CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1
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“¡Por fin vacaciones, cariño!” me había dicho Adriana nada más entrar por la puerta después de una maratoniana jornada de trabajo. Había llegado el mejor momento del año, las ansiadas vacaciones.

A la mañana siguiente, ya lo teníamos todo listo para partir.

La verdad es que los dos solos tampoco necesitábamos mucho equipaje.

Un par de maletas y todo listo para emprender el viaje.

La costa de Almería sería nuestro destino los primeros quince días, y después nos desplazaríamos a Peñíscola para los últimos días.

Habríamos preferido pasarlas todas en el mismo sitio, pero la disponibilidad del apartamento de Almería era tan solo para la primera quincena.

Nos sentamos a desayunar a la terraza del bar de debajo de nuestra casa antes de ponernos en marcha.

Pedimos dos cafés y una tostada, ya que yo soy incapaz de ingerir nada sólido antes de las doce.

Mientras ella terminaba la suya, yo la observaba.

No sé si sería cosa mía o todos opinarían igual que yo, pero desde luego que Adriana, mi flamante esposa, me parecía cada día más atractiva.

A sus veintiocho años estaba en su “prime”, como se dice ahora.

Tenía un cuerpo espectacular, que mantenía en plena forma, con unas piernas y un culo firme, y un pecho que atraía la mirada de cualquiera.

Además, su melena y su piel morena la daban un toque exótico combinado con aquellos ojos de mirada intensa.

Se había puesto un vestido veraniego de tirantes, y unas simples chanclas para ir cómoda en el viaje.

Observé sus pies con las uñas pintadas de blanco, y una tobillera que nunca utilizaba cuando trabajaba, pero que se ponía en vacaciones como muestra de rebeldía frente a la sobriedad en el vestir a la que su puesto de trabajo la obligaba.

Mientras apuraba mi café pensaba en la suerte que tenía de tenerla.

—Jose, estas vacaciones solo quiero que descansemos y disfrutemos. Nada de preocupaciones – me dijo sacándome de mis pensamientos. —Playa, piscina, siesta, chiringuito y restaurante.

—Por supuesto, de eso se trata. Además, ya he estado viendo la zona. Hay muchas playas vírgenes y calitas preciosas donde perdernos. También he visto que hay varios restaurantes muy interesantes.

—Llevo un par de libros para relajarme en el hotel. Playa, piscina y “todo incluido”. Es lo que necesitamos.

—Claro. Tú descansa y disfruta. Nos lo hemos ganado.

Por fin cogimos el coche y nos pusimos en marcha.

Mientras conducía, miré sus muslos con aquel vestidito corto.

Apoyé la mano en su rodilla y ella me sonrió.

Cuando ya faltaba poco para llegar recibió la llamada de su amiga Emma.

Era su amiga del alma, la clásica amiga golfa que casi todas las chicas tienen y con las que hacen locuras en sus primeros años de juventud, atractiva, simpática pero también un puto dolor de muelas que puso bastantes problemas cuando Adri empezó a salir conmigo.

—Que no tía, que tengo que descansar, tu pásatelo bien – Le decía Adriana mientras se oía chillar como una loca a su amiga por el otro lado del teléfono – Estás loca – le seguía la conversación entre risas – Anda por favor, ten cuidado que tienes mucho peligro tu…

Siii, haré locuras no te preocupes… Un besazo Em, te quiero.

Seguí conduciendo esperando a que me contase su conversación. Siempre me contaba todo lo que hablaba con ella, o al menos eso creía yo.

—Nada, que dice que si eso se pasa por Cabo de Gata para animarnos las vacaciones. Ella va a ir a Málaga con otra amiga y dos tíos italianos a los que conocieron la otra noche– me explicó sonriendo —Encima me dice que me haga una escapada con ellas dos. Ya le he dicho que está medio loca.

Me quede unos segundos callado. Pero entre Adriana y yo había total confianza y le pregunté

— ¿A ti te hubiera gustado ir con ella?

—Pero qué dices – me respondió – ¿Cuándo has visto tú que haga yo algo así?

—Yo si me iría con dos chicas que hubiese conocido de fiesta – Le dije intentando provocarla.

—Serás bobo — me dijo dándome un golpe en el brazo — Le tenía que haber dicho que sí y que te fueses tu solo a Almería – me dijo riéndose.

—Seguro que te lo pasabas bien. Y por un par de días, tampoco iba a pasar nada.

—¿Me estás diciendo en serio que me dejarías irme con ella?

—Sí claro, porqué no. Si a ti te apetece no tendría inconveniente.

—Yo desde luego que alucino contigo. Pues tú ten claro que yo no te dejaría irte con ninguno de tus amigotes. Además, yo no siento necesidad de ir con otros. Ya te tengo a ti.

—No se trata de necesidad. Es solamente darle algo de pimienta a la vida. Al final la rutina nos come.

—¿Pero qué coño estás diciendo? – Me dijo con un tono que mostraba que no le hacía la menor gracia el cariz de la conversación – ¿Acaso a ti te ha comido la rutina?

—A ver, no quiero decir eso – Traté de excusarme – Solo digo que a veces salir de la rutina es bueno.

Yo por mi parte, estoy conforme con lo que tengo – Le dije dándole un apretón en el muslo desnudo – Yo tengo a la tía más espectacular para mi solito.

A veces, pienso que soy demasiado egoísta – dije con una carcajada.

