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Me desperté a media tarde con muchísimo calor.
Miré a mi lado y vi a Adriana dormida boca abajo a mi lado.
Su culo se mostraba imponente, firme. Me dieron ganas de tirarme a comérselo.
Sin embargo, cogí mis zapatillas y bajé al salón.
Me preparé una clara de limón para relajarme y me fui a fumar un cigarrillo al jardín.
En la piscina, había un par de mujeres tomando el sol.
Eran las clásicas maduritas de buen ver, aunque ya comenzaban a aparecer los primeros estragos de la edad.
Una de ellas, llevaba un biquini rojo diminuto, que apenas era capaz de contener sus generosas tetas.
Ambas charlaban tranquilamente mientras trataban de no dejar escapar ni un rayo de sol.
Entré en la casa y abrí la maleta que aún estaba en el salón.
Me puse el bañador y me acerqué a la piscina.
Solamente había que bajar unas escaleras desde mi propio jardín y allí estaba la piscina.
Observé desde arriba. Las dos mujeres se habían marchado y ahora estaba completamente vacía.
Dejé mi toalla en una tumbona bajo una gran sombrilla y me tiré al agua.
Estaba muy caliente, prácticamente no daba ninguna sensación al meterse.
Estuve como veinte minutos dentro del agua nadando y finalmente salí.
Me tumbé en la toalla a tomar el sol y a los pocos minutos apareció la mujer del bikini rojo.
Rubia, algo entradita en carnes. Tenía un culo generoso con algo de celulitis, pero muy aprovechable.
Sus pechos eran grandes y ligeramente caídos, sostenidos a duras penas por el escueto bikini. Al verme se acercó y me saludó.
—Hola, soy Nuria. Supongo que eres el que ha alquilado el apartamento seis, ¿No?
—Hola encantado, yo soy Jose. – Le dije tendiéndole la mano y que ella me dio un poco sorprendida – Sí. Estamos en el seis. Hemos venido unos días a descansar. La idea es quedarnos quince días aquí, y creo que hemos acertado de pleno.
—¿Vienes con tu mujer? – Me preguntó directamente.
—Mi mujer. Sí, bueno, ella está descansando ahora.
— Normal. A esta hora no suele haber mucha gente en la piscina, hace demasiado calor. Luego más tarde baja más gente. Pero no te preocupes que ya has visto que son muy poquitas casas y no hay niños. ¿Vosotros tenéis niños?
—No. Todavía no. — ella pareció aliviada por mi respuesta —Sí parece un sitio muy tranquilo la verdad
—Lo es. Aquí vais a poder descansar todo lo que queráis – Me dijo mientras se dirigía al agua. — Aunque los jóvenes siempre queréis algo más que el simple descanso.
Me quedé observando como aquella mujer entraba en el agua.
Como poco a poco el agua iba tocando todo su cuerpo, que se me antojó claramente atractivo, pese a que, teniendo a una chica como Adriana en la cama parecía enfermizo mirar con deseo a una mujer que pasaba de los cincuenta.
La verdad que resultaba muy atractiva. Dejé de mirarla y cogí mi toalla.
Me despedí de Nuria con la mano y subí las escaleras hacia nuestro jardín.
Adriana ya estaba despierta. Con una clara y apurando las ultimas caladas a un cigarrillo. Me sonrió al verme.
—Ya sabía yo que estabas en la piscina.
—Sí, no sabía qué hacer y bajé a refrescarme un poco, pero hace un calor de mil demonios. La verdad es que está tan caliente el agua que ni lo notas cuando te metes.
—¿Huy que bien, como a mí me gusta! – me dijo emocionada.
—He tenido toda la piscina para mí solo. Ahora cuando me venía ha aparecido una mujer a darse un baño. Muy simpática.
—¿No habrás estado tonteando con ella? – me dijo en tono de broma.
—Nooo, ¡pero si tendrá cincuenta años!
—Es broma tonto. Bueno qué ¿deshacemos las maletas? – me dijo mientras se levantaba de la silla y se iba hacia el salón a cogerlas.
Subimos las maletas a la habitación. Yo apenas tardé cinco minutos en sacar todo y meterlo en un cajón.
También colgué en una percha la ropa de vestir que había llevado por si salíamos a algún lugar elegante.
Por su parte ella, fue metiendo todo cuidadosamente en cada sitio.
Era extremadamente ordenada. Pude ver como sacaba varios bikinis.
Me llamó la atención que varios de ellos no los había visto nunca.
—Mira son nuevos. Los compré de oferta por internet. Ni siquiera me los he probado – Me dijo enseñándome tres bikinis, uno negro, uno rojo y otro blanco — ¿Te gustan?
—Tú estás espectacular con cualquier cosa – La respondí – Pero podrías haber comprado solamente la parte de abajo. Te habrías ahorrado un dinerillo, y para lo que vas a usar la de arriba…
—¡Sí hombre! Además, ni se te ocurra pensar que me voy a poner en topless en la piscina. – Me aclaró tajantemente – Venga vamos a comprar algo de comida y bebida y a la vuelta estreno uno de estos en la piscina.
Nos fuimos a la compra como cada inicio de vacaciones.
Algo para el desayuno y algo de picar porque solíamos comer y cenar fuera de casa siempre.
Lo que no faltaron fueron las bebidas, cervezas, vino, ginebra, refrescos…
La verdad es que Adriana siempre había sido muy fiestera y agradecía que siguiera así.
