1
Por la mañana llamaron a la puerta con insistencia.
Todavía estábamos resacosos por el vino de la cena, y tantas copas, que había perdido la cuenta.
Mis recuerdos eran una nebulosa que se perdía en las sombras de la noche.
El sol entraba con fuerza por las rendijas de la persiana.
Adriana gruñó, se tapó la cara con la almohada y murmuró algo ininteligible.
—Joder… que se vayan, Jose —dijo con voz pastosa.
Me levanté a duras, con la cabeza latiéndome, me puse unos pantalones cortos y bajé descalzo. Abrí la puerta y allí estaban Nuria y Guillermo, nuestros amigos de la urbanización, con una cesta de picnic enorme y sonrisas de oreja a oreja.
—Vamos, perezosos —dijo Guillermo con su voz potente—. Tenemos un paseo en yate pendiente. El día es perfecto. El mar está como un plato, y sopla una brisa ideal para navegar.
Nuria, vestida con un pareo atado al cuello, asintió entusiasmada sujetando la cesta.
—Hemos preparado tortilla, ensalada, vino frío y fruta. No podéis decir que no.
Les expliqué que Adriana estaba todavía durmiendo, casi muerta después de la noche. Vi cierta decepción en sus caras, especialmente en Guillermo, que siempre parecía alegrarse especialmente cuando Adriana se unía a los planes.
Desde lo alto de la escalera, con la voz todavía ronca pero decidida, Adriana gritó:
—¡Esperadme! Bajo en cinco minutos. No me lo perdería por nada del mundo.
Guillermo y Nuria sonrieron.
—Esa es mi chica —dijo él.
Mientras bebía un sorbo de zumo de naranja directamente de la botella para tomarme un ibuprofeno y tratar de paliar el dolor de cabeza que me martirizaba, se me vino a la mente una imagen borrosa de anoche en la que aparecía Guillermo subiendo las escaleras con Adriana,
con su brazo rodeándole la cintura con naturalidad, ambos mirándome un segundo antes de desaparecer por el pasillo hacia el dormitorio principal.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi se me cae la botella.
¿Qué coño había pasado anoche?
Los recuerdos eran fragmentos borrosos de risas, bailes lascivos, el coche, mi cuerpo derrumbándose en el sillón…
y luego nada. Un vacío negro. Subí las escaleras con la cabeza latiéndome y el estómago revuelto.
Al entrar en el baño, encontré a Adriana dentro de la ducha.
El agua caliente caía sobre su cuerpo desnudo.
Me senté en el borde del inodoro, frente a ella, y solté la pregunta que me quemaba por dentro:
—Adri… ¿qué pasó esta noche?
Ella abrió un poco más el grifo y empezó a quitarse el jabón de los brazos con lentitud, como si estuviera ganando tiempo. El vapor llenaba el baño.
—No recuerdas nada, ¿verdad? —dijo con una media sonrisa—. No me extraña, con la borrachera que llevabas… Pues lo que pasó, es que te perdiste lo que llevabas tanto tiempo reclamando.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Te acostaste con él? —pregunté, casi sin voz.
Adriana me miró a través del cristal empañado. Cerró el grifo y se quedó unos segundos en silencio, dejando que el agua resbalara por su piel.
—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó.
—Veros subir las escaleras… Él te llevaba por la cintura.
Ella salió de la ducha, cogió una toalla y empezó a secarse sin prisa. Su mirada era intensa, casi desafiante.
—¿Y no recuerdas cómo me sacó la ropa? ¿O cómo me besó delante de ti?
Negué con la cabeza, completamente anonadado. El corazón me latía con fuerza.
Adriana se acercó, aún desnuda, y se plantó frente a mí.
—¿Acaso no es eso lo que querías? ¿No es lo que llevabas preparando desde hace días?
Miré al suelo, negando otra vez. La confusión y los celos me invadían.
—¿O el problema es que no lo viste? —insistió.
—¿Cómo fue? —conseguí preguntar.
—Pues… fue intenso —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Se portó como un caballero.
—¿Te gustó?
—¿El qué?
—Joder, Adriana —exclamé, perdiendo la paciencia—. Follar con él.
Ella se quedó callada un segundo y luego soltó una risa baja, casi divertida. Se acercó más, aún mojada, y llevó su mano directamente a mi paquete, que estaba completamente duro dentro de los pantalones cortos.
—Realmente deseas verme follar con otros —murmuró, apretando suavemente—. Ya no me queda la menor duda.
Se inclinó y me besó en los labios con suavidad antes de susurrar:
—Pero siento dejarte con la miel en los labios.
Hizo una pausa dramática, mirándome a los ojos con una mezcla de ternura y picardía.
—Ayer no pasó nada.
Me quedé helado, procesando sus palabras.
—¿Cómo que no pasó nada?
Adriana sonrió con malicia mientras se envolvía en la toalla.
—Guillermo me acompañó arriba, sí. Me ayudó a quitarme el vestido porque apenas me tenía en pie.
Me dio un beso… bastante largo, la verdad.
Pero cuando vio que tú te habías quedado frito en el sillón, se rio y me dijo que no era así como quería que pasara la primera vez.
Que quería que estuvieras consciente. Así que me metió en la cama, me dio un beso en la frente y se fue a dormir con Nuria.
Me pasé las manos por la cara, entre aliviado y profundamente frustrado.
