CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #3
60%

2 #3

—Mirad esto —dijo entusiasmado, mostrándonos los hielos—. Son únicos. Se derriten muy despacio y no aguan la bebida. Un verdadero lujo. Indecentemente caros.

Sus ojos, sin embargo, no estaban en el hielo. Estaban clavados en Adriana.

Ella aceptó la copa que le preparé, dio un sorbo lento y miró a Guillermo por encima del vaso.

—Vamos a pasar una buena noche, ¿verdad?

Guillermo sonrió con intensidad.

—Sin duda. Ya ha empezado muy bien.

—Joder, qué buena pinta tiene todo —dijo, acercándose a la mesa del comedor—. Jamón, queso, canapés… Pero oye, ¿por qué no lo hacemos más informal? Propongo que cenemos en la mesa baja del salón. Estaremos más cómodos, más cerca, y el ambiente será mucho mejor.

Adriana, todavía recostada en el sofá con las piernas cruzadas, sonrió con complicidad.

—Me parece perfecto —dijo—. Así no tengo que moverme mucho con este vestido.

Guillermo soltó una risa grave.

—Ese vestido merece que te muevas y se te vea. Es una obra de arte.

—Jose, encárgate de cambiar las cosas a la mesa baja.

El tono de Adriana tenía un punto autoritario, que me excitó. No pedía. Ordenaba.

Llevé todas las fuentes a la mesa del salón.

—Jose, prepárale otro gin - tonic a nuestro invitado—respondió ella con una sonrisa pícara—. Es temprano todavía. No me apetece cenar tan pronto. Prefiero que nos relajemos un rato antes.

Guillermo levantó las cejas y sonrió.

—Te advierto que he traído algo más fuerte por si os apetece luego… Tengo la marihuana del otro día.

Adriana negó suavemente con la cabeza, aunque sonreía.

—Mejor para después de cenar.

Mientras yo servía los canapés, Guillermo se sentó directamente en el sofá, justo al lado de Adriana. Sus muslos casi se rozaban. Ella no se apartó en absoluto.

—¿Blanco o tinto? —pregunté desde la cocina.

—De los dos —respondió Adriana sin dudar—. Hoy quiero probar de todo.

Guillermo soltó una carcajada.

—Me gusta esa actitud. Muy apropiada.

Después de terminar las copas, empezamos a picotear. El jamón estaba excelente, el queso tenía un sabor ahumado intenso y los canapés desaparecían rápidamente entre las copas de vino que yo rellenaba continuamente.

Le pregunté por el trabajo de Nuria, y si era habitual que tuviese que interrumpir sus vacaciones.

—No es habitual, pero ocasionalmente, pasan estas cosas.

El jefe tiene plena confianza en ella, y para contratos de la importancia de este que van a firmar, no lo hará sin contar con su aprobación —comentó Guillermo mientras cogía un trozo de jamón—.

Es la asesora jurídica de una constructora grande.

Tenían que cerrar un contrato importante para una obra en la Costa Brava y había un problema con unas cláusulas.

Ha tenido que ir a supervisarlo personalmente.

Sin su supervisión, el departamento de Proyectos no puede firmar nada.

—Vaya responsabilidad —dijo Adriana, probando un canapé—. Debe ser estresante.

—Lo es. Pero le encanta. Es muy buena en su trabajo. Aunque a veces estos imprevistos nos joden los planes.

Yo estaba sentado frente a ellos, en el otro sofá. La imagen era potente: Adriana, con el vestido rojo indecente y Guillermo, con una mano en su rodilla, como si yo no estuviese allí.

—Estos días han sido increíbles gracias a vosotros —dijo Adriana, mirando a Guillermo—. El yate, las calas, la confianza… No todo el mundo se suelta como lo habéis hecho vosotros. No nos conocíais de nada y nos habéis tratado como a amigos.

Adriana dio un sorbo a su gin - tonic y sonrió.

—Vosotros nos habéis facilitado mucho las cosas. Sois una pareja encantadora, por eso no quise que la otra noche pasase nada.

—Es verdad —añadí—. Gracias por todo, de verdad. —El primer día, temí no encajar en un grupo de vecinos que se conoce desde hace tanto tiempo y tan reducido, pero vosotros lo habéis hecho muy natural. Han sido quince días fantásticos.

La conversación fluía con naturalidad, pero yo cada vez percibía más carga de segundas intenciones. Guillermo no dejaba de mirar el escote de Adriana. Cada vez que ella se inclinaba para coger algo de la mesa baja, sus tetas casi se salían del vestido.

—Este jamón está de muerte —dijo Guillermo—. ¿Dónde lo has comprado, Jose?

—En esa tienda gourmet del pueblo. Me han recomendado bien.

Adriana cruzó las piernas y el vestido se le subió un poco más. Guillermo no disimuló al mirar.

—Adriana, en serio… ese vestido es una provocación en toda regla —comentó con una sonrisa lobuna—. ¿Quieres que esta noche terminemos mal… o muy bien?

Ella se rio y le puso una mano en la rodilla.

—Compórtate, Guillermo. Estamos cenando.

—Prueba esto. Está delicioso —dijo él, cogiendo otro canapé y ofreciéndoselo directamente a Adriana en la boca.

Ella lo aceptó, rozando sus dedos con los labios.

Yo lo observaba todo en silencio, con el corazón acelerado y francamente excitado por la tensión. Era evidente lo que estaba a punto de suceder. Guillermo y Adriana hablaban con total naturalidad, casi como si yo fuera un mero espectador.

