CUANDO TU MUJER SE ARREGLA PARA OTRO. (Confesiones de un cornudo) 2 #3
13%

2 #3

Aquella comunidad se convirtió en mi vicio secreto.

Pasaba horas mirando perfiles, masturbándome despacio mientras imaginaba a Adriana en esas mismas situaciones.

Una foto especialmente me marcó: una mujer morena, rodeada de tres pollas de hombres de color, y ella rebozada de semen.

Yo me corrí mirando aquello, imaginando que era Adriana y que cientos de hombres la estaban viendo.

De aquello a montar un grupo en Telegram fue solo un paso.

Una noche, después de masturbarme viendo las fotos de otros en Flickr, contacté por privado con tres de los usuarios con los que tenía más afinidad.

Les propuse algo más cerrado, más íntimo y controlado: un grupo privado donde solo entraran perfiles “de absoluta confianza”.

Si es que se puede hablar de confianza entre completos desconocidos que solo comparten un vicio común desde el anonimato que ofrece internet.

El grupo se llamó “Marido Orgulloso”. Éramos doce al principio, luego llegamos a veintitantos.

Todos con perfiles anónimos, pero con una regla clara: para entrar tenías que enviar una foto reciente de tu mujer mostrando claramente su rostro.

Nada de máscaras ni recortes. Queríamos ver a la mujer completa, no solo un cuerpo sin identidad.

Esa era la verdadera excitación: saber que era real, que tenía nombre, vida y un marido que la ofrecía voluntariamente.

Allí mostrábamos de todo. Fotos inocentes de ellas en bikini en la playa, saliendo de la ducha con la toalla medio caída, durmiendo desnudas con las sábanas enredadas, o incluso arregladas para salir a cenar.

Pero pronto subimos el nivel. Nos planteábamos retos fotográficos semanales bajo la promesa solemne de jamás compartir nada fuera del grupo.

“Reto de esta semana: foto de tu mujer en lencería en el garaje de casa, o ella tocándose en el coche, en un aparcamiento público”.

Primer plano de su coño recién follado, con tu semen chorreando

Ninguna de aquellas mujeres, salvo una, sabía lo que hacían sus maridos.

Esa era la parte más oscura y adictiva. Yo subía fotos de Adriana con cuidado al principio, pero pronto me aficioné a los retos.

Cada vez que pulsaba “enviar” sentía una mezcla brutal de vergüenza, orgullo y excitación pura.

Mi polla se ponía dura solo con imaginar las reacciones de mis desconocidos amigos.

Y las reacciones llegaban rápido.

¿Próximo reto?»

Algunos comentarios eran más salvajes, de los que me habrían costado el matrimonio si Adriana los hubiera leído: «Dile que se ponga a cuatro patas y que se abra bien el culo. Quiero verle el agujero.»

«Seguro que es una guarra en la cama. Apuesto a que le encanta que la traten como a una zorra.»

«¿La has dejado que la folle otro ya? Porque esa cara pide semen ajeno.»

Yo respondía con emojis o con frases cortas, pero por dentro ardía. Guardaba capturas de pantalla de los comentarios más brutales y me masturbaba leyéndolos una y otra vez.

No me bastaba con el grupo. Me di de alta en Pajilleros y en otros foros similares.

Allí subía álbumes privados de Adriana. Pedía tributos explícitos: fotos o vídeos de hombres corriéndose sobre sus imágenes impresas o en la pantalla.

Recibía decenas. Hombres de España, Latinoamérica, incluso algún alemán o italiano.

Veía pollas de todos tamaños eyaculando sobre la cara sonriente de Adriana, sobre sus tetas, sobre su coño. Guardaba todo en carpetas encriptadas.

Estaba obsesionado. Cada noche, cuando Adriana se dormía después de follar, yo abría el móvil y revisaba los nuevos mensajes.

Leía los comentarios con el corazón a mil.

Algunos me ponían tan cachondo que tenía que despertarla para follármela otra vez, imaginando que eran ellos los que la estaban penetrando.

Una noche, después de un reto en el que subí una foto de Adriana arrodillada en la cama, con el tanga bajado y el culo en pompa mirando a cámara, los comentarios explotaron.

Más de treinta mensajes en una hora. Uno en particular se me quedó grabado: «Esta puta está hecha para que la compartan. Deberías organizarle una gangbang y grabarla. Te juro que yo sería el primero en la fila.»

Cerré los ojos y me corrí sin tocarme, solo con esa imagen en la cabeza.

Sabía que estaba cruzando líneas. Sabía que, si Adriana descubría siquiera una mínima parte de esto, todo se iría a la mierda. Pero no podía parar. El grupo, los foros, los tributos… todo alimentaba esa parte de mí que necesitaba mostrarla, ofrecerla, imaginarla siendo deseada y usada por otros.

Adriana seguía siendo mi mujer, mi amor, mi compañera. La follaba con pasión, la besaba con ternura y construíamos nuestra vida juntos. Pero cada vez más, en mi cabeza, ella también era mi obra de arte secreta. Mi diosa expuesta. Mi mayor vicio.

Y sabía que mis amigos esperaban nuevo material para masturbarse. Esta noche tendrían que esperar.

Entré por inercia en Telegram. Un perfil llamado Raulolo había colgado una serie de fotos de su impresionante mujer, que tenía unas tetas inmensas, haciéndole una cubana hasta que él le dejaba las tetas llenas de semen. No tardaron ni diez segundos en aparecer los primeros comentarios.

