CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 3
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Los días continuaban siendo largos y soleados.

Pese a que el lujo del hotel invitaba a no abandonarlo, al día siguiente nos fuimos a visitar Peñíscola y pasamos la mañana deambulando por el antiguo pueblo, yendo en coche a ver acantilados y paisajes de ensueño por los alrededores.

Adriana estaba completamente recuperada de los efectos de la píldora, y disfrutamos de una jornada de turismo tranquilo.

Después de la siesta, me desperté algo amodorrado.

La tarde era soleada, y apenas había refrescado.

Pese a eso, me apetecía mucho cenar en una terraza.

Siempre he pensado que el verano está para disfrutar de los espacios al aire libre, el frío invierno ya nos obliga a permanecer en interiores más de la cuenta.

Descansado, después de la reparadora sienta me vestí. Adriana remoloneaba en la cama con su habitual laxitud. Le dije que mientras ella se arreglaba, iría a la piscina del hotel a beber algo.

El lugar estaba rodeado por un jardín lleno de plantas exuberantes, y enormes macetas con olivos, naranjos y laureles. A través de una pequeña valla blanca de madera, vi una piscina reluciente de color aguamarina salpicada de cuerpos morenos y rodeada de sombrillas y tumbonas.

Había muchas tumbonas vacías y mesas libres ya que todo el mundo estaba en el agua—, de modo que moví un par de tumbonas libres hasta la zona con sombra.

A los pocos minutos, apareció Adriana con el pareo que le había comprado al vendedor playero. Llevaba también el bikini rojo, que no era tan osado como el blanco, pero que le sentaba incluso mejor. Se sentó en la tumbona e hizo una mueca cuando se sentó.

—¡Coño! El plástico está caliente. Quema.

—Todo está caliente aquí. No soporto un minuto más al sol. El próximo año, nos vamos al norte.

Se dejó caer a mi lado y se quitó el pareo.

—Pues no es mala idea. Aunque me da miedo que nos toque la clásica semana lluviosa y nos arruine las vacaciones.

Pero desde luego, aquí empieza a ser insoportable.

Hace tanto calor que voy a meterme en el agua.

—Apartó la mirada mientras se quitaba el pareo y luego lo dobló y se inclinó para meterlo en la bolsa de la playa, detrás de ella.

—Ponme crema en la espalda, por favor. Ya estoy morena, pero este sol es peligroso—Cogí el bote de crema y le puse un poco en los hombros y se la extendí lentamente.

—¿Prefieres que reserve en la terraza del hotel, o te apetece más cenar en el pueblo? – le pregunté.

Ella negó con la cabeza y luego la agachó mientras le untaba más crema por el cuello.

—Lo que tú prefieras. Me da igual.

—¿Quieres que te ponga por en el culo?

—¿Cómo? —Levantó la cabeza confusa.

Yo le enseñé el bote de crema solar.

—El culo. Ese bikini no tapa nada, y se te van a poner las nalgas como tomates.

—Ah, sí. Gracias. Pero no seas demasiado obvio. Hay mucha gente… y esto está plagado de niños.

Se tumbó y se acomodó en la tumbona.

—En ese caso, tal vez sea mejor reservar en algún sitio fuera.

—¿Qué?

—Que no quiero cenar rodeado de niños gritones y padres condescendientes que les permiten hacer la vida imposible a los que no los tenemos.

—Me parece bien. Pero reserva ya, que todos los sitios estarán abarrotados. No creo que encontremos nada disponible a estas horas.

—¿Quieres que te ponga crema yo a ti?

—No. No pienso exponerme a un solo rayo de sol más por hoy. Estoy cocido como una gamba.

Apareció un camarero, y le pedimos un par de granizadas de limón. Mientras ella se recostaba, yo busqué en el teléfono algún sitio para ir a cenar, y conseguí mesa en una terraza con una pinta estupenda en el segundo turno de cenas, sobre las diez de la noche.

—¿Te parece muy tarde?

—No. Prefiero. Así nos podemos arreglar con calma. Es lo que me gusta de estar de vacaciones, no tener que vivir esclavizada por el reloj.

—Guay. —Me di la vuelta y me recosté de nuevo en la tumbona cuando llegaron las granizadas.

—¿Vamos al agua? —Le propuse.

—Vale.

Pero, cuando nos abrimos paso entre la horda de niños para meternos en el agua, nos quedó claro enseguida que dentro del agua se estaba peor que fuera.

La piscina estaba tan llena, que teníamos que estar esquivando continuamente gente que se nos cruzaba, niños que se lanzaban en bomba con un riesgo grave para la integridad de las personas que estábamos en el agua y setentonas de paso vacilante.

Cuando un hombre con una tripa digna de Michelín me empujó para pasar, choqué contra Adriana y casi la tiro.

La agarré por las caderas, estabilizándola y a la vez apartándola de aquel bidón de grasa.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Igual deberíamos quedarnos leyendo hasta que se vacíe un poco —propuso.

—Buena idea. Aunque me temo que no se vaciará hasta dentro de un buen rato.

Salimos de la piscina y caminamos a toda prisa por el cemento abrasador hasta las toallas tendidas sobre las tumbonas, donde nos echamos.

Ella sacó de la bolsa de la playa una novela y se puso a leer.

Yo me consolé con el granizado de limón, aunque lo que realmente tenía eran ganas de fumar, pero no podía hacerlo dado el número de carteles que advertían de que estaba prohibido.

