CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #2
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—Se está de lujo aquí – Me dijo Adriana mientras se apoyaba en el bordillo con los brazos, mostrando perfectamente los pechos que pugnaban por escapar de los dos pequeños triángulos de tela. Tenía los pezones completamente erectos y eran toda una tentación.

—La verdad que hace una temperatura perfecta para estar aquí dentro. ¡Qué maravilla! Creo que podría acostumbrarme a vivir así todo el año. Lástima no poder hacerlo.

—Creo que lo vamos a pasar bien estas vacaciones – Decía entusiasmada echando la cabeza hacia atrás.

—Y encima, te has convertido en la reina del lugar. No te quitaban el ojo de encima ninguno de los vecinos. Especialmente Alberto.

— No seas bobo – dijo Adriana – Además, como tú dices si por lo menos tendrán cincuenta años.

— No hay edad para mirar y disfrutar de unas buenas vistas, Adri. Y tú te has convertido en lo mejor del paisaje de toda la zona.

Me reí y poco a poco fui acercándome ella por la espalda.

Aprovechaba para restregarle la polla por el culo.

Ella se dejaba hacer, y lo sacaba un poco para facilitarme el roce, pero sin embargo me decía que me estuviese quieto.

Yo insistía y mis manos ya iban directas a sus tetas.

Ella se giró molesta sujetándome las manos.

—Aquí no Jose – me dijo dándome un beso en la boca.

— Solo un poquito – insistí yo.

—Que no. Para ya, que nos puede ver alguien – me decía mientras me intentaba quitar las manos con dificultad puesto que soy bastante rápido con las manos, cuando de tocar carne se trata.

—Si te comían todos con la mirada – Le dije en bajo mientras atacaba con las manos por debajo del agua.

Finalmente, la agarré por las nalgas y la acerqué a mí.

Nos fundimos en un buen morreo. Ella se relajó un poco y empezó a participar activamente.

Poco a poco notaba como cada vez me costaba menos llegar a su cuerpo por debajo del agua.

Mis manos se habían apoderado de su culo.

La apretaba fuerte contra mí mientras nos besábamos.

Sin dejar de besarnos la fui llevando hacia la escalera de entrada a la piscina.

La coloqué en una esquina donde quedaba más o menos oculta.

Me situé de manera que pudiera besarla bien y mis manos se apoderaron de sus pechos mientras mi espalda tapaba las miradas que pudiesen lanzarnos desde los apartamentos de detrás.

—No me las saques por favor. No quiero dar un espectáculo el primer día aquí.

—Tranquila que aquí no nos ve nadie

Continuamos besándonos cada vez más apasionadamente. Era completamente de noche ya. Las luces del interior de la piscina era la única luz que había. Una de mis manos fue acariciando su tripa y descendiendo hacia el pubis.

—Jose, aquí no por favor – me suplicó sabiendo lo que iba a hacer.

—Tranquila, solo un poco – la susurraba yo suavemente mientras introducía mi mano por la parte delantera de su bikini, notando la suavidad de su pubis lampiño.

En cuanto metí un poco la mano ella relajó un poco las piernas abriéndolas lo suficiente como para que mi dedo llegase a su destino.

Empecé a masturbarla. A pesar del agua se notaba perfectamente su humedad.

Más densa, más cálida. Empecé con los movimientos circulares en su clítoris.

Ella echó la cabeza hacia atrás, y cerró los ojos.

Era evidente que contenía a duras penas sus gemidos.

—Para por favor – me suplicaba sin la menor convicción – Como baje alguien nos va a ver. Menuda vergüenza…

—Pues que nos vean. Además, seguro que están todos metidos en sus baños pajeándose pensando en el pibón que ha llegado estas vacaciones a la urbanización. Lo van a disfrutar.

—Estás fatal, Jose – Me dijo riéndose.

—Te puedo asegurar que ya sus vacaciones merecen la pena. Volverán en septiembre a sus trabajos contando que en sus vacaciones tuvieron la suerte de dar con una vecina que estaba buenísima y que además era un poquito puta.

—Estás loco, Jose. Vámonos a casa – decía en voz baja mientras disfrutaba del dedo que le estaba haciendo.

—En cuanto te corras nos vamos – la retaba yo.

—Aquí no por favor.

—Démosle un espectáculo a los vecinos. Habrás visto que te comían con la mirada ¿verdad?

—Se les iban los ojos un poco a las tetas – me decía entrecortadamente con los ojos cerrados.

—Todos te las miraban descaradamente. Y cuando entrabas al agua note quitaban ojo del culo. El bikini es más escaso por detrás que por delante – Le decía mientras aceleraba el ritmo de mi dedo en su interior.

El orgasmo de Adriana estaba cerca. Se notaba en su respiración que no aguantaría mucho más y decidí calentarla más con mis comentarios.

—¿Te importa que te miren? – La pregunté.

Sus ojos permanecían cerrados. La boca un poco abierta. Su respiración se entrecortaba.

—¿Te importa que te miren? – volví a preguntar.

—Me da igual – respondió finalmente. – Me incomoda un poco, tal vez.

—Pues a ellos les ha encantado, y a mí también.

—Déjales que disfruten – me dijo ya metida en el juego de calentarnos con los comentarios.

—Deberías haberte puesto en topless.

—Tal vez lo haga algún día. ¿Te gustaría? – me dijo.

