CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #2
40%

2 #2

—Ese sería el juego supremo. Si le echas huevos, será la experiencia más alucinante de tú vida. Es evidente que me la quiero follar, pero creo que el mayor beneficiado de que lo haga serías tú. Y estoy hablando completamente en serio, no son excusas para que me dejes follármela.

En ese momento Adriana y Nuria entraron en el agua.

—¿Qué estarás tramando? – le dijo Nuria a su marido.

– Nada bueno, seguro. – Se acercaron a nosotros y cambiamos de conversación.

Guillermo nos contó que nos iba a llevar a un sitio especial.

Que nos iba a encantar. Ni siquiera Nuria lo conocía.

Estuvimos charlando un buen rato hasta que llegó la hora de la comida y nos despedimos hasta la tarde.

Cada uno nos fuimos a nuestro apartamento.

Adriana preparó una ensalada de pasta mientras nos tomábamos una cerveza. Tenía las piernas cruzadas sobre la silla, solo vestida con una camiseta mía que le llegaba a medio muslo.

—Joder, Jose… —suspiró mirando hacia la piscina—. Nos equivocamos al no reservar el mes entero. Es una auténtica pena tener que irnos a Castellón. Qué rabia. Esto es un auténtico paraíso… ¿No estás súper cómodo aquí?

Sonreí y di un sorbo a la cerveza, observándola con atención.

—¿Cómodos? —pregunté en tono jocoso, pero con la voz más baja y cargada—. ¿O cómoda tú con cierto rollo que tienes por aquí?

Adriana giró la cabeza hacia mí, sorprendida, y soltó una risa nerviosa.

—¿Qué estás diciendo, tonto?

—Ya sabes… —continué, inclinándome un poco hacia ella—. Guillermo, el paseo en barco, los jueguecitos nocturnos… No sé, igual no es solo el apartamento lo que te da pena dejar.

Ella se mordió el labio, intentando contener la sonrisa, pero sus ojos brillaban con esa mezcla de vergüenza y excitación que tanto me ponía.

—Eres idiota —dijo, dándome un suave golpe en el brazo—. Claro que me gusta el sitio. El mar, la tranquilidad, la piscina… Pero bueno… sí, también ha estado bien el rollo con ellos. Ha sido… diferente. Divertido.

—¿Divertido? —insistí, acercando mi silla a la suya hasta que nuestras rodillas se rozaron—. ¿O cachondo?

Adriana se rio más fuerte, pero esta vez bajó la mirada.

—Las dos cosas, cabrón. No me hagas decirlo todo.

Me incliné y le besé el cuello lentamente.

—Dilo —le susurré—. Dime que te gustó estar casi desnuda delante de él. Que te mojabas cuando sentías sus ojos en tu coño.

Ella soltó un suspiro entrecortado y me puso una mano en el muslo, apretando.

—Vale… sí. Me gustó. Me sentí muy deseada. Y verte a ti mirando… eso también me puso muy mala. Pero no te montes películas, ¿eh? Solo ha sido un juego.

—Claro —respondí con una sonrisa, aunque los dos sabíamos que ya era mucho más que eso—. Solo un juego…

Adriana me miró a los ojos un segundo más largo de lo normal y luego susurró:

—Igual en Castellón nos aburrimos un poco…

Sonreí y tiré de ella hacia mí.

—Entonces tendremos que buscar formas de no aburrirnos…

Terminamos finalmente de comer y Adriana dijo que se iba a echar un rato. Ella se tumbó en la cama solo con las braguitas y yo en calzoncillos a su lado. En seguida empecé a sobarla.

—Cari, no, que quiero descansar – me dijo.

—Solo un poquito – le insistía yo metiendo la mano por dentro de su braguita y alcanzando su coño.

—Es que no tienes fin – aceptó ella dejándose hacer.

Empecé a masturbarla como a ella le gustaba que se lo hiciese.

Enseguida cerró los ojos para concentrarse.

Yo la miraba encantado de ver cómo disfrutaba.

Siempre me esforzaba en que ella disfrutase, y normalmente lo conseguía.

Su coño ya mostraba las primeras muestras de agradecimiento.

Seguí con mi rutina de mojar mis dedos en sus fluidos y volver a trabajar su clítoris alternando con penetraciones buscando su uretra.

Adriana lo disfrutaba. Cada vez estaba más cachonda.

Abrió los ojos y me vio mirándola. No dijo nada solo llevo su mano a mi polla erecta y me empezó a pajear.

Nos masturbábamos el uno al otro, bastante excitados.

A mi mente volvieron las escenas de la noche anterior.

No podía quitármelas de la cabeza. Me excitaba muchísimo.

La imagen de Adriana de pie en las escaleras de la piscina mostrándole absolutamente todo a Guillermo.

— Quiero que seas sincera, ¿te quieres follar a Guillermo? — Adriana paró la paja y cogió mi mano y la sacó de su tanga. Me miró a los ojos.

— A ver Jose, yo no me quiero follar a nadie. Simplemente estamos jugando un poco. Creía que eso era lo que tú querías.

—No, tranquila, si no estoy enfadado, solo quería saber qué piensas tú. De verdad que no me enfado.

—Ya te he dicho que no me lo quiero follar y que eso no va a pasar.

—Bueno, no hace falta que te lo folles.

—¿Qué quieres decir? ¿qué estás insinuando? No entiendo qué quieres decir.

—Bueno pues que no hace falta que te lo folles si no quieres. Se pueden hacer otras cosas.

—¿Pero estas loco Jose? ¿Me estás diciendo que se la chupe o algo así?

—No, no. Para nada. Es solo que a lo mejor podías calentarle un poco.

—¿En serio?, ¿me estás pidiendo que le caliente?

