2 #4
Sus labios rojos se cerraron alrededor de él mientras chupaba la mousse con suavidad.
Guillermo se inclinó y la besó. Fue un beso profundo, lento, saboreando el postre en su boca. Sus lenguas se enredaron visiblemente. Adriana dejó escapar un suave gemido contra sus labios.
Después, Guillermo se separó un poco y me miró directamente.
—¿Todo bien, Jose?
No dije nada. Solo asentí con la cabeza, respirando agitado.
Guillermo sonrió y se volvió hacia Adriana.
—¿Y tú, Adriana? ¿Te gusta?
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, tomó la cara de Guillermo entre sus manos y lo besó intensamente, casi con hambre.
Fue un beso mucho más apasionado que el anterior.
Guillermo respondió de inmediato, metiendo una mano dentro del profundo escote de su vestido rojo.
Le acarició un pezón con el pulgar, frotándolo hasta endurecerlo.
Adriana arqueó la espalda, empujando su pecho contra la mano de él.
Guillermo mojó de nuevo el dedo en la mousse y lo sacó cubierto de la suave crema.
Bajó el escote del vestido con cuidado y embadurnó el pezón izquierdo de Adriana con la mousse fría y pegajosa.
Luego acercó su boca y empezó a lamerlo lentamente, saboreando la mezcla de dulce y piel.
Adriana gimió con fuerza, agarrando la nuca de Guillermo.
Yo observaba todo sin poder apartar la vista. Mi polla estaba completamente dura, palpitando dentro de los pantalones.
Guillermo levantó la mirada hacia mí otra vez, con los labios brillantes.
—¿Puedo continuar, Jose? ¿Estás bien?
Volví a asentir.
Su mano derecha bajó entonces por la pierna de Adriana, deslizándose por el muslo bronceado.
Llegó hasta el pie y, con delicadeza, le sacó la sandalia de tacón.
Adriana tenía los pies perfectos, con las uñas pintadas de rojo intenso.
Guillermo se los llevó a la boca y empezó a besarlos.
Primero el empeine, luego los dedos uno a uno.
Finalmente sacó la lengua y los lamió con lentitud, saboreándolos.
Adriana soltó un gemido más largo y profundo. Cogió el porro que Guillermo había liado y le dio una calada larga y profunda. Expulsó el humo hacia arriba mientras Guillermo seguía lamiéndole los dedos del pie.
Yo estaba sentado frente a ellos, con el corazón que se me salía por la boca.
Ver a mi mujer entregándose de esa forma, vestida como una puta, gimiendo mientras otro hombre le lamía los pies y le chupaba las tetas…
era demasiado. Celos, excitación, humillación y un placer enfermizo se mezclaban dentro de mí.
Adriana me miró un segundo mientras daba otra calada. Sus ojos estaban vidriosos de deseo. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo: “Esto es lo que querías, ¿verdad?”.
Adriana me miró. No olvidaré jamás esa mirada, esa cara de zorra que tenía en ese momento. Sus ojos expresaban deseo.
—Ven, Jose. Dame un beso, por favor. Me levanté, y me incliné sobre ella. Nos besamos. Con amor. Fue un beso tierno, demostrándonos que nos queríamos y que ambos queríamos lo que iba a pasar – Estoy nerviosa – me dijo.
– Yo también – le confesé – Pero esto es solo para disfrutar – Y volvimos a besarnos cada vez más excitados. Mi polla estaba durísima atrapada en el pantalón. Me dolía. Alcé la mirada y allí estaba Guillermo.
Guillermo levantó la vista hacia mí una vez más, con la boca todavía cerca del pie de Adriana.
—Dime si en algún momento quieres que paremos, Jose. De verdad.
Tragué saliva y volví a asentir. No era capaz de hablar.
Él sonrió satisfecho y volvió a centrarse en mi mujer, subiendo lentamente la mano por su pierna, por debajo del vestido rojo que apenas cubría nada.
Guillermo no se detuvo. Después de saborear y lamer con devoción el primer pie de Adriana, pasó al otro con la misma lentitud deliberada.
Le quitó la segunda sandalia y repitió el ritual: besos suaves en el empeine, y luego su lengua recorriendo cada dedo, chupándolos uno a uno con placer evidente.
Adriana gemía, con los ojos entrecerrados, mientras daba otra calada profunda al porro con los ojos cerrados.
Guillermo levantó la mirada hacia mí.
—Jose, ven. Bésala.
Me levanté como en trance. Las piernas me temblaban. Me acerqué al sofá y me arrodillé frente a Adriana. Sus ojos me taladraron, brillantes, cargados de deseo y algo más oscuro. Dio otra calada larga al porro y soltó el humo lentamente hacia mi cara.
—Quiero que siga. —me dijo con voz ronca.
—Yo también —respondí, casi sin aliento.
Adriana sonrió con una expresión totalmente desconocida para mí.
—Bésame, cornudo.
La palabra me golpeó como una bofetada. Me excitó más de lo que quería admitir.
Me incliné y la besé. Sus labios estaban calientes, hinchados.
Saboreé el dulce de la mousse de mango, el humo del porro y, sobre todo, el sabor de Guillermo.
Esa mezcla de saliva ajena y de mi mujer me puso aún más cachondo.
La besé con hambre, casi con desesperación, mientras Guillermo se dedicaba a besarle las pantorrillas.
Cuando me separé, Adriana tenía los labios brillantes y me miraba con intensidad.
