CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2
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Llegamos a Castellón y fuimos directos al hospital.

La espera en urgencias fue eterna, con preguntas más adecuadas para adolescentes salidos que para un matrimonio que había tenido un problema con un preservativo, que fue la historia que les contamos.

Adriana rellenó los papeles, y por fin, le entregaron la dichosa pastilla junto con infinidad de folletos informativos, que curiosamente, estaban en valenciano, y no entendimos del todo.

Llegamos al resort a las tres y media de la tarde.

Estaba situado entre Peñíscola y Benicarló en una zona costera a menos de una hora de Castellón, rodeado de campos de naranjos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Nada más cruzar la entrada, el contraste con el bullicio de la ciudad fue evidente.

El complejo era amplio y elegante, con varias piscinas de diferentes tamaños y caminos de grava que serpenteaban entre palmeras altas y frondosas, cuyos troncos grises contrastaban con el verde intenso de los olivos centenarios plantados estratégicamente por todo el recinto.

Los naranjos, cargados de fruta y de flores, perfumaban el aire.

Los caminos estaban hechos de piedra clara y flanqueados por setos perfectamente recortados.

Había zonas de tumbonas bajo sombrillas blancas, un bar junto a la piscina principal y un restaurante con terraza que daba al mar.

Nuestra habitación estaba en la segunda planta de un edificio de estilo mediterráneo.

Era amplia, luminosa y tenía una terraza de buen tamaño con dos tumbonas acolchadas, una mesa baja y una ducha exterior escondida tras un biombo de caña.

Desde allí se veía una de las piscinas más tranquilas del resort, rodeada de palmeras y olivos.

Al fondo, el azul del Mediterráneo completaba la estampa.

—Madre mía, Jose… esto es impresionante. —dijo Adriana nada más salir a la terraza. Llevaba aún el vestido corto del viaje y el viento le movía el pelo—. Mira qué vistas. Esto parece un paraíso.

Se apoyó en la barandilla, contemplando el paisaje. El sol de la tarde teñía todo de tonos dorados y las palmeras se mecían suavemente.

—Sí que lo es —respondí, colocándome detrás de ella y rodeándole la cintura.

Adriana suspiró, pero no era un suspiro de completa satisfacción.

—Es precioso… de verdad. Las piscinas, los naranjos, todo tan cuidado. Pero echo de menos la privacidad de los apartamentos de Almería.

Me separé un poco para mirarla.

—¿Por qué lo dices?

—Allí estábamos solos. Pero mira ahí abajo. Hay gente por todos lados. Familias, parejas, grupos…

Entendí perfectamente lo que quería decir. En Almería habíamos vivido una intimidad casi absoluta. Aquí, aunque el resort era de lujo, había muchos huéspedes, y especialmente familias con niños, que siempre generaban un bullicio ciertamente molesto para un matrimonio que no los tiene.

—Podemos buscar rincones tranquilos —propuse—. Hay zonas menos transitadas. Y esta terraza es solo para nosotros.

Adriana se giró hacia mí y me dedicó una media sonrisa.

—Lo sé. Y no me malinterpretes, me encanta. Es solo que… después de lo que hemos vivido estos días, me había acostumbrado a no tener que controlarme. Aquí voy a tener que medir más mis palabras… y mis actos.

Se acercó y me besó suavemente en los labios.

—Pero bueno —añadió con un tono más juguetón—, seguro que encontramos la forma de disfrutar. Solo tendremos que ser un poco más creativos.

—Pues ya me propondrás ideas, porque creo que a mí se me han acabado.

Desde la terraza se escuchaba el lejano sonido de niños jugando en la piscina principal y el rumor constante de las palmeras.

El lugar era realmente hermoso, pero ambos sabíamos que la verdadera magia de estas vacaciones no dependía solo del paisaje, sino de hasta dónde fuéramos capaces de llevar nuestra realidad recién descubierta.

El golpe hormonal de la píldora del día después dejó a Adriana por los suelos. Al cabo de un par de horas, en la habitación se derrumbó sobre la cama.

—No puedo ni moverme, Jose. Me duele todo el cuerpo —murmuró con voz débil—. Me voy a meter en la cama. No quiero ni cenar.

—Apenas has comido. No puedes estar con el estómago vacío.

—No puedo. De verdad. Me encuentro fatal, pero es normal. Ya había oído que la pastilla te deja para el arrastre.

La arropé y bajé a picar algo rápido en el bar de abajo.

Cuando subí, estaba profundamente dormida.

Tenía el rostro relajado, casi inocente, muy lejos de la Adriana salvaje y poseída por el deseo de la noche anterior.

