CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #4
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Permanecí como un pasmarote totalmente desnudo y empalmado con la esperanza de que terminase la mamada, pero sabía que no iba a ocurrir.

Al ver que no lo iba a hacer, cogí mis calzoncillos y me los puse y le dije en tono jocoso, aunque jodido, que era una zorra.

Ella se rio, pero me dijo que solo tenía que aguantar un poquito hasta la noche, y que de esa manera lo cogería con más ganas.

Le encantaba llevarme al límite. Comencé a vestirme y Adriana me advirtió que me pusiese elegante.

Le pregunté si sabía ya como iban a ir el resto, y me contestó que suponía que iríamos a algún sitio elegante, y que era mejor que fuese bien vestido para no desentonar.

Ella estaba impresionante, sensual, elegante…

pero ¿se había vestido así por Guillermo o para mí?

No dije nada me vestí con unos chinos nuevos, una camisa de vestir, y una americana ligera.

A los poco minutos bajó ella. Desprendía sensualidad o incluso sexualidad.

Sentí que me excitaba solo con verla de aquella guisa.

Observé la seguridad de sus movimientos, cada gesto era pura seducción, y supe que iba a ser una noche larga.

Pasó por delante de mí hacía la puerta. Miré su culo, sus piernas y su escote. Era una auténtica belleza. Ella se echó el último vistazo en el espejo de la entrada para asegurarse de que iba perfecta. Cogí las llaves del coche, y le dije ya estaba listo.

Salimos a los coches. Éramos los primeros, aunque en seguida aparecieron Carlos y Eva y al momento Guillermo y Nuria.

Pude observar que Guillermo puso una ligera sonrisa al ver cómo iba Adriana de guapa.

Supongo que al igual que yo pensaría que había hecho eso porque él se lo había pedido.

Decidimos ir en dos coches. Guillermo dijo que prefería no llevar el suyo.

Yo dije que a mí no me importaba y Nuria dijo que se venía con nosotros y que Guillermo fuese con Carlos y Eva.

Pude ver la cara de decepción de Guillermo, aunque trató de disimularla con alguno de sus comentarios en tono de broma, pero era evidente que su mujer en un segundo le había estropeado el plan. Carlos nos dijo que les siguiésemos.

El trayecto transcurrió hablando de cosas sin importancia.

Adriana le fue preguntando a Nuria, que iba en la parte trasera por sus problemas en la empresa.

Apenas pude oír la respuesta, entre otras cosas porque estaba concentrado en seguir a Carlos y…

en mirar por el retrovisor el generoso escote del vestido de Nuria.

Creo que en un par de ocasiones me pilló mirándoselo, aunque dudaba que por el espejo pudiese distinguir si le miraba a la cara o a las tetas.

Por fin llegamos al restaurante. Estaba en las afueras del pueblo junto a la playa.

Vi como Carlos paraba en la puerta y salían los tres del coche.

Carlos le entregó las llaves a uno de los aparcacoches del restaurante que se subió y se marchó con el coche.

Yo avancé hasta la puerta y aunque no estaba acostumbrado a aquellos lujos hice lo mismo y entregué las llaves a otro de los empleados.

Nada más entrar al restaurante, se nos acercó un maître de unos sesenta años, vestido con un elegante traje oscuro.

Sonrió con elegancia y que le tendió la mano a Guillermo.

Este la cogió y le abrazó. Era evidente que se conocían muy bien.

Charlaron unos segundos sobre la increíble demanda del restaurante, y de la dificultad para conseguir una reserva.

En cuanto vio aparecer a Nuria, se giró hacia ella con estudiada galantería.

–Cómo es posible que cada año estés aún más guapa – y la besó.

–Cada día eres más adulador Joaquín – Le dijo Nuria aceptando con agrado los piropos de aquel hombre mientras le abrazaba cariñosamente.

–Además veo que vienes francamente bien acompañada. ¿Quién es esta preciosidad? – Dijo dirigiéndose a Adriana.

Guillermo se adelantó a decir que éramos unos amigos que habíamos alquilado un apartamento en la urbanización, y que habíamos hecho muy buenas migas durante las vacaciones.

–Venid, acompañadme a la mesa que os hemos preparado. – y nos guio por unas escaleras.

Aparecimos en una terraza privada. En la parte superior del restaurante.

Era una terraza amplia, con una mesa grande para los seis al fondo.

Las vistas eran espectaculares. La luna se reflejaba sobre el mar.

La temperatura era perfecta para una velada en la terraza.

Veíamos todo el pueblo a nuestros pies. El mar a un lado y el coqueto puertecito al otro.

Si nos asomábamos veíamos la terraza principal del restaurante abarrotada, con infinidad de camareros ajetreados tratando de dar servicio a todas las mesas.

Estuvimos unos minutos alabando el sitio y las vistas y felicitando a Guillermo por su elección.

Aparecieron un par de camareros con vino blanco muy frío, cerveza y canapés.

La conversación se centró en la gastronomía del local, en las alabanzas de Guillermo hacia la cocina moderna con toques tradicionales y en algunas opiniones políticas realizadas en tono informal, sin querer profundizar en exceso en el tema.

Como siempre suele suceder en este tipo de cenas, las mujeres charlaban por un lado y los hombres por otro.

Guillermo nos indicó que nos fuésemos sentando.

