2 #6
—¿Eso quieres? –dijo Adriana dirigiéndose a mí sin que él nos oyera —¿quieres que me vea con el bikini blanco otra vez? Ya sabes lo que va a ver…– su tono era directo. Yo aparté la mirada. – Contéstame a una cosa, ¿de verdad quieres que me vea con el bikini blanco mojado?
—No – reconocí ante ella – quiero quitártelo y que te vea las tetas — y levanté la mirada hacia ella envalentonado por el alcohol.
—¿Y tú le has preguntado a Guillermo si quiere verlas? – esto hizo sentirse a Guillermo totalmente superior y a mí un completo idiota. Pero seguí con el juego que parecía causarle tanto morbo a Adriana
—Guillermo, ¿te gustaría que en la piscina le quitase el sujetador para que le vieses las tetas a mi mujer? – pregunté sintiéndome humillado, pero con la polla totalmente tiesa.
—Pagaría por ver las tetas de tu mujer. – Dijo muy seguro de su superioridad. — Pero no sé si me voy a poder conformar solo con eso. ¿Crees que a tu mujer le gustaría que se las tocase? Nuria se irá a la cama, y yo me quedaré solo y abandonado. Deberíais tener piedad de mí.
Ambos se quedaron callados, mirándome, esperando una respuesta por mi parte, esperando que les diese el consentimiento a todo aquel juego que tanto parecíamos desear todos.
Sin embargo, quería ponérselo algo más complicado y que fuesen ellos los que me lo pidiesen.
Bastantes facilidades les estaba dando ya.
Yo quería que fuese Adriana quien dijese que ella quería mostrarse desnuda a Guillermo.
—Adriana mi amor, Guillermo dice que si te ve las tetas va a querer tocártelas – le dije. Me costaba mantener la dignidad diciéndole esas cosas. —¿Qué te parece? ¿Te apetece que te las toque?
—Jose, mírame – me pidió muy seria – Si le dices a Guillermo que estarías encantado de que me tocase las tetas, yo me dejaría hacerlo. Pero debes ser tú el que lo diga. No quiero que después me acuses a mí de ser una desvergonzada.
Me quedé un segundo cabizbajo. De nuevo me devolvía la pelota. Yo estaba tan excitado, y tan borracho, que apenas era capaz de pensar con claridad.
—Escucha Jose – me interrumpió Adriana – quiero que le digas a Guillermo qué más quieres que pase en la piscina. Díselo todo.
Cada vez se me hacía más difícil luchar contra la insistencia de Adriana.
Era evidente que quería que aquello pasase a mayores, pero quería que fuese yo el que diese el paso definitivo.
Ambos estaban en el mismo lado y querían que yo se lo pidiese, que les diese vía libre.
A esas alturas de la noche, entre la borrachera y lo cachondo que estaba continué con el juego.
—Guillermo, me gustaría que cuando estemos en la piscina, disfrutases de la visión que te voy a ofrecer de las tetas de Adriana. Que las mires todo lo que quieras y por supuesto se las puedes sobar delante de mí.
Al final, lo había reconocido ante ambos.
Estaba siendo yo el que se lo pedía. Ya no había vuelta a atrás por lo que continué – …
después, Adriana es posible que se saque también la parte de abajo y así la ves el coño.
Me encantaría que le volvieses a ver el coño a mi mujer, pero sin tela que lo proteja.
¿Tú quieres enseñarle el coño, Adriana? – le pregunté a ella que dudo apenas un segundo.
—Sí, se lo quiero enseñar – confesó segura – se lo quiero enseñar y que me lo toque – admitió. – Ya que mi marido se ha empeñado en compartirme, hagámoslo bien.
—Guillermo, ¿le tocarás bien el coño a mi mujer?
—Será un placer hacer que se corra. Pero Jose, dile la verdad a tu mujer de lo que pasará — ambos me miraron y yo me quedé unos segundos callado, pero no tenía sentido alargar más aquello.
—Adriana, cuando vayamos a casa y le enseñes el coño Guillermo te va a querer follar – le dije sin darle más vueltas — ¿Quieres que nos vayamos ya a ver lo que pasa?
Adriana dejo su copa en la mesa y me dijo – Venga, vámonos.
Nuria debe de estar con un cabreo… – y nos dirigimos los tres hacía el aparcamiento.
Yo iba en cabeza ellos dos detrás. No sabía si Guillermo seguiría tocándole el culo a Adriana.
Prefería no saberlo. Ya me había humillado bastante y ahora no tenía la menor idea de lo que podría pasar.
Al andar, mi borrachera se hizo más evidente.
Me costaba mantener un rumbo recto. Intentaba aparentar normalidad, pero me costaba no dar tumbos.
Adriana me preguntó si me encontraba bien.
Le dije que sí, pero era evidente que no podía conducir en aquel estado.
Entre los dos decidieron que me montase atrás y que conduciría Guillermo.
Tuve que aceptar. Ellos se sentaron delante, y yo me tiré atrás junto a Nuria.
Arrancó el coche y prácticamente al minuto me quedé dormido.
Me despertaron intentando sacarme del coche. Colaboré como pude para salir del asiento trasero y anduve agarrado a Guillermo hasta dentro de casa. Me tiré en el sillón del salón como un pelele.
—Voy al baño un segundo dijo Adriana — y vi como subía las escaleras
—Jose, quédate aquí mientras yo subo con tú mujer. – me dijo Guillermo.
Intenté incorporarme, pero todo me daba vueltas. Mi cuerpo cayó sin fuerzas en el sillón. Cerré los ojos un segundo y me quedé dormido.
Un embarazoso paseo en yate.