Pensar en la situación me ponía cachondísimo y aceleré aún más los movimientos en torno al clítoris.

Por experiencia sabía que, si la penetraba en aquel momento, el orgasmo sería brutal, así que, con la otra mano, le metí dos dedos dentro del coño.

Adriana estaba a punto. Sin dejar de masturbarla baje un poco su bikini dejando una teta al aire.

Al ver que ella solo quería llegar al orgasmo y no decía nada le saqué la otra.

Dejándole las dos tetas al aire por encima del bikini aleje un poco mi cara para observarla.

Parecía una diosa. Allí tumbada apoyada en los escalones con las piernas abiertas, a la vista de cualquiera que se asomase a la ventana de su apartamento nos vería en tan procaz postura, con mis manos hurgando en el interior de la braguita y sus tetas al aire.

—Como salga alguno se va a armar una buena — Le dije.

—Me da igual, ahora termina lo que has empezado, cabrón – me exigió abriendo los ojos y mirándome fijamente con una mirada que me dejó helado.

Fue decir eso y el orgasmo se apoderó de ella.

No dejó de mirarme. Solo me decía que le daba igual que la vieran …

mientras se corría como una loca. Fue un orgasmo largo.

Notaba en mi dedo su flujo caliente. Finalmente ella echó la cabeza para atrás conteniendo los gemidos y note que sus piernas se empezaban a contraer.

Apuré los últimos segundos hasta que ella levantó la cabeza sacándome la mano de su braguita y se guardó las tetas en su sitio.

—Estás loco Jose – me reprochó.

—Y bien que te ha gustado… No te ha visto nadie, no pasa nada – La tranquilicé yo.

Se puso de pie. Vi su cuerpo perfecto saliendo del agua. Me incorporé y la seguí.

—¿Pero adónde vas así, chaval? – Me dijo en una carcajada señalando la más que evidente erección que tenía.

—Si quieres tu puedes bajar esto – le dije sabiendo que nunca lo haría allí.

—Venga tápate y vámonos a casa – me pidió ella cubriéndose con la toalla y enfilando las escaleras hacia nuestro jardín.

Hice lo que ella indicó. Me tapé con la toalla y seguí sus pasos por la escalera.

La parte de abajo del bikini que llevaba se había vuelto casi invisible entre sus nalgas.

El agua resbalaba por su piel bronceada, dejando un brillo que la hacía parecer una diosa recién salida del mar.

A sus veintiocho años, su cuerpo estaba en su punto más perfecto: unos hombros delicados, los brazos tonificados por el deporte, pechos llenos y firmes que se marcaban descaradamente bajo la tela fina, con los pezones endurecidos por el contraste del agua.

Su cintura era estrecha, marcando una curva pronunciada hacia unas caderas muy femeninas.

Sus muslos eran suaves y fuertes, con gotas de agua descendiendo lentamente por la cara interna.

La piel, dorada ya por el sol, brillaba con un tono dorado a la luz de la piscina.

Se pasó las manos por el pelo mojado, echándolo hacia atrás, y el movimiento hizo que sus tetas se levantaran y se movieran con naturalidad.

Sonrió al verme, ajena al huracán que se desataba dentro de mí.

Caminó con ese contoneo inconsciente, con el agua todavía cayendo por sus piernas.

Yo estaba completamente excitado. No era solo la excitación natural tras lo que acabábamos de hacer.

Era algo más profundo, más retorcido. Quería que todos la vieran.

Quería que los hombres que estaban en los apartamentos —y que ya la habían estado mirando indisimuladamente— la desearan abiertamente.

Lamenté no haber llevado el móvil. Habría sacado fotos. Fotos que no solo serían para mí. Fotos que compartiría… con mis amigos virtuales.

Porque ya había empezado a hacerlo. Todo había comenzado unos meses antes, casi por casualidad.

Una noche, después de follar, Adriana se quedó dormida y yo no podía conciliar el sueño.

Empecé a navegar por internet buscando algo de porno y llegué a Flickr, casi por casualidad.

Al principio solo encontré fotos artísticas de desnudos, pero pronto descubrí que había toda una comunidad oculta.

Perfiles de hombres normales, como yo, que subían fotos de sus mujeres.

No era porno profesional. Era algo mucho más potente y, sobre todo, real.

Había de todo. Fotos tomadas en la playa o en piscinas, en situaciones muy similares a la que acabábamos de tener, mujeres saliendo del agua con bikinis mojados, pezones marcados, sonrisas despreocupadas.

Otras más íntimas: esposas en ropa interior en el salón de casa, posando para la cámara del marido.

Algunas más explícitas con las piernas abiertas mostrando sus coños húmedos y brillantes, las tetas al aire, culos en primer plano.

Había series enteras de “antes y después”.

Mujeres vestidas elegantemente para una cena y luego la misma mujer desnuda, recién follada, con el semen del marido o de otro corriendo por sus muslos.

Los comentarios eran lo que más me ponía. Hombres de todo el mundo alabando sin filtro ni control.

Algunos eran más respetuosos, casi poéticos, otros eran directos, soeces, pidiendo más fotos, sugiriendo poses, preguntando si la mujer sabía que las exhibían.

Y los maridos respondían. Algunos solo daban las gracias, orgullosos.

Otros contaban detalles íntimos. Incluso algunos las mostraban sin pixelar la cara.