1 #5
—Cada pareja tiene su ritmo. No hay prisa. Pero cuando llegue el momento, lo importante es la confianza y la comunicación. Si Adriana quiere probar algo, o si tú quieres verla deseada… tenéis que hablarlo sin miedo.
Me quedé callado, procesándolo todo. Mi mente iba a mil. Imágenes de Adriana con otro hombre, de ella siendo tocada, follada delante de mí, de los comentarios en las webs que ya conocía… todo se mezclaba con el miedo real a perderla o a que algo se rompiera.
—Es… mucho para asimilar. Pero entiendo lo que decís. No sé si yo estaría preparada tampoco. —Adriana habló por primera vez en varios minutos, con voz baja.
Guillermo sonrió.
El otro yate seguía fondeado cerca. Las parejas desnudas jugaban en la playa. Yo miré a Adriana, tan hermosa bajo el sol, y pensé que tal vez Guillermo tuviese razón.
Guillermo se recostó mejor en su asiento, mirando alternativamente a Adriana y a mí con esa calma de quien ha recorrido el camino antes.
—Y no te equivoques. Eso no tiene nada que ver con ser un cornudo… o sí, pero de una forma que os reforzará como pareja. Muchos matrimonios se reafirman con esto. Estáis ante uno de ellos. Treinta años llevamos Nuria y yo, y aquí estamos, más unidos que nunca.
Nuria sonrió con complicidad y apoyó la cabeza en el hombro de su marido mientras le acariciaba la polla por encima del bañador.
Guillermo nos miró directamente.
—¿Vosotros fantaseáis con eso?
Se hizo un silencio. Yo dudé, pero Adriana, para mi sorpresa, respondió primero. Su comentario fue directo.
—Sí A veces en la cama, cuando estamos muy calientes, lo hacemos. Hablamos de ello. De que otros me miren, de que me toquen… cosas así.
Guillermo levantó una ceja, claramente satisfecho. Yo sentí un calor subiendo por el cuello.
—¿Y esas conversaciones os excitan? —preguntó Nuria con curiosidad genuina.
Adriana respiró hondo y volvió a contestar con seguridad.
—Muchísimo.
La miré asombrado. Ella nunca lo había admitido tan abiertamente delante de nadie. Había una sonrisa tímida en sus labios. Sentí mi polla reaccionar bajo el bañador.
—Pues ahí lo tenéis —dijo Guillermo con una risa suave—. Esa es la señal. Cuando las fantasías empiezan a salir solas en la cama y os ponen a mil, es porque hay algo ahí. No lo forcéis, pero tampoco lo ignoréis.
—Pero no solo hablamos de intercambios completos o de tríos.
Hay mil formas de jugar a excitarse. Lo que ocurre es que son cosas que no suelen estar bien vistas, que la sociedad etiqueta rápidamente como “perversión” o “falta de respeto”.
Y no tiene por qué ser así. —Nuria tomó la palabra, con tono más reflexivo y pedagógico.
Se ajustó el pareo, que seguía dejando ver bastante, y continuó:
—Por ejemplo, el exhibicionismo suave: que tu mujer salga sin bragas a cenar, que se deje mirar en la playa o en un bar. Hay parejas que van a clubs swinger solo a mirar, sin participar. Otras que permiten un beso, una caricia, un baile muy subido de tono… y ya. Cada uno pone sus límites.
Guillermo asintió y añadió:
—Exacto. No todo es una orgía. Para nosotros empezó con cosas pequeñas.
Nuria yendo a una cena de empresa con un vestido muy escotado y sin sujetador, y luego contándome cómo la habían mirado.
Yo excitándome con eso y follándola como un loco al llegar a casa.
Luego fuimos subiendo el nivel poco a poco: permitir que un amigo la besara en una fiesta, que le tocara las tetas por encima de la ropa…
Siempre hablando después, siempre con total honestidad.
Eso es lo que ha mantenido nuestro matrimonio vivo. Esa confianza.
Nuria miró a Adriana con empatía.
—Sé que da miedo. A mí también me lo dio al principio.
Piensas: “¿Y si le gusto más a otro? ¿Y si se enamora? ¿Y si después se arrepiente?”
. Pero cuando lo hablas de verdad, cuando pones reglas claras y las respetas, la mayoría de las veces lo que pasa es que vuelves a casa más cachonda que nunca y con ganas de follarte a tu marido como si fuera la primera vez.
Adriana escuchaba con atención, mordiéndose el labio inferior. Yo intervine:
—Para mí… lo más fuerte es imaginarla siendo deseada. Ver cómo otros la miran como yo la miro. Saber que es mía, pero que otros la quieren. No sé explicarlo bien.