Tras un rato de un relax más que discutible por el griterío en la piscina, decidimos subir a la tranquilidad de nuestra habitación. Adriana me dijo que se iba a dar una ducha en la terraza, aprovechando la ducha exterior. Me metí con ella, y nos refrescamos juntos.

Mientras ella se secaba el pelo frente al espejo del baño, yo estaba tumbado en la cama, revisando el móvil, cuando de repente apagó el secador y me miró a través del reflejo.

—Cari, no me has dicho nada de qué opinas de lo de ponerme el piercing en el pezón.

Dejé el teléfono y me incorporé un poco, sorprendido pero interesado.

—Pensaba que no lo decías realmente en serio. Pero sí, me encantaría —respondí sin dudar—. Creo que sería un detalle muy sexy. Algo solo para nosotros… o para quien tú quieras que lo vea.

Adriana sonrió y siguió secándose el pelo.

—Estaba pensando en una barrita.

—Me parece bien la barrita —dije—, pero creo que un aro quedaría más erótico. Más… visual. Imagínate un pequeño aro brillando en tu pezón. Sería muy provocador.

Ella apagó el secador del todo y se giró hacia mí, con una ceja levantada y una sonrisa divertida.

—Claro… un aro. Me parece que es más elegante la barrita, pero como se pueden poner y sacar, podría tener las dos cosas. Aunque ya sé por dónde vas…

—¿El qué? —pregunté, fingiendo inocencia.

—Te encanta planear cosas para hacer que parezca más puta —respondió riendo—. Un aro es más fácil de tirar, más fácil de morder… más fácil de ver cuando estoy desnuda. Admítelo.

Me encogí de hombros con una sonrisa culpable.

—Puede ser. Pero también me parece bonito. Sexy. Femenino y salvaje al mismo tiempo. Te imagino con él y… la verdad es que me encanta la idea.

Adriana se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Me pasó la mano por el pecho.

—Eres un guarro —susurró, pero su tono era cariñoso—¿Qué será lo siguiente que querrás que haga?

Se inclinó y me dio un beso suave. Cuando se separó, añadió: —Aunque… la verdad es que yo también he estado pensando en cómo me quedaría el arito.

—Lo ves. No soy el único guarro aquí. Esto nos gusta a los dos.

Dejé que Adriana terminara de arreglarse y bajé solo al bar de la piscina.

El sol ya estaba cayendo, pero el hotel seguía lleno de vida.

Pedí una caña bien fría y me apoyé en la barra, observando el panorama.

La piscina principal continuaba completamente saturada, con niños corriendo de un lado a otros, padres gritando, colchonetas por todos lados y un ruido constante de chapoteos y risas. Era imposible relajarse allí.

Al cabo de unos minutos, llegó un chaval de unos veinte años con cara de agotamiento. Llevaba el polo rojo de socorrista y el silbato aún colgado al cuello. Se sentó dos taburetes más allá y la camarera le sonrió con complicidad.

—¿Una cerveza para terminar el día, Rubén?

—Pues sí. Me vendría bien. Hoy me la he ganado —respondió él, pasándose la mano por la cara—. Estoy reventado de sacar niños del agua, de hablar por el puto megáfono y de echarle la bronca a todo dios. Hoy ha sido brutal. Hay demasiada gente, y todos quieren hacer lo que les sale de los cojones.

El chico se giró, me vio y asintió con la cabeza, como si ya me reconociera.

—Os he visto antes —me dijo—. Os habéis tenido que marchar de la piscina por la cantidad de críos, ¿no?

—Más o menos—respondí—. Era un agobio. No se podía ni estar.

Rubén soltó una risa cansada y dio un trago largo a su cerveza.

—Este resort es ideal para familias, pero para una pareja puede llegar a ser estresante. Se llena mucho en verano. Los niños mandan. Tenemos un ejército de personal dedicado a su entretenimiento, pero la piscina siempre es el punto fuerte.

—Justo eso le decía a mi mujer hace un rato —comenté—. Veníamos buscando algo más tranquilo.

Él asintió y sacó el móvil.

—Mira, si queréis relax de verdad, hay playas bastante solitarias por aquí cerca. No están tan masificadas como las cercanas a Castellón capital. Solo hay que conocerlas.

Me enseñó varias fotos en el teléfono. Una en particular llamó mi atención: una cala pequeña rodeada de acantilados y vegetación.

—Esta es mi favorita —dijo—. Se llama Cala del Puerto Negro. Tardas unos veinte minutos en coche, y después tienes una caminata, pero muy poca gente, incluso en agosto. Perfecta para una pareja que quiera… desconectar y estar tranquila.

En ese preciso momento apareció Adriana bajando por el camino de piedra.

Llevaba un ligero vestido veraniego de tirantes finos en color blanco roto.

Se había hecho una cola de caballo alta que le daba un aire juvenil y fresco, y calzaba unas alpargatas de cuña de esparto que estilizaban sus piernas.

Estaba tan guapa como siempre, y muy natural.

—Hola —me saludó al llegar a mi lado besándome suavemente en los labios.

—Adri, este es Rubén, el socorrista. Nos ha visto marcharnos aburridos de tanto niño y me estaba recomendando playas tranquilas por la zona a las que podríamos ir estos días. —Ella le sonrió con amabilidad.