CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1 #2
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Yo ayudé a Guillermo con las neveras portátiles mientras las chicas guardaban la tortilla, las ensaladas, el vino blanco bien frío y la fruta en la nevera.

Adriana se movía con soltura por el espacio reducido

—Ten cuidado con la nevera, que cabe justa —dijo Nuria riendo, mientras colocaba las toallas en un compartimento lateral.

Adriana se giró hacia mí con una sonrisa pícara, consciente del efecto que causaba. Su bikini rojo contrastaba con su piel dorada, y sus tetas se movían libremente con cada movimiento. Guillermo carraspeó y se centró en soltar las amarras.

Partimos del puerto de Aguadulce con el motor auxiliar a bajas revoluciones.

Guillermo estaba al timón, concentrado pero relajado.

El velero se separó del muelle con elegancia, dejando atrás las otras embarcaciones.

El agua era un espejo de color azul bajo el sol de la mañana.

Adriana se colocó en la proa, de pie, con el viento moviendo su pelo.

Desde atrás, su figura era espectacular.

Salimos del puerto y Guillermo izó la vela mayor.

El viento hinchó la tela con un chasquido suave y el velero ganó velocidad.

Apagó el motor y el silencio se llenó solo del rumor del agua cortando el casco y las gaviotas.

La costa de Almería se desplegó ante nosotros en toda su belleza salvaje y árida.

No era la costa verde y frondosa del norte; aquí era dramática, casi desértica.

Montañas ocres y rojizas caían abruptamente hacia el mar, salpicadas de vegetación baja y apenas algunas palmeras.

Acantilados imponentes, playas de arena fina y calas escondidas entre rocas.

Guillermo y Nuria, que conocían cada palmo de esa costa, nos iban indicando los sitios como guías expertos.

—Mira, esa de allí es la Playa de los Genoveses —señaló Guillermo, apuntando hacia una amplia bahía de arena fina—. Ideal para hacer surf, pero hoy está demasiado expuesta. Más adelante hay calas mucho más protegidas.

Nuria, sentada junto a Adriana, completaba la información:

—Esa montaña que ves al fondo es el Cabo de Gata. Todo esto es parque natural. Agua cristalina, poca gente… Por eso nos gusta venir en velero. Ahora vamos hacia las calas más escondidas, solo accesibles por mar.

Adriana escuchaba fascinada, con una mano en la barandilla y la otra protegiéndose los ojos del sol.

Su cuerpo brillaba con la crema solar. Guillermo aprovechaba cada explicación para acercarse un poco más, señalando con el brazo por encima de su hombro.

Yo observaba todo desde la popa. Ver cómo Guillermo devoraba con la mirada el cuerpo de mi mujer mientras fingía ser solo un buen anfitrión era puro combustible para mi mente calenturienta.

Navegamos durante algo más de una hora, bordeando la costa.

Pasamos junto a formaciones rocosas impresionantes, arcos naturales tallados por el mar y pequeñas playas vírgenes.

El agua cambiaba de color según la profundidad del fondo: del turquesa claro al azul intenso.

El sol pegaba fuerte, pero el viento hacía la travesía muy agradable.

—Allí —dijo Guillermo finalmente, señalando una cala casi invisible desde lejos—. Esa es perfecta. Se llama Cala del Moro. Muy poca gente la conoce.

Maniobró con maestría y fondeamos a unos cincuenta metros de la orilla, en una zona con fondo de arena.

El ancla cayó con un chapoteo y el velero quedó quieto, meciéndose suavemente.

El lugar era un paraíso: una pequeña media luna de arena blanca rodeada de acantilados altos que protegían del viento, agua cristalina donde se veían los peces nadando y absolutamente nadie alrededor. Solo otro par de barcos a lo lejos.

—¡Al agua! —exclamó Adriana, emocionada.

Se quitó las chanclas y, sin pensarlo dos veces, se lanzó desde la plataforma de popa.

El chapuzón fue limpio. Emergió riendo, con el pelo pegado a la cara y el bikini rojo todavía más marcado contra su piel mojada.

Nuria la siguió y yo me tiré después. Guillermo fue el último, después de comprobar que todo estuviese en orden.

El agua estaba deliciosa, fresca pero no fría.

Nadamos hacia la orilla, buceando entre las rocas.

Adriana salía del agua como una diosa: el bikini se le había desplazado ligeramente, dejando ver más piel de la necesaria.

Guillermo nadaba cerca, bromeando con ella.

Yo me quedé un poco atrás, disfrutando del espectáculo y de una extraña excitación que me empezaba a resultar adictiva.

Nadamos juntos hasta la orilla, el agua cristalina apenas nos llegaba a la cintura cuando tocamos fondo. La cala era aún más bonita de cerca: arena fina y blanca, rodeada de rocas oscuras y vegetación baja. Guillermo salió primero y nos esperó en la orilla con una sonrisa.

—Hay unas pozas sulfurosas naturales un poco más adentro, entre las rocas —nos dijo—. Los barros mineromedicinales son famosos por aquí. Son buenos para la piel, relajan los músculos y quitan toxinas. ¿Os animáis?

Todos aceptamos. Caminamos descalzos por la arena caliente hacia el interior de la cala. Entre unas formaciones rocosas encontramos las pozas: pequeñas charcas de agua tibia con un fondo de barro rojizo y espeso. El olor era ligeramente sulfuroso, como a huevos cocidos, pero no desagradable.