—Entonces… ¿todo lo que creí que había pasado…?
—Solo estaba en tu cabeza —dijo ella, acariciándome el pelo—. Aunque por lo que veo —bajó la mirada a mi entrepierna—, esa imaginación tuya funciona muy bien.
Se inclinó de nuevo y me besó, esta vez más despacio.
—Realmente se portó como un caballero —continuó Adriana mientras se secaba el pelo con la toalla—. Podía haberlo hecho. Yo estaba bastante borracha y dispuesta… pero no quiso.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Te lo habrías follado? —pregunté, casi en un susurro.
Adriana me miró directamente a los ojos, sin titubear.
—Sí. Lo habría hecho.
Oírselo decir fue duro. Más de lo que esperaba. Una punzada de celos me atravesó el pecho.
—Oírtelo decir es duro… —murmuré.
—Supongo que lo sería más verlo. ¿No? —respondió ella con una ceja ligeramente levantada.
No contesté. Me quedé callado, mirando al suelo del baño. Adriana se acercó y me acarició la mejilla con ternura.
—Venga, ve bajando. Tengo que terminar de arreglarme o nos van a dejar aquí.
Asentí en silencio y bajé las escaleras. Guillermo y Nuria ya estaban en el aparcamiento revisando la cesta de picnic. Me ofrecí a ayudar a llevar el resto de cosas que necesitaríamos.
Mientras cargábamos las neveras y las bolsas en el maletero del todoterreno de Guillermo, aproveché un momento en el que Nuria había vuelto dentro a buscar algo.
—Gracias… por lo de anoche —le dije en voz baja.
Guillermo me miró un segundo y sonrió con comprensión.
—No hay de qué, hombre. Ese tipo de cosas hay que hacerlas bien. Y más tratándose de una primera vez como es vuestro caso. No quería que fuera algo precipitado ni que luego te arrepintieras.
Asentí, tragando saliva.
—Te lo agradezco de verdad.
Él cerró el maletero con un golpe seco y me dio una palmada en el hombro.
—Aunque… me debes una —añadió con una sonrisa.
No supe si hablaba en serio o en broma, pero el tono fue suficiente para que se me acelerara el pulso. Antes de que pudiera responder, Adriana apareció por la puerta principal, ya vestida con un bikini debajo de un vestido ligero de verano, gafas de sol y el pelo aún húmedo. Estaba radiante.
—¿Listos? —preguntó con energía, como si no hubiera pasado nada.
Guillermo sonrió al verla.
Durante el trayecto hacia el puerto, intenté mantener la conversación ligera, pero mi mente no paraba de dar vueltas.
La imagen de Guillermo subiendo las escaleras con mi mujer, su brazo alrededor de su cintura, la posibilidad real de que hubiera ocurrido…
y el hecho de que Adriana admitiera sin dudar que se habría acostado con él.
Todo se mezclaba con el alivio de saber que no había pasado nada… y con una extraña decepción.
Sentado atrás con Adriana, observaba cómo hablaba animadamente con Guillermo. Ella reía y gesticulaba. Parecía cómoda. Demasiado cómoda.
Nuria me miró de reojo y sonrió con complicidad, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
No pude evitar pensar en cómo Guillermo miraba siempre a Adriana.
La primera impresión que me había causado, era la de un tío chulo y prepotente, pero realmente parecía un hombre atento, aunque evidentemente con gran experiencia en la vida.
Y… había algo en su forma de vivirla que alimentaba mi imaginación y me generaba una extraña excitación.
En el trayecto hasta el puerto, Guillermo nos explicó que nos iba a enseñar calas a las que solo se podía acceder por mar. Pequeños paraísos escondidos, con aguas cristalinas y casi sin gente.
Tardamos menos de veinte minutos en llegar a Aguadulce.
El pueblo era un encanto típico de la costa de Almería: casas blancas bajas salpicadas de buganvillas fucsias y rojas, calles estrechas y limpias que bajaban hacia el mar, un puerto deportivo modesto, pero bien cuidado, lleno de veleros y barcos de pesca.
El ambiente era relajado, mediterráneo puro.
Olor a sal y a fritura de chiringuitos, gente paseando y turistas en chanclas.
El sol brillaba con fuerza sobre el agua azul turquesa, y al fondo se veían las montañas áridas y doradas tan características de la zona.
Llegamos al puerto y Guillermo nos llevó directamente hasta su yate.
Era un Dufour de dos palos, elegante y robusto, de unos doce metros de eslora.
El casco blanco relucía bajo el sol, con una franja azul marino en la línea de flotación.
Los dos mástiles se elevaban imponentes, con las velas enrolladas.
En la popa tenía una plataforma para el baño y una mesa plegable.
La cabina era amplia, con asientos de cuero claro y una pequeña cocina interior.
Olía a nuevo. Guillermo lo manejaba con orgullo y experiencia.
—Bienvenidos a bordo del “Libertad” —dijo con una sonrisa mientras nos ayudaba a subir.
Adriana y Nuria, empezaron a colocar las cosas en la nevera de la pequeña cocina.
Una vez a bordo”, lo primero fue colocar todas las cosas.
El velero tenía una pequeña cocina interior, compacta pero bien equipada con nevera, fregadero, una pequeña vitrocerámica de un solo fuego y varios armarios.
Nuria y Adriana se pusieron manos a la obra con naturalidad.