—Anda estate quieto y conduce, que no dices más que tonterías — Me dijo quitándome la mano de la rodilla – Ahora intentas arreglarlo adulándome. Ya veremos si consigues que te haga algo estas vacaciones.

Por fin llegamos a nuestro destino. Eran ya las tres y media.

Fuimos directamente a comer algo antes de recoger las llaves del apartamento.

Fui a tiro fijo. En el paseo marítimo había una terracita, que ya conocía de otro viaje a la zona de Almería especializada en platos típicos.

Hacía un calor de locos, por lo que pedimos una ensalada, pescadito frito y unas cañas bien tiradas.

Por fin pudimos llegar a nuestro apartamento.

La verdad es que las fotos no engañaban y el sitio estaba de lujo.

Eran varias casas blancas independientes, de dos plantas, abajo el salón cocina con un jardincito que daba a la piscina comunitaria, y arriba las dos habitaciones y un baño enorme.

Dejamos las cosas y nos fuimos a la cama a descansar un poco del viaje.

En cuanto nos tumbamos en la cama a mí me entro la clásica excitación que te aporta saberte de vacaciones y estar en un sitio nuevo.

Eso, la playa, el calor, la humedad, era algo que siempre me había puesto cachondo.

En general, el verano tiene esa característica, tal vez sea la escasa ropa que llevan las chicas, los cuerpos brillantes de aceite solar en la playa, o la sensación de libertad que se siente en este tipo de lugares.

En cuanto Adriana se tumbó a mi lado solamente con su tanguita y una camiseta sin sujetador no pude aguantarme más.

Suavemente me acerqué a ella por detrás para que pudiese notar mi erección y mis manos empezaron a hurgar por debajo de su camiseta.

El tacto frio de sus tetas me volvía loco.

Su piel suave contratando con la dureza de los pezones oscuros, grandes y muy sensibles que sabía que tenía.

—Mmmm, déjame dormir una siestecita, cari. – Me decía haciéndose la difícil.

—Es que sabes que me vuelven loco estas dos – le decía yo acariciándole suavemente las tetas.

Empecé a jugar con sus pezones, pellizcándoselos suavemente, como a ella le gustaba. En seguida ella se dio la vuelta, me besó y echó mano a mi polla, que estaba dispuesta a lo que ella quisiera.

—¿Ya estás así? – Me preguntó.

—Está contenta porque sabe que es hora de fiesta.

—Ah sí, ¿tan segura está? – Me dijo comenzando a pajearme.

—Siempre sabe cuándo la necesitan.

—Tienes demasiada confianza en ti mismo – Me dijo subiéndose encima de mí – Pues que sepas que me lo he pensado y tal vez decida llamar a Emma y me vaya con ellas y con sus dos ligues italianos.

—Estoy seguro que os lo pasaríais fantásticamente bien – Le contesté siguiéndole el juego – Aunque no creo que te atrevas.

—No me retes – Me dijo mirándome desafiante y besándome hasta morderme el labio.

Nuestras lenguas empezaron a juguetear. A Adriana le encantaban los besos largos y profundos.

Se entregaba completamente a ellos. Estuvimos besándonos un buen rato, con nuestras lenguas entrelazadas y ella se deshizo de la camiseta.

Era un placer verla quitarse la camiseta de tirantes.

Sus dos tetas subían junto con la camiseta para caer de forma pesada.

Era todo un espectáculo. En cuanto se la quitó mis manos fueron como locas a ocuparse de aquellos pechos tan perfectos.

Ella continuó besándome y restregándose por encima de mi calzoncillo.

Mi polla ya estaba durísima. Los besos cada vez eran más profundos.

Solté sus tetas y me quité como pude el calzoncillo sin dejar de besarla.

Ahora podía notar su coño depilado y caliente a través de la fina tela de su tanga mientras volvía a la carga con sus tetas.

Notaba la humedad de su coño en mi polla.

La tumbé con fuerza al lado en la cama. Me puse de rodillas y comencé a bajarle el tanga.

Me encantaba la sensación de ver aparecer ese objeto de deseo que tiene entre las piernas.

Ella levantó un poco el culo para facilitarme la tarea.

Su perfecto coño depilado iba apareciendo poco a poco.

Tirando un poco más del tanga, éste iba quedándose pegado a sus labios llenos de humedad.

Me encanta el efecto de sus labios empapados y pringosos al que siempre se le pegan las bragas.

Por fin me deshice del tanga y ante mí apareció el paraíso.

Ella tumbada boca arriba, con las rodillas flexionadas, las piernas abiertas exponiéndose lasciva.

Tenía el coño brillante de sus flujos con unos labios largos y carnosos que te invitaban a devorarlos.

No aguanté más y puse mi cabeza entre sus muslos.

El aroma de su excitación me volvía loco, por lo que saqué la lengua y la lamí profundamente recorriendo todo su coño una y otra vez.

Un suave gemido por su parte, era la señal de que le gustaba.

La encantaba el sexo oral, y creo que esa es una de mis especialidades, ya que me tomo mi tiempo.

Echó el cuerpo para atrás y se dispuso a disfrutar.

He de reconocer que me encanta comerle el coño de Adriana.

Me podría pasar horas comiéndoselo. Su suave olor, su sabor…

me volvían loco. Empecé a jugar con mi lengua en su clítoris, eso la encantaba.

Cuando estaba excitada, el clítoris se le endurecía y sobresalía orgulloso entre los labios.