2 #6
Guillermo le metió dos dedos en el coño mientras seguía follándola por el ano. Ella explotó en un orgasmo brutal, temblando entera, gritando sin control. Sus piernas se sacudían y cayó rendida sobre el sofá. Parecía que hubiese sufrido un mareo.
Él no paró. Siguió follándola con fuerza durante su orgasmo, prolongándolo. Luego la puso de lado, levantó una de sus piernas y continuó penetrándola en esa posición, más profundamente aún. Mi mujer parecía una marioneta en sus manos.
—Quiero correrme dentro de su culo —me dijo.
—Hazlo —jadeó Adriana—. Lléname el culo de leche. Quiero tener los dos agujeros llenos de tú semilla.
Guillermo soltó un gruñido y se corrió. Las convulsiones de Adriana anunciaban otro orgasmo. Esta vez, se corrió en silencio, como si se hubiese quedado sin fuerzas para más. Cuando Guillermo se la sacó del culo, un hilo espeso de semen blanco empezó a salir del ano dilatado de Adriana.
Ella se quedó allí, exhausta, empapada en sudor y respirando con dificultad, en completo silencio.
Luego me miró, con una sonrisa agotada pero satisfecha.
—Ven aquí, cornudo… —susurró dulcemente.
No me moví. Estaba tan impresionado, que no era capaz de articular palabra.
El salón olía a sexo. Guillermo, con expresión de cansancio, se incorporó lentamente y miró primero a Adriana y después a mí con verdadero aprecio.
—Ha sido maravilloso —dijo con voz ronca—. De verdad. Gracias por confiar en mí.
Se inclinó y le dio un beso largo y suave en los labios a Adriana. Luego se levantó, se vistió con calma y me tendió la mano.
—Jose, gracias a ti también. Eres un hombre con cojones.
Probablemente tengáis mucho de qué hablar esta noche.
Mi presencia aquí no os permitirá hablar con la claridad que este momento requiere, así que me marcho para dejaros intimidad.
Mi consejo, es que tratéis de trivializar lo que acaba de pasar.
Ha sido solamente sexo. No dejéis que esto perjudique lo que tenéis, que es maravilloso.
Le estreché la mano con firmeza. Antes de irse, se acercó de nuevo a Adriana, que seguía tumbada con las piernas abiertas, y el coño y el ano visiblemente usados. Le dio un último beso tierno en los labios.
—Eres un sueño de mujer, Adriana. Gracias.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, el silencio cayó sobre el apartamento. Adriana me miró. Tenía el pelo revuelto, el maquillaje corrido y una expresión entre exhausta y vulnerable. Me sonrió débilmente.
—Ven aquí… —susurró—. Te deseo. Quiero agradecerte lo bueno que has sido esta noche.
Me acerqué. Ella se incorporó un poco y me besó con ternura.
—Quiero lavarme —dijo en bajo—. Estoy chorreando de su leche.
—No me importa —respondí, mirándola a los ojos.
Adriana me miró sorprendida, pero no dijo nada. Me arrodillé entre sus piernas abiertas. Su coño estaba rojo, hinchado y chorreando semen. El ano también estaba visiblemente dilatado, con semen blanco escapando lentamente de su interior.
Metí la cabeza entre sus muslos y empecé a lamerla con devoción.
Primero el coño. Saboreé la mezcla espesa de su corrida y la de Guillermo.
Era salada, acre, pero me excitaba de una forma enfermiza.
Lamí cada pliegue, introduje la lengua dentro de ella para sacarlo todo y lo tragué.
Adriana gemía suavemente, acariciándome el pelo.
Luego bajé un poco más. Le separé las nalgas y empecé a lamerle el ano. El sabor era más fuerte, pero no me detuve. Lo limpié con la lengua, metiéndola dentro lo que podía, saboreando todo lo que Guillermo había dejado dentro de mi mujer.
—No quiero que te humilles de esta forma… —susurró Adriana con voz rota—. No es necesario que hagas eso.
—No me humillo —respondí, mirándola desde abajo—. Quiero dejarte bien limpia. Quiero disfrutar de todo lo que ha pasado esta noche.
Adriana soltó un gemido emocionado y me apretó la cabeza contra ella.
Cuando terminé, subí por su cuerpo y la besé profundamente. Ella probó su propio sabor y el de Guillermo en mi boca, y eso pareció excitarla aún más. Me abrazó con fuerza.
—Te quiero —me dijo al oído—. Te quiero muchísimo.
La penetré despacio. Mi polla entró fácilmente en su coño todavía lleno y resbaladizo. Empezamos a follar con lentitud, mirándonos a los ojos. No era salvaje. Era profundo, íntimo, lleno de cariño. Cada embestida era una afirmación: “sigues siendo mía”.
—Eres mía —le susurré mientras la penetraba con ritmo constante.
—Siempre —respondió ella, rodeándome la cintura con las piernas—. Aunque me folle otro, siempre vuelvo a ti.
Aumentamos el ritmo poco a poco. La besaba en la boca, en el cuello, en las tetas. Le acariciaba el pelo, la cara, las caderas. Era sexo lleno de amor, de complicidad, de reafirmación. Adriana empezó a gemir más alto, apretándome contra ella.
—Fóllame, Jose… Recupérame. Hazme tuya otra vez.
La penetré más fuerte, pero sin perder la ternura.
Sentía cómo su coño, todavía sensible después de Guillermo, me apretaba.
Ella se corrió primero, temblando entre mis brazos, susurrando mi nombre.
Yo la seguí poco después, corriéndome profundamente dentro de ella, mezclando mi semen con el de Guillermo.
Nos quedamos abrazados un buen rato, sudados y jadeando. Yo todavía dentro de ella.
—¿Te ha gustado?
—Jose, no sé lo que me ha pasado. Lo siento – dijo arrepentida.
—No pasa nada – le calmé y me senté a su lado y acaricié sus piernas. —He sido yo quién ha querido esto. Es normal que nos sintamos descolocados. Ha sido la primera vez.
—Ha sido… intenso —murmuró Adriana, acariciándome la espalda.
—¿Estás bien? —pregunté, mirándola a los ojos.
—Estoy bien. Un poco abrumada… pero bien. ¿Y tú?
—También. Ha sido… mucho. Pero te quiero. Más que nunca.
Nos besamos con ternura. Esa noche dormimos abrazados, más unidos que nunca, aunque yo sabía que algo había cambiado para siempre en nuestro matrimonio. Solamente el tiempo diría si para bien o para mal.
La segunda quincena.