Adri se metió a la ducha. Yo esperé fumándome un cigarrillo en el jardín a que ella terminase y preparé un par de gin - tonics.

Pensaba en el momento tan morboso que acabábamos de tener en la piscina.

Jamás se había dejado hacer Adriana nada en un lugar público.

Pero esta vez estaba demasiado cachonda.

Parecía gustarle el hecho de sentirse el centro de atención.

De repente sonó un mensaje en su móvil que estaba encima de la mesa.

Eché un ojo y vi que había recibido un mensaje de Emma.

“Tía, como te echo de menos. Estos dos están muy sobones, pero también te digo que están como un tren. Esta noche me van a…”

y ahí se cortaba la vista previa. No quería abrirlo para que Adriana no se enterase de que lo había visto.

Seguía con la duda de abrirlo cuando llegó un segundo mensaje “¿Tu qué tal? ¿No te hartas de estar siempre con el mismo? (y caritas riéndose)” Menuda cabrona estaba hecha Emma.

Oí que bajaba Adriana y dejé el teléfono.

—Genial, un gin – tonic. Estoy seca.

—Voy a darme una ducha rápida.

Mientras me desnudaba contemplaba mi polla morcillona. No era algo descomunal pero tampoco estaba nada mal pensé. Adriana no podía tener queja. No creía que aquellos dos putos italianos fuesen mucho mejor que yo...

¿Lo que yo hacía era una traición? No era una duda ligera.

Me golpeaba el pecho con fuerza. Porque sí, le estaba ocultando a mi mujer algo grande.

Ella confiaba en mí ciegamente. Me había entregado su cuerpo, su futuro y su intimidad más absoluta.

Y yo, mientras tanto, estaba exponiendo esa intimidad a decenas de desconocidos.

Subía fotos suyas en las que se la veía vulnerable, hermosa, desnuda.

Fotos que ella me había dejado hacer pensando que eran solo para nosotros, para avivar nuestro deseo privado.

Y ahora esas imágenes circulaban en un grupo de Telegram y en foros donde hombres a los que nunca vería se corrían mirándola, fantaseando con follársela, llamándola puta y zorra en comentarios que yo devoraba con avidez.

¿Era traición? Técnicamente, sí. Estaba rompiendo la exclusividad que ella creía que teníamos.

No le había pedido permiso. No le había dicho: «Quiero mostrar tu cuerpo a otros hombres».

Simplemente lo hacía. Y eso, en cualquier definición normal del matrimonio, era una falta de respeto grave, una violación de la confianza.

Pero entonces venía la otra parte de mí, la que justificaba todo con una lógica retorcida y excitante.

No la estaba engañando con otra mujer. No la estaba tocando otro.

No había besos, ni caricias, ni pollas ajenas dentro de ella.

Solo imágenes. Solo miradas. ¿No era eso, en el fondo, una forma de aumentar mi excitación para luego darle más placer?

Yo no la compartía por desprecio ni por aburrimiento.

Lo hacía precisamente porque la deseaba más que nunca.

Porque su cuerpo me parecía tan perfecto, tan digno de ser admirado, que guardármelo solo para mí empezaba a parecerme un egoísmo absurdo.

Era como tener un cuadro de un gran maestro encerrado en una habitación oscura.

Yo quería que otros lo vieran. Quería que lo alabaran.

Quería sentir el orgullo enfermizo de saber que, aunque ella era mía, su imagen provocaba erecciones y orgasmos en hombres de todo el mundo.

Además, nuestro sexo no había empeorado.

Al contrario. Cada vez que subía una foto nueva y leía los comentarios más sucios, llegaba a la cama con una erección brutal y me la follaba con más hambre.

Ella notaba la diferencia y gemía más fuerte, sin saber que parte de esa pasión venía de imaginarla siendo deseada por otros.

¿No era eso, de alguna forma, beneficiarla también a ella?

Sabía que era un razonamiento frágil y que si descubriese siquiera una fracción de lo que hacía, se sentiría humillada, traicionada y furiosa. Y con razón. Pero no podía parar. El placer era demasiado intenso, una adicción demasiado profunda.

No era traición. O al menos eso me repetía. Era una expansión de nuestro deseo. Una forma distinta de amarla.

Bajé después de la ducha y Adriana preparó una segunda ronda de copas.

Me encantaba cuando bebía, porque se desinhibía muchísimo.

Estuvimos charlando y cuando se nos acabó la copa preparé otra.

Nos la tomábamos relajadamente, cogidos de la mano y Adriana me dijo que había recibido un mensaje de Emma.

—Está ya como loca. Dice que esta noche lo mismo acaba con los dos. – me explicó.

—Vaya con Emma – Le respondí – La verdad es que siempre ha sido un poco puta.

— Ella que no tiene compromiso alguno, así que se lo pase bien… – me dijo mientras daba un sorbo. – Y no la llames puta.

—Reconoce que siempre ha sido una tía bastante… lanzada.

—Sí, nunca pensó las cosas demasiado. Si le apetecía estar con uno se iba con él sin pensarlo – me dijo – Incluso teniendo novio la he visto irse con otros tíos

—Pues eso, un poco puta… – le dije yo devolviéndole la mirada — Pero no lo digo en plan mal. Que disfrute, que son dos días…

Adriana se quedó mirándome alucinada con lo que la acababa de decir yo.

—De verdad Jose que últimamente estás que no te reconozco. Con lo celoso que eras al principio y ahora…