CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) PRÓLOGO
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CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo)

CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo)

Por SELENA VALENTE

© inepub.com

PRÓLOGO

Todo empezó con un correo electrónico que me entró en el móvil un jueves por la noche, de esos en los que ya había terminado las tareas domésticas y solo pensaba en servirme una copa de vino y desconectar.

El remitente se llamaba simplemente Jose (Sin acento en la e).

El correo, sin ningún dato llamativo para poder identificarlo.

Solo unas líneas que, contra todo pronóstico, consiguieron que me quedara mirando la pantalla durante varios minutos.

Os lo copio sin cambiar ni un punto ni una coma:

«Hola Selena. Llevo meses leyendo todo lo que publicas.

Me gusta tu forma de escribir: sexual, pero con todos los adornos necesarios para dar consistencia a una historia, con esa capacidad para meterte en la cabeza de los personajes y mostrar no solo lo que hacen, sino lo que sienten de verdad.

Especialmente cuando hablas de celos, de traición, de esa línea entre el dolor y el deseo.

Por eso me atrevo a escribirte. Tengo una historia que no se parece a nada de lo que sueles contar, pero creo que tú podrías hacerla justicia.

Soy candaulista. No es un juego para mí, es algo profundo, visceral, que domina mi vida.

Quiero contarte esa faceta, cómo empecé a sentir esto, cómo ha cambiado mi relación con mi mujer, hasta convertirnos en lo que somos ahora y lo que siento cuando la muestro, cuando la ofrezco.

Si te interesa, estoy dispuesto a contártelo todo.»

Leí el mensaje dos veces. Luego una tercera. Y me recosté en el sillón con una mezcla extraña de curiosidad y desconcierto.

Mi obra siempre ha girado en torno al lado oscuro del deseo: infidelidades que destruyen matrimonios, traiciones, celos, adicciones...

Los que me habéis leído, sabéis que me gusta explorar el sufrimiento, la culpa, las consecuencias.

Me fascina cómo el amor y el sexo pueden ser armas de doble filo.

Mis lectoras y lectores habituales buscan eso: el morbo del dolor, la tensión de lo prohibido que termina dejando cicatrices.

Y ahora aparecía este hombre ofreciéndome exactamente lo contrario. Oro puro, pensé. Material narrativo de primera calidad y en primera persona.

No eran celos destructivos, sino celos que excitaban.

No era una traición dolorosa, sino una entrega consentida y celebrada.

La de quien disfruta entregando lo que más ama.

Un hombre que no solo tolera que otros deseen a su mujer, sino que lo busca, que se excita con ello, que lo necesita.

Dudé. Mi estilo siempre ha sido el de la herida abierta, el de la carne que se desgarra.

¿Sabría yo escribir el placer de la entrega sin que sonase falso?

¿Podría meterme en la cabeza de un hombre que transforma la humillación en combustible sexual, que siente orgullo donde otros sentirían rabia, que se corre con la imagen de su mujer siendo deseada, tocada, follada por otros?

Pero cuanto más lo pensaba, más me atraía el desafío. El placer de la exhibición, la intimidad que se construye a través de la mirada ajena.

Respondí al mensaje esa misma noche. Le dije que sí, que me interesaba. Que estaba dispuesta a escuchar su historia completa, sin juicios y con la misma honestidad con la que escribo todas mis novelas.

Cuando le contesté, inmediatamente me pidió que nos viéramos cara a cara.

Quería contármelo en persona, mirándome a los ojos.

Esa norma no me la salto nunca: nunca quedo con lectores, y no iba a hacer una excepción por muy interesante que fuese la historia.

Me pidió mi número de teléfono para poder hablar con más comodidad.

También me negué. Finalmente llegamos a un acuerdo: todo se haría por correo electrónico, sin prisa, con la distancia y la seguridad que yo necesito.

Durante semanas intercambiamos mensajes.

Me mandó pasajes completos de su historia.

Yo preguntaba, él respondía. La afiné, la corregí y la completé.

Me contó detalles íntimos, momentos de vergüenza, de excitación abrumadora, de dudas y de placer extremo.

Todo lo que vais a leer es un fiel reflejo de lo que me contó.

He cambiado nombres, lugares y algunos detalles para proteger su intimidad (que por otro lado desconozco), pero la esencia emocional y sexual es exactamente la que él describió.

Si es verdad o no, solo lo sabe él. Yo solo sé que su relato me atrapó por completo.

Espero que os remueva tanto como me removió a mí recibir cada uno de sus correos.

Con gratitud hacia Jose. por haberme confiado su secreto.

Selena Valente.

El hombre que mira.

Tratar de justificar algunas de las cosas que me habían sucedido en la vida, en base a una infancia cargada de inseguridades y escasa personalidad, sería reducir hasta casi el absurdo las consecuencias de las decisiones que había ido tomando con el paso de los años.

No todo se explica mirando atrás… pero es innegable que mi forma de ver el mundo se forjó en aquellos años en los que pasaba más desapercibido que una sombra.

De niño aprendí pronto lo que era la soledad.

No porque me faltara cariño en casa —mi madre hacía lo que podía para que me sintiese querido y, aunque mi padre estaba demasiado cansado para discutir, o para inmiscuirse en mis cosas, siempre me había tratado con cariño.