Guillermo, sin dejar de observar, metió las manos bajo el vestido rojo y, con un movimiento lento pero decidido, le sacó el tanga negro. Lo levantó y me lo mostró un segundo antes de dejarlo sobre la mesa. El tanga estaba empapado.
Cogió el vasito de mousse de chocolate y, con dos dedos, sacó una buena cantidad. Adriana abrió las piernas sin que se lo pidieran. Guillermo untó generosamente su coño con la crema fría y espesa. Adriana soltó un gemido largo y agudo cuando sintió el contraste de temperatura.
—Joder… está fría —susurró.
Guillermo sonrió y bajó la cabeza entre sus muslos.
Empezó a comerle el coño como si fuese el mayor de los manjares.
Su lengua recogía la mousse mezclada con los jugos de Adriana, lamiendo desde abajo hacia arriba, chupando sus labios hinchados, rodeando el clítoris.
Adriana arqueó la espalda y agarró la cabeza de Guillermo con una mano, empujándolo contra ella.
—Dios… —gimió.
Yo estaba a menos de medio metro, arrodillado, viendo cómo otro hombre devoraba el coño de mi mujer.
El sonido era obsceno: los lametones húmedos, los gemidos de Adriana, el chasquido de su lengua.
Guillermo comía con ganas, introduciendo la lengua dentro de ella y luego succionándole el clítoris. Adriana temblaba.
Me miró de nuevo, con los ojos vidriosos.
—¿Estás bien? ¿Disfrutas viendo cómo me comen el coño? —preguntó entre gemidos.
Asentí.
—Dilo —me exigió.
—Estoy bien… Quiero que siga.
Guillermo levantó un segundo la cabeza, con la barbilla brillante de mousse y jugos.
—Tu mujer sabe deliciosa, Jose. Dulce y salada a la vez. Ven, pruébala.
Volví a acercarme, y él se hizo a un lado. Metí mi cabeza entre sus piernas y comencé a lamerla.
—Despacio, cielo. No tengas prisa. Quiero disfrutar de cada segundo.
Guillermo me apartó suavemente, y continuó comiéndoselo con deseo, pero más pausado de lo que lo había hecho yo. Adriana empezó a mover las caderas contra su cara, follándose su boca. Su vestido estaba completamente subido hasta la cintura. Sus tetas se salían del escote con cada movimiento.
Yo observaba todo con el corazón desbocado. Unos celos brutales me invadían, pero una excitación inhumana y un orgullo retorcido me estaban llevando al límite. Mi polla estaba tan dura que dolía.
Adriana extendió la mano y me acarició la cara mientras gemía.
—Esto es lo que querías… ¿verdad, cornudo?
Asentí de nuevo.
Guillermo introdujo dos dedos dentro de ella mientras le chupaba el clítoris. Adriana soltó un grito ahogado y se corrió con fuerza, apretando la cabeza de Guillermo contra su coño, temblando.
Cuando los efectos del orgasmo fueron relajándose, Guillermo se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió satisfecho.
—Esto solo es el principio, pareja. —dijo mirándonos a los dos.
Adriana, todavía jadeando, me miró con una sonrisa exhausta pero llena de deseo.
La noche estaba lejos de terminar.
Guillermo, con la barbilla y los labios brillantes de mousse y de sus jugos, me miró. Después miró a Adriana con una sonrisa satisfecha.
Me levanté, y empecé a desabrocharme los botones del pantalón. Di un paso hacia ella.
Me incliné hacia adelante, pero Adriana me detuvo poniendo una mano en mi pelvis.
—Ni de coña —dijo con firmeza, mirándome a los ojos—. Es el turno de Guillermo. A ti te toca esperar.
Guillermo se levantó y, sin prisa, empezó a desnudarse delante de nosotros.
Se quitó la camisa, dejando ver un torso maduro pero fuerte, con algo de vello canoso.
Luego se bajó los pantalones y el bóxer de un tirón.
Su polla saltó libre, enorme, gruesa y completamente dura.
Era más grande que la mía, con un glande grueso y venas marcadas.
Adriana la miró con lascivia evidente, mordiéndose el labio inferior.
Guillermo se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.
—Una cosa es ver a un tío comiéndole el coño a tu mujer —dijo con voz baja y cargada—. Y otra muy distinta es ver a tu mujer haciéndole una mamada a otro tío. ¿Estás seguro?
Tragué saliva. El corazón me iba a mil.
—Adelante —respondí con la voz rota.
Adriana no esperó más. Se incorporó un poco en el sofá, cogió la polla gruesa de Guillermo con una mano y, sin dejar de mirarme a los ojos, se la metió en la boca.
Empezó despacio. Primero lamió el glande con la lengua, dando vueltas alrededor de la uretra, saboreándolo.
Luego abrió más la boca y se la tragó poco a poco, casi hasta la mitad.
Sus labios se estiraban alrededor de aquella verga gruesa.
Empezó a mover la cabeza adelante y atrás, chupando con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos.
La saliva le caía por la barbilla. De vez en cuando se sacaba la polla, la golpeaba contra su lengua y volvía a metérsela más profundamente.
Sus ojos no se apartaban de los míos ni un segundo. Era como si me estuviera follando con la mirada mientras se la chupaba a él. Guillermo gemía de placer y le puso una mano en la cabeza, guiándola suavemente.
—Joder, Adriana… qué boca tienes —murmuró.
Ella aceleró el ritmo, chupando con más fuerza, metiéndose más aquella polla.
De vez en cuando emitía gemidos ahogados por la ocupación de su garganta, pero era evidente que estaba disfrutando de tener aquel pedazo de carne dentro de la boca.