1 #3
Dudé unos segundos. El corazón me latía más rápido. No tenía ni idea de lo que haría mi mujer al proponerle desnudarse delante de dos personas prácticamente desconocidas. Miré hacia la proa, donde Adriana se estaba aplicando crema en los hombros. Finalmente, asentí.
—Vale. Acepto. Pero con cuidado, ¿eh? No quiero presionar a Adriana no vaya a enfadarse.
Guillermo sonrió satisfecho y llamó a su mujer:
—¡Nuria! Ven un momento, por favor. Ayúdame con estas boyas.
Nuria se levantó y se acercó. Guillermo le susurró algo al oído. Vi cómo ella abría un poco los ojos, sorprendida, pero luego sonrió y asintió. Volvió caminando hacia la proa, donde Adriana seguía echándose crema.
—Adriana —dijo Nuria con voz natural—¿De verdad no te importa que me desnude? Porque no quiero que te sientas incómoda ni nada por el estilo.
Adriana levantó la vista y sonrió con esa seguridad que cada vez me sorprendía más.
—No, de verdad que no me importa, Nuria.
Te lo digo sinceramente. Estamos en vuestro barco, en una cala, con un día precioso.
Si tú estás cómoda así, hazlo. Por mi parte no hay ningún problema.
Ya te dije que no queremos ser los aguafiestas que os impidan comportaros con la naturalidad con la que lo hagáis habitualmente.
Nuria se llevó las manos a la espalda y se desabrochó la parte de arriba del bikini.
Sus tetas, grandes y algo pesadas, cayeron libres.
Eran pálidas comparadas con el resto de su piel bronceada, con pezones oscuros y grandes.
Luego se bajó la braguita del bikini con un movimiento fluido, deslizándola por sus caderas y piernas.
Su pubis estaba completamente depilado, mostrando unos labios suaves y carnosos.
Cuando se giró para dejar la prenda en la toalla, pude ver su culo: redondo, generoso, con algo de celulitis, pero francamente apetecible.
También se le apreciaban unas leves marcas del bikini.
No era tan firme como el de Adriana, pero tenía una voluptuosidad madura muy atractiva.
Nuria cogió el bote de crema y empezó a echársela por las tetas. Sus manos resbalaban en círculos amplios, extendiendo la crema blanca sobre la piel pálida. Se tomó su tiempo, levantando cada pecho para cubrir la parte inferior.
Guillermo silbó con admiración desde la popa.
—Joder, ¡qué buena estás, cariño!
Yo aproveché el momento y grité hacia la proa, con voz juguetona:
—¡Adriana! No puedes dejar sola a Nuria, ¿eh? No seas maleducada.
Adriana se rio, nerviosa pero visiblemente excitada por la situación.
Se miró un segundo y luego se llevó las manos a la espalda.
Se desabrochó la parte de arriba del bikini y la dejó caer.
Sus tetas perfectas, firmes y bronceadas, quedaron al aire.
Los pezones se endurecieron al instante por la brisa marina.
Eran más pequeños y bonitos que los de Nuria, con esa forma redonda y natural que tanto me gustaba.
Se quedó así, sentada, cubriéndose ligeramente los pechos con un brazo por instinto.
—Me da un poco de vergüenza sacármelo todo… —confesó, mordiéndose el labio—. Todavía no estoy tan suelta como Nuria.
Nuria se rio con complicidad.
—Tranquila, no hace falta que lo hagas si no quieres. Ya es un gran paso que te hayas quitado la de arriba. Estás espectacular, por cierto.
Guillermo se me acercó un poco más.
—Joder, Adriana tiene un cuerpo de escándalo. Jose, eres un cabrón con suerte.
Adriana se sonrojó, pero sonrió, claramente halagada. Se giró hacia mí buscando confirmación. Yo asentí, con la polla ya medio dura dentro del bañador.
—Estás increíble, amor —le dije—. Haz lo que te apetezca.
Nuria siguió echándose crema, ahora por el vientre y las piernas, completamente desnuda y sin pudor.
Su culo se movía suavemente mientras se untaba.
Adriana, todavía con la braguita del bikini puesta, empezó a aplicarse crema en los hombros y el escote, sus tetas expuestas al sol y a las miradas de todos.
La conversación fluyó con naturalidad después de la tensión inicial:
—¿De verdad no te molesta? —preguntó Nuria otra vez, mirando a Adriana.
—De verdad que no —respondió Adriana—. Me parece liberador, la verdad. Y tú tienes muy buen cuerpo, Nuria. Se nota que te cuidas.
—Gracias. Tú sí que estás tremenda. Ese bikini rojo te queda de muerte, aunque ahora ya solo sea la parte de abajo —bromeó Nuria.
Guillermo me dio una palmada en el hombro y murmuró en voz baja:
—Esto va bien, ¿eh?
De repente, Adriana se incorporó. Sin decir una palabra, se llevó las manos a las caderas y se bajó la braguita del bikini con un movimiento decidido.
La tela deslizó por sus muslos y cayó a sus pies.
Se quedó completamente desnuda en la proa del velero.
Su coño, perfectamente depilado, brillaba bajo el sol con la piel suave y bronceada.
El contraste con el blanco de la marca del bikini hacía que pareciera aún más expuesta.
Sus nalgas redondas y firmes reflejaban la luz, y la brisa marina le erizaba la piel y los pezones.
Nuria sonrió con calidez, se acercó y le dio un beso suave en la mejilla.
—Gracias por no dejarme sola —dijo con sinceridad—. Eres un sol, Adriana.
