2 #5
La escena era brutal: mi mujer, vestida con ese puto vestido rojo subido hasta la cintura, arrodillada en el sofá, mamándosela con devoción a Guillermo mientras me miraba fijamente.
Yo no pude más. Me llevé la mano al cinturón y empecé a bajarme los pantalones, desesperado por tocarme.
Adriana sacó la polla de Guillermo de su boca con un sonido húmedo y me miró con severidad.
—Ni se te ocurra tocarte —dijo con voz autoritaria, todavía con hilos de saliva conectando sus labios con la polla de él. No te lo volveré a repetir. No te toques hasta que yo te lo diga.
Luego, sin esperar respuesta, volvió a metérsela en la boca, más profundamente esta vez, casi hasta el fondo. Guillermo soltó un gemido y le acarició el pelo.
Yo me quedé allí, con los pantalones a medio bajar, las manos temblando y la polla palpitando dolorosamente, viendo cómo mi mujer le hacía una mamada espectacular a otro hombre.
El contraste era devastador. Guillermo tenía la polla más grande, más gruesa, y Adriana parecía disfrutar chupándosela de una forma que rara vez había visto conmigo.
Cada vez que ella sacaba la polla para respirar, me miraba y sonreía con malicia, como diciendo “mira lo que soy capaz de hacer”.
Guillermo la agarró del pelo con más fuerza y empezó a follarle la boca con movimientos cada vez más firmes. Adriana se dejaba, con los ojos llorosos por el esfuerzo, pero llenos de excitación.
Yo estaba completamente rendido. Humillado. Cachondo como nunca en mi vida.
Guillermo se levantó del sofá con la polla todavía mojada de la saliva de Adriana.
Sin decir nada, la cogió por las caderas con autoridad y la colocó en el centro del sofá, abriéndole las piernas de par en par.
Adriana se dejó hacer, recostándose contra el respaldo, con el vestido completamente subido hasta la cintura y las tetas fuera del escote.
Su coño brillaba, hinchado y mojado después de que Guillermo se lo hubiera comido y ella se hubiese corrido abundantemente.
Ella miró a Guillermo con ojos vidriosos de deseo.
—Métemela… —susurró.
Pero luego giró la cabeza hacia mí. Su mirada era pura provocación.
—Mira, cornudo —dijo con voz clara y cortante—. Esto es lo que llevas queriendo ver todas las putas vacaciones. ¿No querías ver cómo se follaban a tu mujer? Pues mira y disfruta.
Guillermo se colocó entre sus piernas, se cogió la polla con una mano y frotó el glande contra el coño empapado de Adriana. Ella soltó un gemido largo cuando sintió el tamaño que la llenaba lentamente.
—Métemela de una puta vez, Guillermo —dijo Adriana, abriendo más las piernas.
Guillermo empujó. La cabeza de su polla entró lentamente, abriéndola. Adriana arqueó la espalda y soltó un gemido.
—Hostia… qué gorda la tienes… —jadeó.
Guillermo siguió empujando, centímetro a centímetro, hasta que la enterró completamente dentro de ella. Adriana abrió mucho los ojos y se agarró el sofá con fuerza.
—Dios mío… me está llenando entera —gimió, mirándome—. ¿Ves esto, Jose? ¿Ves cómo me abre el coño?
Guillermo empezó a follarla con movimientos largos y profundos. Cada embestida hacía que las tetas de Adriana saltaran. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenaba el salón.
—Qué coño más mojado tienes, Adriana —gruñó Guillermo, acelerando el ritmo—. Llevo días queriendo follarte.
—Y yo queriendo que me folles —respondió ella sin vergüenza, mirándome fijamente—. ¿Lo oyes, cornudo? Llevo días mojándome pensando en esta polla.
Guillermo la agarró de las caderas y empezó a follarla más fuerte. El sofá se movía con cada embestida. Adriana gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás.
—Más fuerte… así… ¡joder, qué polla! Me estás taladrando.
Yo estaba sentado frente a ellos, con la polla palpitando, sin poder tocarme. Ver cómo la polla de Guillermo desaparecía completamente dentro de mi mujer, cómo sus huevos golpeaban contra su culo, cómo su coño se estiraba alrededor de esa verga… era la imagen más humillante y excitante de mi vida.
Adriana me miró de nuevo, con la boca abierta y los ojos llenos de placer.
—¿Te gusta ver cómo me folla, Jose? ¿Te gusta ver cómo me está destrozando el coño? Mira cómo entra… mírala.
Guillermo cambió de posición. Levantó una de las piernas de Adriana sobre su hombro y la penetró aún más profundamente. Adriana soltó un grito de placer.
—¡Sí! ¡Así! Me llega al fondo… ¡Me está follando como a una perra!
Guillermo sonrió y aceleró, follándola con más fuerza. El sonido de carne contra carne era brutal. Adriana empezó a correrse por segunda vez, temblando entera, apretando el coño alrededor de la polla de Guillermo.
—Estoy corriéndome… ¡joder, me corro con su polla!
Guillermo no paró. Siguió follándola durante su orgasmo, prolongándolo.
Cuando los gemidos de Adriana se convirtieron una respiración agitada, él la giró, poniéndola a cuatro patas en el sofá.
El vestido era una pequeña tela arrugada alrededor de su cintura.
Guillermo le dio una fuerte palmada en el culo y la penetró de nuevo desde atrás.
—Qué culo tienes… —gruñó, embistiéndola con fuerza.
Adriana miró hacia mí mientras recibía cada embestida.
