2 #2
Esto es un juego, pero nuestra relación no lo es.
Se quedó callada un momento, extendiendo la crema por sus tetas con movimientos lentos y circulares.
—Si quieres —continuó—, me pongo un chándal y deportivas, cenamos con él, tomamos una copa y listo. Sin provocaciones, sin tensión. Volvemos a ser la pareja normal de siempre.
La miré. Estaba preciosa incluso sin terminar de arreglarse. La piel brillante por la crema, el pelo suelto y aquella expresión mezcla de duda y de deseo.
—Prefiero que te pongas guapa —admití—. Pero tienes razón. Hazlo para ti. Ni para mí ni para él. Aunque… sé que él va a disfrutar viéndote igual que disfrutaré yo.
Adriana sonrió con cierta tristeza y se acercó a mí. Me dio un beso suave en los labios.
—Ese es el problema, Jose. Que tú también quieres que él disfrute viéndome. Y yo… no sé si quiero seguir alimentando eso. Me excita, sí. Pero me da miedo dónde nos puede llevar.
Me abrazó y apoyó la cabeza en mi pecho.
—Quiero que esta noche sea especial —susurró—. Pero especial para nosotros. No quiero cruzar líneas que luego no sepamos borrar.
—Yo tampoco —mentí a medias, porque una parte de mí sí quería cruzarlas.
Adriana se separó y me miró a los ojos.
—Entonces prométeme que, pase lo que pase esta noche, mañana volvemos a ser los mismos de siempre. Sin rencores. Sin reproches. Eso es lo que me aterra de todo esto.
—Te lo prometo. No los habrá.
Ella asintió, aunque ambos sabíamos que las promesas en aquel tipo de juegos eran frágiles.
—Bien. Entonces me voy a arreglar… para mí. Y para ti. —dijo con una sonrisa más ligera—. Pero si noto que estás intentando empujarme hacia algo más, te juro que me pongo el chándal más feo que tengo.
—Y un poquito para él. No seas falsa.
Me reí y le di una palmada suave en el culo.
—Tal vez un poquito, sí. Te lo concedo.
Mientras Adriana se metió en el dormitorio para terminar de arreglarse, yo me quedé en el salón colocando la comida.
El corazón me latía fuerte. Sabía que aquella noche podía ser un punto de inflexión.
Y aunque Adriana decía que quería controlarlo, yo veía en sus ojos que la curiosidad y el deseo también la estaban consumiendo.
Adriana salió del dormitorio casi una hora después y, cuando la vi, se me cortó la respiración.
Iba vestida de una forma completamente excesiva, y ella lo sabía.
Llevaba un vestido rojo cereza, corto, de tela ligera, de un tejido brillante que parecía que estuviera mojado.
El escote era absurdamente profundo, en forma de V, llegando casi hasta el ombligo y dejando sus tetas prácticamente expuestas; solo una fina cadena dorada cruzada impedía que se le vieran los pezones.
La espalda era completamente descubierta hasta la base de la columna.
La falda terminaba justo debajo del culo, y cuando caminaba se le subía peligrosamente, mostrando el comienzo de sus nalgas.
Llevaba unas sandalias de tacón de aguja negras muy altas que hacían que sus piernas parecieran infinitas.
Se había maquillado de forma potente con los ojos muy marcados, los labios a juego con el vestido y el pelo suelto. Toda una declaración de intenciones.
Estaba espectacular. Y absolutamente provocadora.
—Joder, Adriana… —murmuré.
Ella dio una vuelta lenta, consciente del efecto que causaba.
—¿Qué te parece?
Me acerqué y la miré de arriba abajo sin disimulo.
—Vestida así queda bien claro lo que quieres que pase esta noche —dije sin dejar de admirarla.
Adriana levantó una ceja y sonrió con picardía.
—¿Demasiado?
—Sin duda —respondí—. Pero estás preciosa. Guillermo va a dar por hecho que te has vestido así especialmente para él. ¿Es así?
Ella se mordió el labio inferior y me miró directamente a los ojos.
—Ya te he dicho, que tal vez un poco —admitió sin vergüenza—. Me apetece sentirme deseada esta noche. Y sí, sé que él me va a mirar. Y me gusta cómo me mira.
Se hizo un silencio cargado. Me pasé la mano por la cara, intentando controlar la mezcla de celos y excitación que me invadía.
—Mira, Jose —continuó ella, acercándose y poniéndome una mano en el pecho—. Vamos a hacer un trato. Si algo no nos gusta, si en algún momento queremos parar, lo hacemos. Sin presiones. Sé que quieres que me lo tire, pero no tengo tan claro que yo también lo quiera.
—Yo no quiero que te lo tires —respondí rápidamente.
Adriana soltó una risa seca y me miró con incredulidad.
—No jodas, joder. Llevas todas las putas vacaciones jugando a esto. Las fotos, las insinuaciones, invitarlo hoy justo cuando Nuria se ha ido… No me tomes por tonta.
Bajé la mirada un segundo. Tenía razón.
—Pero a ti también te gusta este juego —dije en voz baja.
—Sí —reconoció—. Me gusta. Me pone cachonda. Pero no quiero que nos cueste el matrimonio. Al menor problema lo paramos. Prométemelo, Jose.
La miré a los ojos. Estaba guapísima, vestida como una puta diosa del sexo, y aun así seguía siendo mi Adriana. La mujer junto a la que quería envejecer.