La cena continuaba entre risas, miradas cargadas y roces accidentales. El hielo del iceberg se derretía lentamente en las copas, y el ambiente en el salón se volvía cada vez más caliente.

Guillermo se puso a darnos una explicación acerca del hielo que había traído.

—Hay dos tipos de hielo de luxe de verdad —dijo, levantando uno de los cubitos translúcidos contra la luz—.

El de glaciar y el de iceberg. El de glaciar es más antiguo, más puro, pero el de iceberg es el que más me gusta.

Tiene un punto salino Este es de iceberg.

Se forma en Groenlandia, se rompe y flota en el mar.

Es prácticamente agua destilada de hace miles de años.

Se derrite muy lentamente y no agua la copa. Un lujo.

Adriana lo escuchaba con atención, sonriendo, mientras cruzaba y descruzaba las piernas. El vestido rojo se le subía constantemente.

Cuando terminamos los platos principales y llevé los postres, Guillermo se recostó en el sofá.

—¿Qué os parece una segunda ronda de gin - tonics?

—Perfecto —dijo Adriana, relamiéndose después de probar la mousse de mango—. Y… ¿por qué no lías unos porros? Ahora sí, para relajarnos un poco.

Guillermo sonrió con complicidad y se giró hacia ella. Pasó el brazo por detrás del respaldo del sofá, rozando con los dedos la espalda desnuda de Adriana. La miró con un deseo abierto, sin disimulos.

—Chicos… —dijo con voz grave y pausada, llena de experiencia—.

No creo que esto sea casual. Ninguna mujer se viste de esta manera para recibir a un tío casi sesentón.

Ese vestido es una declaración de intenciones.

Por lo menos así me lo he tomado yo. No quiero forzar nada, pero no me gustaría tener que plegar velas otra vez. No sé si me entendéis…

Se hizo un silencio denso. Adriana no se apartó del brazo que ahora la rodeaba de forma evidente. Guillermo continuó.

—¿Qué esperáis de esta noche?

Adriana respiró hondo, miró un segundo a Jose y luego respondió con sinceridad:

—No tenemos especiales expectativas, Guillermo. Lo que surja. Sin presiones.

Guillermo giró la cabeza y me miró directamente a mí. Sus ojos eran penetrantes, inteligentes.

—¿Y tú, Jose?

Tragué saliva. Sentía el corazón latiéndome en la garganta.

—Como ella dice… lo que surja.

Guillermo asintió lentamente, satisfecho con la respuesta. Su mano, que descansaba sobre el respaldo, bajó ligeramente hasta rozar el hombro desnudo de Adriana.

—Si os parece, iremos despacio —dijo con tono calmado pero firme—. No hay prisa. Voy a preparar un par de porros para relajarnos. Creo que nos vendrá bien.

Se levantó con tranquilidad, se sacó del bolsillo una pequeña caja metálica y empezó a liar los porros sobre la mesa. Sus movimientos eran precisos, experimentados. Adriana y yo nos miramos. Ella tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Yo estaba completamente empalmado.

Mientras Guillermo liaba, el ambiente se volvió aún más espeso. Adriana dio un sorbo largo a su gin - tonic y luego apoyó la cabeza ligeramente hacia el lado donde estaba Guillermo.

—Esto es surrealista —murmuró ella, casi para sí misma.

Guillermo levantó la vista y sonrió.

—Surrealista pero excitante, ¿no?

Adriana no respondió con palabras, solo sonrió de forma nerviosa y seductora.

Yo observaba la escena como si estuviera dentro y fuera al mismo tiempo. Mi mujer, vestida como una diosa del sexo, sentada junto a un hombre que claramente la deseaba con todas sus fuerzas. Y yo, permitiéndolo. Más que permitiéndolo… provocándolo.

Guillermo terminó de liar dos porros perfectos y los levantó.

—¿Empezamos?

Yo sabía que esto iba a ser el giro definitivo, pero ninguno de los tres parecía querer frenarlo.

Guillermo se recostó de nuevo en el sofá, con el porro encendido entre los dedos, y nos miró a los dos con calma.

—A ver chicos… Creo que es mejor que vayamos poco a poco —dijo con voz grave y serena—. Jose, si algo te incomoda, dímelo en cualquier momento. Sin orgullo, sin miedo. Vamos a ir despacio, por prudencia, y para que todos lo disfrutemos.

—¿Sabes lo que va a pasar ahora? – le preguntó a Adriana.

—Sí – dijo ella mirándome fijamente.

—¿Y qué es lo que va a pasar?

— Que me vas a follar delante de este – mi polla casi revienta al oírla decir aquellas palabras con tanta seguridad y tanto deseo.

Guillermo tenía ya a Adriana a su merced. En cuanto quisiera se la follaría. Pero quería algo más.

—¿Y él lo va a consentir?

—Sí, no le importa – se apresuró a decir Adriana. —La verdad es que lo está deseando.

—Ya sé que lo desea, pero quiero que lo diga él – dijo Guillermo haciendo que sintiese la superioridad en sus palabras.

Asentí, incapaz de articular palabra. El corazón me latía tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho.

—Dilo.

—Sí Guillermo, quiero que te folles a mi mujer – le dije para no alargar más aquella tortura. Lo dije mirándola a ella y sin decir su nombre, solo mi mujer, haciéndole saber que iba a coger algo que era mío.

Guillermo cogió uno de los vasitos de mousse de mango y metió el dedo índice dentro, removiendo la crema espesa y brillante.

Luego lo acercó a los labios de Adriana.

Ella lo miró un segundo, abrió la boca y dejó que él introdujera el dedo lentamente.