La mayor ventaja del complejo de apartamentos, era la tranquilidad, pero eso también era hasta cierto punto un inconveniente, ya que nos obligaba a coger el coche para cualquier compra que necesitásemos hacer.
Pese a que no fumábamos demasiado, tuve la precaución de comprar un cartón de tabaco en un estanco que estaba de camino a la farmacia.
Volvimos al apartamento y lo colocamos todo.
Una vez hecho esto, Adriana dijo que se pondría el bikini y bajaríamos a darnos un baño.
En seguida estuvo lista, y realmente espectacular.
Al aparecer en bikini por las escaleras me quedé impresionado.
—
Buff, cariño, creo que la he cagado bien... Dan menos talla de lo que pensaba.
Llevaba el bikini negro que me había enseñado.
La verdad es que estaba absolutamente increíble metida en aquella braguita y en aquel sujetador.
Es cierto que le quedaban algo pequeños, pero no era una exageración.
Sus tetas parecían aún más grandes. Apretadas y sujetadas por aquel bikini parecían pedir a gritos salir de allí.
Se giró para que la pudiese ver por detrás, y pude ver que la parte de atrás se le metía entre las nalgas, dejando a la vista un par de glúteos sencillamente perfectos.
Era incluso un poco excesivo, pero me abstuve de abrir la boca.
—Bueno, te queda un pelín justo pero estas buenísima.
—No hay más que verte la cara para saber que te gusta. Además, en la playa todo vale – me dijo guiñándome un ojo y sonriéndome. – Lo malo será aquí en la piscina. Me da algo de apuro.
—Apuro ninguno. Que babeen los viejetes. — le dije dándole una palmada en el culo.
Cogimos las toallas y salimos al jardín, que tenía unas plantas que nos conferían cierta privacidad a miradas indiscretas desde la piscina.
En cuanto pasamos las plantas, pudimos ver que ahora había más gente que antes.
Unas siete personas entre las que pude divisar a Nuria. Todos se giraron al vernos llegar.
—Hola Jose – me saludó Nuria – Esta preciosidad debe ser tu mujer – dijo en alto mientras el resto no nos quitaban ojo.
—Sí… — titubeaba yo un poco abrumado por todas aquellas miradas fijas en nosotros. Más bien, debería decir que estaban fijas en Adri, que estaba fantástica con su bikini diminuto.
— Encantada – Le dijo a Adriana – He conocido a Jose esta tarde. Ya me ha dicho que estaréis unos días por aquí
— Igualmente – Respondió Adriana — Hemos venido a descansar unos días del ajetreo de la gran ciudad.
Adriana, al contrario que yo, siempre se mostraba muy segura en los entornos con gente nueva. La encantaba conocer gente y hablar con ellos, pese a que yo la notaba algo cohibida, tal vez por lo escaso de su atuendo.
—Aquí nos conocemos todos muy bien – Le dijo Nuria – A excepción de la casa donde estáis alojados vosotros todos somos propietarios y venimos todos los años.
De hecho, vuestro apartamento es el segundo año que se alquila.
Sus antiguos propietarios se divorciaron, y ya ninguno de los dos viene por aquí.
—Veo que tampoco es una urbanización muy saturada – indicó Adriana.
—Para nada. Solamente son estas seis casas.
Y lo mejor de todo, es que no hay niños que te molesten a todas horas.
– Explicó Nuria – La de la esquina, la del número uno es la mía.
Ahora mismo estoy yo sola. Mi marido está trabajando, pero vendrá ya por fin mañana viernes. Os presento al resto de vecinos.
Nuria nos fue presentando a todos los matrimonios que había allí.
Pude ver como ellos miraban con deseo a Adriana intentando disimular y que sus ojos no se fueran a las tetas de Adriana delante de sus mujeres.
Por su parte ellas la miraban con cierto tono receloso.
Si bien sus palabras eran agradables y simpáticas me daba la impresión de que sabían que sus maridos estaban pensando en lo espectacularmente buena que estaba Adriana, y eso, a una mujer le jode.
Estuvimos un buen rato charlando con ellos.
Nos contaron que, al llevar tantos años allí, todos tenían muy buena amistad.
Que cuando se juntaban todos solían hacer alguna fiesta en la piscina o alguna barbacoa.
Que podríamos apuntarnos este año. Nos dijeron los sitios que teníamos que visitar.
Cuando nos quisimos dar cuenta ya era prácticamente de noche.
De forma natural, me encontré hablando con los hombres, precisamente de hacer alguna fiesta para celebrar el inicio de las vacaciones.
Adriana me dijo que se quería dar un baño.
Pude ver a los otros tres mirando embobados cómo Adriana entraba en el agua por las escaleras como una diosa griega.
Sentí una enorme punzada de excitación al ver sus caras.
—Venga Alberto, vamos a casa – escuché la voz de la mujer del interpelado, que no dejaba lugar a dudas.
Alberto se encogió de hombros y se retiró a recoger sus cosas.
Después de soltar un par de indisimuladas miradas más, se marchó con su mujer.
Yo por mi parte aproveché para irme a bañar junto a Adriana.
Poco a poco se fueron retirando los vecinos.
La ultima en retirarse fue Nuria que nos dijo que no tuviésemos prisa que no había ningún tipo de horarios en la piscina y que podíamos usarla hasta casi cualquier hora.
Nos quedamos Adriana y yo solos. Aproveché para acercarme a ella y darle un beso.