—Te lo prometo —dije con seriedad—. Al menor problema, lo paramos. No voy a arriesgar lo nuestro. Pase lo que pase esta noche, tú y yo somos lo primero.
Adriana respiró hondo, visiblemente más relajada, y me dio un beso suave en los labios.
—Bien. Entonces voy a disfrutar de la noche. Y tú también. Pero recuerda tú promesa.
Se giró para coger algo de su bolso y, al hacerlo, el vestido se le subió lo suficiente como para dejarme ver claramente que llevaba un tanga finísimo negro que apenas tapaba nada.
—Adriana… —gemí.
Ella me miró por encima del hombro con una sonrisa traviesa.
—¿Qué? ¿No te gusta?
—Me vuelve loco.
Adriana se sentó en el sofá del salón con elegancia provocadora.
Cruzó las piernas lentamente y luego las estiró, apoyando los pies sobre la mesa baja de cristal.
Era la pura imagen del erotismo. Las sandalias de tacón de aguja negro dejaban sus pies casi descalzos, mostrando los dedos perfectamente pintados de rojo brillante.
El vestido rojo se le había subido hasta medio muslo, dejando a la vista gran parte de sus piernas bronceadas y, cuando se movía, se podía intuir fácilmente que no llevaba prácticamente nada debajo.
El escote permitía ver el valle entre sus tetas y la fina cadena dorada que apenas contenía sus pechos.
Estaba espectacular, descarada y consciente de ello, que tal vez era lo que más me excitaba.
Me quedé mirándola desde la cocina mientras colocaba los platos.
—Jose —dijo con voz seria—, cuando llegue Guillermo encárgate tú de servir el picoteo. Esta noche quiero que sirvas tú la cena. Con este vestido no quiero moverme demasiado. Además, me apetece que seas tú el que nos sirva. ¿Te parece bien?
Sonreí con una mezcla de excitación y nervios.
—Lo que me parece es que estás pidiendo guerra —comenté, acercándome un poco.
Adriana levantó una ceja y me miró con picardía.
—¿Te parece? ¿Demasiado? ¿Me cambio de ropa?
—No —respondí rápidamente, devorándola con la mirada—. Estás maravillosa. Aunque tienes pinta de puta.
Ella soltó una carcajada sexy, reclinándose más en el sofá.
—¿Puta? —preguntó, abriendo ligeramente las piernas solo para provocarme—. ¿Y qué crees que busco esta noche, Jose?
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre.
—Abre, anda —dijo ella con una sonrisa traviesa, sin moverse ni un centímetro.
Fui a abrir. Guillermo estaba en la puerta, elegante pero informal, con una camisa blanca ajustada y pantalones azul marino. Traía una botella de ginebra premium y un pack de tónicas de una marca de la que nunca había oído hablar, pero que parecían de muy buena calidad.
—Buenas noches —saludó con una sonrisa amplia—. Chicos, mil gracias por invitarme. Traigo esto para empezar bien la noche.
Le di la mano y le hice pasar.
—Gracias a ti por venir. Nuria se ha ido muy rápido, ¿no?
—Sí, ya os dijimos, un problema urgente en la empresa. Pero bueno, aquí estoy.
Me entregó las botellas y le dije que iba a guardarlas en la cocina. Guillermo miró hacia el salón y se quedó paralizado al ver a Adriana.
—Joder… —murmuró.
Adriana estaba allí, recostada, en una pose que solamente podría calificar como lasciva, con las piernas cruzadas jugueteando con un mechón de pelo y aquel vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Mostraba media sonrisa, y le miró con intensidad.
Se levantó con lentitud y caminó hacia él contoneándose.
En mi vida la había visto en aquella actitud.
Guillermo se acercó y le dio dos besos en las mejillas, demorándose más de lo necesario. Uno de ellos casi rozó la comisura de sus labios.
—Adriana… estás absolutamente espectacular —dijo con voz grave, sin disimular su admiración—. No tengo palabras... Después de estos días tan intensos, llegar y encontrarte así vestida, es más de lo que podría haber esperado.
—Gracias a ti por venir—respondió ella con una sonrisa seductora—. Has sido un anfitrión increíble estos días. Lo mínimo que podíamos hacer era devolverte el favor.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo normal. Guillermo tenía una mano en la cintura de Adriana, justo donde terminaba la tela del vestido.
—Voy a buscar un hielo muy especial que tengo en casa —dijo de repente—. Es un regalo de un cliente importante y la ocasión lo merece. Hielo traído directamente de un iceberg de Groenlandia. Está garantizado por un notario. Es el pijerío elevado a la enésima potencia. Vuelvo en cinco minutos.
Cuando se fue, ella se giró hacia mí con una ceja levantada.
—Cuando traiga los hielos, prepara tú las copas, Jose. A Guillermo y a mí, ginebra con tónica. Y tú prepárate otra. Creo que la vas a necesitar.
—Sí, claro —respondí, yendo hacia la cocina.
Mientras preparaba la bebida, no podía dejar de pensar en la forma en que Guillermo la había mirado. En cómo sus ojos se habían clavado en sus tetas, en sus piernas, en ese vestido totalmente inapropiado para recibir a una visita.
Adriana se había sentado de nuevo en el sofá, con las piernas cruzadas, moviendo un pie con el tacón en el aire. Aquella postura, decía bien a las claras lo que esperaba de esta noche. No habría tregua.
Cuando Guillermo regresó, traía una bolsa con unos cubos de hielo translúcido, casi cristalino de tamaño bastante grande.