CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 1 #2
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La ponía muy cachonda que lo rozase con los dientes.

Sus gemidos me advertían que ya estaba muy caliente, por lo que me dedique a alternar lamidas en la entrada de su vagina, con roces en el clítoris.

Su respiración se hizo cada vez más entrecortada, señal de que su orgasmo se acercaba, así que, ayudándome con los dedos, la penetré con dos de ellos hasta que estalló en mi boca.

Un profundo orgasmo de Adriana que aprisionaba mi cabeza entre sus muslos mientras que con la mano apretaba mi cabeza contra su coño y podía sentir los espasmos en sus piernas.

En momentos como ese, tengo la sensación de querer meterme dentro de ella.

Mi boca buscó sus labios vaginales y prácticamente me morreé con ellos entre un manantial de abundantes flujos.

Adoraba la sensación de que me llenase de sus líquidos.

Mi polla pedía su ración por lo que rápidamente empecé a restregar mi capullo por la entrada de su coño.

A ella le encantaba eso. Mi polla estaba totalmente dura.

La humedecí bien con su humedad y poco a poco fui introduciéndosela mientras ella la iba recibiendo con los ojos cerrados y la boca semiabierta, todavía con la respiración agitada por el reciente orgasmo.

Una vez estuvo toda dentro, disfruté del calor que envolvía mi miembro y empecé con un ritmo muy suave, de rodillas sobre la cama, lenta y profundamente…

Siempre me ha gustado la postura del misionero, que tan denostada está.

—Vaya corridita que te has pegado en mi boca – La dije con un susurro. A Adri, siempre le ha excitado que le hable mientras follamos, y nunca pierdo la oportunidad de decirle las mayores cerdadas que se me ocurren.

—¿Te ha gustado? Hoy creo que he soltado más corrida de la habitual, ¿no? – me decía ella también muy cachonda.

—Sabes que me vuelve loco. Cuando te corres así me puedes hacer cualquier cosa.

—Ah, ¿sí?, Pues estoy pensando en llamar a Em y decirle que venga a por mí para darte un escarmiento. — dijo entre gemidos para provocarme.

—Por mi llámala. Ahí tienes el móvil – Le dije con tono seguro y acelerando un poco el ritmo.

—Estás tú muy gallito – Me dijo envalentonada – Tal vez te lleves una sorpresa conmigo.

Mi ritmo era cada vez más fuerte, azuzado con la conversación y a Adriana la veía cada vez más cachonda.

Ella me giró sin sacarse la polla de dentro.

Se quedó encima de mí, con mi polla dentro.

Ahora llevaba ella el control. Se agarró a mi cuello y empezó a cabalgarme y a morrearme.

Me encantaba eso. De vez en cuando se echaba hacia atrás y veía como sus labios vaginales engullían y rodeaban mi polla sin descanso.

En un momento dado, sin dejar de cabalgarme, se separó de mi boca.

—¿Dices en serio que me dejarías irme con Emma y los dos italianos?

—Te juro que sí – Le conteste yo mientras notaba que ella aceleraba cada vez más. —¿Te apetecería?

—¿Tan seguro estás que no pasaría nada?

—Confío plenamente en ti.

—¿Y en ellos?, ya sabes cómo son los italianos…

—Seguro que estarían babeando por tus tetas – Le dije sobándoselas bruscamente.

—¿Y a ti eso no te importa? – Me decía Adriana totalmente cachonda. —¿No te molestaría que intentaran ligar conmigo?

—Comprendo que te las miren. Yo también las miraría. Y seguramente me pondría muy cachondo viendo cómo tratan de llevarte a la cama – Le confesé.

—¿Te excita que otros tíos me vean desnuda?

—Sabes que sí. Es una de mis fantasías.

—Vaya pues me voy a tener que poner en topless este año – Me dijo con una sonrisa que era toda una declaración de intenciones.

Oírla decir eso me puso como una moto. Siempre me había dado morbo la idea de que hiciese topless en la playa, pero ella nunca había querido. Nunca encontraba el momento para hacerlo. Que si había niños, que si había hombres que la mirarían… Nunca era el momento.

—Ya sabes que por mí no hay problema. Me encantaría ver cómo las enseñas en la playa, o en la estupenda piscina de la urbanización. – Le aseguré y la morreé más profundamente para confirmárselo

—Pues puede que lo haga — Me decía ella entregándome su lengua y provocándome.

Estábamos completamente salidos, tanto ella como yo estábamos a punto de estallar.

Ella lo notó y me avisó que no me corriese dentro.

El riesgo de embarazo. Adriana había tenido que dejar de tomar la píldora por un desarreglo hormonal, y yo había olvidado los condones en la mesilla de noche en nuestra casa, así que la puse a cuatro patas en la cama y yo me situé de pie en el suelo.

Restregué un par de veces mi polla por su coño y me escupí en la mano para lubricarle el ano.

Apunté con mi glande hacia su ojete y se la metí hasta el fondo.

Sin contemplaciones. Un gemido salió de ella al notar la penetración tan brusca.

Fue casi un alarido, aunque más de placer que de dolor.

Adriana nunca me había dejado follarla analmente, hasta que tuvo que dejar la píldora, y últimamente me dejaba hacérselo por detrás, sobre todo cuando nos quedábamos sin preservativos, como era el caso.

Ella metió la mano por debajo y empezó a masturbarse.

Solamente oía el golpeteo de mi pelvis contra sus nalgas, y el chapoteo de su coño, que ella se tocaba con fuerza.

Sus gemidos eran cada vez más acelerados.

Miraba embobado su culo abierto también sin rastro de pelos, perfecto.

Empecé a notar como su recto se contraía y sus gemidos se elevaban.

Con un par de empujones más fuertes, comenzó a temblar y tuvo una corrida como hacía tiempo que no la veía.

Fue toda una liberación para mí que ya no aguantaba más.

Saqué la polla de su culo y apuntando a su raja comencé a pajearme para soltar leche como un loco por todo su ojete.

Quedó todo cubierto de semen. Le llegaba a mitad de la espalda y le escurría por el coño.

Hasta que por fin paré y caí rendido sobre la cama.

—Joder como me has puesto. – Me dijo riéndose – Ya veo que te ha gustado la idea.

—Ha sido bestial – La confesé intentando recuperar fuerzas.

—Anda, voy al baño a limpiarme, me has dejado el coño encharcado de leche y solo faltaba que me dejases embarazada.

—Después iré a comprar gomas. No te preocupes.