—Si…. bueno… a ver un poco como pasó con el tío de la discoteca… algo así.

—No soy una calientapollas.

—Si a él le encantan ese tipo de juegos. ¿Lo harás?

—Que no, ¿cómo voy a hacer eso? ¿En serio te pone verme actuar de esa manera?

Ante su pregunta no pude más que mostrarle la polla. La tenía durísima. Se la enseñé en todo su esplendor.

—Joder tío, no te conozco. Con lo celoso que eras al principio…

—Después de tanto tiempo viendo como se fijan en ti por la calle uno se acostumbra.

—¿Qué se fijan en mí? Estás mal de la cabeza. Además, últimamente eres tú el que quiere que vaya por ahí provocando, enseñando las tetas y calentando al personal. No te entiendo.

Me quedé como un tonto con la polla tiesa en la mano mirándola. Entonces la dije

— ¿Ni siquiera por mí?

—No lo sé Jose. No creo que sea apropiado. Déjame dormir – y cerró la posibilidad de seguir preguntando.

La verdad es que, aunque lo intenté no dormí nada. Me encontraba nervioso y no paraba de moverme en la cama. Adriana sin embargo parecía tan tranquila. A ella no le afectaba nada de lo que estábamos haciendo. Decidí levantarme y bajar a la piscina.

Cuando bajé estaba Nuria sola en el agua. Me alegró que estuviese allí. No sé porque, pero me tranquilizaba su presencia. Era como que ella contrarrestaba los jueguecitos de su marido con Adriana y conmigo. Dejé la toalla y me metí al agua con ella.

—¿No descansas para esta noche? – Le pregunté a modo de saludo.

—No me hace falta. Yo no trasnoché tanto como vosotros.

—Si bueno la verdad es que nos animamos más de la cuenta. Bebimos demasiado, y el porro se encargó de rematar la faena.

—Bueno, vosotros sois jóvenes, es lo normal – me decía disculpándome — Si es que Guillermo es un peligro. No tenéis que hacer caso de sus juegos. Le encanta llevarlo todo al límite.

— La verdad es que Adriana y yo también estábamos bastante animados. No fue solamente culpa de tú marido. Fuimos todos. – le dije disculpándole.

—Jose, le conozco desde hace mucho y es un peligro, hazme caso – me dijo a modo de advertencia.

—No, de verdad, no le culpes a él. Si te digo la verdad, nosotros también habíamos fumado alguna vez antes.

—Vaya, vaya... así que sois otras dos buenas piezas…

—No bueno, en contadas ocasiones… supongo que, como tú, ¿no?

—Vale, ahí me has pillado. Lo que pasa que me da vergüenza hacerlo con gente. Cuando estoy sola con Guillermo no me importa. Pero me da más vergüenza cuando hay gente.

— ¿Y eso por qué? Creo que con nosotros hay confianza. ¿No?

—Sí, de verdad que lo sois, pero en esas situaciones ya sabes que al final todo el mundo pierde la cabeza y dice o hace cosas que no debe.

— Bueno no hay que tenerlas en cuenta. Estamos de vacaciones, y es normal pasarse un poco. El invierno se hace muy largo.

—Estoy de acuerdo, pero hay cosas que no se controlan y a veces…

—¿A veces qué? – pregunté yo sin saber a qué se refería.

—Pues que a veces se hacen y se dicen tonterías que al día siguiente pueden avergonzarte.

—Que va, yo no me avergüenzo de nada – le dije con seguridad. Nuria me miró unos segundos en silencio.

—¿Seguro? – me preguntó.

—Segurísimo, ¿Por qué lo dices?

—No, si no es nada, solamente que ayer hubo un momento que dijiste que era guapísima que porque estabas con Adriana... – haciendo que volviese a mi cabeza ese momento de la noche anterior

— Si, la verdad es que no mentí – me lancé a confesarle – Eres una mujer guapísima. – Y por primera vez la miré sin cortarme.

—Vaya, es bueno saberlo viniendo de un chico tan joven y guapo – y me dedico la mejor de sus sonrisas.

Incluso acomodando su posición en el agua me dio la impresión de que a propósito sacó sus magníficas tetas del agua para que se las mirase.

Solo unos segundos, pero me dio la impresión de que lo hacía adrede.

—Te juro que te lo dije en serio Nuria. No quiero incomodarte, pero ojalá Adriana este tan bien como tu cuando tenga tu edad.

—Oye, que no soy tan mayor – me dijo riéndose.

—Perdona, no quería ofenderte. Pero ya sabes lo que quiero decir.

—Tranquilo, lo sé – se acercó a mí y poniendo su cuerpo en mi brazo me besó suavemente en la mejilla. Pude notar sus enormes tetas apoyadas en mi brazo.

—Te veo algo apagado —dijo en voz baja, mirándome a los ojos—. ¿Todo bien?

—Sí, todo perfecto.

Nuria sonrió y se acercó un poco más. El agua hacía que sus tetas flotaran ligeramente, casi rozando mi brazo. Su pierna rozó la mía bajo el agua. No fue un accidente. Se quedó allí, presionando suavemente contra mi muslo.

—Es una pena que me tenga que marchar tan pronto… Podríamos liberar eso que llevas dentro y que no te atreves a dejar salir.

—No sé de qué hablas —respondí, pero mi voz salió más ronca de lo que pretendía.

Nuria soltó una risa suave y se giró, quedando de espaldas a mí, apoyada en el bordillo. Su culo, redondo y generoso, quedó a pocos centímetros de mi cuerpo.

—Guillermo y yo llevamos muchos años en esto —continuó, mirando hacia el horizonte—. Sabemos reconocer cuando a un hombre le gusta ver… y cuando le gustaría probar. ¿Tú eres de los que solo miran, Jose?