CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1
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El coche avanzaba por la autopista AP – 7 hacia la provincia de Castellón, y el sol de la mañana ya calentaba el asfalto.

Algo más de cinco horas de viaje, que comenzaban a hacerse pesadas, ya que llevábamos más de media hora en completo silencio.

Adriana, con las piernas cruzadas en el asiento del copiloto, miraba por la ventanilla el árido paisaje.

Echó hacia atrás el asiento, y puso los pies sobre el salpicadero.

El rojo de sus uñas me trajo una imagen de lo sucedido la noche anterior.

—¿Estás bien? —me preguntó al fin, girándose hacia mí. Su voz era suave, casi vulnerable—. Creo que necesitamos hablar de lo de anoche. Tal vez nos equivocamos. Pero...

—No hay peros, Adri —la interrumpí, apretando el volante—.

Lo que pasa es que no hemos sido completamente sinceros.

Ni yo, ni tú. Mira, yo deseaba desde un principio verte follar con él, pese a que no lo quise reconocer, y tú también deseabas que te follara.

No hay más que ver cómo te vestiste. Estabas como una perra en celo, pese a que lo negabas.

Yo deseaba ver cómo te follaba otro hombre, pero tampoco te lo reconocí.

Necesito que seamos sinceros. Al cien por cien.

Si quieres follarte a alguien, necesito que me lo digas y si es al revés, yo te lo diré.

Pero no quiero más mentiras o medias verdades.

Adriana se mordió el labio inferior, ese gesto que siempre me ponía a mil. Respiró hondo.

—Jose, tienes que entender que lo de estas vacaciones está siendo muy fuerte.

Estamos haciendo cosas, que… Dios mío, Jose.

¿Eres consciente de lo que pasó anoche? Y sí, tienes razón.

Yo también creo que tenemos que ser totalmente sinceros, pero llevamos quince días haciendo cosas que no habíamos hecho nunca.

Estamos explorando un territorio completamente nuevo, y es normal que tengamos miedos, y nos guardemos cosas.

—¿Te ha gustado follar con Guillermo?

—Claro que me ha gustado. Se nota que tiene experiencia, y fue un polvo impresionante. Tú lo viste. Aunque lo que de verdad me ha gustado ha sido follar con otro hombre delante de ti. Eso ha sido la hostia.

—¿Y que me comiese su corrida?

—Estuvo bien. Una muestra increíble de tu total sumisión, pero no lo necesito.

—A mí me excitó hacerlo, aunque sé que es una verdadera cerdada —admití, sintiendo cómo se me endurecía la polla solo de recordarlo.

La noche anterior había sido una puñetera locura. Casi sin darnos cuenta, estábamos en la habitación del apartamento, con Guillermo follándosela como un animal mientras yo miraba desde el sillón.

Recordé cómo Adriana gemía pero, sobre todo, su mirada con los ojos cegados por el placer. Cuando se corrió dentro, yo me arrodillé casi sin pensarlo y lamí todo lo que salía de su coño hinchado. El sabor salado, caliente, mezclado con el de ella...

—Oye, Jose. Hay algo que me preocupa —dijo Adriana, sacándome de mis recuerdos—. Guillermo se corrió dentro. Y después lo hiciste tú... Llevo un mes sin tomar la píldora.

Me dio un vuelco el corazón, pero era consciente de lo que había pasado.

—Lo sé, Adri. No dejo de pensar en eso desde anoche.

—Cuando lleguemos a Castellón vamos al hospital. A urgencias —dijo ella, poniéndome la mano en el muslo—. Necesito que me receten la píldora del día después. Tranquilo, lo solucionaremos.

Asentí, pero el nudo en el estómago no se iba. Parte de mí estaba aterrado. Otra parte, la más oscura, se excitaba con la idea de que algo irreversible hubiera pasado. Que su coño guardara aún la semilla de otro.

El resto del trayecto lo pasamos hablando ya más tranquilos.

Le conté cómo me había masturbado durante meses imaginándola con otro.

Ella me confesó que estaba empezando a tener fantasías de exhibicionismo, de sentirse deseada por varios hombres mientras yo observaba.

Que la noche anterior, saber que yo estaba ahí, mirándola, la había hecho correrse más fuerte que nunca.

—Cuando me estaba follando, pensaba en ti —susurró—. En cómo te ponía lo que estaba ocurriendo. Verte cachondo y, tal vez, humillado. Pero pese a todo, sigo sin entender tus motivaciones. De verdad. Explícamelo como si tuviera cinco años, porque cuanto más lo pienso, más confusa estoy con todo esto.

Respiré hondo. Era el momento de ser completamente sincero.

—Vale. Voy a intentar explicártelo lo mejor que pueda —empecé—.

Pero no es fácil. Es una locura de sentimientos que me asaltan constantemente y que me llevan a una situación psicológica límite.

Para mí, obtener excitación al mostrarte a otras personas o al ver que otros te desean es…

una confirmación del atractivo de mi pareja.

Cuando veo cómo te miran, cómo te desean, me siento afortunado.

Como si dijera: “esta mujer tan deseable es mía”.

Adriana frunció el ceño.

—Pero eso suena como si necesitaras la validación de otros hombres para valorarme. ¿No te basta con tu propia opinión?

—No es que necesite su validación para eso —respondí—.

