CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1 #4
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Empezó a pajearlo con movimientos lentos y seguros, como si fuera lo más normal del mundo en la cubierta de su velero.

Adriana, que estaba sentada a su lado, vio exactamente lo que ocurría. Abrió los ojos un segundo, sorprendida, y luego los cerró con fuerza, como si intentara procesar la escena sin mirar. Su cuerpo desnudo se tensó visiblemente.

Nuria siguió masturbando a Guillermo sin prisa, con la mano subiendo y bajando por su gruesa polla, que crecía por momentos.

Le palpó los huevos como su calculase su peso y él cerró los ojos.

Después de unos segundos intensos, Guillermo se levantó, con la polla completamente empalmada.

Se acercó a mí, todavía respirando un poco agitado, y me dio una palmada en el hombro.

—¿Cerveza? —preguntó como si nada.

Sirvió cuatro latas frías de la nevera y llamó a las chicas con total normalidad, como si no estuviese pasando nada.

—¡Nuria, Adriana! Venid, que os vais a deshidratar.

La imagen de los cuatro allí, completamente desnudos bajo el sol, me dejó impresionado.

Guillermo y yo con las pollas duras como piedras.

Ellas actuando con una naturalidad que en el caso de mi mujer me tenía anonadado, como si fuésemos nudistas de toda la vida.

El contraste era brutal y excitante. Mi corazón latía con fuerza.

Nuria se levantó, se acercó a Guillermo y, sin decir nada, se agachó un poco, se metió la polla de su marido en la boca y le dio dos lametones largos y húmedos, recorriendo el glande con la lengua.

Guillermo soltó un suspiro de placer. Luego ella se incorporó, como si hubiera sido solo un saludo cariñoso.

Guillermo la besó de nuevo en los labios y le dio una fuerte palmada en el culo, que resonó en la cubierta.

—¿Os parece que comamos? —propuso con una sonrisa relajada.

Nuria asintió y bajó a la pequeña cocina del velero.

Regresó poco después con una bandeja grande con la tortilla de patatas, la ensalada, el pan y el vino blanco helado.

Se había puesto un pareo semitransparente de color blanco que le cubría desde la cintura hasta medio muslo, pero la tela era tan fina que se transparentaba todo.

Le entregó otro pareo idéntico a Adriana, que se lo colocó agradecida alrededor de la cintura.

Guillermo y yo nos pusimos los bañadores, más por guardar las formas durante la comida que por pudor.

Nos sentamos todos sobre las toallas extendidas en la cubierta de popa, alrededor de la comida.

A pesar del pareo de Nuria, cada vez que se movía o cruzaba las piernas, se le veía claramente el coño.

Tenía los labios incluso más abultados y carnosos que los de Adriana, asomando oscuros y prominentes. Era imposible no mirarlos.

Empezamos a comer con apetito. El ambiente era extraño, pero extrañamente cómodo. Guillermo dio un trago largo a su cerveza y rompió el hielo.

—Esto es la verdadera libertad, ¿No os parece? Poder estar así, sin ropa, sin sentir vergüenza... Aquí, todo parece diferente.

Nuria asintió mientras pinchaba un trozo de tortilla.

—Exacto. El pudor es algo que nos imponen desde pequeños. Pero ¿por qué? El cuerpo es natural. Miradnos: cuatro adultos desnudos, comiendo como si nada. Nadie se muere. Nadie se escandaliza.

Adriana, que había estado bastante callada, intervino con voz pensativa.

—A mí todavía me cuesta un poco. Hace una hora jamás habría imaginado que estaría aquí completamente desnuda delante de vosotros. Pero… no es tan malo como pensaba. Me siento expuesta, sí, pero también liberada. Como si me quitara un peso de encima.

Miré a mi mujer. Estaba guapísima con el pareo blanco caído ligeramente sobre una cadera, las tetas al aire y el pelo revuelto por el viento.

—¿Y a ti, Jose? —preguntó Guillermo con una sonrisa cómplice—. Se te veía bastante… motivado antes.

Me reí, algo nervioso.

—Para mí es nuevo también. Pero me gusta. Me gusta mucho. Y ver que Adriana está cómoda… eso es lo mejor.

Nuria se inclinó para coger más ensalada y el pareo se abrió un poco más, dejando ver completamente su coño y parte de su culo. No hizo ningún intento de taparse.

—El pudor es cultural —continuó ella—. En muchas culturas antiguas se iba desnudo sin problema. Nosotros nos hemos complicado la vida solos. Aquí, en el Libertad, intentamos recuperar esa simplicidad. ¿Verdad, cariño?

Guillermo asintió y puso una mano sobre el muslo desnudo de su mujer.

—Totalmente. Y cuando ves que los demás también se sueltan, se crea una confianza brutal. No hay segundas intenciones… o bueno, sí las hay —dijo riendo—, pero son sanas. Es deseo natural, no sucio.

Adriana dio un sorbo a su cerveza y me miró de reojo.

—¿Y tú qué piensas realmente, Jose? ¿No te molesta que me haya quitado todo delante de ellos?

Respondí con sinceridad, sintiendo cómo mi polla volvía a endurecerse bajo el bañador:

—Al contrario. Me encanta verte así. Me pone muy cachondo, la verdad.

Se hizo un breve silencio cargado de significado. Nuria sonrió con picardía.

—Pues entonces estamos todos en la misma onda. Me alegra que no seas de esos maridos celosos y controladores.