Guillermo fue el primero en meterse. Cogió un puñado de barro y se lo extendió por los brazos y el pecho.

Nuria le siguió, riendo mientras se untaba las piernas.

Adriana y yo nos miramos y nos unimos. El barro estaba tibio y suave al tacto, casi como una crema espesa.

Nos ayudamos unos a otros a cubrirnos: espalda, hombros, piernas, abdomen.

No era un ritual erótico, sino algo divertido y natural, como un tratamiento en un spa improvisado en plena naturaleza.

Adriana se untó bien la cara y el cuello, riendo cuando el barro le goteaba por la frente.

Yo me cubrí los hombros y la espalda con ayuda de Nuria.

En pocos minutos parecíamos cuatro estatuas vivientes de color rojo.

Volvimos caminando a la arena y nos tumbamos al sol, dejando que el calor hiciera su trabajo.

El barro empezó a secarse rápidamente bajo el sol intenso de Almería.

Al principio era agradable, una sensación fresca que se iba endureciendo poco a poco.

Al cabo de veinte minutos ya era una costra seca y dura, que tiraba ligeramente de la piel al moverse.

Adriana se miró los brazos cubiertos y soltó una carcajada.

—Madre mía, parecemos momias. Vamos a necesitar un martillo picador para quitarnos esto de encima.

Todos nos reímos. Nuria, con la costra ya cuarteada en algunas zonas, negó con la cabeza.

—No hace falta. Cuando nademos de vuelta al barco se nos caerá todo. El agua salada ayuda a que se desprenda fácilmente y el barro deja la piel súper suave y perfecta. Es uno de los mejores tratamientos naturales que hay.

Guillermo, tumbado con las manos detrás de la cabeza, aprovechó el momento para contarnos más sobre su velero.

—El barco se llama Libertad precisamente por esto —explicó—.

Lo compré hace tres años porque quería poder disfrutar a tope de la intimidad.

En el mar no hay miradas, no hay normas absurdas.

Solo tú, el agua y quien esté contigo. Aquí podemos ser nosotros mismos sin tener que dar explicaciones a nadie.

Nuria sonrió, todavía cubierta de barro seco.

—Y Nuria siempre se desnuda a bordo—añadió Guillermo con naturalidad—Le encanta tomar el sol sin nada encima cuando estamos fondeados en calas como esta.

Nuria se incorporó un poco, quitándose un trozo de costra del brazo.

—Tranquilos, eh —dijo con tono bromista pero amable—. No os voy a torturar enseñándoos mi cuerpo desnudo. No quiero que os sintáis incómodos.

Se hizo un breve silencio. Adriana, que estaba tumbada a mi lado, giró la cabeza hacia Nuria y respondió con total naturalidad:

—No seas tonta, Nuria. No queremos ser un obstáculo. Por mi parte no hay ningún problema. Si te apetece estar cómoda, hazlo. Encima de que nos invitáis, solamente faltaría que no pudieseis comportaros como lo hacéis normalmente.

Nuria sonrió agradecida. Guillermo me miró un segundo y yo asentí ligeramente, sin decir nada.

Por dentro, mi mente ya iba a mil. La idea de que Nuria se desnudara era apetecible y la naturalidad con la que Adriana lo había aceptado, la forma en que había dado permiso sin dudar…

eso sí que me excitaba. Era como si mi mujer estuviera abriendo nuevas puertas sin saberlo del todo.

El sol seguía cayendo con fuerza. El barro ya estaba completamente seco y empezaba a agrietarse.

Guillermo fue el primero en levantarse y correr hacia el agua.

Le seguimos todos. Al entrar, la costra se fue deshaciendo rápidamente.

Nadamos de vuelta al velero y, efectivamente, el barro desapareció por completo, dejando nuestra piel suave, limpia y con un tacto sedoso.

Subimos al barco entre risas y comentarios sobre lo bien que nos sentíamos. Adriana se pasó las manos por los brazos y las piernas, sorprendida por el resultado.

—Tienes razón, Nuria. La piel me ha quedado como si me hubiese sometido a un tratamiento en un centro de belleza.

Guillermo preparó unas bebidas frías mientras el velero se mecía suavemente.

Las chicas se colocaron en la proa del velero, donde el sol pegaba con más fuerza y había más espacio para moverse.

Adriana y Nuria extendieron sus toallas sobre la cubierta y se sentaron una al lado de la otra.

El “Libertad” se mecía suavemente con el ancla echada, y el mar brillaba a su alrededor como un espejo.

Guillermo y yo nos quedamos en la zona de popa, terminando de preparar unas claras bien frías. Él miró hacia las chicas y luego a mí con una sonrisa cómplice.

—¿Te gustaría ver a Nuria desnuda? —me preguntó directamente, sin rodeos.

Me pilló un poco desprevenido, pero no fingí sorpresa. Sonreí y respondí con sinceridad:

—No soy tonto, Guillermo. Claro que me gustaría verla. Tiene muy buen cuerpo. Pero tal vez sea una situación algo incómoda, ¿no? No quiero que nadie se sienta raro.

Guillermo soltó una carcajada baja y dio un sorbo a su cerveza.

—Precisamente por eso te lo digo. Podría intentar que se desnudase… siempre y cuando tú hagas lo mismo con Adriana. ¿Qué me dices? Es justo, ¿no?