Guillermo sonrió con comprensión.
—Lo explicas perfectamente. Eso es candaulismo puro y duro.
Y de eso, al siguiente escalón, sólo hay un paso.
Y es tan sencillo como que ella esté dispuesta.
No es humillación, aunque a algunos les guste esa parte.
Para otros es puro orgullo y placer vicario.
Ver a tu mujer brillar, verla disfrutar, y saber que tú eres el que le da permiso… eso puede ser muy poderoso.
—Y hay mil juegos intermedios: salir a un bar y que ella ligue un poco mientras tú observas desde lejos… No hace falta llegar a consumar el acto sexual. Ni siquiera hace falta llegar nunca a hacerlo, si no queréis. — añadió Nuria — Se trata de jugar.
El sol empezaba a bajar ligeramente y el otro grupo de jóvenes seguía disfrutando en la playa. Adriana me miró de reojo, con una mezcla de vergüenza, curiosidad y excitación evidente en sus ojos.
—Nunca habíamos hablado de esto con nadie —murmuró.
—Pues ya era hora —respondió Guillermo con naturalidad.
La conversación siguió un rato más, fluyendo con naturalidad. Nos contaron alguna anécdota ligera de sus primeras experiencias, siempre enfatizando la comunicación y el respeto. Guillermo insistió en que lo importante era no apresurarse y disfrutar del camino.
Yo observaba a Adriana, escuchando todo con atención, y sentía que algo importante estaba cambiando dentro de los dos. La semilla que yo había plantado en secreto ya no era solo mía. Estaba creciendo en ambos.
Terminamos de recoger las sobras de la comida y guardarlo todo en la nevera.
Guillermo y yo nos quedamos en la popa tomando una copa, pero nuestra atención estaba en la proa, dónde las chicas se estaban volviendo a acomodar, charlando animadamente.
Sin decir nada, se quitaron los pareos y los dejaron a un lado.
Volvieron a estar completamente desnudas.
Se echaron crema solar de nuevo, ayudándose mutuamente, y se tumbaron muy juntas sobre las toallas grandes, casi pegadas la una a la otra.
Sus cuerpos bronceados contrastaban con color blanco de la cubierta.
Para mi sorpresa, observé cómo Nuria, con total naturalidad, extendía la mano y empezaba a acariciar uno de los pechos de Adriana.
Sus dedos trazaban círculos lentos alrededor del pezón, rozándolo de vez en cuando.
Adriana no dijo nada. Se quedó quieta, con los ojos entrecerrados, y parecía relajada bajo el sol.
Mi polla reaccionó al instante dentro del bañador.
La mano de Nuria fue descendiendo poco a poco por el abdomen plano de mi mujer.
Ahí sí noté que Adriana se tensaba. Su respiración se volvió más visible.
Nuria no se detuvo. Siguió bajando hasta llegar a su pubis.
Los dedos se movieron con suavidad sobre la piel, sin llegar a tocar ninguna zona erógena, solo acariciando con suavidad.
Adriana se giró visiblemente azorada, como si quisiera apartarse, pero Nuria empezó a acariciar sus nalgas redondas y firmes.
Le susurró algo al oído que no llegué a oír.
De repente, las dos estallaron en carcajadas.
Adriana levantó la mirada y me miró directamente.
Sus ojos brillaban con una mezcla de vergüenza, excitación y diversión.
Al ver mi expresión, las carcajadas fueron tan fuertes y espontáneas que seguro se oyeron hasta en la playa de la cala.
Nuria se incorporó riendo todavía, se pasó una mano por el pelo y miró hacia nosotros.
—Chicos, se hace tarde. Es hora de regresar al puerto. Guillermo, ya sabes que no me gusta navegar de noche. Me da miedo.
Guillermo asintió y empezó a preparar las velas. Yo me quedé unos segundos más mirando a Adriana. Ella se levantó, todavía sonrojada por la risa, y se puso el bikini de nuevo con movimientos algo torpes. Nuestras miradas se cruzaron otra vez. No hizo falta decir nada.
Mientras Guillermo izaba la vela mayor y el velero empezaba a moverse suavemente, yo no podía dejar de pensar en lo que acababa de presenciar. La mano de Nuria sobre el cuerpo de mi mujer. La tensión de Adriana. Sus risas. Su mirada hacia mí.
El camino de vuelta fue silencioso. El sol bajaba por el horizonte tiñendo la costa almeriense de tonos dorados y anaranjados. Adriana se sentó a mi lado en la popa, con la cabeza apoyada en mi hombro. Su piel olía a crema solar.