PRÓLOGO #2
Y efectivamente, Felipe no tardó ni cinco minutos. Se acercó a Emma con esa seguridad suya, le susurró algo al oído y ella soltó una carcajada. En menos de lo que canta un gallo, estaban bailando en medio de la pista, con las manos de él ya bajando peligrosamente hacia su culo.
Me aproveché de su rápido éxito. Me acerqué a Adriana, que se había quedado sola junto a la barra, removiendo su copa con una pajita.
—Parece que tu amiga ya ha encontrado compañía —le dije sonriendo.
Ella me miró de arriba abajo y sonrió con picardía.
—Y el tuyo también, por lo que veo. ¿Vienes a aprovecharte de la situación?
—Dicho así suena fatal. —respondí sin dudar.
Pedí otra copa para ella y empezamos a hablar.
Era ingeniosa, directa, con una risa contagiosa.
Me contó que estaba en último año de carrera, que le gustaba bailar y que odiaba las fiestas aburridas.
Yo le hablé lo justo de mí, más interesado en observarla: la forma en que se humedecía los labios, cómo cruzaba las piernas y aquel el escote que subía y bajaba con su respiración.
En la pista, Felipe y Emma ya se besaban sin disimulo. Adriana miró hacia ellos y luego a mí.
—¿Bailamos? —preguntó.
No esperé a responder. La tomé de la mano y la llevé al centro de la pista.
Al principio bailábamos separados, pero el calor del ambiente y el alcohol pronto nos juntaron.
Mi mano derecha fue a su cintura. La atraje hacia mí.
Su cuerpo encajó perfectamente contra el mío.
Sentí sus pechos presionando mi torso, el calor de su cuerpo contra el mío.
Siempre he tenido una especial sensibilidad para esos roces leves.
Felipe y Emma se besaban cada dos por tres, como si estuviesen completamente ausentes en su propia burbuja.
Adriana y yo, cansados y sudorosos por el baile y el calor, hablamos de música, de series, de lo jodido que se estaba poniendo el acceso al mercado laboral y de cosas por el estilo.
Ella se reía con ganas, echaba la cabeza hacia atrás y yo no podía dejar de mirarle el cuello y, sobre todo, la curva de sus pechos asomándose por el escote del vestido cada vez que se movía. Me gustaba. Me gustaba mucho.
Lo que ocurrió a continuación, fue eléctrico.
Sus labios se acercaron a los míos. Eran suaves, carnosos, y sabían a vodka con limón.
Al principio fue un roce, pero enseguida abrió la boca y su lengua buscó la mía.
El beso se volvió profundo, húmedo, hambriento.
Mis manos subieron por su espalda, apretándola contra mí.
Ella enredó los dedos en mi pelo y gimió suavemente dentro de mi boca cuando sintió mi erección presionando contra su vientre.
Nos separamos un segundo para respirar. Sus labios estaban hinchados, y tenía el pintalabios un poco corrido. Me miró con los ojos entrecerrados.
—Joder… —susurró. —Esto se está poniendo interesante —dijo, sin apartarse ni un milímetro.
Seguimos bailando y besándonos durante varias canciones más. Cada beso era más largo, más intenso y más húmedo. En uno de ellos metí la mano por debajo de su vestido, rozando la piel suave de su muslo. Ella me detuvo con un “aquí no”.
Cuando la fiesta empezó a decaer, salimos juntos afuera. Felipe y Emma ya se habían ido por su cuenta. Adriana me miró con el pelo algo revuelto y los labios marcados por nuestros besos.
—¿Me acompañas a casa? —preguntó.
“¿En serio?” pensé. “¿Aquella pedazo de tía me estaba proponiendo ir a su casa?”
Al llegar al piso que compartía con un par de amigas de la facultad, nos enrollamos con más calma, en la relativa intimidad de su habitación.
Adriana se quitó el vestido y pude tocarle sus magníficos pechos.
Se me acercó y me pidió que le besara los pezones.
Fue una gozada, se le pusieron durísimos en segundos.
Mientras nos besábamos ella puso la mano en mi muslo y la subió hasta tocarme la polla, ya a punto de caramelo.
Me bajé la cremallera y desabroché el botón para bajar un poco el pantalón.
Inmediatamente me la sacó y empezó a pajearme.
Yo estaba muy excitado y no duré mucho, en un par de minutos o así y me corrí.
Me ofreció un pañuelo de papel para limpiarme.
Seguimos besándonos, y ella me llevó la mano a su sexo.
Metí la mano por dentro de sus bragas encontrando un suave vello púbico que rocé lentamente hasta encontrar la humedad de su coño.
Siempre sin dejar de besarnos la masturbé durante un rato hasta que se corrió.
Esa noche no follamos, entre otras cosas porque me dijo algo así como que no era de las que follaba la primera noche.
Durante las siguientes semanas, se repitió la historia y por fin, un viernes lo hicimos. Ella, que se había puesto falda, sentada sobre mí hasta que me corrí. Yo tuve que masturbarla un poco más para que ella llegara. Los días siguientes repetimos y repetimos, cada vez mejores polvos y más largos.
Aunque intentamos quedarnos solos siempre había alguien en su casa o en la mía y no teníamos coche ni moto para ir a ningún otro sitio, por lo que estábamos siempre tratando de buscar el momento.
Pese a que ella me contó que salía de una relación difícil con un novio que le había sido infiel, y que no quería complicarse la vida en una nueva relación de pareja, la evolución razonable de la vida nos convirtió en inseparables.
Lo que empezó como una noche de fiesta, besos húmedos y manos atrevidas, se transformó en algo sólido y real.
Adriana y yo encajamos de forma natural.
En los meses siguientes a aquella fiesta de ADE apenas nos separamos.
Pasábamos las noches en su pequeño dormitorio o en casa de mis padres, cuando estaban fuera, follando como animales y hablando hasta el amanecer.
Ella tenía esa mezcla perfecta de inteligencia y un deseo que nunca se apagaba.
Yo estaba en pleno proceso de oposiciones para un puesto técnico en la Administración.