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Me desperté sudando con un dolor de cabeza insoportable.
El sol entraba de lleno en la habitación.
Miré el móvil y ya eran más de las doce de la mañana.
A mi cabeza vinieron instantáneamente todos los recuerdos de la noche anterior.
¡Joder! Le había enseñado las tetas de Adriana a Guillermo.
Y ella le había prácticamente pedido que se la follase.
El corazón me dio un vuelco. Se nos había ido de las manos.
Adriana dormía a mi lado completamente desnuda.
Joder tenía restos de corrida pegados por el culo y en las sábanas había restos de flujo.
Me levanté sin hacer ruido y me fui al baño.
Abrí el grifo de la ducha y mientras dejaba que se calentase un poco el agua me miré en el espejo.
El espejo frente al que hacia unas horas había follado a Adriana pidiéndole que se follase a Guillermo.
Me fijé en el suelo y había una mancha ya seca.
Era la corrida de Adriana. Ahí estaban todavía las salpicaduras ya secas.
Me metí a la ducha y me intenté relajar, pero a mi cabeza solo venían los acontecimientos de la noche anterior que se clavaban en mi cabeza como un cuchillo.
Primero la polla de aquel chaval meando y Adriana dejándose masturbar mientras la miraba.
Luego enseñar las tetas a Guillermo, en una exhibición perfecta, incluso enseñándole el coño a través de la tela.
Ella sabía perfectamente que ese bikini al mojarse, era totalmente transparente y aun así se mostró ante él.
Mi mente volvió otra vez al momento en que me confesó que se quería follar a Guillermo.
Joder, mi mujer me había confesado que se quería follar a otro hombre, y yo me había corrido al escucharlo.
Adriana abrió la puerta del baño. — Jose… estoy fatal. Necesito un ibuprofeno – dijo– Esto está hecho un desastre. Pero ahora paso de limpiarlo. Yo necesito también una ducha. Estoy asquerosa. Se me pegan las piernas.
Cerré el grifo y cogí la toalla. Abrí las cortinas y allí estaba Adriana completamente desnuda.
No esperó casi a que saliese y ella se metió también dentro.
Me eché a un lado mientras ella se metía debajo del chorro de agua.
Observaba como el agua recorría su cuerpo ya totalmente moreno.
Ella abrió los ojos y me vio observándola y me sonrió.
—Joder, tenía que haber meado antes de entrar – me dijo y flexionando ligeramente las piernas y comenzando a orinar.
Yo me quedé embobado viendo ese torrente dorado salir de su coño.
Mi polla se endureció. Hasta meando me ponía cachondo.
Poco a poco el chorro fue perdiendo intensidad hasta que por fin se cortó. Adriana me miró y sonrió,
—¡Solucionado! – y ambos nos reímos. Terminé de secarme y bajé a preparar unos cafés. Adriana bajó al poco rato. La di un ibuprofeno y yo me tomé otro. Salimos a la terraza a tomarnos el café.
— Adriana, tal vez tenías razón. Esto se nos está yendo de las manos – le dije muy serio.
—Venga tío, no te comas la cabeza. Pasó lo que pasó y ya está. Lo que pasa en vacaciones se queda en vacaciones me dijiste ayer.
—Sí, si eso es verdad, pero ya sabes que cuando estoy de resaca me entra un poco el bajón. Pero la realidad es que estuvo a punto de pasar. Creo que con el pedo que llevabas anoche, te lo habrías follado.
—No lo sé. Yo más bien creo que todo se debió al momento porque estábamos calientes, pero tampoco hemos hecho nada malo. Él no lo sabrá nunca.
En ese momento vibró mi móvil que estaba encima de la mesa. Lo cogí y miré la pantalla. Había un WhatsApp de Guillermo.
“¿Qué tal pareja? ¿Mucha resaca? Ayer se nos fue un poco la pinza a todos, ¿no?”
Se lo enseñé a Adriana, que soltó una carcajada – Ni que nos estuviese escuchando.
Era increíble la naturalidad con la que se lo tomaba Adriana. A mí sin embargo ahora me daba vergüenza encontrarme con Guillermo. No sabía ni qué decirle. Al final le contesté que nos acabábamos de levantar pero que hoy no iríamos a la playa.
“En ese caso podemos vernos después en la piscina. Y por favor, dile a Adriana que se ponga el bikini blanco.”
Le enseñe la conversación a Adriana que se rio.
—Déjame contestarle a mí. Dame el teléfono.
Ella empezó a escribir y él, evidentemente respondía, por los sonidos que emitía el teléfono.
Yo la miraba. Estaba como una quinceañera tonteando con el móvil.
Estuvieron, así como cinco minutos. Después Adriana se levantó, dejo mi móvil encima de la mesa y me dijo que iba a recoger y a limpiar el desastre de anoche.
Yo me quedé y lógicamente revisé la conversación.
“Hola soy Adriana. Solo quería decirte que te olvides de lo del bikini. Ya tuviste tú ración anoche”
“Hola preciosa. Imposible olvidar algo así”
“Está bien pero aun así quiero que lo olvides.”
“Lo siento, pero eso es imposible. Mi mente no para de pensar en lo que pudo pasar y no pasó. Así de claro.”
“Guillermo por favor. No estropeemos un verano tan estupendo”
“Y porque Jose no quiso por más que le insistí. Si no habría entrado, que no te quepa duda.”
“Mejor que no quisiese.”
“Ah sí? Qué crees que habría pasado?”
“Nunca lo sabremos. Ya pasó la oportunidad. Dejemos las cosas como están. No lo estropeemos.”
“No me vas a dar otra oportunidad?”
