2
Llegamos al apartamento cuando el sol ya se estaba poniendo.
El día en el mar nos había dejado agotados, bronceados y con la cabeza llena de imágenes.
Nos despedimos de Nuria con la firme promesa de intentar regresar el próximo año, y ella nos dijo que sería todo un placer, que podríamos hacer muchas más cosas, que aquella zona tenía mucho por descubrir.
No percibí segundas intenciones en el comentario.
Apenas cerramos la puerta, Adriana se quitó las chanclas y se dejó caer en el sofá del salón. Yo no podía más. La tensión acumulada durante todo el día me tenía al límite.
Me senté a su lado y la miré directamente.
—Se puede saber qué te dijo Nuria para que os descojonaseis de mí de esa forma? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Adriana soltó una risita recordando el momento y se tapó la cara con las manos un segundo.
—Me dijo: “Mira la cara de tu marido”. Y menudo poema, Jose… Estabas allí, con los ojos como platos y la boca abierta. Parecías un adolescente viendo una tía desnuda por primera vez.
—Joder… —murmuré, avergonzado pero excitado—. Es que pensé que te ibas a montar un bollo allí mismo.
—No seas bobo —dijo ella, dándome un empujón cariñoso en el hombro—. Apenas me tocó. Solo fueron caricias. Pero por verte la cara mereció la pena, de verdad. Parecías a punto de explotar.
—Pues hubo un momento que lo creí —confesé, riendo también—. Cuando vi su mano bajando hacia tu coño… joder, Adriana.
Se hizo un breve silencio. Adriana se puso más seria y me miró a los ojos.
—Oye, ¿Jose… no crees que nos estamos pasando un poco?
—preguntó. —Al principio solamente fantaseábamos con estas cosas en la cama, cuando estábamos muy calientes.
Pero es que últimamente todo se está descontrolando.
Lo de ayer en el restaurante, lo de hoy en el yate…
las fotos en la web, estar desnuda delante de ellos, las caricias de Nuria…
Me da miedo que nos pasemos de la raya y luego no sepamos volver atrás.
La miré con ternura y también con esa excitación que no había disminuido en todo el día. Le cogí la mano.
—Lo único que sé, Adriana, es que nunca habíamos disfrutado de unas experiencias como las que estamos disfrutando este verano. Todo es más intenso. Me siento más conectado contigo que nunca. Si esto es pasarse de la raya, bienvenido sea.
Ella suspiró, pero vi en sus ojos que una parte de ella también lo sentía.
—Y hablando de eso… —continué, acercándome más y besándole el cuello—creo que, si no me vacías los huevos ahora mismo, voy a explotar. Llevo casi ocho horas empalmado. Todo el día viéndote desnuda, viéndote a Nuria tocarte… Estoy que no aguanto más.
Adriana se rio y bajó la mano hasta mi bañador. Notó mi erección dura como una piedra y soltó un suspiro.
—Pobrecito… —murmuró con voz más ronca—. Tanto sufrir…
Me besó con ganas, metiendo su lengua en mi boca mientras me bajaba el bañador. Mi polla saltó libre. Adriana se arrodilló frente a mí en el sofá y me miró desde abajo con esos ojos llenos de deseo.
Lo que tenía que pasar.
—Joder… —dijo frunciendo el ceño—. Ha sido una pena que Nuria haya tenido que marcharse. Me cae genial.
—Sí. Y Guillermo, se ha quedado solo.
Adriana me miró por encima de la taza de café y levantó una ceja. Ya me conocía demasiado bien.
Pasaron unos segundos en silencio. Yo fingí mirar el móvil y luego solté, como quien no quiere la cosa:
—Oye, Adri… ¿no crees que deberíamos invitarle a cenar esta noche? Está solo, y el hombre ha sido muy atento con nosotros. Nos ha llevado en el yate, nos ha enseñado calas preciosas, nos invitó a cenar… Lo mínimo que podemos hacer es devolverle el gesto con una invitación.
Adriana dejó la taza lentamente y se recostó en la silla, observándome con una media sonrisa.
—Claro que sí, Jose. Me parece justo corresponderle con una invitación —dijo con tono neutro. Pero se quedó pensativa, mordiéndose el labio inferior.
—¿Qué pasa? —pregunté, aunque creía saber la respuesta.
—Nada… —respondió, aunque su tono decía todo lo contrario—. Es solamente que … pareces empeñado en llevarme al límite con este juego con él. Cada vez subes un poquito más la apuesta. ¿No fue suficiente lo de la otra noche?
Sonreí con picardía y me incliné hacia ella.
—No es eso, Adriana. Es una cuestión de cumplir con él. No seas malpensada.
Adriana soltó una risa sarcástica.
—Ah, claro. Cumplir. Qué caballero te vuelves tú cuando te conviene. Invitamos a cenar al hombre que me ha visto desnuda, al que prácticamente has lanzado a mis brazos… y todo por pura educación, ¿verdad? ¿Acaso no fue suficiente lo que estuvo a punto de pasar la otra noche?
—Exacto —contesté con falsa inocencia—. Educación ante todo, mi vida. Además, tú misma dijiste que te caía bien.
Ella negó con la cabeza, pero no podía ocultar una sonrisa nerviosa.
—Vale. Pero invítalo tú. No quiero que piense que soy yo la que está deseando que venga. Y otra cosa: no pienso cocinar. Si acepta, te vas tú a comprar comida preparada.
—Trato hecho —dije, sacando ya el móvil—. ¿Qué le digo? Mi mujer y yo queremos agradecerte estos días tan especiales… O mejor: Ven a cenar que Adriana está especialmente cachonda.