Adriana se rio nerviosa, todavía de pie, intentando parecer natural.
Nuria no perdió el tiempo. Cogió el bote de crema, se echó una buena cantidad en las manos y se colocó detrás de mi mujer.
—Deja que te ayude con la espalda y las nalgas, que ahí es donde más te quemas —dijo.
Sus manos resbalaron con confianza sobre las nalgas de Adriana, extendiendo la crema en movimientos lentos.
Amasaba suavemente la carne firme, separando un poco las nalgas para asegurarse de que no quedara ni un centímetro sin proteger, o para algo más...
Adriana se tensó visiblemente, pero no se apartó.
—Date la vuelta —pidió Nuria con naturalidad.
Adriana dudó.
—Por delante ya me la echo yo —respondió, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—Tranquila, ya tengo la crema en las manos —insistió Nuria con una sonrisa—. No seas tonta.
Adriana se giró lentamente. Nuria se arrodilló frente a ella y empezó a extender la crema por su pubis.
Sus dedos resbalaron sobre el monte de Venus suave y desnudo, bajando hacia los labios mayores.
Adriana estaba claramente tensa, con los músculos del abdomen contraídos y la respiración más rápida.
—Joder, Adriana… lo tienes tremendamente suave —comentó Nuria, casi admirada, mientras sus dedos seguían extendiendo la crema con cuidado—Tienes la piel como de seda.
—Es por la depilación láser —explicó Adriana, con las mejillas sonrojadas—. Me la hice hace dos años y ya no me sale casi nada. ¿Tú cómo lo haces?
—Yo me rasuro. No soy tan moderna —respondió Nuria riendo, sin dejar de aplicar crema—. Cada dos o tres días me doy un repasito. Me gusta sentirlo todo limpio y suave. A Guillermo le encanta.
Guillermo, que observaba la escena desde unos metros, soltó una risa grave.
—Así es. Nada como una mujer bien cuidada.
El ambiente se había cargado de una electricidad extraña. Yo estaba completamente empalmado, con la polla presionando dolorosamente contra el bañador.
Entonces Guillermo se levantó. Sin ceremonias, se bajó el bañador y lo dejó a un lado.
Era un hombre maduro de más de cincuenta años—, con algo de barriga, pero los hombros anchos y unos brazos fuertes.
Su polla colgaba pesada, semierecta ya por la situación.
Era gruesa, más larga de lo normal incluso en reposo, con un glande muy oscuro y venas marcadas.
Se rascó el muslo con naturalidad y miró hacia mí.
—Solo quedas tú, Jose —dijo con una sonrisa burlona—. ¿Vas a ser el único vestido?
Todos me miraron. Adriana, desnuda y con Nuria arrodillada frente a ella aplicándole la crema, me observaba con una mezcla de diversión y expectación.
—Yo… —empecé, pero me quedé callado. No me atrevía a sacármelo. Estaba completamente empalmado. Tenía la polla tiesa y me daba palo. Si me quitaba el bañador, todos lo verían claramente. La vergüenza y la excitación me quemaban por dentro.
—Venga, Jose —insistió Adriana con voz suave, casi retándome—. No seas el raro del barco.
Guillermo soltó una carcajada.
—Tranquilo, hombre. Aquí todos estamos en las mismas condiciones. Además, por el bulto que veo en el bañador, creo que no vas a decepcionar a nadie.
Nuria se giró hacia mí y sonrió.
—Venga, Ya vemos que la tienes dura. No pasa nada.
Respiré hondo. El corazón me latía con fuerza.
Esta era otra línea más. Otro paso en la dirección que tanto deseaba y tanto temía.
Me levanté, me bajé el bañador de un tirón y lo lancé a un lado.
Mi polla saltó libre, completamente dura, apuntando hacia arriba.
Se movió ligeramente con el movimiento del barco.
Me sentí expuesto, vulnerable y extrañamente poderoso al mismo tiempo.
Adriana me miró directamente a la polla y luego a mis ojos. Me sonrió con complicidad y no apartó la mirada.
—Vaya… —murmuró Nuria con una sonrisa pícara—. Parece que la situación le gusta.
Guillermo soltó un silbido bajo.
—Buena herramienta, tío. No me extraña que Adriana esté siempre de buen humor.
Adriana se rio, nerviosa, y se cubrió la cara un segundo con las manos.
—Madre mía, esto se está poniendo muy loco —dijo, pero su voz tenía un tono excitado.
Nuria terminó de aplicarle crema en las piernas y se levantó. Las dos mujeres desnudas se miraron y luego nos miraron a nosotros. Guillermo y yo, también desnudos, con las pollas al aire bajo el sol del Mediterráneo.
El velero se mecía suavemente. El mar estaba en calma. Y yo sentía una excitación tan intensa que casi me mareaba. Ver a Adriana completamente desnuda, expuesta ante Guillermo y Nuria, y que ella aceptara la situación con esa naturalidad … era mejor que cualquier foto en internet.
Guillermo no tardó en moverse. Se acercó a la proa con paso tranquilo y se arrodilló junto a Nuria.
Las chicas estaban tan cerca la una de la otra que su rodilla casi rozaba la pierna de Adriana.
El ambiente se cargó de golpe. Guillermo tomó la cara de su mujer entre las manos y le dio un morreo profundo, sin pudor.
Sus lenguas se enredaron visiblemente. Nuria respondió con total naturalidad y su mano derecha bajó directamente a la polla de su marido, que cada vez estaba más dura.