En el colegio, era el chico al que nadie miraba.

Ni para bien ni para mal. No me insultaban, no me elegían para los equipos de fútbol, simplemente no existía.

Probablemente había algo más cruel en aquella indiferencia que en las burlas que otros recibían.

Recordaba los recreos como una sucesión de minutos interminables, sentado en un banco, fingiendo estar concentrado en algo importante para que nadie notara que estaba solo.

En secundaria, la historia no cambió mucho.

Las conversaciones ajenas se convertían en una especie de ruido lejano del que nunca formaba parte.

Pero sabía que nadie era más culpable que yo de todo lo acontecido. Y aunque me doliese reconocerlo, ese era quizás el único acto de honestidad que me queda: aceptar que me he convertido en un cornudo en la más amplia acepción de la palabra.

Un gemido de Adriana, me hizo perder el hilo de mis pensamientos.

El tío con el que había venido a casa, la penetraba con más fuerza, tal vez espoleado por mi pasiva presencia.

Adri se giró y me lanzó un beso provocador, al tiempo que cerraba los ojos tratando de concentrarse en el placer que aquel “musculitos” parecía darle.

El dormitorio olía a sexo, a sudor y a alcohol.

Observé sus pieles sudorosas, las sábanas impregnadas de restos del polvo anterior, y el vestido de mi mujer hecho una bola en el suelo.

Y yo… yo estaba allí sin perder detalle, completamente excitado y sin atreverme a intervenir.

Después me extenderé más en el tema, pero es probable que os estéis preguntando si ver a mi mujer follando con otros, me duele.

La respuesta es sí, aunque un sí mucho más leve que el que cualquiera de vosotros podría sentir, pero realmente duele, aunque en ese dolor está precisamente el placer que me domina, duele, porque la quiero con locura, y duele, porque temo que algún día se acabe marchando con otro.

Me llamo Jose. Y no, no soy un pusilánime.

Tengo mi carácter y os aseguro que es fuerte.

Quién lo diría, ¿verdad? Viéndome aquí, dispuesto a contaros esto, muchos pensaréis que soy un hombre débil, un cornudo resignado o un pobre diablo que busca excusas.

Pues no. Tengo carácter. Mucho. Y también tengo un trabajo bien remunerado, una posición respetada, una casa pagada y una vida que muchos envidiarían.

No escribo esto desde la frustración ni desde la carencia.

¿Es una enfermedad? Stricto sensu, es una parafilia. Aunque debo reconocer que en nuestro caso ha llegado mucho más allá de lo habitual. No es un capricho de fin de semana. Es algo que me define, que me domina y que, al mismo tiempo, me hace sentir más vivo que nunca.

Y antes de que empecéis a especular, dejadme ser claro: no soy impotente.

Ni la tengo pequeña. Tampoco penséis que tengo un leño entre las piernas, pero me defiendo de sobra.

Follo bien. Follo duro. Mi mujer se corre conmigo, gritando, y temblando.

Mi polla responde cuando debe responder y no necesito excusas en la cama.

Esto no tiene nada que ver con eso. De verdad, es completamente independiente.

Dejadme que os lo cuente. Estoy seguro de que no lo entenderéis, pero ahí va.

Una última cosa antes de empezar: mi matrimonio funciona. Mi mujer y yo nos queremos y tenemos una relación basada en la plena sinceridad. No somos convencionales en lo sexual, pero en el resto de aspectos, somos una pareja completamente normal.

La historia que voy a contar empezó hará ya unos años, por lo tanto, habrá detalles, diálogos, que no serán exactos, pero sí muy aproximados, y lógicamente nuestras identidades, son otras.

Muchos de los momentos, al menos los más llamativos o sorprendentes o los iniciáticos, los recuerdo como si fuera ayer, pese a los meses transcurridos.

¡Como para no recordarlos! Seguro que eso sí lo vais a entender cuando lo leáis.

La historia empieza, como decía, hace ya algunos años, en una fiesta de ADE, una de esas noches clandestinas que organizaban en un antiguo almacén reconvertido de un polígono cercano a la Universidad.

En un ambiente cargado de alcohol y posibilidades, había ido con Felipe, mi mejor amigo en la universidad, un auténtico especialista en ligar “a la caída” y que tenía un radar infalible para detectar a las chicas que ya estaban un poco borrachas y abiertas a la diversión.

Adriana estaba allí con su amiga Emma. Nada más entrar, mis ojos se clavaron en ella.

Era guapa de una forma que cortaba la respiración.

Alta, con un cuerpo esbelto, pero con curvas.

Llevaba un vestido negro corto, ajustadísimo, que marcaba sus caderas y su cintura estrecha.

El escote era pronunciado, dejando ver el nacimiento de unos pechos estupendos que se movían ligeramente con cada paso.

Su pelo era castaño oscuro, y se había maquillado con esmero.

Emma, en cambio, era más explosiva. Rubia teñida, más bajita, pero con un cuerpo voluptuoso: tetas grandes que apenas contenía un top rojo escotado, culo prominente embutido en unos vaqueros ajustados y una sonrisa permanente de quien sabe que llama la atención.

Era el tipo de chica que Felipe detectaba a kilómetros.