—¡Jose! —exclamó riendo y dándome un manotazo en el brazo—. Eres un cerdo. Dile algo normal, anda.
Escribí el mensaje delante de ella:
“Guillermo, ¿te apetece venir a cenar esta noche con nosotros? Nos gustaría agradecerte todo lo que has hecho estos días y hoy que te has quedado solo...”
Guillermo respondió en menos de dos minutos.
“Me encantaría. ¿Me paso sobre las nueve? Llevaré una botella ginebra y tónicas. Gracias por pensar en mí, pareja.”
Adriana leyó la respuesta y se quedó callada unos segundos.
—Pues ya está —dije, dejando el móvil sobre la mesa—. Esta noche cenamos con él.
Ella se levantó, se acercó a mí y me rodeó el cuello con los brazos. Me miró fijamente, con esa mezcla de diversión y advertencia que tanto me ponía.
—Jose… sé lo que estás haciendo. Y me da miedo que seas incapaz de parar. Estos días han sido maravillosos, pero siempre nos hemos movido en el límite, y la otra noche, los superaste todos. No estoy segura de que tengas claro lo que deseas.
—Lo tengo claro, Adri. ¿Y tú? —pregunté bajando la voz, acariciando su cintura—. ¿A ti te da miedo… o te gusta?
Adriana se mordió el labio y se acercó hasta que sus labios casi rozaron los míos.
—Las dos cosas —susurró—. Me excita esta forma de jugar. Es nueva para mí, y no te voy a negar que me pone. Pero también me acojona lo que pueda llegar a pasar.
Me besó con fuerza, metiendo su lengua con hambre, y luego se separó bruscamente.
—¿De verdad quieres ver cómo me lo follo? Y voy más allá. ¿Podrías mirarme a los ojos al día siguiente sin echarme nada en cara?
La pregunta del millón, y otra vez la pelota en mi tejado.
—Estoy completamente seguro de que podría. Pero yo también tengo una pregunta para ti. ¿Quieres hacerlo? ¿Me harías cornudo? – El corazón me latía desbocado. Sabía que estaba a punto de aceptar. De hecho, estaba seguro de que lo deseaba tanto como yo.
—Si no hay consecuencias posteriores… Creo que sí. Pero necesito que estés completamente seguro.
—Lo estoy. No tengo la menor duda.
—En ese caso, vete a comprar la cena, cornudito —dijo con una sonrisa traviesa—.
Y elige algo rico. Esta noche quiero que todo esté perfecto.
Quiero que sirvas tú la mesa. Yo me dedicaré a lo que me tengo que dedicar.
Para empezar, me voy a arreglar. Esta noche no le van a quedar dudas de lo que quiero.
Y a ti tampoco. Avisado estás. Habla ahora o calla para siempre.
–dijo soltando una carcajada espontánea.
Se dio la vuelta y se fue hacia el dormitorio contoneando las caderas de forma exagerada.
Yo me quedé allí, con la polla medio dura y la cabeza llena de imágenes de lo que podía pasar esa noche.
Regresé al apartamento cargado con varias bolsas.
Había comprado jamón ibérico de bellota cortado a cuchillo, un buen queso de cabra ahumado, una selección de canapés variados y, para el postre, tres mousses diferentes: de mango, de chocolate negro y de anacardos con pistachos.
También llevé una botella de vino blanco bien frío y otra de tinto.
Nada más abrir la puerta, el olor a esmalte de uñas me recibió.
Adriana estaba sentada en el sofá del salón, con una pierna estirada sobre la mesa baja.
Se estaba pintando las uñas de los pies con un esmalte rojo intenso y brillante.
Tenía unos pies elegantes y cuidados, de dedos largos y finos, un arco pronunciado y la piel suave. Siempre me habían gustado sus pies.
Levantó la vista y sonrió.
—¿Qué has traído?
—Todo bueno —respondí, dejando las bolsas en la cocina—. Jamón, queso, canapés… y mousses para el postre.
—Perfecto.
Se terminó el pie derecho y empezó con el izquierdo.
Después, sin decir nada, se levantó, cogió el bote de crema hidratante y comenzó a echársela por todo el cuerpo.
Primero por los brazos, luego por las piernas, subiendo lentamente por los muslos.
La camiseta que llevaba se le subió un poco, dejando ver parte de su culo desnudo.
Me quedé apoyado en el marco de la puerta, observándola.
—Te arreglas así para él… ¿o para mí? —pregunté, sin poder contenerme.
Adriana detuvo el movimiento de sus manos y me miró directamente. Se tomó unos segundos antes de responder.
—Esa es una buena pregunta, Jose —dijo con calma, pero seria— Pero realmente me arreglo para mí.
Me gusta sentirme guapa, cuidada, sexy. No sé exactamente qué se te está pasando por la cabeza, pero creo que deberíamos hablar de lo que queremos y de si estamos preparados para afrontar el día después. ¿Qué quieres tú, Jose?
Me acerqué un poco más y me senté en el brazo del sofá.
—Yo no quiero nada. Solamente saber qué quieres tú.
Adriana suspiró, se echó más crema en las manos y continuó por el escote y el cuello.
—Yo… nada. O sea, no sé qué estamos haciendo, ni qué expectativas te has creado.
Llevamos quince días jugando en el límite: el barco, la desnudez, las caricias de Nuria, las miradas de Guillermo…
Hoy es nuestra última noche aquí. No quiero que lo jodamos todo por un calentón.
Tenemos que cuidar el resto de nuestras vidas, Jose.