—¿Ves cómo me está follando, cornudo? ¿Ves cómo me usa? Esto es lo que querías… ¿verdad? Ver a tu mujer convertida en una puta…
Guillermo la agarró del pelo y tiró de su cabeza hacia atrás mientras la follaba salvajemente.
—Díselo —le ordenó.
—Soy tu puta esta noche, Guillermo —gimió Adriana—. Fóllame más fuerte delante de mi querido marido. Quiero que me llenes hasta arriba.
La follada se volvió más intensa. Guillermo la embestía con golpes profundos. Adriana gemía como nunca la había oído gemir conmigo. Sus tetas se balanceaban con cada impacto. El sudor les corría por el cuerpo.
—Quiero correrme dentro de ti, preciosa —dijo Guillermo.
—Hazlo —respondió Adriana sin dudar, mirándome—. Quiero sentir cómo me llenas.
Guillermo soltó un gemido y se echó hacia atrás, corriéndose profundamente dentro de ella. Adriana tuvo un tercer orgasmo, apretando el coño alrededor de su polla mientras él la llenaba con varios chorros hasta vaciarse.
Cuando Guillermo se apartó, un hilo de semen empezó a salir del coño abierto de Adriana. Ella se quedó allí, a cuatro patas, jadeando, mirándome con una sonrisa exhausta y satisfecha.
La follada había sido brutal, salvaje y real. Y yo estaba completamente rendido ante lo que acababa de presenciar. Por primera vez fui consciente de lo que había sucedido. Adriana, mi mujer había follado delante de mí con otro hombre, y yo estaba más excitado que nunca en mi vida.
Guillermo se apartó ligeramente, con la polla todavía medio dura y brillante de los fluidos de Adriana mezclados con su esperma. Respiraba agitadamente, pero sonrió con cierta petulancia.
—Bésala —me ordenó.
Me acerqué. Adriana estaba todavía jadeando, con el vestido hecho un desastre y el coño visiblemente follado, rojo e hinchado, con semen de Guillermo escapando lentamente entre sus piernas. Me miró a los ojos y, cuando nuestros labios se juntaron, me susurró contra la boca.
—Te amo, Jose… Te amo con toda mi alma. Pero esta noche quiero más. Necesito más.
El beso fue intenso, casi desesperado. Saboreé su lengua. Ella me mordió el labio inferior suavemente antes de separarse.
Luego Adriana se colocó a cuatro patas en el sofá, ofreciendo su culo perfecto, redondo y bronceado. Miró por encima del hombro a Guillermo.
—¿Todavía tienes aguante para follarme el culo?
Le ofrecía su culo a otro. Aquello fue otra punzada dolorosa en la boca del estómago.
Guillermo soltó una risa grave y miró hacia mí, buscando confirmación. Yo, con el corazón desbocado y la polla palpitando dolorosamente, asentí sin dudar.
Guillermo se colocó detrás de ella. Escupió en su mano y lubricó su gruesa polla, todavía mojada de la corrida anterior. Con la otra mano separó las nalgas de Adriana, dejando a la vista su pequeño ano apretado.
—Voy a ir despacio al principio —murmuró.
Adriana arqueó la espalda, elevando más el culo para facilitar su penetración. Volvió a mirarme desafiante.
—Hazlo —susurró—. Quiero sentirla hasta los huevos.
Guillermo presionó el glande contra su ano. Adriana soltó un gemido cuando empezó a entrar. Era evidente que le costaba.
—Joder… qué grande es —jadeó—. Ve despacio… así…
Centímetro a centímetro, Guillermo fue abriéndose paso en el culo casi virgen de mi mujer. Adriana agarraba el sofá con fuerza, respirando entrecortadamente. Cuando por fin la tuvo casi toda dentro, soltó un gemido gutural.
—Dios… me estás rompiendo el culo…
Guillermo empezó a moverse con lentitud, sacando y metiendo solo la mitad. Poco a poco fue ganando ritmo. Adriana comenzó a empujar hacia atrás, follándose ella misma aquella polla.
—Más… métemela más adentro —suplicó—. Siento cómo me abres el esfínter.
Guillermo aceleró. Sus huevos golpeaban contra el coño mojado de Adriana con cada embestida. El sonido era obsceno, húmedo, mezclado con los gemidos cada vez más altos de ella.
—Me encanta lo apretado que lo tienes, Adriana —gimió Guillermo, dándole una fuerte palmada en la nalga derecha, que comenzó a enrojecerse—. Me estás estrujando la polla.
Adriana giró la cabeza hacia mí. Tenía la cara desencajada de placer y esfuerzo.
—¿Lo estás viendo, cornudo? ¿Ves cómo me está follando el culo? Nadie me había follado así nunca… ¡Joder, qué polla!
Guillermo la agarró del pelo y tiró de su cabeza hacia atrás mientras aumentaba la intensidad. Ahora la follaba con golpes fuertes y profundos. El sofá se movía con cada embestida. Adriana gritaba de placer.
—¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme el culo! ¡Quiero que me des por el culo como a una puta!
Yo estaba hipnotizado. Ver cómo aquella polla gruesa entraba y salía del ano de mi mujer, cómo se dilataba alrededor de él, cómo el sudor les corría por la espalda… era demasiado, pero lo peor era verla comportarse de aquella manera. Adriana seguía provocándome entre gemido y gemido:
—¿Te gusta verme así, Jose? ¿Te gusta ver cómo otro me usa el culo? ¡Mírame! ¡Mírame cómo me corro con su polla en el culo!