Guillermo y Nuria presidian la mesa. Uno a cada lado.

Por su parte Carlos y Eva se sentaron en un lado de la mesa y Adriana y yo en el otro.

Dudé unos segundos si sentarme al lado de Nuria o al lado de Guillermo, pero fue Adriana la que, ante mi indecisión y tal vez porque por su posición le pillaba más cerca, se sentó al lado de Guillermo.

En cuanto estuvimos todos sentados, Guillermo nos indicó que había pedido unos entrantes por su cuenta.

Que decidiésemos solamente el plato principal.

Joaquín apareció ceremonioso con una botella de vino blanco, se situó al lado de Guillermo y le sirvió un poco en la copa para que diese el visto bueno.

“Un vino gallego para variar”, nos anunció.

Guillermo con un movimiento estiloso movió el vino, lo olió y lo probó mientras todos le mirábamos.

Bajó su copa y volvió a oler el contenido.

—Ya sabes que no tengo ni idea de vinos. Dáselo a probar a Nuria, que ella es la experta en estas cosas. – le soltó ante las risas de todos.

—Pero te gusta mucho hacer este ritual, que yo lo sé – le dijo Joaquín riéndose y yéndose hacia Nuria y sirviendo en su copa.

Nuria se interesó por el origen del vino y le felicitó por la elección. Se trataba de un ribeiro muy afrutado, ideal para el acompañamiento de pescados y mariscos. Nos sirvieron a todos mientras empezaban a traer la comida.

Colocaron tres bandejas en la mesa con un amplio surtido de mariscos a la plancha.

En cuanto Guillermo cogió el primer langostino de Vinaroz, se abrió la veda para empezar a cenar.

Estaban realmente espectaculares, con su justo punto de plancha.

Con aquel vino, el maridaje era perfecto.

La charla cada vez fue haciéndose más animada.

Como siempre con Guillermo llevando la voz cantante.

–Veo que te gustan las vistas – me dijo entrando en sus juegos de dobles sentidos, porque había observado que mis ojos habían estado desde que nos habíamos sentado pasando fugazmente por el generoso escote de Nuria.

En alguna ocasión, ella se dio cuenta, pero en lugar de molestarle, parecía disfrutar de mis miradas.

– Si, inmejorables – dije con la mejor de mis sonrisas. A la primera botella de vino, siguió otra, y un poco después una tercera. El vino entraba como agua. Tanto Guillermo como Nuria nos mantenían siempre las copas llenas a todos.

Cuando terminamos la cena Nuria nos preguntó si la dejábamos elegir a ella los postres. Todos estuvimos de acuerdo. Pidió tres diferentes, y dijo que mejor los compartiríamos porque eran bastante abundantes. A todos nos pareció lo mejor ya que habíamos cenado demasiado.

Por como estábamos situados era imposible que Nuria y Guillermo compartiesen el postre, así que Adriana propuso que ella lo compartiría con Guillermo, y yo podría compartirlo que ella.

Guillermo y Adriana jugueteaban a quitarse la comida de la cuchara el uno al otro. Carlos y Eva se hacían fotos con el móvil supongo que para sus redes sociales y Nuria entre cucharada y cucharada me insistía en que yo comiese.

Era una tontería, pero me excitó pensar que esa cucharilla había estado hacía unos segundos en su boca.

La crema de higos era espectacular. Pese a no ser muy goloso me pareció que era el mejor postre que había probado nunca y así se lo dije.

Eso animo a Nuria a darme unas cuantas cucharadas más mientras yo miraba con disimulo su escote.

En un momento dado me di la vuelta y vi a Adriana mirándome.

No era una mirada de reproche, pero sí de que ella se estaba dando cuenta de todo.

Acabados los postres, nos ofrecieron unos chupitos de licores caseros. Eran bastante fuertes, pero estaban helados, e igual que había pasado con el vino, se deslizaban por la garganta sin que apenas te dieses cuenta. Cuando lo terminé me levanté y me fui al baño.

Mientas meaba vi que tenía la polla medio erecta.

Entre la mamada de Adriana antes de salir, que me había dejado a punto de correrme y las vistas de las tetas de Nuria, no era capaz de que se pusiese en reposo.

Cuando terminé me lavé las manos y me dispuse a regresar a la mesa.

En ese momento entraba Adriana a los baños.

Se dirigió decidida hacia el baño de mujeres, pero al pasar por mi lado, se detuvo y me echó mano al paquete.

Apretándomelo fuertemente. Me besó de forma apasionada, metiéndome la lengua mientras apretaba con fuerza mi polla que cada vez se ponía más dura.

De repente me soltó y abrió la puerta del baño de mujeres miró dentro, me cogió la mano y tiró de mí hacia dentro.

Me metió en uno de las cabinas y echó el pestillo.

Se sentó en el váter mientras me desabrochaba el pantalón.

Mi polla saltó como un resorte hacia su cara en cuanto levantó la goma de los calzoncillos.

La cogió con la mano y empezó a hacerme una paja.

Levantó la mirada y sin dejar de pajearme me dijo:

—¿Estás seguro que quieres que caliente a Guillermo? Ya sabes que estas cosas se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban…

—Sí, quiero que lo hagas – dije pensando solamente en el placer que me producía oírla decir eso mientras me hacía una paja.