Es que ver que te desean amplifica lo que ya siento.

Es como si el deseo de ellos aumentara el valor erótico de lo que tengo.

Tú puedes ser deseada por otros… y eso, en lugar de amenazarme, me excita.

Es como el que tiene un Ferrari y disfruta de que otros lo miren con admiración e incluso con envidia.

Ella negó con la cabeza, visiblemente incómoda.

—No lo entiendo. Si yo viese que otra mujer te desea, me pondría celosa. Me sentiría amenazada. ¿Cómo puedes tú sentir lo contrario?

—Porque para mí no es una amenaza. Es todo lo contrario. Me gusta romper las normas sexuales tradicionales. Me excita verte disfrutar sexualmente sin restricciones. Ver tu placer, tu cara cuando te corres… y que sea con otro. Es como si yo fuera el espectador privilegiado de tu deseo.

Adriana se removió en la silla.

—Entonces… ¿te gusta más verme follar con otro que follar conmigo?

—No —dije rápidamente—. Me gusta follar contigo.

Pero ver cómo te entregas, cómo te dejas llevar…

eso tiene un componente que no consigo con nada más.

Es la excitación de ser observador y, al mismo tiempo, facilitador.

Soy yo quien te entrega. Sin engaños, sin mentiras.

Cedo voluntariamente la exclusividad sobre ti. Eso es muy poderoso para mí.

Adriana soltó una risa corta y nerviosa.

—Poderoso… Jose, desde fuera esto parece que no te importo lo suficiente. O que tienes muy baja autoestima. Como si pensaras que no eres suficiente para mí.

Sonreí con tristeza.

—La mayoría de la gente lo interpreta así.

Pero créeme que es todo lo contrario. Como dijo Guillermo esta noche: hay que tenerlos muy bien puestos para ver cómo otro tío se folla a tu mujer.

Esto no nace de una supuesta inseguridad.

Al revés, estoy absolutamente seguro de ti.

Por eso lo hago. Sé que me quieres. Sé que vuelves a mí.

Y eso me permite disfrutar de algo que la mayoría de los hombres ni se atreverían a imaginar.

Adriana se quedó callada un buen rato, mirando por la ventanilla. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba más baja, casi vulnerable.

—A pesar de lo que dices, me cuesta. Yo te prometí fidelidad. Te prometí que sería solo tuya. Y ahora me estás diciendo que te excita que rompa esa promesa. Me hace sentir que... Que mi cuerpo puede ser de cualquiera siempre que tú mires.

—No es que tu cuerpo pueda ser de cualquiera —aclaré— Es nuestra elección. Y eso lo cambia todo. No es infidelidad. Es algo que hacemos juntos.

—Pero para mí sí tiene algo de infidelidad —insistió ella—.

Aunque tú lo consientas, yo siento que estoy traicionando algo.

Me criaron con la idea de que, si quieres a alguien, no deseas a otros.

Y ahora tú me estás pidiendo que desee a otros…

y que eso te pone cachondo. Es muy contradictorio para mí.

Puse una mano en su rodilla. Tenía la piel fresca por el aire acondicionado.

—Entiendo que te cueste. Para mí tampoco es fácil explicarlo. La realidad es simple: si otros hombres te desean, yo te veo más deseable. Me siento envidiado. Es una forma de amplificación del valor erótico. Mi pareja puede ser deseada por otros… y eso me hace sentir que tengo algo muy valioso.

Adriana suspiró profundamente.

—Jose… me halaga que me veas así. Pero también me asusta. ¿Qué pasa si un día me gusta demasiado? ¿Qué pasa si empiezo a necesitar esa atención? ¿Qué pasa si tú un día te arrepientes y ya no podemos volver atrás?

—Ese riesgo existe —admití—. Por eso quiero que vayamos despacio. Por eso quiero que hablemos de todo. No quiero que hagamos algo que luego nos haga daño. Pero también creo que podemos descubrir cosas muy interesantes para gozar de una sexualidad más intensa.

—No entiendo cómo puedes ceder la exclusividad sobre mí tan fácilmente. Yo te quiero solo para mí. Me cuesta imaginarte viendo cómo otro me besa, me toca, me penetra… y que eso te excite en lugar de enfadarte. Incluso cuando me pides que los caliente. Nadie quiere que su mujer haga eso.

—En mi caso, los celos se transforman. Se convierten en algo más fuerte. Es como una droga. Ver tu placer, saber que soy yo quien te permite vivirlo… me hace sentir poderoso y humillado al mismo tiempo. Es una mezcla muy intensa.

Adriana me miró fijamente.

—¿Y si yo no quiero humillarte? ¿Y si solo quiero que disfrutemos juntos sin que uno tenga que sentirse inferior?

—No me siento inferior —aclaré—. Me siento privilegiado. Soy el que tiene la mujer que otros desean. Soy el que puede ver su placer sin filtros. Soy el que decide.

—Y para colmo, ahora esto. Imagínate que me quedo embarazada de otro tío… No quiero ni pensarlo.

—Aunque te hayas quedado preñada... —bromeé—, me pondría igual de cachondo.

—Eres un pervertido —sonrió ella, dándome un manotazo. —Con la pastilla que me darán en el hospital, no habrá problemas.

—Era broma. Nunca querría eso. Tengo mis límites.

—Pues después de lo de anoche, quién lo diría…