Mientras comíamos, la conversación siguió fluyendo sobre el pudor, los tabúes del cuerpo, cómo el mar y la intimidad del barco permitían ser más auténticos.

Adriana participaba cada vez más, relajándose visiblemente.

Yo no podía dejar de mirar cómo Guillermo miraba de vez en cuando el cuerpo prácticamente desnudo de mi mujer.

El sol, la comida, el vino y la desnudez habían creado un ambiente único. Y yo, en el centro de todo, sentía esa excitación profunda y retorcida creciendo. Ver a Adriana aceptando cada vez más, exponiéndose, interactuando con naturalidad… era exactamente lo que había estado buscando.

Estábamos en plena comida, cuando se acercó otro yate.

Este era muy diferente al nuestro: un gran yate de motor, blanco y reluciente, enorme, de al menos veinte metros de eslora.

Se movía con la potencia silenciosa de los barcos caros.

En cubierta se veía claramente a cinco chicas y cinco chicos, todos jóvenes, alrededor de los veinte.

Las chicas estaban completamente desnudas, sus cuerpos bronceados y sin complejos bajo el sol.

Los chicos llevaban bañadores o iban también desnudos.

Nos saludaron con la mano y sonrisas amplias al pasar cerca.

Guillermo levantó la mano respondiendo al saludo.

Las chicas del otro barco se lanzaron al mar una tras otra, riendo y salpicando.

Sus cuerpos desnudos cortaban el agua con gracia mientras nadaban hacia la playa de la cala.

Los chicos las siguieron. En pocos minutos ya estaban todos en la arena, y se dirigieron a las pozas de barro.

Guillermo se recostó en su asiento con la copa de vino en la mano y comentó con naturalidad:

—Muy cerca de aquí, en Vera, está uno de los paraísos del nudismo en España. Hay resorts enteros, apartamentos y playas donde la gente va desnuda como algo completamente normal. Es una zona muy liberal.

Nuria asintió, mirando hacia el grupo que acababa de llegar a la arena con los cuerpos llenos de barro rojizo.

—Y no solo hay nudismo. También hay clubes swinger bastante conocidos a los que acude gente de toda España y del extranjero. El ambiente es francamente bueno, discreto y seguro.

Adriana, que seguía con el pareo blanco alrededor de la cintura y las tetas al aire, los miró con curiosidad.

—¿Vosotros habéis ido?

Guillermo sonrió con calma y respondió sin titubear.

—Sí. Varias veces.

Se hizo un silencio cargado. Yo intervine, sintiendo una mezcla de sorpresa y excitación.

—Joder, eso ya son palabras mayores.

Guillermo soltó una carcajada y me miró directamente.

—Es normal que lo veas así. Vosotros lleváis casados relativamente poco tiempo. Todavía estáis en esa fase de pasión de recién casados donde todo es intenso, donde os bastáis el uno al otro y el deseo parece inagotable. Es bonito. Pero cuando pasan los años… las cosas cambian.

Nuria apoyó una mano en la pierna de su marido y continuó con voz suave.

—Llevamos treinta años casados. Treinta.

Si no hubiéramos introducido este tipo de juegos, hace mucho que habríamos caído en la monotonía más absoluta.

El sexo se vuelve rutinario, aunque te quieras con locura.

Necesitas algo más para mantener la chispa.

La rutina trae cosas… malas. Infidelidades, abstinencia…

Adriana escuchaba atentamente y me miró de reojo.

Nuria siguió hablando.

—Es un paso complicado, no os voy a engañar. Hay que hablar mucho, dejarlo todo claro, poner límites y respetarlos. Celos, inseguridades, miedos… todo sale a la luz. Pero si se hace bien, puede ser una experiencia increíble que una mucho más a la pareja.

—Yo no sé si estoy preparado para algo así —confesé, mirando al suelo del barco y luego a Adriana.

Guillermo me observó con una expresión seria pero comprensiva.

—Lo estás, Jose. Solo que todavía no lo sabes. Lo veo en cómo miras a Adriana cuando otros la observan. En cómo te excitas cuando ella se suelta. Eso que tienes dentro no es solo curiosidad. Es algo más profundo.

Se inclinó un poco hacia delante y continuó con voz más reflexiva.

—Hay que estar muy preparado para ver a tu mujer entregada a otro hombre.

Para verla besando a alguien que no eres tú, gimiendo de placer con otra polla dentro.

O para que se ponga guapa, se arregle, se ponga lencería sexy y sepas que lo hace para que otro se la folle esa noche.

No es fácil. Hay momentos de celos que te queman por dentro.

Pero también hay un placer tan intenso, tan animal, que lo compensa todo.

Ver cómo tu mujer disfruta, cómo la desean, cómo la usan…

y saber que después vuelve contigo. Eso es algo que no se puede juzgar sin haberlo probado.

Adriana me miró de reojo. Yo noté que su respiración se había acelerado ligeramente. El pareo se le había abierto un poco más, dejando ver parte de su coño suave y depilado.

—Muchos hombres piensan que son muy seguros de sí mismos hasta que llega el momento. Entonces se dan cuenta de que es más difícil de lo que imaginaban. Pero los que lo superan… suelen repetir. Porque una vez que pruebas ese tipo de libertad, la monogamia estricta se vuelve demasiado pequeña.

Nuria añadió con tono más suave: