CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #5
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—No quiero que te enfades luego por lo que pase ni que te comas la cabeza. – me advirtió. —Si lo hago, no quiero una escenita de celos masculinos. Si quieres que lo haga, lo haré, pero decídete ahora.

—Te prometo que no me enfadaré. Al revés, quiero que lo hagas.

Adriana fue a decir algo, pero en ese momento oímos la puerta del baño.

—Adriana cariño, ¿estás ahí? – Era la voz de Nuria. Adriana soltó mi polla y me hizo gesto para que me abrochase. Yo puse cara de que, si seguía provocándome sin dejar que me corriera, iba a terminar con un dolor de huevos legendario.

—Sí, ¿qué pasa? – dijo tímidamente.

—Nada, que estábamos hablando de ir a tomar unas copas – le dijo Nuria mientras se encerraba en el urinario de al lado.

Oímos como subía la tapa y se sentaba y como empezaba a salir su chorrito.

Adriana tiro de la cisterna y aprovechó para abrir la puerta.

Me hizo gestos para que saliese a toda prisa, mientras ella le decía que por nosotros estaría genial, que nos apetecía alargar la noche.

Salí de allí y me acomodé la polla hacia arriba para que no se me notara el bulto en el pantalón.

Cuando lo conseguí, salí de nuevo a la terraza.

Guillermo estaba guardando su tarjeta. Acababa de pagar.

Sostuvimos la clásica discusión de hombres sobre quién debería pagar, o por lo menos, que lo hiciésemos a escote, pero Carlos y Eva me dijeron que a ellos no les había dejado pagar tampoco.

Guillermo dijo que las copas corrían a nuestra cuenta, y que quedaríamos en paz, ya que pensaba tomarse unas cuantas.

Estábamos decidiendo el sitio al que ir, cuando aparecieron Adriana y Nuria que venían del baño.

Nos trajeron los coches y Guillermo dijo que conocía el lugar perfecto para las copas. Era un sitio con terraza descubierta y pista de baile interior y exterior.

Cuando llegamos, vi que la gente era algo más mayor que nosotros, aunque más jóvenes que ellos.

La media rondaría los treinta y cinco o cuarenta años, y todo el mundo iba de punta en blanco.

Fui a pedir una ronda de copas que pagué yo.

Pese a que era un sitio caro, ni se acercaba a lo que se debía de haber gastado Guillermo en la cena.

Poco a poco nos fuimos dispersando entre la pista y una mesa en la terraza.

Yo vigilaba estrechamente a Adriana que no se separaba de Guillermo.

La veía mirarme de reojo de vez en cuando, y ella me sonreía con complicidad, para después desviar la mirada y clavarla en Guillermo.

Adriana se reía con lo que le contaba Guillermo.

Le agarraba del brazo y pegaba su cuerpo al suyo No hacía ni media hora que le había dicho a Adriana que quería que hiciese aquel juego, pero me estaba arrepintiendo de haberlo hecho.

No es que estuviese celoso, pero la mirada que me lanzó Carlos me hizo sentir incómodo.

Parecía más que sorprendido de la actitud que mantenían delante de nosotros.

Estaba excitado, pero en el fondo me molestaba ver a Adriana hacer aquellos coqueteos delante de Carlos y su mujer.

—Déjales – me dijo dulcemente al oído Nuria – Ven te invito a una copa – dijo cogiéndome de la mano y llevándome hacía la barra para que me olvidase de lo que estaba pasando.

—No, si no pasa nada – intenté disimular yo.

—Guillermo parece que se la va a comer, pero no pasará nada. Le gusta ser el centro de atención y que todas las mujeres le miren –me explicó como si estuviese acostumbrada a tener que lidiar con maridos celosos.

—Te aseguro que no pasa nada. No me molesta en absoluto – le dije tratando de parecer calmado.

—Además, piensa que así me tienes toda para ti, y si como dices, te parezco tan guapa, podremos echar unos bailes nosotros tranquilamente –dijo guiñándome un ojo. Sin darme tiempo a responder me cogió de la mano y me guio hasta la pista de baile de dentro, en la que sonaba música de los ochenta.

Por el camino les dijo a Carlos y Eva que se vinieran con nosotros. Me encontré en la pista bailando una música que para nada iba conmigo. Además, nunca había sido un buen bailarín.

Nuria necesitaba poca colaboración por mi parte.

Se movía muy bien y para mí era todo un lujo tener a esa autentica hembra bailando conmigo.

Vi como muchos la miraban con cara de deseo.

Una mujer así gusta a cualquier edad. Cada vez me fui soltando más.

Estuvimos como una hora bailando y fui a pedir otra ronda de copas.

Carlos y Eva se nos acercaron para despedirse.

Nos dijeron que ellos se iban a ir marchar ya.

Cuando regresé con las copas me acerqué a la pista y allí les vi.

Estaban bailando. Guillermo apenas se movía, pero Adriana lo hacía de una forma increíblemente sensual.

Guillermo se arrimaba a ella todo lo que podía.

Había un tonteo descarado por parte de los dos.

En un momento dado vi algo que no me esperaba.

Guillermo hizo que Adriana girase sobre si misma al ritmo de la música y cuando volvió a su posición junto a él, llevó sus manos a su culo con total descaro.

