CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #3
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Su culo se movió ligeramente hacia atrás, rozándome. Sentí el contacto con aquellas nalgas todavía duras. Mi polla empezó a endurecerse dentro del bañador.

—Nuria… —empecé.

—Tranquilo —me cortó, girando la cabeza hacia mí con una sonrisa traviesa—. No voy a hacer nada que no quieras. Solo… estoy aquí. Y si quieres…

Dejó que la frase flotara entre nosotros. Luego se giró completamente, quedando frente a mí. Sus pezones, duros bajo la tela fina del bikini, casi tocaban mi pecho. Me miró a los labios un segundo y luego a los ojos.

—Adriana es muy afortunada —susurró—. Pero si alguna vez quieres… explorar un poco más… solo tienes que decirlo. Guillermo no se enfadaría. Al contrario.

Su mano rozó mi costado bajo el agua, un toque ligero, casi inocente, pero cargado de intención. Se quedó allí unos segundos, mirándome fijamente, dejando que la tensión creciera.

Entonces sonrió con dulzura, como si nada hubiera pasado, y se separó un poco.

– Bueno me voy a casa. Esta noche nos vemos – y salió lentamente del agua. Cogió su toalla y se fue para casa.

A los pocos minutos apreció Adriana. Tardé en salir del agua, porque estaba completamente empalmado.

—Qué bien me ha sentado la siesta – me dijo dando un sorbo al café con hielo que se había bajado — ¿Has dormido algo?

— Que va, no me dormía y he estado en la piscina un rato.

—Tú y tus comeduras de cabeza – me dijo con pasividad – Relájate, no hemos hecho nada malo.

—No es por eso. Solo que no tenía sueño.

—Vale, como tú digas. ¿Qué has estado, solo? – me preguntó.

—Sí, he estado relajándome en el agua— No sé por qué, pero no me apetecía decirle que había estado con Nuria.

—En un rato subo a casa y me arreglo un poco que si no luego se nos hace tarde.

Finalmente pasamos la tarde sin hacer prácticamente nada.

Estuve viendo el móvil mientras Adriana subió a ducharse.

Había varios mensajes de Raulolo, que decía que el consolador equino, no le entraría a su mujer.

Todos le llamaban rajado, y le pedían que lo intentase.

Montse colgó otra foto, en la que se lo metía en la boca, y realmente dudé que aquello le entrase a Adriana.

Aburrido, vi que se había dejado el teléfono en la mesa.

Algo me hizo levantarme y cogerlo. Sabía que no debía, que era una invasión de su intimidad, pero es que incluso me sabía su pin.

Solo sería un vistazo rápido. Nunca había hecho eso y no sé qué era lo que me impulsaba a hacerlo, pero sentía la necesidad de leer sus conversaciones.

Nada más poner el pin aparecieron todas sus conversaciones recientes de WhatsApp

Mis ojos se fueron a “Guillermo”. ¿Cuándo cojones había hablado con él? La conversación era de esa misma tarde. De hacía solamente unos minutos. Mire hacia arriba y escuche el sonido de la ducha y decidí abrirla. Ante mis ojos apareció una conversación corta que no pude evitar leer.

“¿Qué tal te ha sentado la siesta? ¿Preparada para esta noche?”

“No empieces… Sólo vamos a cenar para despedir a tú mujer.”

“Bueno no seas tú también como los vecinos. Siempre podemos pasárnoslo bien. Además, hoy es sábado.”

“Bueno ya veremos cómo se da la noche”

“Con la compañía que voy a tener seguro que bien. Ponte elegante que el sitio lo merece.”

“Me estás diciendo que no voy elegante normalmente?”

“No, solo era una excusa para decirte que te pusieras guapa. A ser posible de blanco. Ahora es mi color favorito.”

Anda cállate ya.”

“Vale, pero ponte algo sexy.”

“Ya veré. Te dejo que me voy a ir arreglando.”

“Adiós preciosa.”

El muy cabrón se la andaba trabajando por su cuenta. Oí que se cerraba el grifo. Aun disponía de un par de minutos. Me percaté de que me estaba excitando. ¿De verdad me estaba poniendo cachondo que este tío se quisiera follar a mi mujer en mis narices?

Mire el móvil y había otra conversación con Emma. Sabía que allí encontraría la verdad sobre lo que pensaba Adriana de lo que estaba pasando. A Emma no le ocultaría la verdad de lo que sentía.

“Emma, ¿estás? Necesito contarte algo… no sé ni por dónde empezar.”

“¡Dimeeeee! ¿Qué pasa loca? “

“Estamos en la urbanización y hemos conocido a una pareja. Son majísimos… pero la cosa se ha puesto rara.”

“¿Rara cómo? Cuéntame todo YA”

“Pues… que el marido, un madurito muy potente, se ha empeñado en follar conmigo.”

“¡Hostia puta!! ¿Y tú qué hiciste??”

“Al principio me tensé, pero… no sé. Me gustó. Me pone cachonda. Y Jose está embaladísimo.

“¿No jodas? ¿Le excita el tema?”

“Pues creo que sí…. Y hoy vamos a salir a cenar, no sé, me da miedo que esto se “salga de madre” pero también me pone mucho.”

“Madre mía. Y yo aquí en Italia harta de pollas. Llevo tres italianos en diez días y ya estoy hasta el coño (literal). Todos guapos, pero vacíos.”

“Jajajaja pobre. Pues aquí el ambiente está muy cargado. No sé qué va a pasar estos últimos días. Jose está muy raro, le pone que me miren y que me toquen. Creo que quiere más…”

“No jodas… Pues ponle unos cuernos de los que no se pueda olvidar”

“Eres una pervertida. Te quiero. Mañana te escribo más.”

