿sabes? —confesó con una sonrisa nerviosa—. A veces siento que vas muy rápido. Que quieres que pase de ser tu mujer normal a… no sé, a algo muy diferente.

—No es eso —le dije con cariño—. No quiero que cambies quién eres.

Solo quiero que exploremos juntos. Hay mucha ropa sexy que también es posible de llevar en momentos normales.

No tiene por qué ser exagerada. Un vestido un poco más ajustado, con un escote bonito, algo más corto pero elegante…

Cosas que te favorezcan y que te hagan sentir poderosa.

Joder, Adri, si a ti cualquier cosa te sienta de puta madre.

Adriana se quedó pensativa, mirando hacia el mar. El camarero trajo los entrantes y aprovechamos para comer un poco antes de continuar la conversación.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Acepto ir de compras contigo. Pero con una condición.

—Dime.

—Yo también quiero comprarte algo a ti.

La miré con sorpresa.

—¿A mí? ¿Qué quieres comprarme?

Adriana sonrió con misterio.