Adriana le miró, pero no dijo nada. Siguieron bailando con las manos de Guillermo en el culo de Adriana que seguía moviéndose al ritmo de la música.

Vi que Adriana miraba alrededor de la pista hasta que me divisó.

Nuestras miradas se cruzaron. Las manos de Guillermo aún reposaban en sus nalgas, moviéndose y palpando todo lo que podían el culo de mi esposa que, por otro lado, se lo permitía y parecía encantada con aquel magreo.

Guillermo le dijo algo al oído, ella rio y le dio un pequeño golpe en el brazo.

Cambiaron de posición, y me fijé que una de sus manos se acercaba peligrosamente al pecho de Adriana.

¿Le iba a tocar las tetas delante de todo dios?

El corazón me latía a mil por hora. Sin embargo, Guillermo con uno de sus dedos cogió el borde del vestido de Adriana, lo abrió un poquito y adelantó su cabeza echando un vistazo al interior del escote.

Adriana me miró desafiante mientras dejaba que Guillermo observase a su antojo su escote.

Ese cabrón se había salido otra vez con la suya.

Por suerte para mí Carlos y Eva se habían marchado ya, y no tuve que enfrentarme a miradas inquisidoras.

Nuria bostezó a mi lado, y me dijo que no podía tomarse una sola copa más.

Me dijo que nos marcharíamos en breve. Al rato, Guillermo y Adriana dejaron de bailar, y se nos acercaron.

Les vi llegar hasta nosotros. Me fijé que Nuria no tenía cara de estar demasiado contenta con la forma en la que evolucionaba la noche. Apuré los últimos restos de mi copa.

—Chicos voy al baño – dijo Adriana visiblemente achispada – Pedidme una copa. Estoy seca de tanto bailar.

—No. Vámonos ya. Mañana tenemos que madrugar si queremos aprovechar bien el paseo en el barco. – Dijo Nuria tratando de poner fin de una vez a todo aquello.

—Yo también estoy agotado. Creo que deberíamos irnos. – dije yo cansado y visiblemente borracho ya que me costó pronunciar aquellas palabras sin que se me trabase la lengua.

—Venga Jose, no seas muermo, tío. Nos tomamos la penúltima y nos vamos – insistió Guillermo – vamos a pedir tú y yo mientras Adriana va al baño.

—Venga amor. No seas aguafiestas. Una más, porfi. —Dijo Adriana llevando su mano a mi culo y dándome un pellizco.

Se marchó dejándonos a los dos solos camino de la barra. Nuria dijo que no quería beber más, y lanzó a Guillermo una mirada asesina. Obligado por su insistencia, pedí las tres copas. En ese momento Guillermo se me acercó al oído. Era evidente que también estaba bastante cargado.

—Joder tío, no sé si lo habrás visto pero me estoy poniendo las botas con tu mujer.

—No, no os he visto ¿qué ha pasado? – le pregunté haciéndome el loco.

—La he estado sobando a mi antojo – me explicó haciendo gestos ostentosos con las manos – incluso le he preguntado si se pensaba poner el bikini blanco. Después he puesto en duda que llevase sujetador, así que le he dicho que quería comprobarlo y me ha dejado mirar por debajo del vestido.

Las palabras de Guillermo describiendo lo que yo había visto, me jodían, pero no puedo negar que también me estaba poniendo a cien.

Adriana apareció y cogió su copa. Vio mi cara entre borracho, enfadado e incrédulo. Me preguntó si me pasaba algo y Guillermo se adelantó a decir que había bebido demasiado. Era verdad y le seguí la corriente. Nuria intervino para apoyarme y empezó a decir que era tarde ya.

Guillermo, inasequible al desaliento, le dijo a Adriana que quería un último baile y sin cortarse lo más mínimo ante mi presencia y la de su mujer, le puso de nuevo una de sus manos en el culo y la empujó hacia la pista.

Adriana me miró al instante. No dije ni hice nada.

Solo la miré. Esperó unos segundos para ver si yo ponía fin a aquello, pero yo seguía mirando cómo le sobaban el culo a mi mujer.

Al ver mi pasividad Adriana le dijo que no quería bailar más. Y dirigiéndose a Nuria le dijo:

—Tú marido es un pulpo, vas a tener cuidadito con él.

—No será que no os he avisado. Ya os dije que es incansable. Venga, Guillermo. Ya está bien por hoy. Vámonos a casa. —Su tono ahora era ya de enfado, y Guillermo lo detectó enseguida.

—De acuerdo, de acuerdo. —dijo él tratando de ser conciliador. ¿Qué os parece si nos vamos a casa a la piscina?

—¿Ahora? – exclamó Nuria no muy convencida – ¿Pues…? No me apetece mucho darme un baño a estas horas. Mañana tengo que preparar algo para comer en el barco y no quiero acabar a las tantas.

—A mí me parece una buenísima idea – dijo Guillermo.

—Yo también seguiría un rato más, pero Nuria tiene razón – dijo Adriana.

—Pues no hay más que hablar. Os espero en el coche. – dijo Nuria encaminándose a la salida.

—Bueno… — comencé a decir dubitativo – estaba pensando… que Guillermo te quiere ver con el bikini blanco. Por eso quiere ir a la piscina ahora.

—Evidentemente – dijo Guillermo cuando Nuria ya se había marchado en dirección al aparcamiento – apoyo la moción.