La observé en silencio y, por primera vez desde que empezó todo esto, me invadieron las mismas dudas que ella me había transmitido en el coche.

«¿Y si nos estamos equivocando? ¿Y si esto nos rompía en lugar de unirnos?» Yo no estaba en posesión de la verdad, y la lógica dictaba que el riesgo para el matrimonio era mayor cuando se jugaba con ese tipo de cosas.

A eso de las cuatro de la tarde se despertó. Dijo que se encontraba mucho mejor, aunque aún estaba algo pálida.

—Prefiero quedarme en la habitación y aprovechar la terraza. Mañana ya tendremos tiempo para disfrutar de lo que ofrece el hotel —dijo—. Súbeme un café doble con mucho hielo, por favor. Necesito la cafeína para activarme de nuevo.

Cuando volví con el café, la imagen que vi me dejó impactado. Adriana estaba tumbada completamente desnuda en la tumbona, bajo el sol de la tarde. Su cuerpo brillaba ligeramente por el sudor.

Tenía los pechos llenos, coronados por aquellos pezones oscuros que se le habían endurecido por la brisa que refrescaba ligeramente la abrasadora tarde.

—¿Y tú así? – le pregunté acariciándole un pecho.

—Sería una pena que me quedasen marcas de bikini, ahora que casi no tengo ninguna —dijo con una sonrisa perezosa, sin abrir los ojos.

Me quedé mirándola, excitado. Aquel cuerpo estaba diseñado para volver loco a cualquier hombre, y su simple desnudez me excitaba.

—Adri… —susurré.

Ella abrió los ojos y negó suavemente con la cabeza.

—Hoy no quiero sexo, cariño. Todavía estoy regular… pero puedes hacerte una paja si quieres. Yo te ayudaré.

Se lamió los labios y bajó la voz, poniéndose juguetona.

—¿Te excitaría si te dijese que creo que me empieza a gustar el papel que quieres que interprete?

Me empecé a masturbar lentamente a su lado.

—¿Y si te digo que verte lamiéndome su corrida me excitó?

—Es humillante… —admití con voz ronca—. Pero fue un subidón brutal de adrenalina. Sé que no lo entiendes, pero…

Adriana sonrió con malicia y separó más las piernas. Con dos dedos se abrió el coño, mostrándome el interior rosado y brillante.

—¿Ves? Aún está sensible… Me gustaría tenerlo bien lleno otra vez. Caliente. Espeso.

Empecé a mover la mano más rápidamente.

—¿Quieres volver a hacerlo? ¿Quieres que busquemos a otro que te eche un buen polvo? – Pregunté completamente excitado.

—Claro. Me excitó mucho follar con otro delante de ti. Sentir cómo me mirabas mientras me empotraba… sabiendo que tú estabas ahí, sufriendo y disfrutando. No quiero desaprovechar esa cualidad que acabo de descubrir en ti. Poder follar con quien quiera sin consecuencias…

Mi mano volaba sobre mi polla ante aquel diálogo tan cachondo.

—Y lo que más me mojó —dijo bajando la voz, mirándome fijamente— fue llamarte cornudo. Decírtelo a la puta cara. Ver cómo se te ponía dura solo con esa palabra.

—Dilo otra vez —le pedí, casi suplicando.

Adriana se mordió el labio, y susurró con voz cargada de lujuria:

—Eres un puto cornudo… Me encanta que te guste verme convertida en una zorra a la que entregas a cualquiera.

No aguanté más. Un gruñido gutural salió de mi garganta mientras me corría. Los chorros de semen cayeron sobre su vientre y sus tetas. Adriana sonrió al ver cómo lo hacía.

—Madre mía… ¿Pero a ti que te pasa? Pareces una central lechera —dijo entre risas mientras se extendía sobre su cuerpo mi esperma, esparciéndoselo alrededor de los pezones, dejando las areolas brillantes con mi leche.

Después se llevó el dedo a la boca y lo lamió.

El sol de la tarde caía sobre su cuerpo desnudo, dándole un brillo dorado.

Cerró los ojos, y continuó tomando el sol.

Después de darnos una ducha, nos tumbamos en la cama. Nos pasamos toda la tarde besándonos y diciéndonos que nos amábamos. Nunca habíamos conectado tan bien como después de lo sucedido con Guillermo. Esa noche hablamos, bromeamos, nos reímos y planeamos cosas para el resto del viaje.

—¿Estás seguro de que esto es lo que quieres? —preguntó una última vez.

—Más que nunca.

—Bien… Entonces prepárate, cornudito. Porque estas vacaciones van a ser muy largas… y muy sucias.