“No. Así que olvídate de todo lo sucedido. Ahora me voy a recoger un poco. Ya hablaremos.”
“¿Te veo después en la piscina?”
Y ahí acababa la conversación. Me quedé pensando. Básicamente Guillermo le había dicho que, si por él hubiera sido, se la habría follado anoche, y que podría volver a la carga si ella le diese la oportunidad. Adriana no le había dado pie. Simplemente le decía que el momento había pasado.
Estaba seguro que si hubiese dejado pasar a Guillermo se la habría follado y ella lo habría permitido.
Evidentemente había sido fruto de tanta excitación acumulada y de los efectos del alcohol y del porro, pero estaba más que claro que ella habría aceptado.
¿Hice bien en no dejarle pasar? Pensaba en la imagen de Adriana follando con Guillermo y me excitaba, pero también me dolía. ¿Qué cojones me estaba pasando?
No estaba del todo seguro de que fuese buena idea, más bien, era pésima, de las que traen consecuencias difícilmente predecibles. Sin embargo, Adriana parecía haber querido que sucediese. O tal vez, solo eran sensaciones mías. ¿Y yo? ¿Qué deseaba yo realmente?
Volví al dormitorio. El baño estaba recogido y limpio y había cambiado las sábanas. Adriana se estaba poniendo el bikini rojo, y se había dado corrector para las ojeras. Estaba guapísima con su cola de caballo.
– Venga, cámbiate y bajamos a la piscina – me dijo.
Me puse el bañador, y bajamos. Guillermo y Nuria estaban ya allí. Al vernos bajar, Guillermo sonrió con total naturalidad. No parecía que anoche hubiese pasado lo que pasó.
—Ya era hora. Menuda fiestecita montasteis anoche en la piscina. No nos habéis dejado dormir. – dijo riéndose.
—Anda, déjalo que tú eres el peor de todos – le riñó Nuria. —No le hagáis ni caso.
Dejamos nuestras cosas en una de las hamacas y Adriana se tumbó al sol.
Yo me puse a mirar el móvil. El reto del consolador había provocado tantos mensajes, que tuve que pasar varias pantallas para leerlos todos.
Había más fotos de Montse empalada por aquella tranca de látex.
Realmente, parecía imposible que un ser humano fuese capaz de meterse algo de ese tamaño en la vagina.
—Bueno hoy repetimos – me interrumpió Guillermo.
—No sé no estoy yo para muchas fiestas – le dije — Me duele la cabeza de cojones.
—No se admite un no por respuesta. Además, es la despedida de Nuria. Se tiene que ir pasado mañana.
—¿En serio? – dijo Adriana incorporándose en la hamaca — ¿Qué ha pasado?
—Nada. Una tontería en la oficina, pero tengo que revisar un contrato antes de que se firme, y mi jefe me ha pedido que nos reunamos para discutirlo... El martes es la firma. Si va todo bien volveré el miércoles.
—Oh, es una lástima. Nosotros ya no estaremos para cuando vuelvas. – dijo Adriana haciendo un mohín.
—Ay qué pena. Con lo bien que lo estábamos pasando. Por eso, hoy no podéis faltar, y mañana, podríamos salir a navegar. ¿Os apetece?
—Sí claro. Estoy deseando. —Dijo Adriana francamente interesada.
—Bueno entonces esta noche fiesta y mañana un paseíto en el yate.
He escrito a los demás. Parece ser que solamente vendrán Carlos y Eva.
Los demás dicen que dos días seguidos es demasiado.
Si os parece os invito yo a cenar a todos y así elijo yo el sitio.
Os va a encantar –dijo Guillermo cogiendo su móvil y haciendo una llamada.
Adriana y Nuria se pusieron a charlar de nimiedades, en un ambiente distendido.
Yo me quedé observando a Guillermo y la seguridad que mostraba con todo lo que hacía.
Realmente me fascinaba. Estaba seguro de que era un imán para las mujeres, con aquella seguridad en sí mismo, y un físico que, pese a que no era ningún jovencito, se mantenía en evidente buena forma.
Además, con lo extrovertido que era, no me extrañaba lo más mínimo que conociese a tanta gente y tantos sitios.
Cuando colgó, me dijo que ya estaba hecha la reserva.
Me hizo un gesto para que fuésemos a bañarnos.
Era evidente que quería hablar de lo de anoche.
Nos dirigimos a la piscina y me tiré al agua.
Una vez dentro Guillermo se fue hacia la zona más alejada de las chicas, que continuaban hablando ajenas a todo.
Estaba claro que en cuanto estuviésemos a una distancia prudencial, me iba a preguntar.
—Bueno cuéntame. ¿Qué tal ayer? – me preguntó en seguida.
—Bien… bueno… oye estábamos borrachos y tal vez nos pasamos…
—Pero qué dices hombre, no hay problema de nada. Hoy lo intentamos otra vez. Estoy convencido de que esa mujercita tuya está deseando ponerte los cuernos. Y lo mejor, es que tú también lo deseas.
—Guillermo, no te enfades, pero no creo que sea una buena idea.
—Venga ya tío si no pasa nada. A ver ¿tú quieres que pase algo o no?
— Pues, sinceramente… no lo sé.
— A ver Jose. Estoy convencido de que ayer le echaste el polvo de vuestras vidas. ¿Me equivoco?
—Bueno… a ver... Sí, Es cierto. Fue brutal.
—¿Lo ves? Os excitó la situación. Jugar en el límite es lo que tiene. Créeme, sé de lo que hablo.
—Pero es que una cosa son los juegos y otra cosa es que te la folles.