PRÓLOGO #3
Días enteros encerrado con libros y apuntes y el estrés a flor de piel.
Adriana, mientras tanto, había empezado a trabajar como auditora junior en una multinacional americana.
Su vida era un estrés total: viajes, cierres de cuentas interminables, reuniones hasta tarde y un sueldo que ya empezaba a ser respetable.
Aun así, siempre encontraba tiempo para mí.
Nuestro primer piso fue el verdadero punto de inflexión.
Lo encontramos en un barrio periférico, pero bien comunicado.
Era pequeño —un salón—comedor con cocina americana, un dormitorio decente y un baño en el que apenas cabía lo mínimo—, pero para nosotros era un palacio.
Pintamos las paredes juntos un fin de semana, salpicados de pintura y riendo como idiotas.
Compramos muebles baratos y un colchón que al principio colocamos directamente en el suelo, pero que se convirtió en nuestro santuario.
La mudanza fue caótica y excitante. Recuerdo la primera noche allí: sin cortinas todavía, solo unas lámparas y cajas por todas partes.
Adriana apareció con una botella de vino y una sonrisa traviesa.
Llevaba un pantalón corto de deporte y una camiseta mía que le quedaba enorme.
Nada más cerrar la puerta, la empujé contra la pared del pasillo.
—Bienvenido a nuestra casa…—murmuró antes de que la besara con fuerza.
Le quité la camiseta de un tirón. Sus tetas perfectas saltaron libres, con los pezones duros, como siempre.
Me arrodillé y le bajé los pantalones junto con las bragas.
Su coño, que empezó a llevar depilado, apareció hinchado y brillante de humedad.
La devoré allí mismo, de pie, con su pierna sobre mi hombro.
Adriana gemía sin control, tirándome del pelo, frotándose contra mi cara.
Cuando se corrió, sus jugos me empaparon la barbilla.
Me levanté, me bajé los pantalones y la penetré de un solo empujón.
Follamos contra la pared de forma dura, rápida y salvaje.
Sus uñas me arañaban la espalda y yo le mordía el cuello, marcándola.
Nos corrimos casi al mismo tiempo, yo llenándola mientras ella temblaba.
Esa fue la tónica de nuestra vida durante los siguientes años: todo a cien por hora y con la intensidad habitual de una pareja joven y ardiente.
Por las mañanas yo me levantaba temprano para estudiar.
Ella salía corriendo a la oficina con tacones y traje de chaqueta que le marcaba el culo de una forma que me volvía loco.
Cuando regresaba, muchas veces no llegaba a desvestirse del todo.
Me la follaba en la cocina mientras la cena se hacía, abierta de piernas sobre la encimera y con la falda subida hasta la cintura.
Le gustaba que la dominara, que se lo hiciera fuerte y que le dijese guarradas.
Yo terminé las oposiciones con nota alta y entré en mi puesto sin tener que cambiar de ciudad. Ella ascendió rápidamente en la auditora; viajaba más, pero siempre volvía con ganas de mí.
Decidimos casarnos un año y medio después de habernos mudado juntos.
Fue una decisión natural, casi obvia. Una noche, después de un polvo especialmente intenso —la había hecho correrse tres veces seguidas—, estábamos desnudos y sudorosos en la cama.
Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho, trazando círculos con el dedo sobre mi piel.
—Quiero casarme contigo —dije de repente.
Adriana levantó la cabeza, sorprendida y feliz.
—¿Sí?
—Sí. No quiero a nadie más. Quiero esto contigo todos los días. Te amo, Adriana.
Nos casamos seis meses después en una ceremonia sencilla pero bonita, con familia y amigos cercanos.
Los primeros años de matrimonio fueron una continuación de la vida que habíamos llevado como novios.
Compramos algunos muebles mejores, reformamos la cocina y seguimos queriéndonos y forjando los pilares de una relación sólida.
Adriana se volvió más segura de su cuerpo y de su poder.
Le gustaba provocarme: salir a cenar con vestidos cada vez más cortos, insinuarse, y ser cada vez más sexy.
Y poco a poco, muy sutilmente, algo empezó a cambiar dentro de mí.
Al principio era solo una observación inocente: cómo los hombres la miraban en los restaurantes, en las fiestas de la empresa de ella o en la playa.
Sentía una punzada extraña, una mezcla de orgullo y algo más oscuro, más caliente. No eran celos normales. Era excitación.
Empecé a fotografiarla desnuda, y en pocos meses, disponía de un auténtico arsenal de fotos y videos de todo tipo.
Supongo que ella pensaba que después las borraba, pero lo que no le dije fue que las guardaba como un tesoro.
Las guardé para mí, masturbándome en secreto con aquellas imágenes.
Pero el deseo estaba ahí, creciendo. Y Adriana, sin saberlo, empezaba a alimentar esa semilla sin querer.
Nos mudamos al dúplex que tenemos actualmente en un barrio residencial a las afueras de Madrid, mucho más grande, y con piscina comunitaria. Nuestra vida seguía siendo perfecta. Trabajo, sexo, amor, ambición. Todo a la vez, pero en el fondo, yo ya sabía que quería más, y no tardaría en descubrirlo.
Y ahora, yo estaba sentado en mi dormitorio, mientras ella se follaba a aquel tipo que habíamos conocido en una discoteca, y que había visto el cielo abierto ante la propuesta de mi mujer.
Sin más dilación, os contaré como empezó todo.
Primeros síntomas.