“Y yo a ti. Fóllatelo, zorra. Mándame fotos del madurito.”

Dejé el móvil sobre la mesa y me volví al sillón. Era evidente que Adriana no le hacía ascos a Guillermo. Al contrario. Le atraía. Le ponía. Y no solo por el juego. Había deseo real.

La cabeza me iba a estallar. “¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Tolerarlo? ¿Fingir que no pasaba nada y seguir jugando? Yo había provocado todo aquello. Yo había sido el que había empezado”. Yo había abierto la puerta. Y ahora que la puerta estaba abierta de par en par, ¿tenía derecho a quejarme?

¿Qué clase de marido era yo? Un cornudo.

Esa palabra resonaba en mi cabeza como un eco sucio.

Un cornudo consentidor. Un hombre que se excita viendo cómo su mujer desea a otro.

Porque sí, me ponía cachondo. Leer que a Adriana le excitaba todo aquello me provocaba una mezcla enfermiza de orgullo, humillación, amor y un deseo oscuro.

Pero ¿hasta dónde estaba dispuesto a llegar? ¿Y si aquello era el comienzo de algo más peligroso? ¿Y si ella quería más? ¿Y si un día me pedía follar con otros? ¿Sería capaz de soportarlo?

Las posibles consecuencias me aterrorizaban. Podía perderla. Podía convertir nuestro matrimonio en algo irreconocible. ¿Y si después de probar a otro ya no le bastaba conmigo? ¿Y si se enamoraba? ¿Y si esto que ahora era excitante se convertía en un veneno lento que destruía todo lo que teníamos?

Y sin embargo… no quería parar. Me sentía poderoso y patético al mismo tiempo. Poderoso porque era yo quien controlaba el juego (o eso quería creer). Patético porque estaba permitiendo que otro hombre entrara en la cabeza de mi mujer. Porque yo mismo lo estaba invitando.

Adriana rompió el hilo de mis pensamientos gritándome desde arriba que me fuese preparando que no quería que llegásemos los últimos otra vez. Traté de apartar todo aquello de mi cabeza y subí. Adriana se estaba poniendo crema en el cuerpo y yo me metí al baño.

¿Crema para el cuerpo? ¿La usaba habitualmente o esta noche quería arreglarse para otro? Me miré en el espejo, y vi que estaba excitadísimo. Tenía la polla como un mástil. Una erección tan potente, que me dolía.

Cuando salí con la toalla en la cintura me sorprendió ver a Adriana esperando a que saliese.

—¿Qué te parece? —preguntó girando sobre sí misma.

Llevaba un vestido negro corto, ajustado, con un escote profundo que dejaba a la vista gran parte de sus tetas firmes y bronceadas. Y no llevaba sujetador... La falda terminaba bastante más arriba de medio muslo, y cuando se movía pude intuir que no llevaba bragas. O si las llevaba, eran mínimas.

Se puso unas sandalias de tacón alto negras que estilizaban sus piernas. Se miró al espejo una última vez, se ajustó el escote para que se viera un poco más de canalillo y sonrió satisfecha.

—Estás… espectacular —dije con la voz ronca. Y lo estaba. Mientras la veía perfumarse el cuello, pintarse los labios y elegir con cuidado cada detalle, no podía dejar de pensar: ¿se está arreglando así para mí… o para Guillermo?

Sabía que era para la cena con ellos, pero la duda me carcomía.

¿Se había depilado el coño esta mañana pensando en que él pudiera verla?

¿Se había puesto ese vestido tan corto y escotado porque sabía que Guillermo no podría quitarle los ojos de encima?

¿Estaba imaginando cómo la miraría él durante la cena, cómo sus ojos se clavarían en sus tetas o en sus piernas?

Me excitaba y me destrozaba al mismo tiempo.

Adriana siempre se arreglaba para salir, pero esta noche había algo diferente. Había una energía, una atención extra en cada gesto. Se miró de lado en el espejo, arqueando ligeramente la espalda para que el culo se marcara más bajo la tela.

—¿Crees que voy demasiado provocativa? —preguntó con inocencia fingida, mirándome a través del espejo.

—No —respondí—. Estás perfecta.

Pero por dentro pensaba: “Sí, vas provocativa. Y te gusta ir así. Te gusta que te desee. Y te gusta que él te desee”.

Me levanté y me acerqué por detrás. La abracé por la cintura y besé su cuello. Olía deliciosamente. Mi polla se endureció contra su culo.

En ese momento lo supe: sí, se estaba preparando para otro hombre. O al menos, una parte de ella lo hacía. Y yo, en lugar de enfadarme, estaba más cachondo que nunca.

Adriana se acercó y me cogió la polla, que estaba como una piedra.

— ¡Como se alegra de verme! – Me dijo con sonrisa de niña mala y sin mediar palabra, agachó la cabeza y se la metió en la boca.

Adriana empezó a comerme la polla. Sentía como crecía con el calor de su boca.

Adriana chupaba con ganas. Me agarraba de los huevos y se la metía todo lo que podía en la boca que cuando lo hacía con ganas era mucho.

Si seguía con ese ritmo me correría enseguida.

Debió de notarlo, porque se la sacó de la boca y mientras me pajeaba me dijo: – Vístete. No quiero que me manches el vestido…– y poniendo cara de vicio me soltó y se fue.

Joder la cabrona me había dejado totalmente cachondo.

Le supliqué que terminase, que me iban a reventar los huevos, pero ella me dijo que no, que tendría que esperar hasta la noche, que así estaría más caliente.